Cosecha Aleatoria

Sí, la película vale la pena. Historia absurda, mucha niebla simbólica, pero se quedará imborrable en tu memoria y es lo que cuenta.

No tengo tiempo para escribir. No sé cuándo lo tendré. Tal vez nunca. Y por eso escribo ahora, porque para mí haber escrito algo es haber vivido algo, y últimamente me harto de tantos ensayos virtuales, que no sobrepasan de fugaces excitaciones neuronales y no dejan huella ni en papel ni en pantalla ni en el recuerdo - cuando quiero poder recordar, de aquí seis meses, que hasta en estos días difíciles, algo fui capaz de pensar. Lo que difícilmente habrá es ton, y peor todavía, son. No me pidan tanto. Son cinco minutos máxime que puedo dedicar a esto.

Tema 1: El Telégrafo. Hace tiempo decidí dejar de leerlo: lo mío con ese pasquín gobiernista siempre fue malsano. Pero echo un tímido vistazo, y ahí está, de nuevo, la Sylva Charvet, como para sacarle de quicio a uno. Habría esperado que la retaguardia correísta se quedaría estos días en silencio, por elemental sentido de vergüenza, pero no. Naturalmente no hace mención al establo de Augías descubierto bajo la nueva administración, a la corrupción, a los sobornos, a los millones desaparecidos, a los sobreprecios, a las obras inconclusas y abandonados, a la política de vista gorda practicada por el Ministerio de Educación hacia los abusos en los colegios, a la mentira oficial, al inabarcable cinismo que parece definir la anterior administración y gran parte de la actual. No le preocupa nada de esto. Lo que sí le interesa es que el actual Presidente en algún momento haya dicho "no me reclamen lealtad": eso, según ella, es revelador "de una doble moral", es "traición", y convierte en el jefe de estado en "antiheroe". Vayamos por partes.

Primero, el contexto. "Fui leal, pero el momento en que me quieren quebrar un principio, por favor, que no me reclamen lealtad". Es decir, en caso de conflicto entre lealtad y otros principios, los otros principios, o algunos de ellos, tendrán prioridad. Lo cual, evidentemente, le parecerá bueno o malo a uno según su propia jerarquía de valores y cuál será el principio en cuestión: y aquí, para mayor precisión, resulta que se trata de aquellos principios que le prohíben a uno "proteger a gente corrupta", o "quebrar la alternancia" en el poder.

Ahora, no creo que ni una mente tan virginal como la de Sylva Charvet sea capaz de argumentar que en la vida real nunca se dará conflicto entre principios: si así fuera, no harían falta las clases de ética, y la palabra "dilema" estuviera exiliada del campo filosófico. Entonces, aceptando que puede darse un conflicto, y que para resolver tales conflictos se necesita jerarquizar los valores, lo único que dice Moreno es que en su propia escala de valores es más importante la honestidad y la rectitud y transparencia en el cargo público que la amistad personal (fuente de la reclamada "lealtad", se supone), lo cual a mí me parece muy correcto, suponiendo que sea cierto. A la vez, lo único que consigue transmitir la Charvet con su oposición a estas expresiones es que, para ella, la amistad personal, con las "lealtades" que de ahí se derivan, es mucho más importante que la honradez, que la rectitud, que la responsabilidad hacia el público que debe caracterizar al servidor público. "Como eres mi pana, no le diré nada a nadie: hoy por ti, mañana por mí, ¿entendidos?" Con lo cual, sin quererlo la Charvet resume la praxis de toda una década de correísmo. Es triste constatarlo.

Y es triste, más que triste pensar que si fuera por la Charvet, el antiguo rey Juan Carlos de España, por "lealtad" al difunto Caudillo, no hubiera permitido la transición a la democracia en España, país que habría quedado lógicamente atada y bien atada a la muerte de éste, tal como el viejo enano quería y con bendición de los adeptos de la lealtad por encima de todo y en contra de todos. Ojo: tampoco tendríamos los libros de Kafka, si la lealtad personal fuera ganadora en toda lid, pero ahí me inclino más hace el argumento charvetesco. La honestidad importa más que la lealtad, pero el acervo literario, decididamente menos, si quieres saber mi opinión. No sé si con eso por lo menos puedo extenderle un ramo de olivo a la Charvet: hice lo que pude.

Ya ven: no dije, cuando pude haberlo dicho, "ya les avisé". Llevo años escribiendo en contra del correísmo, en la oscuridad, sin pena ni gloria, pero cuando llegó el momento del destape, cuando salió a luz toda la podredumbre, no dije nada, y es porque, realmente, a mí mismo me sorprendió el alcance de esa corrupción. Ni yo hubiera imaginado a tanta gente implicada, ni las sumas involucradas, ni la gravedad del tema. Una cosa es lo que yo imaginé, un gobierno mayormente compuesto de gente idealista, con algún corrupto de por medio y una política económica ingenua, y otra lo que ha resultado ser el caso, una gran juerga de cinismo y saqueo justificada apenas por algún tonto útil en el Telégrafo y una pesada maquinaria de propaganda enraizada en el más absoluto cinismo. Así que: vivir para aprender. Por el momento, no me queda más que decir al respecto.

