The Guardian, diario golpista

Me refiero a este artículo, que me sorprendió con la brillante frase:

Never underestimate the power worship of those who claim to speak for the powerless, or the credulity of the supposedly wised-up critical theorist.

Efectivamente. La adoración al poder, la postración ante él, parece ser un instinto tan inexistente en unos como dominante en otros: los que sencillamente no vemos la necesidad de que nadie tenga ese "poder", ni sabríamos hacer otra cosa con él que regalarlo al primer llegado (me pasa eso con las alcachofas: dicen que se pueden comer, pero no veo cómo... tenga, pruebe usted), estamos condenados siempre a no entender la política, a perdernos en vanas elucubraciones abstractas y dilemas morales rebuscados en el intento de entender lo realmente sencillo, lo sencillamente selvático, lo dog eat dog. Pero en todo caso, cuando hasta el mismísimo Guardian abandona su política de apoyo editorial a tu régimen supuestamente izquierdizante, bolivariano y anti imperialista, sabes (o debes saber) que tienes problemas. Claro que Maduro no sabe nada, puesto que para eso le faltaría un cerebro: él es como un algoritmo de seudo AI de primera generación, una especie de ELIZA programada para responder a todo: ¡golpe! ¡intento de golpe! ¡CIA! ¡desestabilización! ¡patria, socialismo o muerte! Da algo de pena.

("Sí... loco de amor por Venezuela." Supongo que para un tipo así, esto es una salida ingeniosa. Pobretón.)

Más pena me da, por razones egoístas, encontrarme afincando en un país que sigue el mismo camino, hasta el mismo previsible final. Y no tener ni la juventud ni la salud necesarias para dar el salto y escaparme con la familia, que todos ya se quieren ir. El problema soy yo.

Estaré muerto en cuestión de meses, si no de días. No entiendo como he podido sobrevivir tanto. No puedo respirar. Mi vida es una farsa en que intento mantener a toda costa esa apariencia de normalidad, para seguir trabajando y así sirviendo para algo, cuando la máquina ya no da de sí. Ahogarse lentamente no es nada agradable. Sobre todo, no resulta ser muy compatible con la serenidad. Todo eso lo digo para que entiendas, admirable cosaco, el posible cese de actividad de este blog en un futuro próximo.

Mientras...

He visto la mejor película que recuerdo desde, no sé, le Mari de la Coiffeuse pongamos, y no sé cómo me la perdí hasta ahora. Se llama Buffalo '66, y si la chica bailando claqué al son de Moonchild, de King Crimson, no cambia tu vida, entonces tienes la circulación peor que yo y debes tomar algo urgentemente. Y esa milésima de segundo en que una resplandeciente Christina Ricci se sonríe ante la disculpa tardía de su secuestrador tiene más lecciones útiles para la vida que toda la producción del estudio Disney junta. Haz el esfuerzo, anda, no pierdes nada.

Cuando ves algo así, que puede cambiar vidas, y luego piensas en tu lóbrega profesión de profesor, en que no cambias ninguna, se te salen las lágrimas, o levantas el puño al cielo: por qué, o malvados dioses, por qué no puedo trocar los adverbios de tiempo con el presente perfecto simple por la visión de esta película, total, dura lo mismo, por qué tiene que haber sílabos y exámenes, por qué no están permitidos los actos de caridad, de solidaridad y benevolencia?

Y los dioses contestan, entre bocados de alcachofa: porque entonces, chomp, si cambiaras alguna vida, chomp, siquiera la tuya, tendrías demasiado poder, y eso, chomp, tú mismo lo acabas de reconocer, chomp, sería levemente malsano.

Ajj. Es que con los dioses ni una buena conversación puedes tener. Son como Maduro. Una idea fija, y no entienden nada de nada.


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