La mirada presa

Ya lo aprendimos en la infancia. Dos, tres, cinco chicos o chicas sumidos en el juego y la risa. Llega el matón, el de ojos tristes y voz de lejano trueno. Un solo gesto lleno de furia, y las canicas se dispersaron, se perdieron en la alcantarilla, el osito de peluche vierte al suelo sus blancas vísceras de algodón, el muñeco de nieve, degollado, se hunde, las líneas de la rayuela se borran, el halcón yace en el tacho de basura. Porque el matón es apóstol a su manera. Lo suyo, el evangelio de la frustración, de la decepción, de la ira ante las cadenas del propio fracaso. Su soledad se puebla de conspiraciones: aquí y allá, todos están jugando, todos felices, todos tienen a alguien, menos yo. Que aprendan, pues, lo que es la pérdida, lo que es la pobreza, lo que es la humillación. Yo les enseñaré.

El matón ya se ha hecho grande, y se ha provisto de un discurso, plagiado al azar. "Yo represento a los pobres, a los marginados... Lo mío es la Justicia." Con el tiempo, medio se lo cree y todo. (A lo mejor.)

El dibujante de la rayuela levanta la cabeza, viendo avanzar hacia él otro apóstol de la furia. - Señor, si es por justicia vienes, justicia fuera que los marginados representaran a sí mismos, uno por uno, sin intermediarios, para así dejar de ser marginados. El tener "representante", que te metan en un colectivo, un "segmento", una "cultura", un "pueblo", para que alguien levante la mano por ti, es la definición misma de la marginación, de la verdadera pobreza. ¿O no sabías eso? Tu afán de representarme es precisamente lo que me margina. Cuidado con esa línea que recién está pintada... Oh, ya veo en qué plan vienes. No importa, como ésta que borraste siempre habrá muchas líneas más. Sólo hace falta ver dos puntos en el espacio y querer unirlos. Pelearse con la geometría es de insensatos. Tal vez te falta aun poco más de tiempo para descubrirlo.

- Yo no me peleo con la geometría ni con las líneas - replica enfurecido el matón. - Vengo por ti, porque insultaste a mi pueblo. Éste soy yo, ¿verdad? - Y el apóstol señala con tembloroso dedo un monigote pintado en el suelo, a la cabeza de la rayuela. Un personaje hecho de cinco líneas mayores, en son de torso y miembros, un círculo para la cabeza, y cara triste.

El dibujante mira el monigote, y a su interlocutor, con rostro pensativo. - Sí, sí, creo que es usted - , dice al final. - Lo parece. Pero no veo ahí a ningún pueblo. Si me permites...

El apóstol hace una mueca de sorna, y escupe en el suelo. - No me vengas con ésas. Una sola línea que representa el torso. ¿Qué bromas son éstas? Has dibujado claramente un hombre delgado. Está claro que todos los delgados estamos representados y ridiculizados en esta caricatura. Y como la delgadez viene de la pobreza, de no tener qué comer, pues del mismo modo, ahí está usted burlándose de los pobres. Atrévete a negarlo, pendejo, cariculo, hijo de mala madre.

- No lo niego, amigo. Este dibujo hecho de líneas y curvas representa para ti todo lo que usted quiere ver en él. Es la naturaleza de los dibujos. Cada uno ve lo que quiere, de lo que es capaz. Según las luces y las sombras de su propia mente.

- Boberías. ¿Qué otra cosa se supone que hay allí, si no una burla a los delgados?

- Hombre, detrás de una burla siempre hay algo más. Es la naturaleza de las burlas: siempre se centran en la carencia, en el yerro, en el apartarse vergonzosamente de alguna meta o algún ideal, que en teoría podría ser cualquier cosa. Ahora, si usted cree que me burlo de un delgado por no ser gordo, de un pobre por no ser rico, de un negro por no ser blanco, de un lengua torcida por no ser melifluo orador, de un hombre por no ser mujer o una mujer por no ser hombre, eso dice más sobre usted que sobre mí. Para mí sólo hay una carencia que me llama la atención en toda persona: la inautenticidad.

- In-au...

- Inautenticidad. Del hombre que se vende por un plato de lentejas, o lo que es lo mismo, por seis mil dólares al mes, a una chusma de gente que no ve en él una persona, sino sólo un símbolo codiciable y aprovechable, un ente de usar y desechar. De quien se dedica a hacer lo que no sabe hacer bien, ante los aplausos de risueños cínicos, cuando podría estar dando clases magistrales en lo que sí sabe hacer mejor que nadie. En el que, seducido por una retórica hueca y antihumana, se puebla la cabeza de pueblos, de grupos y colectivos en que toda la inteligencia de los seres humanos individuales se diluye en una especie de denso lodo de emociones infantiles, hecho de odios, suspicacias, resentimientos y reivindicaciones. Y que encima comete el enorme absurdo de querer "representar" a uno de esos supuestos colectivos. El que suscita mi suspicacia no es el delgado, sino el delegado. Ya te lo dije: el afán de representar a otros es el camino más seguro a la muerte espiritual. Mira nomás a ése que tenemos ahora por Director (de la escuela). Las desesperadas contorsiones de su cerebro y su discurso ante el vaivén del capricho electoral hacen pensar en los movimientos de agonía de un grillo medio aplastado en el suelo de la ducha. Llega el agua y no sabremos más de él. Haces mal en buscar enemigos entre quienes te deseamos mejor suerte que ésa.

- ¿O sea que me criticas por no haber hecho de mi vida lo que hubieras querido que haga? ¿No es eso la mayor arrogancia y paternalismo que jamás se haya escuchado?

- Pues me alegra que lo digas, amigo. Así que estamos de acuerdo en querer desterrar el paternalismo. Cada uno decide por sí mismo lo que quiere hacer, con la única responsabilidad de hacerlo bien, cosa que de joven sí entendiste mejor que nadie, a la vista está. De modo que: perdonar a quien hace mal las cosas por su procedencia, por sus orígenes, por su color de piel, o cualquier tontería de ésas, aplicar la mirada selectiva, la mirada presa de la corrección política, desterrar por esas razones a cualquier persona del dominio de la posible burla constructiva, es la peor capitulación posible. Es ceder ante todas esas hordas de gente que te quieren etiquetar, que te quieren ver como símbolo de un colectivo y no como lo que eres, una persona única e insustituible. A ver si al final resulta que en el fondo estábamos siempre de acuerdo.

- Si estuviera de acuerdo contigo, perdería mi trabajo, hijueputa.

- Así es. Pero aquí hay un juego de rayuela recién pintada, salvedad hecha de la parte que borraste con el pie. A ver si nos ayudas a completarla y vienes a jugar, a enseñarnos algo tuyo. Nos encantaría.

Cinco minutos después, ya no hay rayuela, al dibujante le sangra la nariz, y el matón camina muy satisfecho de sí, pues ya ha realizado su buena hazaña del día. Como para compartirlo con todos esos nuevos amigos que tiene, pues que ya ninguno de ellos dice pobretón, pobretón. O si lo hacen, será solamente entre ellos, detrás de las puertas de algún restaurante de lujo...

Si solamente fuera tan fácil borrar una mirada como borrar, con el pie, una línea de tiza en el patio de recreo, en el patio pesadilla de la eterna soledad.

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