¿Es posible tener un sistema judicial no sexista?
La verdad, a veces lo veo jodido. Me gustaría pensar que fuera posible. Pero luego suceden casos como éste.
Una joven estudiante de Comunicación Social le acusa al poderoso Director de un diario oficialista de haber usado violencia contra ella a fin de echarla del departamento donde él vive. No he visto el (supuesto) video. No soy tan morboso como para perder tiempo buscándolo, y menos mientras luce la etiqueta de "supuesto". Pero basándome en lo publicado en el Universo, me imagino la escena algo así:
- Te vas ahora mismo.
- ¿Adónde, si nadie viene a buscarme?
- No importa, te vas.
- No me voy.
(forcejeo)
- Bueno, quédate. Eres una persona desagradable y molestosa. Me largo a mi habitación.
Puede que haya habido algo más de lirismo. Mi invento de "persona desagradable y molestosa" no convence mucho, de acuerdo. Es posible que el poderoso Director haya utilizado hasta expresiones hirientes que claramente identifican el género de la persona objeto de su oprobio (en la versión de ella, hay algo de "prostituta"). Para mí esto es nimiedad: son palabras nomás. Volveré sobre esta cuestión si hay tiempo, aunque creo que lo he tratado en otras ocasiones, lo suficiente para que el lector sepa que soy de la generación aquélla en que todavía se repetía, desde la más tierna niñez: sticks and stones may break my bones... Volvamos a los hechos. Ella tiene moratones en brazos y piernas. Lo de las piernas, ella misma dice: "producto del empujón, hizo que me golpeara en la rodilla izquierda". Lo de los brazos, pues más o menos te haces un idea. O por lo menos yo me lo hago: se trata de un forcejeo entre alguien que quiere quedarse físicamente en un apartamento, y otra persona que insiste en que se largue. Y en casos así, perdónenme, la pregunta que me parece más relevante es: ¿de quién mismo es el apartamento?
Si el apartamento es mío y me quieren echar, pues chucha, me voy pitando a la policía. No hay cómo perderse.
Si el apartamento es de otra persona y me dicen que me vaya, pues tengo que irme. Normas de convivencia social, y además es la ley. No tengo derecho a quedarme en una residencia privada que es de otro si no me invitan, peor si me ordenan largarme. Hasta lo he vivido, aquello. Una vez, con veintiún años a cuestas si bien recuerdo, fui a ver a mi primera novia, Yvonne, en su casa familiar en Londres. Ella estaba enferma y había pedido que me quedara, siendo que su papá borracho no había aparecido en varias semanas y había una habitación de invitados. (El sexo entre enamorados no existía en aquella época. Cosas de otros tiempos, ustedes los jóvenes no entenderán.) Bien. Llegué y se produjo una fuerte discusión motivada por el hecho de que había traído flores, sí, pero no bombones, como se supone que es de rigor cuando una mujer está enferma: en mi defensa, como estudiante yo estaba prácticamente chiro. (Debo precisar que la enfermedad en cuestión era gripe. Eso de decir "enferma" por tener la regla es un ecuatorianismo, por no decir un tercermundismo. Prosigamos.) La cuestión es que cuando por fin estuvo claro que ella ya no quería que me quedara la noche, ya no había autobuses a mi casa. Por lo tanto, tuve que pasar la noche en la calle, en plena zona residencial. Como era una noche de invierno de ésas tan frías que se producen allá, a unos cuantos grados bajo cero, lo único que se me ocurrió fue meterme en una cabina de teléfono público a medio kilómetro de su casa y acurrucarme en el suelo, intentando tapar el curioso hueco redondo que había en la pared del cubículo cerca del suelo con basura encontrada en las cercanías del lugar. Obviamente no dormí, o apenitas, y no fue la mejor noche de mi vida, pero sobreviví. La primera de tantas noches bajo las estrellas que posteriormente viví por diversos motivos.
Me imagino qué hubiera pasado si me hubiera negado a largarme de su casa. Ella, mi ex, llamaba rapidito a la policía, y me detienen o simplemente (para qué más) me agarran del brazo y me arrastran fuera, dejándome algunos moratones, posiblemente, en el proceso. Ahora ya lárguese, imbécil, si no quiere que lo detengamos.
Y así tiene que ser. Es lo correcto y lo justo.
Acerquémonos a la cuestión por otro lado. Un vistazo por este blog revelará que el poderoso Director del medio en cuestión no es mi personaje favorito. Es más: si digo la verdad, la idea de que le despidan de su puesto me produce una honda sensación de Schadenfreude. No puedo tener en muy alta estima la honradez, la altura ética ni la sinceridad de una persona que trabaje tan abiertamente ni con tanto éxito por un régimen autoritario como el que tenemos. Si tengo que creer algo malo de alguien, prefiero que sea de una persona como él. Y sin embargo, con todas estas razones por entretenerme con la peor versión de los hechos, no puedo ver en él, en este caso, más que una víctima de un sistema injusto.
