Carmen:
Nunca escribí más que eso. Sólo el nombre. Muchas veces ni eso. En el mundo hay muchas Cármenes. Hay una de la que tengo un especial recuerdo: la Calle del Carmen, en Segovia, que sirve de atajo para evitar las muchedumbres del Acueducto y donde se codean la Caja de Ahorros y ese aburrido y carero bar que frecuenté bastante durante aquellas extrañas vacaciones después de nuestra separación, desde donde te llamé un día por teléfono para que me confirmaras que efectivamente, no me echabas de menos en absoluto, ni en lo más mínimo. Mi respuesta a eso fue comerme otra ración de chorizo frito, por siete euros, y empezar a sentír una especie de oscura hermandad con los cerdos.
Por lo que es imposible que te rastreen, que gente extraña y curiosa te localicen. Aunque fuera yo persona para estimular curiosidad. Puedes estar tranquila.
Yo no lo estoy. Quise, supongo, "sentir algo", así que con la excusa de tu mensaje me fui raudo como un tonto a ver tus imágenes colgadas desde hace no sé cuánto tiempo, quedándome con la sorpresa de que contrariamente a lo que había supuesto y predicado, no has cambiado. Eso no se hace. Tienes todo el derecho de no cambiar, pero si vas a hacer algo así, se avisa primero.
Quería sentir algo, pero no esto. Sobre todo porque ya no estoy en situación de ahogarlo ni en cerveza ni en otro líquido. Acaban de subir de nuevo los impuestos: acá, ahora, sólo los millonarios beben. Los demás van a la iglesia. Pero no creo en Dios.
No creo en nada. Sólo en mi hijo, que algún día ha de tener descendencia, entre la que en algún siglo muy lejano alguna molécula de lo que yo fui, o algún enrevesado fragmento de código ADN, se volverá a unir con alguna portadora de esos genes tuyos, para que todo esto se repita. Y toda mi fe se resume en creer que cuando eso suceda, cuando tu tátara se encuentre con el mío, ella llevará el mismo color de pantalón que tú llevabas ese día.
Ni así le encuentro sentido a esto.
Me voy a dormir. Ojalá no sueñe.
Por lo que es imposible que te rastreen, que gente extraña y curiosa te localicen. Aunque fuera yo persona para estimular curiosidad. Puedes estar tranquila.
Yo no lo estoy. Quise, supongo, "sentir algo", así que con la excusa de tu mensaje me fui raudo como un tonto a ver tus imágenes colgadas desde hace no sé cuánto tiempo, quedándome con la sorpresa de que contrariamente a lo que había supuesto y predicado, no has cambiado. Eso no se hace. Tienes todo el derecho de no cambiar, pero si vas a hacer algo así, se avisa primero.
Quería sentir algo, pero no esto. Sobre todo porque ya no estoy en situación de ahogarlo ni en cerveza ni en otro líquido. Acaban de subir de nuevo los impuestos: acá, ahora, sólo los millonarios beben. Los demás van a la iglesia. Pero no creo en Dios.
No creo en nada. Sólo en mi hijo, que algún día ha de tener descendencia, entre la que en algún siglo muy lejano alguna molécula de lo que yo fui, o algún enrevesado fragmento de código ADN, se volverá a unir con alguna portadora de esos genes tuyos, para que todo esto se repita. Y toda mi fe se resume en creer que cuando eso suceda, cuando tu tátara se encuentre con el mío, ella llevará el mismo color de pantalón que tú llevabas ese día.
Ni así le encuentro sentido a esto.
Me voy a dormir. Ojalá no sueñe.
Comments
Post a Comment