Jack-in-the-Box
Antes que nada, explicarle al lector, aunque no sea el lugar (no hay lugar) que soy un ser en plena descomposición. Me estoy derritiendo, como la bruja malvada del Este, como el pastel de Richard Harris, como los postulados dogmáticos de la Iglesia Anglicana, como un archipiélago que ya no se habla. Y esto es, de todas las etapas de la vejez, solamente la que recién estoy atravesando. He pasado ya por algunas, y habrá otras por venir. No sé, la verdad, hasta qué punto el tema puede ser de interés general, pues si bien es cierto que usted también, querido lector, algún día se hará viejo o vieja, lo más probable es que la cosa no se produzca con esta extraordinaria rapidez, a menos que sea también fumador empedernido con opción preferencial para enfermedades de degeneración pulmonar; y sospecho que algo también tiene que ver en mi caso esa fractura, esa hendidura existencial basado en circunstancias insalvables que atraviesa mi vida y hace que mis múltiples pasados se marchiten nada más vividos, lo cual de cierta manera te obliga a vivir un eterno presente bañado en una falsa sensación de eterna juventud, pues esos años acumulados de poco o nada te han servido y ya difícilmente te identificas en todos ellos. Esa fractura no es, por suerte, algo común. De modo que intentaré ser breve y esquemático.
La primera señal de que te acecha la vejez será la archiconocida crisis de los cuarenta, que en mi caso se distinguió por el descubrimiento del sexo (revelación que elude a muchos británicos hasta su lecho de muerte, pero tuve suerte, léase a la Carmen), seguido naturalmente por una corta época de intensa experimentación. A eso le sucedió, con pasmosa rapidez, la crisis de la invisibilidad, también conocida como womenopausia, cuando te das cuenta de que para las mujeres ya no eres un hombre, sino acaso, y con suerte, una especie de mueble rodante, o simplemente un teorema de dudosa validez que flota en el aire a ratos. Tal descubrimiento abre un período digamos que de duelo, cuando a pesar de toda tu educación sientes la lejana pero insistente canto de sirena de la autocompasión. Tal etapa, contra todo pronóstico, fue superada con éxito y sin trauma en mi caso, hecho a lo que habrá contribuido en su justa medida el haber sido desde siempre feo como gárgola, y por tanto de visibilidad muy reducida hasta en la mejor época: la sociedad también ayuda, en cuanto existe un consenso férreo acerca de que la pérdida de la identidad sexual no puede ser en ningún caso motivo de queja ni objeto de atención por parte de terceros, so pena de perder por completo la dignidad. De modo que saltemos a la siguiente etapa, que es la que me motivó a abrir este blog (ver primer post), verbigracia, el encogimiento del canario (lease: del miembro viril), con la consiguiente sensación de sorpresa, decepción y leve preocupación que tal fenómeno lógicamente entraña. Lo que más sorpresa produce, aun, es que la siguiente etapa, y tratándose del mismo órgano, es de expansión: a partir de cierto momento tu verga se te vuelve cada día más grande y más pesada, y eso a pesar de que su actividad se reduce al cumplimiento del llamado deber conyugal, actividad que mantiene para con el sexo "de verdad" más o menos la misma relación que hay entre un deber plagiado al vuelo de un estudiante de Literatura a partir de Brodie's Notes, y la obra inmortal original a la que supuestamente hace referencia. Cuando por primera vez me di cuenta de este fenómeno, me acordé de una visita que hice de niño al Planetario de Londres, de donde había sacado la errónea noción de que las estrellas pasan por una fase de encogimiento antes de hacerse muy grandes. Una rápida consulta en wikipedia me ha corregido sobre este punto: no obstante, se me hace que la metáfora del Gigante Rojo aún mantiene cierta validez, al tratarse de un fenómeno tardío en el ciclo de vida del ente en cuestión, a más de espectacular y, digamos, acaparador. A usted, estimado lector masculino, no le puedo pronosticar si le pasará, como a mí, sobre los cincuenta años, o más tarde. Pero le ha de pasar, digo yo, que un día encontrará que su pene, sin que se haya preocupado en valerse de ninguno