Poder y valores

 Perfection, of a kind, was what he was after,
And the poetry he invented was easy to understand;
He knew human folly like the back of his hand,
And was greatly interested in armies and fleets;
When he laughed, respectable senators burst with laughter,
And when he cried the little children died in the streets.


       ("Epitaph on a Tyrant" - W. H. Auden, 1907 - 1973)


Según algún dicharachero de Twitter, lo siguiente fue dicho ayer por el Presidente en su enlace semanal.

Queridos jóvenes el poder es bueno. No hay que burlarse del poder. Sin poder se cae en anarquía.

Bueno, como siempre digo, es un punto de vista. Lo que sigue es otro.

Necesitamos primero una definición de poder. Propongo la de Orwell, que como siempre, va directo al meollo de la cuestión:

"Power is in tearing human minds to pieces and putting them together again in new shapes of your own choosing." (1984)

Lo podemos expresar de un modo más formal: poder = violencia. Por tanto, es el antónimo de libertad. Si una persona toma decisiones sin que la voluntad de otra(s) persona(s) influya en ellas salvo de manera residual (más abajo lo explico), decimos que esa persona es libre. Si su decisión, en cambio, es el resultado de la voluntad de otra persona impuesta de modo coercitivo (mediante amenazas de violencia, o violencia real), decimos que está bajo el poder de esa otra persona. Tener poder es suplantar la capacidad de decisión de las personas; es anular su libertad. Y tener poder político es avasallar voluntades a gran escala, mediante el aparato del Estado.

Ahora, soy consciente de que esta definición es simple e individualista, y que como tal no le resultaría satisfactorio a un marxista, por ejemplo, que insistiría en que el poder es propiedad funcional de una relación asimétrica, no entre individuos, sino entre clases socioeconómicas bajo un determinado modo de producción, por ejemplo, el capitalista. (El funcionalista en sociología diría lo mismo, mutatis mutandis, haciendo constar que la tal relación asimétrica recibe su absoluta bendición.) Para el caso poco importa. Hasta el marxista, pese a toda su artillería de ofuscación, a fin de cuentas tiene que reconocer que el cambio deseado en las relaciones de poder pasa ineluctablemente por la toma de conciencia, de parte del individuo, de que lo que está haciendo va contra su voluntad, de que su papel es el de víctima de una determinada forma de violencia, aunque no sea dirigida contra él. ni que venga de parte de ninguna persona en especial. Es más: el marxismo clásico propone, al igual que cierto liberalismo clásico, reducir el poder a su mínima expresión, que utópicamente sería la perfecta nulidad. Las contradicciones del capitalismo desembocan en revolución, tras la cual se establece, por un tiempo limitado, un régimen de defensa de las conquistas frente a las fuerzas reaccionarias (dictadura del proletariado); los reaccionarios mueren, el Estado como expresión del poder hegemónico al final se vuelve obsoleto, "se marchita", y se instaura una sociedad de cooperación y auxilio mutuo y perfecta igualdad, el comunismo, en la cual no existe ningún poder político de ningún tipo. Es precisamente esta visión apocalíptica-mesiánica del marxismo tradicional la que le ha permitido venderse como ideología liberadora: hay que disputarle el poder al sistema, dicen, hay que arrancarle la hegemonía (según la formulación gramsciana) para que ese poder pase a manos de los buenos, perdón, de la vanguardia del proletariado, o séase, nosotros, pero no es que queremos disfrutar de ese poder en perpetuidad, ¡no compañeros! sino administrarlo hasta ese glorioso momento en que ya no sea necesario, porque ya no tendremos enemigos contra quienes defendernos. Es esa propaganda contra la que arremete Orwell cuando le hace decir al gárrulo O'Brien

The German Nazis and the Russian Communists came very close to us in their methods, but they never had the courage to recognize their own motives. They pretended, perhaps they even believed, that they had seized power unwillingly and for a limited time, and that just around the corner there lay a paradise where human beings would be free and equal. We are not like that. We know that no one ever seizes power with the intention of relinquishing it. Power is not a means; it is an end. (op. cit.)