Pero ojalá alguien le diera algunas clases de literatura a la Charvet para que aprenda por lo menos lo que significa "antihéroe", que no es lo mismo que villano. Aquí Google:

Personaje de una obra de ficción que desempeña el mismo papel de importancia y protagonismo que el héroe tradicional, pero que carece de sus características de perfección por tener las virtudes y defectos de una persona normal.

Intencionadamente o no (parece que no), la Charvet estaría acusando a Moreno, entonces, de ser "una persona normal" que equivocadamente ocupa el lugar que en derecho le correspondería a "un héroe". Y de nuevo, sin querer y a pesar suyo, mete el dedo en la llaga. He aquí el problema nacional, tal como yo lo veo: el ecuatoriano quiere tener un presidente héroe. Quiere un líder, un "pastor de pueblos", una persona de virtudes extraordinarias, de preclara inteligencia, un superhombre. Y como esas personas en estricto apego a la verdad no existen, está condenado a la reiterada decepción, hasta que aprenda la lección de que en política, la persona normal es un bien preciado, pues casi nadie con una pizca de normalidad quiere meterse en esas cloacas, y que el hecho de ser normal (con defectos y todo) no es del todo malo, aunque a mí personalmente, si digo la verdad me cuesta un poquito. Pero eso es otra historia aparte.

Se me van los cinco minutos. Un tema más. Me voy al Guardian, que últimamente leo mucho, pues se resiste hasta el momento al paywall y, dentro de todo, no es mala fuente de ciertas informaciones, de ciertas noticias. El problema es que, al igual que el Telégrafo, la sección de opinión se parece a un parque temático infantil poblado por chifladuras y vistosos trastornos de personalidad, que desde el momento que los tomas en serio, estás perdido. De momento me resisto a comentar esas "opiniones": pero ahora resulta que ni la sección de noticias está a salvo de la chifladura. Veamos.

El acoso sexual es un hecho, es uno de esos inconvenientes que pueblan la vida real. Que se practique en Hollywood más que en cualquier otro lado no sería de extrañar, puesto que el actor promedio de Hollywood, precisamente para serlo, necesita tener una personalidad algo torcida hacia el lado teatral, gestual, histriónico, con todo lo que ello implica, incluidas quizás ciertas deficiencias en el autodominio, cierta carencia de responsabilidad personal, cierta incapacidad para razonar la propia conducta, cierta necesidad fatal de aprobación ajena. En fin. Por no tener esas cualidades, yo no podría ser actor ni acosador, ni el actor y acosador podría ser yo. Eso no me inspira ningún deseo de juzgar, ni condenar, ni vanagloriarme: todos tenemos nuestros defectos, y asunto mío no es: para condenar están las leyes. Pero ahí está la cuestión: todas esas mujeres que dicen haber sufrido acoso, en lugar de ir a la policía y servirse de las leyes existentes, ahora prefieren ir a los diarios: y el editor del diario, en lugar de hacer lo correcto que sería decir "vuelva cuando tengas un juicio ganado", acepta las anécdotas, las acusaciones sin fundamento jurídico, las habladurías en fin y el bandwagon de la afectación moral puritana, como moneda de curso legal, al parecer por un tema de sexismo (o doble rasero, como quieras llamarlo), y así, se nos llena la portada del diario de basura, de #metoo, de mala leche y ridículas y frívolas persecuciones, y ya no se distingue el acosador de verdad (un Harvey Weinstein, verbigracia) de un pobre hijo de puta que hace treinta años, por ser galés y tipo dicharachero, equivocadamente posó su mano sobre el hombro de una chica en prácticas laborales, durante tal vez dos segundos, en medio de una animada conversación sobre la dificultad de combinar trabajo y estudios y crianza de conejos angora. Ni cuando éste se suicida. Esto, de trasfondo.

Pero cuando el título de un artículo resulta ser "Yo almorcé con (nombre de celebridad cualquiera) y no me sorprenden las últimas acusaciones", como que ahí algo explota. No sé que pensarán. ¿Qué está sucediendo cuando el simple hecho de que a una mujer "no le sorprende" una acusación contra un tipo con quien una sola vez almorzó - a pesar que durante el almuerzo no sucedió nada de nada - se procesa como evidencia condenatoria y se publica como noticia de portada? ¿Y si digo que alguna vez compartí un ascensor con Jorge Glas, y que "no me sorprende" que fueran verdaderas todas las acusaciones contra él, ¿merezco un lugar en las portadas también, basado en ese íntimo conocimiento que la momentánea proximidad física otorga? ¿Qué chucha está pasando aquí? Respuestas en un postal, por favor: pienso tomarme unas vacaciones en normalilandia, en cuanto averigüe en qué lado recóndito del planeta se encuentra.

Comments

  1. No matter what the future brings..... keep writting

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  2. Hola! Buen artículo! También recomiendo este artículo sobre el trastorno histrionico de la personalidad, espero que les sea de ayuda! Saludos!

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