Estaba perfectamente en su derecho de pedirle a ella que se largara de su apartamento. Y ante la negativa de ella, la hipocresía y el sexismo de la sociedad garantizaban, de antemano, que una llamada a la policía para que resolvieran el asunto sólo hubiera creado más problemas, tanto para él como posiblemente para ella. Lo que él hizo fue simplemente intentar sacarla físicamente de su domicilio, y estaba en su derecho de hacerlo. No me consta que haya usado un nivel de violencia que no fuera justificado por las circunstancias: es posible, pero no me consta. Evidencia de ello, el hecho de que haya desistido, finalmente, del intento, y de que ella prefirió quedarse allí.
Lo que se le ha venido encima, ahora, es la hipocresía de una sociedad (y especialmente, de unas organizaciones feministas) que por un lado, predican la igualdad y se declaran en contra del sexismo, y por otro lado, manejan esquemas profundamente sexistas, según los cuales si un hombre se introduce en el domicilio de una mujer o insiste en quedarse allí sin el consentimiento de ella, eso es acoso (y aunque no cruce el umbral de su puerta, es stalking) lo cual justifica de antemano la violencia persuasiva, sea directamente de parte de ella o, más usualmente, indirectamente por parte de las fuerzas del orden, mientras que si lo hace una mujer, no hay tal acoso, y no se justifica ninguna violencia, siquiera esa mínima que se hace necesario para conseguir que la acosadora quede fuera y no dentro del recinto privado. Es decir, lo que veo aquí es un doble rasero que mientras siga existiendo, imposibilita la acción correcta de la justicia.
Si el poderoso Director sale indemne de todo esto, se hablará, y seguramente con razón, de un sistema judicial corrupto, al servicio de los poderosos. Pero si dentro de este sistema judicial se le juzga como agresor, tampoco nos sentiremos satisfechos de que haya habido justicia, porque habremos asistido nomás a la fiesta del doble rasero en todo su esplendor.
Mi intención con esto no es la de justificar la violencia, ni contra mujeres, ni contra hombres, ni contra iguanas marinas. Pero si la violencia nunca es justificable, siquiera en defensa propia o en defensa de un derecho como el de la inviolabilidad de un domicilio, que ese principio se haga extensible a ambos géneros por igual. Si, por lo contrario, creemos que sí a veces se justifica la violencia en defensa propia, y el uso de la fuerza moderada en defensa de ciertos derechos, pues también, que ese principio se aplique sin distinción de género, y que las fuerzas del orden estén obligadas a hacerlo cumplir de manera equitativa. De tal modo que si llamo a la policía y digo "hay una persona en mi casa que no quiere irse", vendrán y la sacarán en quince minutos, empleando por ello la mínima fuerza que resulte necesaria, sin importarles que esa persona sea hombre o mujer, ni que sea la una de la madrugada, y sin publicidad ni consecuencias posteriores de ningún tipo. Eso es lo que el poderoso Director sabía que no iba a pasar ese día.
Y por si no quedara suficientemente claro: no tengo pizca de simpatía por la joven estudiante en cuestión. Se me fue en el momento de leer aquello de "violencia psicológica". Cómo decirlo. Si alguien, no importa de qué género, me dice imbécil, hijo de perra o lo que mejor se le ocurra y luego me rompe la nariz, la correspondiente denuncia a las autoridades hablará de una rotura de nariz, porque eso duele, pero no hablará de una acusación de ser imbécil, que no duele o si lo hace, será porque tengo el ego un poco frágil, lo cual en todo caso sería problema mío y de nadie más. Dicho de otro modo: si lo de la "violencia de género" es un barbarismo (los géneros no perpetran violencia, las personas sí), eso de "violencia psicológica" es asimismo una simplonería, siempre que a la supuesta víctima le queda la opción práctica y física de alejarse de quien dice esas cosas desagradables, o de no tenerlas en cuenta: y uno puede estar más o menos seguro de que quien apela a tan ridículo concepto no sabe lo que es violencia de verdad. Pero aparte de eso, no puedo sentir simpatía por ninguna persona que, estando en el apartamento de otro, se niega a largarse cuando se le dice que lo haga. Ahí lo jodio.
Mi predicción: ella se convertirá en héroe en los medios sociales, a partir de lo cual, su carrera como Comunicadora Social irá viento en popa, siempre por cuenta de las mismas feministas que, a la vista está, son actualmente las personas más impertérritamente sexistas que es posible encontrar en cualquier sociedad al oeste de Tripoli, y las más enemigas de esa verdadera igualdad que los demás seguimos anhelando.
