El dueño del Ecuador
Seré breve. Llegué a este país hace diez años. En aquel entonces, se atribuía a un tipo bizco, bigotudo, de cabello blanco, la virtud de ser "dueño del Ecuador". Si tal fue, poco le duró. Una enfisema, una muerte más bien discreta, una triste estatua allá en Durán, que durante mucho tiempo estuvo cubierta de lienzo, y no sé si perdura, ya que su promotora (la Marianita) perdió alcaldía hace tiempo. De éste apenas ya no se habla. Esta semana, sin embargo, veo que la costumbre de pavonearse como "dueño del país" sigue teniendo su atractivo para algunos. Me refiero al siguiente comentario:
Correa añadió que "probablemente esto es un feo mensaje para la inversión extranjera, pero no voy a permitir que dos empresas telefónicas se me lleven 500 millones de dólares (al año) de utilidades en base a un espectro que es de todos los ecuatorianos".
Aun sin negrita, salta a la vista, parpadea y chisporrotea y echa rayos, ese "me". "Que se me lleven...". O sea, que el dinero es de él. No importa que lo hayan creado unas empresas privadas, con el esfuerzo de sus respectivos dueños y directivos y la colaboración de sus sufridos trabajadores. No importa que sin esas empresas, ese dinero, esas "utilidades" simplemente no existirían. La cuestión es que para nuestro querido Presidente, toda la riqueza que hay en el país, una vez creada por el esfuerzo de otros, le pertenece. No es que le pertenezca al "pueblo", a "la nación", a "todos los ecuatorianos". El espectro radioeléctrico bien puede ser "de todos", como admite en otro lugar, pero el dinero, lo contante y sonante, es suyo, personalmente suyo. La frase citada no admite otra lectura.
Pero eso ya lo sabíamos.
Lo sabíamos porque de lo ajeno, lo auténticamente ajeno, uno no puede disponer sin permiso. Y desde el momento en que se dispone unilateralmente que las "utilidades" (a quién se la habrá ocurrido este término tan impropio para algo que, secuestrado por gobierno y leyes, ya no presenta utilidad alguna) tienen que "distribuirse" obligatoriamente, sea a los trabajadores, sea al gobierno, sea a quien sea, pues ya no tiene sentido seguir hablando de ningún derecho de propiedad privada. Y una vez entendido esto, el que vengan los inconformes a poner pleitos sobre supuestas "inconstitucionalidades" da risa. Hace mucho que la Constitución, lo que queda de ella, cuelga de una cuerda en la pared del retrete presidencial, lista para ser usada con aquella finalidad para la cual, hay que admitirlo, parece que fue diseñada expresamente. Uno puede hasta zamparse un Vindaloo y te sobran artículos para la mañana siguiente. Excelente invento, pero no está hecho para empresarios, o para cualquiera que tenga la curiosa pretensión de vivir libremente y en paz con todas. ¿Inversión extranjera? Habría que ser un auténtico masoquista para invertir en un país así.
Lo he dicho muchas veces: piensa mal y acertarás. Con los políticos es una garantía absoluta. Por muy mal concepto que tengas de ellos, siempre se las arreglan para sorprenderte nuevamente con su bajeza y ruindad. Y en ningún lugar más que en este país absurdo.
(Y para mayor ilustración del lector: no, el reparto de utilidades obligatorio no es algo normal siquiera en este mundo tan extensamente corrupto. Es un invento de algunos países sudamericanos, ni siquiera practicado en todos ellos. En Argentina es letra muerta, en Colombia ni se sueña con algo así. En el resto del mundo es prácticamente desconocido.)
Más Claro: imaginemos que Carlos Slim, con reprochable alevosía, le quisiera dar una lección al gobierno cortándole la señal al país entero durante, hmm, una semana, y a disfrutar del caos. Aun así, dudo de que nuestros amos y señores se aprenderían la lección de que, si bien la ausencia de un gobierno apenas se haría notar de alguna forma, salvo quizás en una mayor sensación de libertad, de paz y tranquilidad general, la ausencia de la mayor empresa de telecomunicaciones sería la catástrofe general. No, no puede ser. Ellos son los necesarios: los que se gastan millones en la "imagen del liderazgo mundial del Presidente Correa" (en serio, eso dice, "mundial": Ecuador ya se le quedó pequeño) y en insultar gratuitamente a periodistas de los canales no gubernamentales. Pero eso ya es otro párrafo.