de los dudosos artilugios que habitan su buzón de Spam, de repente habrá adquirido dimensiones francamente obscenas, obligándote a adoptar una serie de medidas para disimularlo; peor aun, dicha expansión física irá acompañada por un correspondiente aumento del peso del órgano, que empezará a sentirse como si por debajo de ti llevaras arrastrando un animal muerto o en todo caso moribundo, tipo oveja o capibara. De tal suerte que, con el pasar de los meses, empezarás a sentir dolores de espalda, y andarás encorvado. (Llámenme ingenuo, pero nunca antes me había dado cuenta de la razón de esta característica curvatura de la espalda de los viejos.) Peor aun: a todo esto hay que sumar una correspondiente expansión llamémosla conceptual, que da por resultado que esa sensación física de tener una picha grande, pesada e inerte se trasladará a un incierto terreno mental, medio sensorial, medio intuitivo o intelectual, y de ahí se propagará a todos tus procesos mentales, cual plaga mental, obligándote a reconocer, así sea de mala gana, que todos tus procesos mentales de cierto modo son macrofálicos o dicho de otra manera valen verga. Y a partir de ahí, de un modo algo misterioso, nace la siguiente etapa, ya mencionada, la de la disgregación psíquica.
Somos, como cuenta la película Sostiene Pereira, una comunidad de almas, o si se prefiere, una orquesta de deseos y de visiones de distintos timbres, dentro de la cual cada instrumento tiene la capacidad de destacar, en algún momento, como solista. Estos seres que nos habitan no llegan a ser personalidades definidas, pero esconden en su interior el potencial de ser tal, de dar un paso hacia adelante y coger la batuta. Pero sucede que en una vida como la mía, y probablemente como la suya, no ha habido oportunidad ni necesidad de cambiar de director más de una sola vez o como mucho, dos veces. Ahora bien, cuando se llega a las puertas de la vejez, el director ya se encuentra cansado, ensimismado, desengañado y sumido en la melancolía. Con lo cual, ya no hay esa disciplina interior que se traduce en la descarnada persecución de un único objetivo, o como mucho de una gama de objetivos cuidadosamente priorizados, a los cuales todos tus procesos mentales y emocionales están subordinados. Esto da lugar a que cada elemento de tu psique tome su propio camino. Ya no hay concierto dentro de tu cabeza. En un momento estás llorando de nostalgia, en otro te estás sintiendo arrastrado por alguna de las diversas modalidades de la lujuria, en otro te vuelves mecánico de tus infaustas circunstancias y te obsesiona el pago de la planilla, en otro eres el hedonista todoterreno de siempre.
Y digo esto porque se va a notar en lo que sale a continuación. Ya no se espanten.
La primera señal de que te acecha la vejez será la archiconocida crisis de los cuarenta, que en mi caso se distinguió por el descubrimiento del sexo (revelación que elude a muchos británicos hasta su lecho de muerte, pero tuve suerte, léase a la Carmen), seguido naturalmente por una corta época de intensa experimentación. A eso le sucedió, con pasmosa rapidez, la crisis de la invisibilidad, también conocida como womenopausia, cuando te das cuenta de que para las mujeres ya no eres un hombre, sino acaso, y con suerte, una especie de mueble rodante, o simplemente un teorema de dudosa validez que flota en el aire a ratos. Tal descubrimiento abre un período digamos que de duelo, cuando a pesar de toda tu educación sientes la lejana pero insistente canto de sirena de la autocompasión. Tal etapa, contra todo pronóstico, fue superada con éxito y sin trauma en mi caso, hecho a lo que habrá contribuido en su justa medida el haber sido desde siempre feo como gárgola, y por tanto de visibilidad muy reducida hasta en la mejor época: la sociedad también ayuda, en cuanto existe un consenso férreo acerca de que la pérdida de la identidad sexual no puede ser en ningún caso motivo de queja ni objeto de atención por parte de terceros, so pena de perder por completo la dignidad. De modo que saltemos a la siguiente etapa, que es la que me motivó a abrir este blog (ver primer post), verbigracia, el encogimiento del canario (lease: del miembro viril), con