De jueces y mamadas

La identificación de un juez antes era sencilla: sólo tenías que mirarle la cabeza. Si ésta llevaba pegada encima una peluca con rulos que parecía excrecencia del mismo cráneo, ése era tu hombre. Claro que eran todos hombres, faltaría más. Pero no importaba que lo fueran, porque eran hombres sólo en ese sentido minimalista que se solaza y se consume en no ser mujeres. Por lo demás, eran seres asexuados. La edad lo garantizaba. Sólo se podía ser juez si llevaba en este planeta, o algún otro, unos cuantos centenares de años, los suficientes como para haberte desprendido de toda pasión corporal, si alguna hubiera padecido en su momento, y para que la modernidad, con sus automóviles, sus faldas cortas y sus pulgares oponibles le pareciera nimia e irrelevante. Prueba de esa falta de apego a los apetitos terrenales era una complexión desnutrida, digna de una película de Hammer: esqueleto vestido de toga, el juez modelo dudosamente gozaba de facultades locomotoras, las cuales en todo caso no le hubieran servido, pues todo el mundo sabía que con el lento transcurrir de los siglos su cuerpo se había fusionado con el de la silla de madera maciza que le servía de soporte y pedestal. En cuestión de movimiento, la Justicia sólo requiere la rotación del cuello sobre el eje Y, para poder escudriñar a los asistentes a la Sala, lentamente, con mirada de cañón, y un poco también en sentido X, para poder bajar la mirada hacia el infeliz que temblaba allá abajo, mil leguas abajo; y aparte, evidentemente, tenía que saber manejar el martillo de su oficio, ése que daba punto final a los pronunciamentos ex cathedra de la Justicia terrenal, que hacía las veces de la divina: tanto, que se rumoreaba que el mismo Yahweh había sido, en su día, simple alumno aventajado de alguno de esos terribles monstruos.

Obviamente, los pronunciamientos de un juez no se cuestionaban. Según me explicaron mis padres, ello era así no tanto porque ellos nunca se equivocaran, que bien podían hacerlo de vez en cuando, en temas intrascendentes por supuesto, como la hora o el día o el año o la galaxia en que se encontraban, sino porque cuestionar a un juez equivalía a poner en peligro toda la civilización occidental, y abrir las puertas a las huestes de Alarico y a las hordas del temible Khan. Era una irresponsabilidad como ninguna otra, pues las consecuencias de tal acto eran imprevisibles. El único que podía cuestionar a un juez era otro juez: para eso existían las apelaciones, que si querías apurar el proceso, llevaban hasta las puertas de la Cámara de los Lores, y no de todos ellos sino que aquellos seres omniscientes y omnipotentes que se conocían como Law Lords, dando a entender con ese nombre que su existencia era anterior y superior a la de todas las leyes habidas y por haber, que ellos mismos eran los creadores de todas las ocultas fuerzas morales que rigen el universo, los cuales ellos podían hacer y deshacer a su antojo. (Eran, en ese sentido, un poco como los Time Lords de la serie Doctor Who.)

Estas inocentes apreciaciones juveniles tardaron en ceder ante la observación y la reflexión. Recuerdo una conversación con un antiguo compañero de trabajo en un bar en España, sobre el extraño caso de un tal Baltasar Garzón, a quien los medios insistían en llamar "juez" a pesar de que el tipo difícilmente podía tener más de cuarenta y cinco años, es decir, apenas la quinta parte de los que en Inglaterra se precisaban para acceder a tal dignidad. Convenimos que esto de tener jueces insultantemente jóvenes, con pelo engominado peinado hacia atrás y aspecto de actores de Hollywood, era una novelería típica de aquella España pos-transición, dominada en aquel entonces por una pujante progresía rosamonterina regada por acaudalados ríos, nacidos en Alemania, de liquidez "europea". Pero indagando indagando, nos dimos cuenta que ninguno de los dos teníamos la más remota idea de cómo una persona se hacía juez, en nuestro país o en cualquier parte. Con esa facilidad especulativa que concede la cerveza, al final decidimos que seguramente era por vocación genética. Es decir, cierta configuración cromosómica daba lugar a que alguien naciera con Síndrome de Juez, lo cual en la temprana juventud se revelaría en cierta marcada tendencia a dar martillazos y a condenar a los compañeritos, en el patio de recreo, a X años de cárcel o a la silla eléctrica: un poco, digamos, como esos inocentes juegos infantiles en que al decir de sus amigos participaba Rafael Correa, de niño, donde él se reservaba el papel de presidente y conminaba a algún compañero a ser durante quince minutos dueño de un periódico, para poder enviarle a la cárcel, que era un espacio que había detrás del destartalado quiosco donde se vendían sánduches y colas. Claro que no bastaba con haber nacido juez: uno tendría todavía que aprender el oficio, y demostrar ese rechazo extremo ante el alcohol que da lugar a que en inglés el magistrado es proverbialmente sereno. Y así, tras cumplir los obligatorios doscientos años de intenso estudio en, pongamos por caso, el difícil arte de fingir estar despierto sin estarlo de verdad, uno se presentaba a los ritos de iniciación, en alguna oscura capilla entre telarañas, murciélagos, terciopelo y largas velas.