Una joven estudiante de Comunicación Social le acusa al poderoso Director de un diario oficialista de haber usado violencia contra ella a fin de echarla del departamento donde él vive. No he visto el (supuesto) video. No soy tan morboso como para perder tiempo buscándolo, y menos mientras luce la etiqueta de "supuesto". Pero basándome en lo publicado en el Universo, me imagino la escena algo así:
- Te vas ahora mismo.
- ¿Adónde, si nadie viene a buscarme?
- No importa, te vas.
- No me voy.
(forcejeo)
- Bueno, quédate. Eres una persona desagradable y molestosa. Me largo a mi habitación.
Puede que haya habido algo más de lirismo. Mi invento de "persona desagradable y molestosa" no convence mucho, de acuerdo. Es posible que el poderoso Director haya utilizado hasta expresiones hirientes que claramente identifican el género de la persona objeto de su oprobio (en la versión de ella, hay algo de "prostituta"). Para mí esto es nimiedad: son palabras nomás. Volveré sobre esta cuestión si hay tiempo, aunque creo que lo he tratado en otras ocasiones, lo suficiente para que el lector sepa que soy de la generación aquélla en que todavía se repetía, desde la más tierna niñez: sticks and stones may break my bones... Volvamos a los hechos. Ella tiene moratones en brazos y piernas. Lo de las piernas, ella misma dice: "producto del empujón, hizo que me golpeara en la rodilla izquierda". Lo de los brazos, pues más o menos te haces un idea. O por lo menos yo me lo hago: se trata de un forcejeo entre alguien que quiere quedarse físicamente en un apartamento, y otra persona que insiste en que se largue. Y en casos así, perdónenme, la pregunta que me parece más relevante es: ¿de quién mismo es el apartamento?
Si el apartamento es mío y me quieren echar, pues chucha, me voy pitando a la policía. No hay cómo perderse.
Si el apartamento es de otra persona y me dicen que me vaya, pues tengo que irme. Normas de convivencia social, y además es la ley. No tengo derecho a quedarme en una residencia privada que es de otro si no me invitan, peor si me ordenan largarme. Hasta lo he vivido, aquello. Una vez, con veintiún años a cuestas si bien recuerdo, fui a ver a mi primera novia, Yvonne, en su casa familiar en Londres. Ella estaba enferma y había pedido que me quedara, siendo que su papá borracho no había aparecido en varias semanas y había una habitación de invitados. (El sexo entre enamorados no existía en aquella época. Cosas de otros tiempos, ustedes los jóvenes no entenderán.) Bien. Llegué y se produjo una fuerte discusión motivada por el hecho de que había traído flores, sí, pero no bombones, como se supone que es de rigor cuando una mujer está enferma: en mi defensa, como estudiante yo estaba prácticamente chiro. (Debo precisar que la enfermedad en cuestión era gripe. Eso de decir "enferma" por tener la regla es un ecuatorianismo, por no decir un tercermundismo. Prosigamos.) La cuestión es que cuando por fin estuvo claro que ella ya no quería que me quedara la noche, ya no había autobuses a mi casa. Por lo tanto, tuve que pasar la noche en la calle, en plena zona residencial. Como era una noche de invierno de ésas tan frías que se producen allá, a unos cuantos grados bajo cero, lo único que se me ocurrió fue meterme en una cabina de teléfono público a medio kilómetro de su casa y acurrucarme en el suelo, intentando tapar el curioso hueco redondo que había en la pared del cubículo cerca del suelo con basura encontrada en las cercanías del lugar. Obviamente no dormí, o apenitas, y no fue la mejor noche de mi vida, pero sobreviví. La primera de tantas noches bajo las estrellas que posteriormente viví por diversos motivos.
Me imagino qué hubiera pasado si me hubiera negado a largarme de su casa. Ella, mi ex, llamaba rapidito a la policía, y me detienen o simplemente (para qué más) me agarran del brazo y me arrastran fuera, dejándome algunos moratones, posiblemente, en el proceso. Ahora ya lárguese, imbécil, si no quiere que lo detengamos.
Y así tiene que ser. Es lo correcto y lo justo.
Acerquémonos a la cuestión por otro lado. Un vistazo por este blog revelará que el poderoso Director del medio en cuestión no es mi personaje favorito. Es más: si digo la verdad, la idea de que le despidan de su puesto me produce una honda sensación de Schadenfreude. No puedo tener en muy alta estima la honradez, la altura ética ni la sinceridad de una persona que trabaje tan abiertamente ni con tanto éxito por un régimen autoritario como el que tenemos. Si tengo que creer algo malo de alguien, prefiero que sea de una persona como él. Y sin embargo, con todas estas razones por entretenerme con la peor versión de los hechos, no puedo ver en él, en este caso, más que una víctima de un sistema injusto.