la consiguiente sensación de sorpresa, decepción y leve preocupación que tal fenómeno lógicamente entraña. Lo que más sorpresa produce, aun, es que la siguiente etapa, y tratándose del mismo órgano, es de expansión: a partir de cierto momento tu verga se te vuelve cada día más grande y más pesada, y eso a pesar de que su actividad se reduce al cumplimiento del llamado deber conyugal, actividad que mantiene para con el sexo "de verdad" más o menos la misma relación que hay entre un deber plagiado al vuelo de un estudiante de Literatura a partir de Brodie's Notes, y la obra inmortal original a la que supuestamente hace referencia. Cuando por primera vez me di cuenta de este fenómeno, me acordé de una visita que hice de niño al Planetario de Londres, de donde había sacado la errónea noción de que las estrellas pasan por una fase de encogimiento antes de hacerse muy grandes. Una rápida consulta en wikipedia me ha corregido sobre este punto: no obstante, se me hace que la metáfora del Gigante Rojo aún mantiene cierta validez, al tratarse de un fenómeno tardío en el ciclo de vida del ente en cuestión, a más de espectacular y, digamos, acaparador. A usted, estimado lector masculino, no le puedo pronosticar si le pasará, como a mí, sobre los cincuenta años, o más tarde. Pero le ha de pasar, digo yo, que un día encontrará que su pene, sin que se haya preocupado en valerse de ninguno de los dudosos artilugios que habitan su buzón de Spam, de repente habrá adquirido dimensiones francamente obscenas, obligándote a adoptar una serie de medidas para disimularlo; peor aun, dicha expansión física irá acompañada por un correspondiente aumento del peso del órgano, que empezará a sentirse como si por debajo de ti llevaras arrastrando un animal muerto o en todo caso moribundo, tipo oveja o capibara. De tal suerte que, con el pasar de los meses, empezarás a sentir dolores de espalda, y andarás encorvado. (Llámenme ingenuo, pero nunca antes me había dado cuenta de la razón de esta característica curvatura de la espalda de los viejos.) Peor aun: a todo esto hay que sumar una correspondiente expansión llamémosla conceptual, que da por resultado que esa sensación física de tener una picha grande, pesada e inerte se trasladará a un incierto terreno mental, medio sensorial, medio intuitivo o intelectual, y de ahí se propagará a todos tus procesos mentales, cual plaga mental, obligándote a reconocer, así sea de mala gana, que todos tus procesos mentales de cierto modo son macrofálicos o dicho de otra manera valen verga. Y a partir de ahí, de un modo algo misterioso, nace la siguiente etapa, ya mencionada, la de la disgregación psíquica.
Somos, como cuenta la película Sostiene Pereira, una comunidad de almas, o si se prefiere, una orquesta de deseos y de visiones de distintos timbres, dentro de la cual cada instrumento tiene la capacidad de destacar, en algún momento, como solista. Estos seres que nos habitan no llegan a ser personalidades definidas, pero esconden en su interior el potencial de ser tal, de dar un paso hacia adelante y coger la batuta. Pero sucede que en una vida como la mía, y probablemente como la suya, no ha habido oportunidad ni necesidad de cambiar de director más de una sola vez o como mucho, dos veces. Ahora bien, cuando se llega a las puertas de la vejez, el director ya se encuentra cansado, ensimismado, desengañado y sumido en la melancolía. Con lo cual, ya no hay esa disciplina interior que se traduce en la descarnada persecución de un único objetivo, o como mucho de una gama de objetivos cuidadosamente priorizados, a los cuales todos tus procesos mentales y emocionales están subordinados. Esto da lugar a que cada elemento de tu psique tome su propio camino. Ya no hay concierto dentro de tu cabeza. En un momento estás llorando de nostalgia, en otro te estás sintiendo arrastrado por alguna de las diversas modalidades de la lujuria, en otro te vuelves mecánico de tus infaustas circunstancias y te obsesiona el pago de la planilla, en otro eres el hedonista todoterreno de siempre.
Y digo esto porque se va a notar en lo que sale a continuación. Ya no se espanten.
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