Maoísmo. O para ser más exactos, jiǎntǎo. Se trata de la práctica de la autodenuncia, esencial para la cohesión social según las filosofías colectivistas más extremas. En la práctica: en lugar de insultar al potencial opositor, le obligas a insultarse él mismo, delante de todos, en una especie de autohumillación ritual. Si no puedes conseguir eso (por el momento) pues por lo menos le obligas a escuchar cómo su propio canal le injuria y le denuncia, a través de una cadena de obligada transmisión. Bien por Ecuavisa que se haya negado a colaborar. Mal por ellos el haber transmitido anteriormente, sin problemas, un sinfín de insultos e injurias dirigidas a otras personas a lo largo de todos estos años en forma, también, de cadena gubernamental. Se diría que es sólo cuando les toca de cerca. Pero peor es nada, supongo.
Bonil. El tipo es un santo. Yo no podría guardar la compostura frente a tamañas estupideces, y tamaño racismo como el de aquellas personas que ven relevante el color de piel del asambleísta "Tin" en cuanto se le critica su mediocre desempeño como representante. Hace mucho que he observado que la gente más racista del mundo son, en general, los más prestos a imaginarse y a denunciar supuestos racismos ajenos. Lo dicho por Maeterlinck: si Judás sale esta noche es hacia Judás que dirigirá sus pasos. Hasta ahora, la ley se cumple.
Israel y Gaza. A nadie le importará, supongo, pero después de leerme la carta de Hamas, abiertamente genocida, y de tratar infructuosamente de imaginarme una organización más despreciable, mentirosa, cobarde y antihumana, encuentro que estoy con Israel en todo menos el bombardeo de una población en parte civil como estrategia de defensa. Y ello por una simple razón: yo no podría. Y creo que es cobardía y falta de principios apoyar a otros en la comisión de actos que uno mismo, dada la oportunidad, no tendría la valentía (o la crueldad, o como quieras llamarlo) para acometer. (Ojalá a algunos se les ocurriera musitar estos principios antes de, por ejemplo, flexionar la rodilla ante el todopoderoso SRI.) Por ello, ya lo sé y lo reconozco, no serviría como Ministro de Defensa de ningún país del mundo, siquiera del mío, si existiera. Pero me niego igualmente a repartir condenas y denuncias sobre temas que no me da la gana vivir, por lo mismo, porque eso también es de cobardes, y peor, de ignorantes y lobotomizados. Me resigno a ser irrelevante y me enorgullezco de ello. Los irrelevantes somos mas relevantes, a veces, que lo que aparentamos. Se verá en un futuro.
Resumiendo: seguimos viviendo en un país de locos y en un mundo de locos. Más razón para callarnos, girar la cabeza, secarnos las lágrimas y ponernos a escuchar cosas como ésta:
Correa añadió que "probablemente esto es un feo mensaje para la inversión extranjera, pero no voy a permitir que dos empresas telefónicas se me lleven 500 millones de dólares (al año) de utilidades en base a un espectro que es de todos los ecuatorianos".
Aun sin negrita, salta a la vista, parpadea y chisporrotea y echa rayos, ese "me". "Que se me lleven...". O sea, que el dinero es de él. No importa que lo hayan creado unas empresas privadas, con el esfuerzo de sus respectivos dueños y directivos y la colaboración de sus sufridos trabajadores. No importa que sin esas empresas, ese dinero, esas "utilidades" simplemente no existirían. La cuestión es que para nuestro querido Presidente, toda la riqueza que hay en el país, una vez creada por el esfuerzo de otros, le pertenece. No es que le pertenezca al "pueblo", a "la nación", a "todos los ecuatorianos". El espectro radioeléctrico bien puede ser "de todos", como admite en otro lugar, pero el dinero, lo contante y sonante, es suyo, personalmente suyo. La frase citada no admite otra lectura.
Pero eso ya lo sabíamos.
Lo sabíamos porque de lo ajeno, lo auténticamente ajeno, uno no puede disponer sin permiso. Y desde el momento en que se dispone unilateralmente que las "utilidades" (a quién se la habrá ocurrido este término tan impropio para algo que, secuestrado por gobierno y leyes, ya no presenta utilidad alguna) tienen que "distribuirse" obligatoriamente, sea a los trabajadores, sea al gobierno, sea a quien sea, pues ya no tiene sentido seguir hablando de ningún derecho de propiedad privada. Y una vez entendido esto, el que vengan los inconformes a poner pleitos sobre supuestas "inconstitucionalidades" da risa. Hace mucho que la Constitución, lo que queda de ella, cuelga de una cuerda en la pared del retrete presidencial, lista para ser usada con aquella finalidad para la cual, hay que admitirlo, parece que fue diseñada expresamente. Uno puede hasta zamparse un Vindaloo y te sobran artículos para la mañana siguiente. Excelente invento, pero no está hecho para empresarios, o para cualquiera que tenga la curiosa pretensión de vivir libremente y en paz con todas. ¿Inversión extranjera? Habría que ser un auténtico masoquista para invertir en un país así.
