Dignidades
El público imaginario, el que no tengo, ya se está quejando. "Últimamente, sólo escribes tonterías". El dato que se les escapa: este fin de semana tenía que calificar 160 exámenes (120 hechos, 40 casi hechos) y 200 redacciones (80 hechas, 120 sin empezar todavía), además de intentar salvar mi nuevo laptop, cual desamparada doncella, de las mortíferas garras de Windows 8. Así es el pluriempleo. Cuando a otros sólo les toca demostrar que no son tontos, al pluriempleado, con el cerebro estrujado, sólo queda, en estos escasos momentos de locuacidad disfrazada de lucidez, fingir que no lo es. A veces, cuando salgo al patio a fumar, se me ocurre que debe de haber una lección filosófica en esto, o mejor dicho, una carta de queja. ¿Dirigida a quién? Ahí está la cuestión. En un mundo perfecto siempre hay un culpable. Venezuela, por ejemplo, es un país perfecto. Todo lo malo ahí sucede por culpa de la burguesía. Así que, si estuviera en Venezuela, podría achacar mis enfermedades, mi falta de tiempo, la injusticia de mi aplastante carga laboral, la extraña artrosis del dedo anular de mi mano derecha, el desmoronamiento de mis dientes, el anquilosamiento de mi cerebro, todo eso y más, a la siempre socorrida burguesía, y quedarme con esa enorme satisfacción que consiste en sentirse víctima de unos malvados desalmados, y por eso mismo, digno de que Raquel Welch, la de 1967, se incline sobre mi cara para ofrecerme un té y unas tostadas con miel. Pero no estamos en ese país. Aquí, es posible que mi problema de dedo se deba a los editores de El Universo (aunque no veo cómo) y que el desastre de mis muelas sea fruto de una conspiración urdida en Miami, pero creo que ni el más acérrimo correista llevaría demasiado lejos esas conclusiones. Así que tengo que quedarme con ser, como siempre he sido y en todo país, autor de mis propias desgracias... no, esperen. Ya está. La culpa de todo lo tiene El Matrimonio. Ya saben: esa institución, esa cosa inmunda que nos seduce con falsas promesas antes de devorarnos y arruinarnos la vida, uniendo al vago con la hacendosa, al soñoliento con la cínica, al vegetariano con la carnívora, con cadenas de terribles responsabilidades. El problemático hecho de que yo lo escogí... bueno, dejémoslo estar. Sí: el Matrimonio de todo tiene la culpa. Sin él, viviríamos en un paraíso. Ya. Me siento inspirado. Si fuera más joven, esto podría ser hasta el inicio de una Fase.
Pero no quería hablar de eso.
Me he enterado (ni sé cómo, no tengo tiempo para hojear nada) de que el otro día, llegaron al Municipio de Guayaquil unos jóvenes vestidos con máscaras de Nebot (probablemente las encargaron a alguno de esos fabricantes callejeros de Años Viejos) y equipos de música, para manifestarse en contra de la política de garrote largamente favorecida por dicha Institución. Por supuesto, como no podía ser de otra manera, la respuesta de los matones de Nebot fue de llevar a cabo con estos mismos jóvenes la política de garrote contra la cual ellos protestaban. Mamporros, toletazos, chuchas de tu madre, sangre. Hasta ahí, normal. Lo interesante: primero, El Universo, al principio, ni pío (ya sé, sorprenderse de ello demuestra cierta ingenuidad, pero soy ingenuo, qué pasa) y segundo, el Municipio sale con una cadena que si reinara la economía verbal tendría por único acompañamiento verbal: tu quoque. "Si a Correa le trataran así, él haría lo mismo con sus fuerzas de seguridad, todos lo sabemos. Los violentos son ellos. Nosotros nomás les emulamos, golpe por golpe, chucha por chucha, hasta donde podemos, para demostrar lo malos que son ellos y lo buenos que somos nosotros."
