Euslace
Se trata de una de las familias literarias más destacadas de la época victoriana. Eran tres hermanas, Charlotte, Emily y Anne, que publicaron sendas grandes novelas que dejaron huella en la historia literaria inglesa y se han vuelto referentes en el estudio del romanticismo. Esas obras maestras se publicaron inicialmente bajo seudónimos masculinos, pero los críticos no tardaron en descubrir la identidad de las escritoras, que como es natural fueron festejadas y aplaudidas in saecula saeculorum.
Luego estaba el hermano, el único varón, Euslace (n.h.r.n.). De pequeño había sido invitado de honor en todos los juegos de las hermanas, y había participado como autor en todas esas fabulaciones juveniles, ideadas en una pequeña habitación con alfombra y chimenea, sobre islas imaginarias, dragones y reinas encantadas. Para las hermanas y para el papá, era el más talentoso de la familia. Pero a medida que crecía y se hacía hombre, se convirtió en una figura patética. Quiso ser pintor, pero su mano fue torpe. Quiso ser poeta, pero sus versos inspiraban sólo vergüenza ajena. Trabajó en los ferrocarriles; fue despedido por un sórdido asunto de peniques. Al final fue su hermana quien por caridad le consiguió un puesto de tutor de un niño en un caserón burgués, donde ella misma había laborado, y entonces no se le ocurrió mejor plan que "enamorarse" de la esposa de su empleador. Despedido de nuevo, optó por la romántica salida (bien conocido y algo popular también por estos lares) de dedicarse por tiempo completo a la irrigación etílica de su autocompasión. Terminó con una mezcla muy fin-de-siécle de tuberculosis, alcoholismo y drogadicción.
De él no se ha dicho nunca eso de qué tragedia, qué gran talento nos fue robado, etc. Por una razón muy sencilla: el tal Euslace (y todavía quedan algunos de esos poemas para demostrarlo), con todo lo simpático que puede haber sido, valió verga.
Entonces a uno se le ocurre preguntar: ¿cómo es posible (para lectores ecuatorianos: cómo puede ser posible) que un tipo que compartía los mismos genes que 2.35 de las más grandes escritoras del romanticismo inglés haya valido verga?
La respuesta, por supuesto, tiene que ver con la educación, entendida en su sentido más amplio de preparación para la vida adulta, o de aprendizaje de las necesarias habilidades y conocimientos para poder desempeñar una vida fértil y feliz. Si por educación entendemos sólo escolarización, entonces habría que concluir que el tipo no fue educado, pues nunca asistió al colegio. En lugar de ello, fue adiestrado en casa por un fantasioso papá que quería transformarle en candidato para Oxbridge, lo que en ese entonces significaba mucho latín, mucho griego, y algo de trigonometría.
- ¡Ajá - ! interrumpen en coro los inmortales redactores del borrador de la nueva Ley de Educación. - Por eso hemos dispuesto que la escolarización sea una obligación (Art. 2 (l) ), pues está claro que eso de educarse en casa con padres y tutores no funciona.
- No tan claro - replican en coro Florence Nightingale, Thomas Jefferson, Blaise Pascal, Mark Twain, Charles Dickens y un tal W.A. Mozart.
Bueno, no entremos en eso. A lo que me refería con lo de la educación no fue el detalle de haber tenido a papá como tutor. Me quise referir más bien al hecho ése, a la gran desgracia aquélla, de haber tenido tres hermanas. Y es que de eso algo sé. Tengo tres hermanas y ningún hermano. Por eso puedo asegurar con total confianza que a Euslace de muy niño le encantó el reino imaginario de Angria, pero a medida que iba pasando el tiempo, que se medía en velas y en lluvias, comenzó a sentirse molesto y encombrado por ese instinto que le impulsaba a cada rato a disponer en espléndidas hendecasílabas el rapto de la Reina Encantada por parte de una tribu de salvajes con taparrabos quienes luego la someterían a humillantes rituales en que la semidesnudez y el desgarramiento de prendas jugaba un importante papel; trama que evidentemente no sería del agrado de la Charlotte, artífice detallista de tan espléndidos ropajes. Y que más adelante, él se sentiría a pesar suyo infectado por esa miasma de enfermizo romanticismo de cinta rosada y billets-doux que se respiraba en toda la casa. Y que tal romanticismo, en alianza oportunista con ese wistelkiya que había empezado a definir las relaciones familiares, le llevaría a una serie de absurdas y desastrosas relaciones sentimentales basadas en una extrema timidez y en una voluntariosa idealización de la otra.
- ¡Ajá - ! interrumpen otros interlocutores menos identificables. - Por eso es importante la segregación sexual en los años escolares, a pesar de lo que dice el Art. 347 del Mamotreto. Ello fue lo que a una ex novia mía le permitió asistir a un colegio de monjas, que decían cosas como que a una fiesta nunca hay que llevar zapatos de charol, pues los chicos verán reflejado en ellos tus bragas, o que si te sientes encima de las piernas de un muchacho hay que colocar en medio un listín telefónico, preferentemente uno de Londres, el cuarto, el que lleva la S de Smith. Los colegios de monjas son un destello de gozosa ridiculez en un mundo de guerras, plagas y tinieblas. Además, la segregación sexual produce mejores resultados académicos, sobre todo en las chicas. Comprobadísimo.