Lo he dicho muchas veces: piensa mal y acertarás. Con los políticos es una garantía absoluta. Por muy mal concepto que tengas de ellos, siempre se las arreglan para sorprenderte nuevamente con su bajeza y ruindad. Y en ningún lugar más que en este país absurdo.
(Y para mayor ilustración del lector: no, el reparto de utilidades obligatorio no es algo normal siquiera en este mundo tan extensamente corrupto. Es un invento de algunos países sudamericanos, ni siquiera practicado en todos ellos. En Argentina es letra muerta, en Colombia ni se sueña con algo así. En el resto del mundo es prácticamente desconocido.)
Más Claro: imaginemos que Carlos Slim, con reprochable alevosía, le quisiera dar una lección al gobierno cortándole la señal al país entero durante, hmm, una semana, y a disfrutar del caos. Aun así, dudo de que nuestros amos y señores se aprenderían la lección de que, si bien la ausencia de un gobierno apenas se haría notar de alguna forma, salvo quizás en una mayor sensación de libertad, de paz y tranquilidad general, la ausencia de la mayor empresa de telecomunicaciones sería la catástrofe general. No, no puede ser. Ellos son los necesarios: los que se gastan millones en la "imagen del liderazgo mundial del Presidente Correa" (en serio, eso dice, "mundial": Ecuador ya se le quedó pequeño) y en insultar gratuitamente a periodistas de los canales no gubernamentales. Pero eso ya es otro párrafo.
Maoísmo. O para ser más exactos, jiǎntǎo. Se trata de la práctica de la autodenuncia, esencial para la cohesión social según las filosofías colectivistas más extremas. En la práctica: en lugar de insultar al potencial opositor, le obligas a insultarse él mismo, delante de todos, en una especie de autohumillación ritual. Si no puedes conseguir eso (por el momento) pues por lo menos le obligas a escuchar cómo su propio canal le injuria y le denuncia, a través de una cadena de obligada transmisión. Bien por Ecuavisa que se haya negado a colaborar. Mal por ellos el haber transmitido anteriormente, sin problemas, un sinfín de insultos e injurias dirigidas a otras personas a lo largo de todos estos años en forma, también, de cadena gubernamental. Se diría que es sólo cuando les toca de cerca. Pero peor es nada, supongo.
Bonil. El tipo es un santo. Yo no podría guardar la compostura frente a tamañas estupideces, y tamaño racismo como el de aquellas personas que ven relevante el color de piel del asambleísta "Tin" en cuanto se le critica su mediocre desempeño como representante. Hace mucho que he observado que la gente más racista del mundo son, en general, los más prestos a imaginarse y a denunciar supuestos racismos ajenos. Lo dicho por Maeterlinck: si Judás sale esta noche es hacia Judás que dirigirá sus pasos. Hasta ahora, la ley se cumple.
Israel y Gaza. A nadie le importará, supongo, pero después de leerme la carta de Hamas, abiertamente genocida, y de tratar infructuosamente de imaginarme una organización más despreciable, mentirosa, cobarde y antihumana, encuentro que estoy con Israel en todo menos el bombardeo de una población en parte civil como estrategia de defensa. Y ello por una simple razón: yo no podría. Y creo que es cobardía y falta de principios apoyar a otros en la comisión de actos que uno mismo, dada la oportunidad, no tendría la valentía (o la crueldad, o como quieras llamarlo) para acometer. (Ojalá a algunos se les ocurriera musitar estos principios antes de, por ejemplo, flexionar la rodilla ante el todopoderoso SRI.) Por ello, ya lo sé y lo reconozco, no serviría como Ministro de Defensa de ningún país del mundo, siquiera del mío, si existiera. Pero me niego igualmente a repartir condenas y denuncias sobre temas que no me da la gana vivir, por lo mismo, porque eso también es de cobardes, y peor, de ignorantes y lobotomizados. Me resigno a ser irrelevante y me enorgullezco de ello. Los irrelevantes somos mas relevantes, a veces, que lo que aparentamos. Se verá en un futuro.
Resumiendo: seguimos viviendo en un país de locos y en un mundo de locos. Más razón para callarnos, girar la cabeza, secarnos las lágrimas y ponernos a escuchar cosas como ésta:
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