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"Cuarenta días y cuarenta noches," le habían dicho, "en una sola." Escuchando eso, se había sentido a la vez estafado y estafador. Claro, la modernidad era eso: prisas para todo, economías, actos "simbólicos". Hasta los símbolos se simbolizaban. Cuarenta noches no eran nada, y sin embargo, hasta eso quedaba reemplazado por "un simple ritual". De aquí a pocas horas ya sería caballero. No tendría que ser tan fácil. Hasta el dragón que había matado días antes era de mentirijilla (qué quieres, se excusó la modernidad en coro, si hoy en día ya no hay dragones de los de antes.)
El Tío Dap le había dicho: caballero no es armadura. Cualquier bufón se coloca yelmo y plastrón. Algunos hasta te vienen con plumas teñidas de garza "otorgadas por votación popular". Y el viejo le había enseñado, de paso, el movimiento giratorio, la mano encima del yelmo del plumífero infeliz, para virarle la mirada hacia ese bucólico "pueblo" antes de expeditarle el viaje de regreso con un férreo puntapié en el trasero. Tú, escudero, sabrás siempre, dijo el Tío Dap, si no por la mirada (que a veces, por la visera, no podrás interrogar), por el porte, por el trato al caballo, por el equilibrio del peso de la lanza, si quien tienes delante es iniciado o no, y de qué manera se inició. Ep, y cuidado con los de la vieja escuela.
Cuidado con los de la vieja escuela. Para alguno de ellos, el ayuno y la soledad se habrán convertido hace mucho en un fin, y el desierto eterno de su mente será dominio exclusivo de extraños nematodos cuyos retorcimientos determinarán su opaco y siniestro proceder. Y habrá otros, sonrientes, que sólo viéndoles acariciar la espada, te darán unas ganas locas de huir. Con ésos, decídete si quieres vivir o no, y actúa en consecuencia: no hay segundas oportunidades. Iniciado tú sólo por la vía rápida, olvídate de competir. Pero de aquéllos, para bien o para mal, ya quedan muy pocos y despaisados.
A los que más verás serán a los otros, los advenedizos, para quienes toda mesa es redonda y toda casa taberna. Para conocerlos, fíjate nomás en sus caballos, tristes, cojos y medio despellejados. Aprenderás a murmurar, para no entrar en enojo, "no iniciados". Grandes alborotadores son, generosos en lecciones y castigos para ancianos y tullidos. Ojo también: tus medallas, tus favores de doncellas, tus hazañas, hasta tu lema y tu blasón y tus cicatrices, todo les parecerá inmerecido hurto, sustracción sin lealtad de ese gran pozo sin dueño que, siendo de todos, a ellos les corresponde administrar. Si alguno te obstaculiza, sepa que un buen pomazo en vientre tan imberbe y pletórico les suele dejar atónitos.
Pero lo primero es lo primero, dijo Dap. Lecciones después. Ahora te corresponde ayunar. Adiós.
Eran las horas muertas. Invisibles huestes en el firmamento, luna huidiza, llovizna, paredes de granito, una oscuridad como una Biblia.
Una voz suave, un susurro que venía del otro lado de la pared, le sacó de una peligrosa somnolencia (prohibido dormir). Era ella, la Amada. ¿Por qué habrá venido? ¿A desearle suerte? ¿A confesarle, por fin, su admiración? Se dio cuenta, entonces, de que las voces eran dos.
- Aquí nadie nos escuchará.
- ¿Y ese enamorado vuestro?
- Ese bobo. El arrastrabozales. Se fue no sé dónde a rezar para que le dejen cabalgar.
- Je. ¿Será que vos no le dejáis?
- Como que él supiera. Anda, quítame esto, que hay calor.
El escudero se sabía mal fet, desde siempre, así que también sabía aguantarse más o menos las decepciones. Con un pequeño gemido sofocado, se echó al suelo. Al cabo de un instante, vagamente consciente de la necesidad de actuar, con sigilo sí, pero conforme a la circunstancia, estiró la mano y atrapó una cucaracha gigante, que procedió a devorar. Luego se buscó un par de escarabajos, un poco de heno. Al diablo el ayuno. Al diablo todo.
Una cabra, que compartía con él esa capilla media invadida de pasto y de naturaleza, se le acercó bondadosamente. Toda cosa que se estremece en el suelo atrae la curiosidad de los animales.