Bueno, no entremos en eso. Lo que quiero recalcar, en primer lugar, es simplemente que si Euslace viviera hoy en el Ecuador, y pese a la dificultad con la que uno intenta imaginar a un poeta, por muy astro que fuese, diciendo Reciban un cordial saludo por parte de quien les habla, es más que probable que él estuviera vendiendo Un Nuevo y Delicioso Producto Masticable en los colectivos, subsistiendo con eso y con las remesas ocasionales de sus hermanas exiliadas en Barcelona. Es decir, aquí también con la Educación hay un problema. Posiblemente, varios. Y en segundo lugar, que en la medida en que uno insiste en una definición amplia de la Educación, es decir insiste en rechazar la filosofía que quiere que la educación sea únicamente la formación de mano de obra dócil para el Capital, se da de bruces con la realidad de que tal Educación integral y holística es algo cuyo éxito en último término puede que poco o nada tenga que ver con el Estado, pues con la mejor voluntad del mundo el Estado no puede intervenir en una cuestión de desequilibrio hormonal familiar.
Según este punto de vista, entonces, es un poco el mismo problema que con la Ley de Comunicación. Una y otra vez nos decían, con tono plañidero y agraviado, que "no era sólo una Ley de Medios". Pues con más razón criticable, pensaba yo. Por lo menos, y sin perjuicio del contenido, el título "Ley de Medios" demostraría cierta conciencia de los límites impuestos por la realidad sobre el campo de acción del Estado. Pretender regular, en cambio, todo una vertiente de la conducta humana que abarca desde un carraspeo intencionado en una reunión hasta la publicación de una historia del mundo en veinte tomos, y en una sola Ley, eso ya es de locos. (Y luego está el hecho trivial de que si lees el contenido, resulta que sí es Ley de Medios. O me van a decir que el roce de una pierna debajo de una mesa, ejemplo primordial y entrañable de comunicación, puede ser también veraz, contextualizado y contrastado.) Sin duda, la moda de las Leyes Megalómanas todavía nos ha de suministrar una Ley de Ocio, una Ley de Digestión, una Ley de Ensimismamiento, tal vez y a modo de coronación de tanto esfuerzo, una Ley de Vida, antes de ceder a otra nueva tendencia proveniente de las pasarelas caraqueñas.
Y dicho eso a modo de preámbulo...
Luego estaba el hermano, el único varón, Euslace (n.h.r.n.). De pequeño había sido invitado de honor en todos los juegos de las hermanas, y había participado como autor en todas esas fabulaciones juveniles, ideadas en una pequeña habitación con alfombra y chimenea, sobre islas imaginarias, dragones y reinas encantadas. Para las hermanas y para el papá, era el más talentoso de la familia. Pero a medida que crecía y se hacía hombre, se convirtió en una figura patética. Quiso ser pintor, pero su mano fue torpe. Quiso ser poeta, pero sus versos inspiraban sólo vergüenza ajena. Trabajó en los ferrocarriles; fue despedido por un sórdido asunto de peniques. Al final fue su hermana quien por caridad le consiguió un puesto de tutor de un niño en un caserón burgués, donde ella misma había laborado, y entonces no se le ocurrió mejor plan que "enamorarse" de la esposa de su empleador. Despedido de nuevo, optó por la romántica salida (bien conocido y algo popular también por estos lares) de dedicarse por tiempo completo a la irrigación etílica de su autocompasión. Terminó con una mezcla muy fin-de-siécle de tuberculosis, alcoholismo y drogadicción.
De él no se ha dicho nunca eso de qué tragedia, qué gran talento nos fue robado, etc. Por una razón muy sencilla: el tal Euslace (y todavía quedan algunos de esos poemas para demostrarlo), con todo lo simpático que puede haber sido, valió verga.
Entonces a uno se le ocurre preguntar: ¿cómo es posible (para lectores ecuatorianos: cómo puede ser posible) que un tipo que compartía los mismos genes que 2.35 de las más grandes escritoras del romanticismo inglés haya valido verga?
La respuesta, por supuesto, tiene que ver con la educación, entendida en su sentido más amplio de preparación para la vida adulta, o de aprendizaje de las necesarias habilidades y conocimientos para poder desempeñar una vida fértil y feliz. Si por educación entendemos sólo escolarización, entonces habría que concluir que el tipo no fue educado, pues nunca asistió al colegio. En lugar de ello, fue adiestrado en casa por un fantasioso papá que quería transformarle en candidato para Oxbridge, lo que en ese entonces significaba mucho latín, mucho griego, y algo de trigonometría.
