Mi nuevo amor

Pensaba que era imposible que alguien de mi edad pudiera enamorarse todavía. Pero he aquí la sorpresa: me he vuelto a enamorar, hace unos días, pero de verdad de verdad.

El objeto de ese nuevo amor se llama Godzilla. Se trata de un monstruo creado en los años cincuenta por un estudio japonés, llamado Toho. Y lo sorpresivo del caso es que desde joven conocía a ese monstruo, por lo menos lo escuché nombrar muchas veces, y de seguro vi alguna imagen suya, sin fijarme demasiado, pues tenía la mente en otras cosas, o tal vez sería suficiente decir que entonces tenía mente. En todo caso, es como aquellas historias que uno a veces lee o escucha, de personas que crecen o trabajan muchos años al lado de alguien, sin que se le cruce la idea de enamorarse, y de pronto, zas, de la nada aparece Cupido, en el momento menos esperado.

No creo que Godzilla nunca llegue a fijarse en mí. Es igual. No me importa excesivamente, pues estoy acostumbrado a amar sin ser correspondido. De hecho, lo encuentro preferible: el amor no correspondido es como más limpio, más puro, menos viscoso y grumoso. Por ese lado, estoy absolutamente tranquilo. Tú también lo estarías, en mi situación.

Claro que a veces me duele esa neblina de indefinición que parece rodear la cuestión delicada del sexo de mi amada. Según tengo entendido, en las películas originales no se identifica el género de Gojira en ningún momento, pues a los japoneses no les importa ese tipo de cuestiones: ha sido en las traducciones y doblajes al inglés que empezó a extenderse el rumor malévolo de que el gigante atómico era macho. A mí me parece claro, clarísimo, que es hembra, y no solamente porque en una de las películas pone un huevo, sino por otras cosas más difíciles de explicar: tendencias de comportamiento, sobre todo, esa extraña mezcla de violencia y placidez y sonriente confianza en el poder de su aliento. En fin. Como siempre digo, el sexo biológico es una solemne irrelevancia en cuestiones de amor, y el género socialmente impuesto o asumido por la otra persona apenas menos irrelevante que aquél: todo está en ese matrix geométrico, ese filtro a través del cual le miras, esa manera en que tu mente privilegia algunas características de la persona y obvia otras, así acercándola instintivamente a tu ideal, que inevitablemente sí tiene género, pero alejado de cualquier estereotipo social. Basta con que la otra persona (¿hace falta que sea siempre una persona?) te permita identificarle con el género apetecido (G.A.), tal como ante tu mente se representa, y andando. Por lo menos, así parece funcionar en este caso.

Más de una vez mi esposa me ha interrogado: ¿qué es lo que tiene ella que no tengo yo? Sería fácil contestarle: espinas dorsales, dientes afilados, aliento atómico, etcétera. No lo digo, por educación. No todo el mundo es capaz de tener un aliento atómico incluso queriendo (aunque comer mucho Vindaloo puede que ayude). En realidad son cuestiones secundarias. En los hombres el amor muchas veces brota de un instinto de protección, o de algo muy vecino a ese instinto, neurológicamente hablando: una empatía, un poder identificarse secretamente con la otra, desde el otro lado del abismo. Yo le miro a Godzilla y siento hacia ella una ternura inenarrable. Ella está sola en el mundo, como yo. Es demasiado grande, como yo. Es asombrosamente torpe, como yo. Destruye edificios sin querer, con la cola, como yo. A los odontólogos les inspira oscuros arranques autolesivos, como yo. Tiene la costumbre de aparecer siempre en el lugar equivocado, otra vez como yo. Le persigue por doquier una columna de tanques de guerra, como a mí. ¡Tenemos tanto en común!

Y no solamente eso.

La música que constituye el Leitmotiv de todas las películas (genuinas) del personaje arranca con un borbotón cromático en trompetas (mi-sol#-re-re#-la-la#-do#-do-si, si, la#, la, fa-fa#-sol-sol#, bis, con variante), de timbre amenazante y sin compás discernible, antes de transformarse en una marcha rítmica con cuerdas que juega con acordes mayores (Fa, Sol, finalmente Mi), ya no amenazante sino marcial, atravesada con una irregularidad de compás que sugiere foraneidad, ruptura con la tradición y con lo conocido. Mi reencuentro con Godzilla data de ese momento cuando mi hijo, adicto a todo tipo de video en YT sobre dinosaurios, empezó a hacer brotar de los parlantes de su computadora esa música. Me interesé: me precio de no dejar escapar una brizna de melodía, por insustancial que parezca, si demuestra originalidad. Además, me sonaba familiar. Poco a poco fui descubriendo que esa música era la tarjeta de presentación de un fenómeno cultural que nos comunica (pero mal, muy mal, como en una migraña telefónica) con una cultura remota, la del Japón de los años cincuenta, el Japón pos Hiroshima y Nagasaki.

En un artículo de opinión hace poco (no recuerdo si en el U. o el T.) alguien sugirió que hasta hoy día muchos japoneses sufren de una especie de síndrome de Estocolmo respecto al bombardeo de esas dos ciudades, "justificándolo" con argumentos sobre la necesidad de acabar con esa sangrante e inútil guerra. No sé: me resulta inconcebible que hasta hoy día haya quienes quieren justificar lo que a todas luces fue un acto de inconmensurable barbarismo, irresponsabilidad y estupidez de parte del entonces presidente Truman, y peor, que entre éstos exista algún japonés. En fin, eso no me consta. Lo que parece fuera de duda es que Gojira fue concebida como metáfora sobre el poder destructivo de la bomba nuclear. Y lo interesante del caso, para mí, es que en todas esas películas el monstruo no se enfrenta, salvo simbólicamente y de manera sumaria y superficial, con enemigos humanos. Lo suyo es pelear con una polilla gigantesca, con un dragón de tres cabezas, con un vertedero de basura surgido del fondo del mar y dotado de un elemental poder de locomoción además de ojos verticales. Sus enemistades puntuales pueden colocarle, coyunturalmente, en el campo de los humanos o en el lado anti humano: a ella bien poco le importa. Lo que nos lleva a algo que llamaré teología de escala. Si bien en una película de Hollywood cualquier monstruo, para merecerse el nombre, tiene que medirse contra el adversario humano, en la película de keiji los seres humanos son, por lo general, impotentes espectadores de una batalla que pueden haber provocado pero que se le ha escapado de las manos. ¿Será ése el sentimiento del ciudadano japonés de a pie en los años cincuenta? Nos metimos en algo que ahora nos sobrepasa en escala, tenemos un enemigo para quien no somos más que mosquitos, y para quien podemos ser enemigo o no, quién sabe: lo único cierto es que ese enemigo destruye ciudades, tiene la piel horneada y agrietada, y sigue tal vez su propio capricho, tal vez una terrible moralidad inconcebible.

Será otra historia y otro articulo, pero encuentro refrescante seguirle la fortuna a un monstruo que no es ni héroe ni villano. Para mí, eso constituye el primer paso para que yo le tome en serio. Lo demás, obra de Cupido.

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