Ahora, sabemos que Correa no es marxista, pero hasta ahora uno suponía que su pretendido izquierdismo sui generis por lo menos abarcaba ese lado del socialismo contestatario al poder: sus múltiples propagandistas en El Telégrafo han pasado años despotricando contra los poderes fácticos (esos detentores imaginarios del poder real, cuya existencia justifica ver al pluripotente Estado, a pesar de todo, como un diminuto David frente a un oscuro Goliat) e inventándose enemigos a conveniencia, para que nadie dude de que la urgencia de la coyuntura justifica la arbitrariedad y la saña sin límites contra el pueblo. Bajo esta perspectiva, se podría decir que la cita presidencial, de resultar verídica, sería el "momento O'Brien" del régimen: ése en que se abandona todo fingimiento, y se admite lo que antes era una sola sospecha. El poder (para él, para ellos) es bueno. Y no están, para nada, dispuestos a renunciar a él.

Claro que tal cándida admisión viene con justificante. Si no hay poder, dice ese gran pensador que es el actual Presidente de la República, "se cae en anarquía". Lo cual, en términos esquemáticos, no es más que una perogrullada, si se define anarquía como "ausencia de poder". Ahora, la fuerza retórica de tal consigna estriba en que habitualmente y en términos coloquiales, entendemos anarquía como desorden, caos y violencia aleatoria. El poder es necesario para imponer el orden en una sociedad. Lo cual puede ser cierto. Hasta la fecha no conocemos, salvo experimentos inestables, sociedades sin estructuras de poder. Un antropólogo diría: somos una especie tribal, y no existen tribus igualitarias. Pero tal reconocimiento no implica en sí que el poder sea "bueno". Si lo fuera, lo lógico sería llevarlo a su máxima expresión, la tiranía y el totalitarismo, el mundo de 1984. En cambio, si admitimos que poder = violencia, y valoramos la no violencia, es decir la libertad, entonces el poder vendría a ser un mal (supuestamente) necesario. Y lo que se hace con los males, necesarios o no, es controlarlos y minimizarlos en la medida de lo posible.

Hay dos maneras de minimizar el poder, y aquí viene a cuenta lo dicho antes sobre el papel residual que las demás personas pueden ejercer en la toma de decisiones de un individuo. Si aceptamos que libertad significa poder tomar decisiones sin coerción, entonces cobra relevancia la forma en que tal coerción se ejerce, o dicha de otra manera, su representación interna en la mente del individuo. Frente a la visión esperpéntica de la sicología conductista, que reduce la decisión humana a estímulo y respuesta unidimensionales (y deterministas), y también frente a aquella caricatura malévola del liberalismo que lo identifica como libertinaje (o sea, si no aceptas la coerción de parte de miembros de la casta superior, eres condenado al más puro e irreflexivo egoísmo, pues al ser de las masas, no das para más), conviene insistir en que la mente humana es capaz, al tomar decisiones, de exhibir cualquier grado de sofisticación algorítmica y de delicadeza ética, de ser necesario, y habitualmente manifiesta por lo menos dos o tres niveles de recursividad. Uno toma decisiones, en primer lugar, descartando los imposibles (o sea, aplicando constraints), luego aplicando sus valores sociales o personales, mostrando, finalmente, cierta flexibilidad ante los imprevistos, los valores desconocidos o subjetivos, y el elemento arbitrario e irreductible de la experiencia personal. Lo podemos ilustrar con el siguiente ejemplo:

Salgo a trabajar por la mañana y me encuentro con que anoche dejé las luces del carro encendidas, y que el carro no arranca. ¿Qué hago?

Opción 1: mover rápidamente mis brazos como alas, para levantarme del suelo y así volar como paloma directo hacia el trabajo. Esta opción, harto atractiva, la tengo que descartar pues contradice las leyes de la física, que actúan como constraints.

Opción 2: volver a la cama, sin más. Si lo hago, mis alumnos quedarán esperando baldíamente. Habré demostrado irresponsabilidad y les habré perjudicado haciéndoles perder más tiempo de lo necesario. Puesto que la responsabilidad forma parte de mi escala de valores, descarto esta opción. Mis valores también actuán como constraints, pero a nivel inferior, más "blandos".

Opción 3: Llamar un taxi. Si lo hago, gastaré en el pasaje tal vez más plata de lo que me ganaré haciendo la clase, pero por lo menos habré cumplido con mi responsabilidad. Hmm.

Opción 4: Ir caminando hacia la parada más cercana, y coger el bus. Gastaré poco, pero llegaré muy tarde. Tal vez los alumnos se habrán hartado de esperar antes de que llegue. Hmm.