De ahí que nunca caí en la estafa que representa aquella Judge Judy y sus innumerables imitadoras. Primero, porque una mujer no puede ser juez, cosa evidente de por sí: impensable que los fallos de la justicia dependan de un ciclo de 28 días en lugar de sendos siglos. Segundo, porque si bien pueden llevar peluca, no se alcanza a ver ningún rulo. Tercero, y esto es lo más grave, porque trivializan el oficio. En lugar de emitir sentencias sibilinas cuya falta de conexión con los hechos del caso inspira un reverencial silencio, emiten comentarios chismosos, moralizantes y llenos de una vistosa autosuficiencia. Si aquello es un juez, yo soy el rey Tutankhamun.

Faltó que viniera a este país para darme cuenta de que jueces podía haber de todos tipos, en realidad. El tercer o el cuarto día de mi estancia aquí, a mi esposa se le ocurrió enseñarme un diario, de nombre El Universo. Ahí había una entrevista con alguna dignidad de las Cortes, realizado por un joven periodista (no me fijé, podía haber sido Xavier Flores) que con sarcasmo musitaba sobre un comentario del entrevistado, donde declaraba que tal o cual otra dignidad de la Judicatura era "un excelente juez", pues era capaz de "chupar cuatro días seguidos sin caerse". Más que el comentario del entrevistador, lo que me resultó interesante fue la desfachatez con que el entrevistado soltaba ese criterio, como suponiendo que la lógica era evidente: capacidad de aguante alcohólico = excelencia en el oficio judicial. Aquello me hizo pensar, y todavía lo hace. Más tarde vino ese gozoso interludio, después de lo de la Pichicorte que creí no entender porque "debe ser algo más complicado que lo que parece" (error intelectual en que caigo repetidamente), cuando ante cierta carencia de jueces de rango superior los canales de tele quisieron colocar su granito de arena emitiendo programas con espléndidos títulos como "Buscando al Juez Ideal" donde se proponía hacer concurso de jueces supremos, una vez en traje de gala y otra en bañador. Entonces me di cuenta de que en este país faltaba algo. No eran jueces lo que faltaban, era otra cosa. Era aquella mística, aquel carisma de elefantes sustentores de la civilización que requiere de siglos de historia además de los esfuerzos de un Dickens (en Bleak House), de un Judge Jeffries y no sé cuántos más ejemplos y contraejemplos. El dato (proferido por familiares políticos, conocidos y desconocidos, en fin, una de las pocas cosas en que todo Ecuador parecía y parece estar de acuerdo) de que en el sistema judicial reinaba la corrupción más desvergonzada, era interesante pero secundario. La corrupción reina dondequiera, hasta en mis intestinos si me apuras. (Aun así, me chocó un poco escuchar por aquel entonces el testimonio de una mujer presuntamente violada que explicó que al médico que la había examinado le sustituyeron otro médico, a quien no había visto nunca, ´para que declarara que "no había encontrado indicios" de nada). Lo interesante del caso no era la falta de probidad en la justicia, sino la falta de aquella fe en el sistema judicial que me habían enseñado era uno de los pilares de la sociedad. En lo posterior, cuántas veces ante un evidente atropello que parecía exigir resarcimiento legal, he escuchado "a juicio ¿para qué? si los jueces sólo miran por dónde se pueda sacar plata". Ante el evidente hecho de que en Ecuador, la justicia era mercancía que se compraba con contante y sonante, la gente simplemente se desentendía de la justicia, y nadie era tan iluso o tan cojudo como para confundirla con la moralidad. Y aun así, no llegaba Genghis. Todo una refutación a la teoría de Ortega y Gasset (en España Invertebrada) de que para "vertebrar" a un país se necesita de esa credulidad de "las masas", encarnada en ilusos arquetipos proyectados hacia líderes y otros referentes tribales. Nada de eso. "¿Así que se puede, colectivamente, no creer en la justicia y aun así no reina la anarquía?" musitaba entonces, con aquella sorpresa con que un cristiano descubre que se puede ser ateo sin ser un borracho, un violador y un asesino en serie los fines de semana.