Estaba perfectamente en su derecho de pedirle a ella que se largara de su apartamento. Y ante la negativa de ella, la hipocresía y el sexismo de la sociedad garantizaban, de antemano, que una llamada a la policía para que resolvieran el asunto sólo hubiera creado más problemas, tanto para él como posiblemente para ella. Lo que él hizo fue simplemente intentar sacarla físicamente de su domicilio, y estaba en su derecho de hacerlo. No me consta que haya usado un nivel de violencia que no fuera justificado por las circunstancias: es posible, pero no me consta. Evidencia de ello, el hecho de que haya desistido, finalmente, del intento, y de que ella prefirió quedarse allí.
Lo que se le ha venido encima, ahora, es la hipocresía de una sociedad (y especialmente, de unas organizaciones feministas) que por un lado, predican la igualdad y se declaran en contra del sexismo, y por otro lado, manejan esquemas profundamente sexistas, según los cuales si un hombre se introduce en el domicilio de una mujer o insiste en quedarse allí sin el consentimiento de ella, eso es acoso (y aunque no cruce el umbral de su puerta, es stalking) lo cual justifica de antemano la violencia persuasiva, sea directamente de parte de ella o, más usualmente, indirectamente por parte de las fuerzas del orden, mientras que si lo hace una mujer, no hay tal acoso, y no se justifica ninguna violencia, siquiera esa mínima que se hace necesario para conseguir que la acosadora quede fuera y no dentro del recinto privado. Es decir, lo que veo aquí es un doble rasero que mientras siga existiendo, imposibilita la acción correcta de la justicia.
Si el poderoso Director sale indemne de todo esto, se hablará, y seguramente con razón, de un sistema judicial corrupto, al servicio de los poderosos. Pero si dentro de este sistema judicial se le juzga como agresor, tampoco nos sentiremos satisfechos de que haya habido justicia, porque habremos asistido nomás a la fiesta del doble rasero en todo su esplendor.
Mi intención con esto no es la de justificar la violencia, ni contra mujeres, ni contra hombres, ni contra iguanas marinas. Pero si la violencia nunca es justificable, siquiera en defensa propia o en defensa de un derecho como el de la inviolabilidad de un domicilio, que ese principio se haga extensible a ambos géneros por igual. Si, por lo contrario, creemos que sí a veces se justifica la violencia en defensa propia, y el uso de la fuerza moderada en defensa de ciertos derechos, pues también, que ese principio se aplique sin distinción de género, y que las fuerzas del orden estén obligadas a hacerlo cumplir de manera equitativa. De tal modo que si llamo a la policía y digo "hay una persona en mi casa que no quiere irse", vendrán y la sacarán en quince minutos, empleando por ello la mínima fuerza que resulte necesaria, sin importarles que esa persona sea hombre o mujer, ni que sea la una de la madrugada, y sin publicidad ni consecuencias posteriores de ningún tipo. Eso es lo que el poderoso Director sabía que no iba a pasar ese día.
Y por si no quedara suficientemente claro: no tengo pizca de simpatía por la joven estudiante en cuestión. Se me fue en el momento de leer aquello de "violencia psicológica". Cómo decirlo. Si alguien, no importa de qué género, me dice imbécil, hijo de perra o lo que mejor se le ocurra y luego me rompe la nariz, la correspondiente denuncia a las autoridades hablará de una rotura de nariz, porque eso duele, pero no hablará de una acusación de ser imbécil, que no duele o si lo hace, será porque tengo el ego un poco frágil, lo cual en todo caso sería problema mío y de nadie más. Dicho de otro modo: si lo de la "violencia de género" es un barbarismo (los géneros no perpetran violencia, las personas sí), eso de "violencia psicológica" es asimismo una simplonería, siempre que a la supuesta víctima le queda la opción práctica y física de alejarse de quien dice esas cosas desagradables, o de no tenerlas en cuenta: y uno puede estar más o menos seguro de que quien apela a tan ridículo concepto no sabe lo que es violencia de verdad. Pero aparte de eso, no puedo sentir simpatía por ninguna persona que, estando en el apartamento de otro, se niega a largarse cuando se le dice que lo haga. Ahí lo jodio.
Mi predicción: ella se convertirá en héroe en los medios sociales, a partir de lo cual, su carrera como Comunicadora Social irá viento en popa, siempre por cuenta de las mismas feministas que, a la vista está, son actualmente las personas más impertérritamente sexistas que es posible encontrar en cualquier sociedad al oeste de Tripoli, y las más enemigas de esa verdadera igualdad que los demás seguimos anhelando.
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