Más claro todavía: "el alcalde Jaime Nebot señaló que nadie le va a faltar el respeto". (Ojalá Guayaquil nunca se convierta en potencia nuclear.)
Se me vienen a la mente mis felices días de profesor en la Unidad Educativa Pequeños Ornitorrincos del Saber, donde la falta de respeto era pizza mugrienta de cada día. No se ponían máscaras porque los viejeros no me tienen vista la cara, pero si podían imitar mi caminar, mi forma de hablar, silbar canciones alusivas a la pobreza de mi vestimenta, etcétera, en buena hora, porque como ecuatorianos de pro, para ellos la cuestión era de fregar. Ahora bien, lo curioso es que no llamé a unos gorilas vestidos con uniformes nazi para quebrarles la nariz a esos alumnos míos. Y creo, sinceramente, que no lo habría hecho aunque esos gorilas hubieran existido y estado a mi entera disposición. ¿Por qué no? Pues tal vez porque la cosa no era para tanto. Soy viejo, pero todavía conservo suficientes recuerdos de juventud y escolaridad para saber que los profesores existimos para ser parodiados, para ser objeto de burla. Apenas no tenemos más finalidad que eso: y desde luego, en ese detalle es donde más nos parecemos a los políticos.
Nebot a veces aparenta ser un político: hasta pone cara de estadista delante de las cámaras. Pero la inmadurez le traiciona a cada rato. Y nunca más que en esta ocasión.
Él sabía (porque ni dos dedos de frente se necesitan) que los jóvenes eran agents provocateurs preelectorales: el timing es demasiado elocuente. Así que lo que tocaba era magnanimidad, invitaciones "a discutir, a intercambiar pareceres", gala de dignidad: el juego electoral lo dicta imperiosamente. Pero para eso, el pobre Nebot tiene un problema. Él sufre de dignidad.
No pudo actuar dignamente por ser él demasiado digno. Parece paradoja, pero no lo es. Es simple polisemia. Me explico:
Para algunos (los del gobierno), la dignidad es algo que se "regala". En serio. Si eres militante de AP, algún fin de semana te tocará irte al campo en una vieja furgoneta Toyota cubierta de pegatinas y "regalar" unas cuantas libras de dignidad a algunos campesinos, a cambio de agradecimiento eterno e intención de voto. No, pero en serio. La frase "regalar dignidad" no la inventé yo: la copié de El Telégrafo, palabra. Antes se regalaban camisetas, ahorita se regala es dignidad. No me preguntes en qué consiste esa dignidad, porque no lo sé. Sospecho que no sirve para mezclar con el café o amasar arepas, pero igual me equivoco.
Luego, y muy aparte, viene esa dignidad, la tradicional, que se fundamenta en el esfuerzo y el mérito propio, que no se puede "regalar" porque la misma definición lo impide. Los viejos a veces se nos pilla echándolo de menos en "la sociedad actual". No nos hagan demasiado caso. Siempre pecamos de agoreros y de folclóricos.
Y luego está la dignidad del político preso de ese ruidoso narcisismo crónico que parece que va con el oficio. De hecho, en este continente, ser político es ser Dignidad. Casi casi podría servirnos como sustantivo colectivo a la inglesa: "an unkindness of ravens", "a pride of lions", "a dignity of Latin American politicians". Y es esa dignidad la que lleva a uno a convertirse una y otra vez en triste espectáculo, en furibundo homúnculo, en ridículo ofendido... en fin, en indignado. Es el tipo de dignidad "a mí nadie me falta el respeto", porque tengo gorilas uniformados en mi haber. Ese tipo.