***

Yo tenía entonces veintisiete años. La Mercé me había cortado el pelo - era peluquera, a su manera - y en eso se basaba para reivindicar cierto derecho a acostarse conmigo. El corte de pelo se había realizado en un incómodo ambiente de sonrisitas cómplices por parte de una elefantina celestina, hija de los dueños del bar Los Arcos, de nombre Griselda. Accedí ante la demanda, sin preocuparme de su sustentación legal. Eso de acostarse con la Mercé, luego, con el tiempo, se convirtió en hábito, o en vicio. Ella era fea como ella sola, pero yo también lo era. Así que. En fin, la cuestión es que más tarde trascendió que todo esto era parte de una estrategia política. Ella odiaba a muerte a sus padres, con los que sin embargo era condenada a vivir, por falta de calés. Yo, con mi resplandeciente y frontal cojudez, era la solución. Oportunamente, al mes y pico se montó un chou de estar embarazada. El kit de embarazo (el de la farmacia, no el mío) dijo otra cosa, pero por ese entonces ya tenía su piso alquilado. Cuando nos despedimos, a los dos meses, se me ocurrió exigirle la devolución de los dos meses de alquiler que yo había pagado como fianza, pero me parecía poco caballeroso. "Se aprende perdiendo", me dije. En fin, la cuestión es que en cierto momento de aquella relación de relámpago, a la Mercé se le ocurrió hacerme una mamada delante de la casa de sus papás. Sí, como lo oyes. En plena calle, delante de la casa. Si su padre hubiese mirado por la ventana (era muy de noche, pero el tipo tenía aspecto de lechuza) nos hubiera visto. A mí me daba cierto morbo ser mamado en plena calle, bajo un toulouselautrequiano faro, pero a ella lo que le daba.... no sé, nunca lo entendí muy bien. A eso voy, me interesa, pero quedará para otra entrada. Todos sabemos que la mujer lo que más la distingue, más que tetas y demás atributos, es el don imitativo, el conformismo social, la falta de originalidad y de individualismo. Pero cuando ella se vuelve rebelde... no sé, hasta la bragueta de un feo no está a salvo. También hace pensar.

Comments

  1. Lo que tú ignoras, o pretendes ocultar, es que el gobierno de Ecuador es ferozmente nacionalista y el de Inglaterra en cambio prohibe la bandera nacional para no "ofender" a los extranjeros, se niega a deportar a terroristas extranjeros para "proteger sus derechos humanos" pero encierra por 6 meses a un inglés por coger una botella de agua de una tienda:

    http://www.telegraph.co.uk/news/uknews/crime/8695988/London-riots-Lidl-water-thief-jailed-for-six-months.html

    "cuestionar a un juez equivalía a poner en peligro toda la civilización occidental, y abrir las puertas a las huestes de Alarico y a las hordas del temible Khan"

    Curioso que actualmente en Gran Bretaña sean esos jueces, a los que tú acusas de xenofobia, quienes hayan abierto las puertas a Alarico, Genghis Khan y Atila:

    http://www.nationalreview.com/corner/275704/outsourcing-future-mark-steyn

    In 2010, 1/4 of births were to mothers born outside the UK, according to the ONS… If a quarter of all babies born in England and Wales are to foreign mothers, then we’re experiencing THE BIGGEST CHANGE I OUR DEMOGRAPHIC IDENTITIY SINCE THE ANGLO-SAXON INVASIONS of the fifth century. NOTHING LIKE THIS HAS HAPPENED BEFORE. Please PAY NO ATTENTION NEXT TIME A LEFT-WING HISTORIAN POPS UP ON TV TO ROMANTICIZE THE ARRIVAL OF THE NORMANS, Huguenots, Eastern European Jews etc. These were significant influxes, but Great Britain has never been “a nation of immigrants”. Even cosmopolitan London has witnessed nothing remotely comparable to the population shift recorded by the ONS statistics. More than half of all babies born in the capital in 2010 were to foreign mothers; in the borough of Newham more than three quarters of all new mothers were born abroad.

    A lot of people reading Ed West will say: “Well, so what? What’s the problem?” That’s fine if you want to turn some of the oldest nation states on the planet into an ongoing experiment. Maybe the experiment will work out fine, maybe it won’t. But, given that THE NATIONS MOST ENTHUSIASTICALLY EMBARKING ON IT ARE RESPONISBLE FOR 90% OF EVERYTHING THE MODERN WORLD TAKES FOR GRANTED, you’d think more people might at least give some thought as to whether the gamble is worth it.

    Como que actualízate.

    Me imagino que te parecieron lindas las multitudes de "jóvenes multiculturales" saqueando y quemando negocios, casas y autos, y matando gente en Londres. Tanto que te gustan los antisociales, de tanto vivir entre ellos, supongo.

    http://www.sott.net/articles/show/233268-UK-London-Forced-to-strip-naked-in-the-street-Shocking-scenes-as-rioters-steal-clothes-and-rifle-through-bags-as-people-make-their-way-home

    Por cierto, Alarico no fue un invasor, FUE UN INMIGRANTE QUE LLEGO AL IMPERIO PIDIENDO ASILO HUYENDO DE LOS HUNOS XDDDD

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  2. Y según parece los ateos tienen más presente al cristianismo que los mismos cristianos, lo mencionan por lo menos 3 veces por post.

    Con esa obsesión que tienes por el Cristianismo tú no puedes ser ateo, tú eres un anticristiano.

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