- ¡Ajá - ! interrumpen en coro los inmortales redactores del borrador de la nueva Ley de Educación. - Por eso hemos dispuesto que la escolarización sea una obligación (Art. 2 (l) ), pues está claro que eso de educarse en casa con padres y tutores no funciona.
- No tan claro - replican en coro Florence Nightingale, Thomas Jefferson, Blaise Pascal, Mark Twain, Charles Dickens y un tal W.A. Mozart.
Bueno, no entremos en eso. A lo que me refería con lo de la educación no fue el detalle de haber tenido a papá como tutor. Me quise referir más bien al hecho ése, a la gran desgracia aquélla, de haber tenido tres hermanas. Y es que de eso algo sé. Tengo tres hermanas y ningún hermano. Por eso puedo asegurar con total confianza que a Euslace de muy niño le encantó el reino imaginario de Angria, pero a medida que iba pasando el tiempo, que se medía en velas y en lluvias, comenzó a sentirse molesto y encombrado por ese instinto que le impulsaba a cada rato a disponer en espléndidas hendecasílabas el rapto de la Reina Encantada por parte de una tribu de salvajes con taparrabos quienes luego la someterían a humillantes rituales en que la semidesnudez y el desgarramiento de prendas jugaba un importante papel; trama que evidentemente no sería del agrado de la Charlotte, artífice detallista de tan espléndidos ropajes. Y que más adelante, él se sentiría a pesar suyo infectado por esa miasma de enfermizo romanticismo de cinta rosada y billets-doux que se respiraba en toda la casa. Y que tal romanticismo, en alianza oportunista con ese wistelkiya que había empezado a definir las relaciones familiares, le llevaría a una serie de absurdas y desastrosas relaciones sentimentales basadas en una extrema timidez y en una voluntariosa idealización de la otra.
- ¡Ajá - ! interrumpen otros interlocutores menos identificables. - Por eso es importante la segregación sexual en los años escolares, a pesar de lo que dice el Art. 347 del Mamotreto. Ello fue lo que a una ex novia mía le permitió asistir a un colegio de monjas, que decían cosas como que a una fiesta nunca hay que llevar zapatos de charol, pues los chicos verán reflejado en ellos tus bragas, o que si te sientes encima de las piernas de un muchacho hay que colocar en medio un listín telefónico, preferentemente uno de Londres, el cuarto, el que lleva la S de Smith. Los colegios de monjas son un destello de gozosa ridiculez en un mundo de guerras, plagas y tinieblas. Además, la segregación sexual produce mejores resultados académicos, sobre todo en las chicas. Comprobadísimo.
Bueno, no entremos en eso. Lo que quiero recalcar, en primer lugar, es simplemente que si Euslace viviera hoy en el Ecuador, y pese a la dificultad con la que uno intenta imaginar a un poeta, por muy astro que fuese, diciendo Reciban un cordial saludo por parte de quien les habla, es más que probable que él estuviera vendiendo Un Nuevo y Delicioso Producto Masticable en los colectivos, subsistiendo con eso y con las remesas ocasionales de sus hermanas exiliadas en Barcelona. Es decir, aquí también con la Educación hay un problema. Posiblemente, varios. Y en segundo lugar, que en la medida en que uno insiste en una definición amplia de la Educación, es decir insiste en rechazar la filosofía que quiere que la educación sea únicamente la formación de mano de obra dócil para el Capital, se da de bruces con la realidad de que tal Educación integral y holística es algo cuyo éxito en último término puede que poco o nada tenga que ver con el Estado, pues con la mejor voluntad del mundo el Estado no puede intervenir en una cuestión de desequilibrio hormonal familiar.
Según este punto de vista, entonces, es un poco el mismo problema que con la Ley de Comunicación. Una y otra vez nos decían, con tono plañidero y agraviado, que "no era sólo una Ley de Medios". Pues con más razón criticable, pensaba yo. Por lo menos, y sin perjuicio del contenido, el título "Ley de Medios" demostraría cierta conciencia de los límites impuestos por la realidad sobre el campo de acción del Estado. Pretender regular, en cambio, todo una vertiente de la conducta humana que abarca desde un carraspeo intencionado en una reunión hasta la publicación de una historia del mundo en veinte tomos, y en una sola Ley, eso ya es de locos. (Y luego está el hecho trivial de que si lees el contenido, resulta que sí es Ley de Medios. O me van a decir que el roce de una pierna debajo de una mesa, ejemplo primordial y entrañable de comunicación, puede ser también veraz, contextualizado y contrastado.) Sin duda, la moda de las Leyes Megalómanas todavía nos ha de suministrar una Ley de Ocio, una Ley de Digestión, una Ley de Ensimismamiento, tal vez y a modo de coronación de tanto esfuerzo, una Ley de Vida, antes de ceder a otra nueva tendencia proveniente de las pasarelas caraqueñas.
Y dicho eso a modo de preámbulo...
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