Por la bulla que venía desde fuera, se diría que a la Amada no le quedaba ya nada más que quitarse, y según esa misma brisa demasiado locuaz, el calor allá fuera no amainaba.
El escudero, convulsivamente, se levantó y agarró las patas traseras del animal. Murmurando con el poco latín que sabía, intentó que sus embestidas y sus jadeos se sincronizaran con los que indirectamente se comunicaban desde fuera, en crescendo, por esas rendijas.
- ¿Qué fue eso?
- Nada, preciosidad, un animal allá dentro. Chivo, si bien huelo. Tenemos compañía.
- Sigue, amor, no pares.
El escudero pensó: si hay justicia, el primogénito de esa diablesa a los meses balará, tendrá barba y protuberancias craneales, y dará brincos por los senderos de las montañas.
La cabra dio un extraño aullido, se liberó a coces, y huyó hacia la oscuridad.
Otro aullido, luego silencio. El escudero redobló su atención, pero no escuchó nada. Sólo la maldita lechuza seguía dando los cuartos de hora.
A la media hora, pensó: ¿sueño, mentira, engaño del diablo? Lo único que parecía real eran las hematomas que la cabra le había propinado.
Pero sabía, en el fondo, que ya no habría Amada, ni admiración, ni engaños infantiles semejantes, y que a partir de ahora, sus mujeres todas tendrían cuatro patas y espalda peluda y olerían a queso rancio. (Y qué, se dijo desafiante, siempre te ha gustado el queso, ¿o no?, cabrón, desdichado.)
La capilla, con su trocito de tierra alrededor, se desprendió con la lluvia y fue arrastrada río abajo. Por el techo abierto al cielo, el escudero vio unas caras de niños gigantes, escudriñándole con curiosidad.
- Es un ratón.
- Te digo que no, Stavros. No lo es.
Al poco tiempo llegó al mar (eso parecía, por lo que podía escuchar). El cielo cambió de color, fue de día, el sol le abrasaba y la música del astro le ensordecía. Cuando estuvo a punto de enloquecer de sed, se abrieron alrededor de su capilla unas enormes fauces peludas. De nuevo, la oscuridad completa con lejana sarabanda. Finalmente, dentro de la ballena y rodeado de extraños estertores, se despertó.
- Has fracasado -, le dijo triste el tío Dap, y las costillas de la ballena hicieron eco de tan desoladora noticia. - Te dormiste, y parece que has comido mierda. Levántate, que aquí a las nueve hay misa. Cambia de ropa y olvídate de todo. Supongo que con tu hermano ya bastaba. Un caballero para cada familia ya es suficiente. Todavía podrás ser... no se me ocurre. Barbero, o mejor herrero. Cásate pronto y dedícate a no meterte en líos.
- ¿Casarme con quién? ¿Con la cabra?
- Es lo peor de esto -, dijo Dap ensimismado. - Para ser iniciados tienen que saber la verdad, pero si fracasan, al final, ¿de qué les sirve? Fracasado e iniciado, peligrosa combinación. Oye, tuvimos que hacerlo, es parte del ritual. Y la chica ésa, bien que se prestaba. Por si no lo has barruntado, ella siempre ha tenido un amante para cada día de la semana. Sepáratela un domingo por la mañana cuando hay excursión de pesca, si todavía te quedan ganas. Cobra bastante barato, y puede que aprendas algo.
- Quería aprender contigo.
- Ya no. Razónalo tú mismo. Si dejáramos aprobar a todo el mundo, sin noche, ¿qué tendríamos? Una aristocracia inconsciente, desalmada, vanagloriosa, marioneta de quienes sepan aprovechar los vínculos afectivos o los trucos retóricos. Dios nos libre.
- Dios nos libre.
- Con los pocos conocimientos que cosechaste (lo peor quedaba para después, pero te dormiste), haz algo si quieres. No sé, algunos se ponen a escribir. No saben apenas nada, pero garabatean que da placer. Y sé bueno con los que ni lo que tú llegaron a entender. Estás más cerca de ellos de lo que piensas.
Y el tío Dap hizo un gesto con dedo y pulgar de su vieja mano derecha, para darle a entender al escudero lo poco que lo distanciaba de ser un completo ignorante.
- Sept cent soixante-huit puces - murmuró reflexivo - . Poquísima cosa, la verdad.
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