Opción 5: Llamar por teléfono a la secretaria y decir que no puedo ir y que avise a los alumnos para que no esperen. Hmm.
Opción 6: Ir despertando a los vecinos uno por uno, a ver si alguno está dispuesto a ayudarme a arrancar el carro con la ayuda de cables de arranque. Hmm.

Sea cual sea la opción escogida entre 3-6, se habrá tomado "en libertad": pero ello no significa que necesariamente sea la opción más egoísta, y hemos visto que tampoco significa que no haya tenido en cuenta previamente algunos factores limitantes (constraints). Ahora bien, con lo que sueñan algunos poderosos es que su poder se manifieste precisamente en que la representación interna de su voluntad sea vista como uno de esos factores limitantes, estables e inamovibles, situado en un nivel superior del proceso: a ser posible, codeándose con las mismas leyes de la física. Visión que se trasluce en expresiones como, por ejemplo, "cultura tributaria" (en que el individuo ni siquiera percibe el dinero pagado en impuestos como suyo, y por consiguiente, no es consciente de ningún acto coercitivo cuando se lo quitan). A tal fin, se intenta que el ciudadano internalice como valor primario la obediencia al Estado, aunque ésta habitualmente viene disfrazada con otros nombres, solidaridad entre ellos. Estos valores socialmente consensuados son precisamente los que permiten la hegemonía cultural gramsciana por parte de la casta dominante. Ahora, se puede discutir si la imposición más o menos consciente o deliberado de estos valores en la mente del ciudadano mediante técnicas diversas de lavado de cerebro, perdón, "educación", constituye una violencia, por tanto, una expresión de poder, o a qué nivel en la jerarquía de valores decisivos empieza o termina la coerción propiamente dicha. Son cuestiones complejas. Pero basta con lo dicho: muchos teóricos que consideran el poder como un mal necesario ven en la educación una solución parcial al problema: el ciudadano convenientemente educado obedece, no cuestiona el sistema, coopera "libremente". Es una de las dos maneras de, supuestamente, limitar el poder.

El otro debe ser obvio, pues se resume en aquella serie de consignas que habitualmente asociamos con la "democracia" liberal occidental: checks and balances, independencia de las funciones del Estado, proceso electoral, representatividad, rendición de cuentas, etcétera. Lo paradójico es que habitualmente se descarta, en cualquier discurso oficial, aquello que debería ser el elemento más central, más importante: el constante cuestionamiento de la necesidad de que el poder se ejerza en determinado ámbito, la necesidad de minimizar el alcance del poder en la vida cotidiana, y por tanto, de maximizar la responsabilidad individual. No hay mucho misterio en ello. El poder político está implacablemente opuesto a la responsabilidad individual, a la autonomía (aunque sea parcial) del individuo, y le interesa mucho que el ciudadano se vea como un ser indefenso, inepto y necesitado de protección, dirección y liderazgo. Es propiedad del poder tender a perpetuarse de esta forma. Y dicho sea de paso, el discurso hegemónico del poder ha encontrado un gran aliado en la globalización y en la sociedad de la información, en el sentido en que este proceso tiende a debilitar cualquier consenso social local, cualquier autonomía social preexistente, de modo que, ante los terrores del gran mundo sangriento, feroz y despiadado que muestra la pantalla de la computadora, el ciudadano así intimidado deposite su fe y sus votos de obediencia y lealtad a los pies del Gran Hermano, único ente con la fuerza necesaria para protegerle.

Así que, en el fondo, es cuestión de valores. A quien la libertad nunca le haya servido para nada bueno, sólo para equivocarse y darse golpes, tal vez sea mucho pedir que prefiera toda la incertidumbre que viene asociada con una sociedad abierta, donde la responsabilidad recae en el individuo y no en el Estado, con la consiguiente posibilidad de seguir equivocándose y dándose más golpes. En cambio, quien haya saboreado a fondo la potencia mental y espiritual del ser humano realizado no podrá ver apenas en las burdas y malintencionadas formulaciones retóricas del poder otra cosa que motivo de burla. Sí, de burla.

Y eso es lo que, puntualmente, viene a ser el problema, al parecer.

  "No hay que burlarse del poder".

Epitafio también (como diría Auden) de un tirano, si alguna vez lo hubo.

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