No sé. Tal vez es algo que se necesita, algo "normal", tal vez soy tonto por no percatarme de ello. Repito: entre viejo, enfermo, casado y sobreexplotado no me queda mucho tiempo para pensar ni aclararme las ideas ni peor ilustrarme como se debe. En estas tristes épocas de la vida, ¿qué les puedo decir?, uno se infantiliza bastante, en el sentido de suplir su borrosa y defectuosa visión del mundo con recuerdos de niñez, reales o confabulados. Yo creo recordar un tiempo, lejano supongo, en que los políticos (algunos) reconocían, siquiera tácitamente, la relación subalterna y parasitaria que tenían respecto a sus votantes, a quienes igualmente reconocían, faltaba más, el derecho a mofarse de ellos de todas las maneras posibles porque ésos eran gajes del oficio (y de todas maneras la dulce venganza llegaba en el momento de contemplar su cuenta bancaria). No sé si es recuerdo de todo beibibuma vomitado de entre las fauces del Imperio, o si lo soñé alguna noche hace tiempo, hace mucho tiempo. Pero de sueños tan dulces uno no tiene ganas de deshacerse, despertarse es inevitable, pero deshacerse...
Les dejo con esto.
Pero no quería hablar de eso.
Me he enterado (ni sé cómo, no tengo tiempo para hojear nada) de que el otro día, llegaron al Municipio de Guayaquil unos jóvenes vestidos con máscaras de Nebot (probablemente las encargaron a alguno de esos fabricantes callejeros de Años Viejos) y equipos de música, para manifestarse en contra de la política de garrote largamente favorecida por dicha Institución. Por supuesto, como no podía ser de otra manera, la respuesta de los matones de Nebot fue de llevar a cabo con estos mismos jóvenes la política de garrote contra la cual ellos protestaban. Mamporros, toletazos, chuchas de tu madre, sangre. Hasta ahí, normal. Lo interesante: primero, El Universo, al principio, ni pío (ya sé, sorprenderse de ello demuestra cierta ingenuidad, pero soy ingenuo, qué pasa) y segundo, el Municipio sale con una cadena que si reinara la economía verbal tendría por único acompañamiento verbal: tu quoque. "Si a Correa le trataran así, él haría lo mismo con sus fuerzas de seguridad, todos lo sabemos. Los violentos son ellos. Nosotros nomás les emulamos, golpe por golpe, chucha por chucha, hasta donde podemos, para demostrar lo malos que son ellos y lo buenos que somos nosotros."
Más claro todavía: "el alcalde Jaime Nebot señaló que nadie le va a faltar el respeto". (Ojalá Guayaquil nunca se convierta en potencia nuclear.)
Se me vienen a la mente mis felices días de profesor en la Unidad Educativa Pequeños Ornitorrincos del Saber, donde la falta de respeto era pizza mugrienta de cada día. No se ponían máscaras porque los viejeros no me tienen vista la cara, pero si podían imitar mi caminar, mi forma de hablar, silbar canciones alusivas a la pobreza de mi vestimenta, etcétera, en buena hora, porque como ecuatorianos de pro, para ellos la cuestión era de fregar. Ahora bien, lo curioso es que no llamé a unos gorilas vestidos con uniformes nazi para quebrarles la nariz a esos alumnos míos. Y creo, sinceramente, que no lo habría hecho aunque esos gorilas hubieran existido y estado a mi entera disposición. ¿Por qué no? Pues tal vez porque la cosa no era para tanto. Soy viejo, pero todavía conservo suficientes recuerdos de juventud y escolaridad para saber que los profesores existimos para ser parodiados, para ser objeto de burla. Apenas no tenemos más finalidad que eso: y desde luego, en ese detalle es donde más nos parecemos a los políticos.
Nebot a veces aparenta ser un político: hasta pone cara de estadista delante de las cámaras. Pero la inmadurez le traiciona a cada rato. Y nunca más que en esta ocasión.
Él sabía (porque ni dos dedos de frente se necesitan) que los jóvenes eran agents provocateurs preelectorales: el timing es demasiado elocuente. Así que lo que tocaba era magnanimidad, invitaciones "a discutir, a intercambiar pareceres", gala de dignidad: el juego electoral lo dicta imperiosamente. Pero para eso, el pobre Nebot tiene un problema. Él sufre de dignidad.
