Me Mate Liz



La conocí en línea, en un foro para gente rara. Cuando se acercaba la posibilidad de un encuentro ella me avisó: tengo la cara estropeada. Accidente en moto de adolescente, secuelas, parálisis unilateral. Cuando me abrió su puerta, a pesar de tal aviso, me quedé durante aproximadamente un segundo sorprendido: ese rostro de víctima no casaba con la persona que esperaba ver, esa dueña del humor seco, deadpan, esa encarnación viva de la inescandalizabilidad. Después de la primera taza de té, ya era simplemente su cara, no podía tener otra, como yo. De víctima, evidentemente, no tenía nada.
Todo en ella era inmune a los estereotipos. Por algo se es artista. Vivía en una casa antigua, un poco destartalada, con magníficas vistas, en la costa inglesa. Tenía un hijo de once años, heredero de la piel color café del papá, donde la suya era de un blanco casi espectral. Ese papá por lo visto no era más que anécdota aburrida: el dinero lo percibía por otro lado, de un ex marido viajero con que ella seguía manteniendo excelentes relaciones de amistad. Su vida social se resumía en fiestas y borracheras, y ella se preciaba de estar al día con lo último en música bailable. Vestía, de preferencia, imposibles minifaldas y planetarios aretes. Su cuerpo era desnutrido al gusto de la moda gótica de entonces; el hijo, según ella, sólo comía papas fritas. Tenía una cocina AGA, donde habitualmente ponía a secarse las ranas difuntas que sus gatos le traían diariamente a modo de amistoso ofrecimiento. También tenía entre los diversos e inquietantes enseres de su biblioteca el pie de un antiguo maniquí, de color blanco hueso, el cual más adelante dijo que quería regalarme, pero entonces no había cómo, pues yo me encontraba en un país sin correo.
Fui yo quien le colgué su primera página web, en Geocities, el cual con todo lo demás de Geocities, con todo lo mío también, se fue a la mierda hace unos meses por decisión de los filisteos de Yahoo. Y resulta que había perdido su dirección. Fui a buscarla en Google, y me encontré con lo siguiente, que linkeo aquí a modo de homenaje. La verdad, no sé si ella tendría mucho interés en conocerme ahora, ya que me he tornado miembro de las clases casadas y sufridas. Cuando uno se casa, pierde todo derecho a presumir de amistades solteras: ellos habitan espacios de libertad que tú no te atreves ni a soñar. Amanece el recuerdo.
Su poesía lucía despreocupada, de versificación atropellada, de una ironía fácil y sin pretensiones; pero era dueña de efectos cumulativos donde un surrealismo superficial y vistoso escondía una certera finura emocional. Esos poemas ayudan a entender los cuadros, pero aparte del mal recitado villanelle en YouTube, no tengo cómo acceder ahora a ellos.
Todo en ella era inmune a los estereotipos. Por algo se es artista. Vivía en una casa antigua, un poco destartalada, con magníficas vistas, en la costa inglesa. Tenía un hijo de once años, heredero de la piel color café del papá, donde la suya era de un blanco casi espectral. Ese papá por lo visto no era más que anécdota aburrida: el dinero lo percibía por otro lado, de un ex marido viajero con que ella seguía manteniendo excelentes relaciones de amistad. Su vida social se resumía en fiestas y borracheras, y ella se preciaba de estar al día con lo último en música bailable. Vestía, de preferencia, imposibles minifaldas y planetarios aretes. Su cuerpo era desnutrido al gusto de la moda gótica de entonces; el hijo, según ella, sólo comía papas fritas. Tenía una cocina AGA, donde habitualmente ponía a secarse las ranas difuntas que sus gatos le traían diariamente a modo de amistoso ofrecimiento. También tenía entre los diversos e inquietantes enseres de su biblioteca el pie de un antiguo maniquí, de color blanco hueso, el cual más adelante dijo que quería regalarme, pero entonces no había cómo, pues yo me encontraba en un país sin correo.
Fui yo quien le colgué su primera página web, en Geocities, el cual con todo lo demás de Geocities, con todo lo mío también, se fue a la mierda hace unos meses por decisión de los filisteos de Yahoo. Y resulta que había perdido su dirección. Fui a buscarla en Google, y me encontré con lo siguiente, que linkeo aquí a modo de homenaje. La verdad, no sé si ella tendría mucho interés en conocerme ahora, ya que me he tornado miembro de las clases casadas y sufridas. Cuando uno se casa, pierde todo derecho a presumir de amistades solteras: ellos habitan espacios de libertad que tú no te atreves ni a soñar. Amanece el recuerdo.
Su poesía lucía despreocupada, de versificación atropellada, de una ironía fácil y sin pretensiones; pero era dueña de efectos cumulativos donde un surrealismo superficial y vistoso escondía una certera finura emocional. Esos poemas ayudan a entender los cuadros, pero aparte del mal recitado villanelle en YouTube, no tengo cómo acceder ahora a ellos.
Selección Saatchi
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