No pudo actuar dignamente por ser él demasiado digno. Parece paradoja, pero no lo es. Es simple polisemia. Me explico:
Para algunos (los del gobierno), la dignidad es algo que se "regala". En serio. Si eres militante de AP, algún fin de semana te tocará irte al campo en una vieja furgoneta Toyota cubierta de pegatinas y "regalar" unas cuantas libras de dignidad a algunos campesinos, a cambio de agradecimiento eterno e intención de voto. No, pero en serio. La frase "regalar dignidad" no la inventé yo: la copié de El Telégrafo, palabra. Antes se regalaban camisetas, ahorita se regala es dignidad. No me preguntes en qué consiste esa dignidad, porque no lo sé. Sospecho que no sirve para mezclar con el café o amasar arepas, pero igual me equivoco.
Luego, y muy aparte, viene esa dignidad, la tradicional, que se fundamenta en el esfuerzo y el mérito propio, que no se puede "regalar" porque la misma definición lo impide. Los viejos a veces se nos pilla echándolo de menos en "la sociedad actual". No nos hagan demasiado caso. Siempre pecamos de agoreros y de folclóricos.
Y luego está la dignidad del político preso de ese ruidoso narcisismo crónico que parece que va con el oficio. De hecho, en este continente, ser político es ser Dignidad. Casi casi podría servirnos como sustantivo colectivo a la inglesa: "an unkindness of ravens", "a pride of lions", "a dignity of Latin American politicians". Y es esa dignidad la que lleva a uno a convertirse una y otra vez en triste espectáculo, en furibundo homúnculo, en ridículo ofendido... en fin, en indignado. Es el tipo de dignidad "a mí nadie me falta el respeto", porque tengo gorilas uniformados en mi haber. Ese tipo.
No sé. Tal vez es algo que se necesita, algo "normal", tal vez soy tonto por no percatarme de ello. Repito: entre viejo, enfermo, casado y sobreexplotado no me queda mucho tiempo para pensar ni aclararme las ideas ni peor ilustrarme como se debe. En estas tristes épocas de la vida, ¿qué les puedo decir?, uno se infantiliza bastante, en el sentido de suplir su borrosa y defectuosa visión del mundo con recuerdos de niñez, reales o confabulados. Yo creo recordar un tiempo, lejano supongo, en que los políticos (algunos) reconocían, siquiera tácitamente, la relación subalterna y parasitaria que tenían respecto a sus votantes, a quienes igualmente reconocían, faltaba más, el derecho a mofarse de ellos de todas las maneras posibles porque ésos eran gajes del oficio (y de todas maneras la dulce venganza llegaba en el momento de contemplar su cuenta bancaria). No sé si es recuerdo de todo beibibuma vomitado de entre las fauces del Imperio, o si lo soñé alguna noche hace tiempo, hace mucho tiempo. Pero de sueños tan dulces uno no tiene ganas de deshacerse, despertarse es inevitable, pero deshacerse...
Les dejo con esto.
Increíble esa frase de "regalar dignidad"... ¿recuerdas más detalles del contexto o algo así?
ReplyDeleteSaludos, qué bueno que hayas vuelto.
Bueno, no tengo guardado el enlace (o tal vez sí, en la otra computadora), pero vamos, no hay que buscar muy lejos. Hay incluso en este país un Ministerio de Exclusión Semántica, que invita a buscar necesitados de Dignidad hasta por debajo de las piedras:
ReplyDeletehttp://www.inclusion.gob.ec/da-dignidad-en-esta-navidad/
Personalmente, prefiero la versión nebotista, más contundente:
http://www.municipiodeguayaquil.gob.ec/da-tortas-y-mamporros-en-esta-navidad/
O en versión anglosajona, "Deck the Halls and Deck your Critics, fa la la la la."