Emilio Palacio: gato encerrado

A veces uno echa de menos algo de claridad en el reportaje de los sucesos. Las preguntas más obvias no encuentran respuesta en la atropellada redacción del bienintencionado periodista. A la larga, se empieza a escuchar jauría de gatos encerrados.

Ejemplo: se sanciona a Teleamazonas por, entre otras cosas, haber emitido un reportaje acerca de un "supuesto centro de cómputo clandestino". Yo recuerdo haber visto un reportaje ese día en que un grupo de representantes de la oposición, entre ellos Cynthia Viteri, se adentraban en dicho centro en busca de evidencias. Ella aseguraba que no se le habían informado sobre la existencia del centro, y que era deber de las autoridades informarla en su calidad de representante de un grupo electoral. Si el centro no era clandestino, ¿ella mentía o se equivocaba, y en cuál de dichas afirmaciones? Y ¿de veras el rumor le llegó de Teleamazonas? O bien ¿dicho canal se limitó a informar sobre el "descubrimiento" de tal centro por parte de terceras personas? El hecho de que no se ha dado a conocer en la prensa ninguna defensa por parte de Teleamazonas induce a creer que dicho medio anda con la conciencia intranquila, o sea que se inventó la historia con deliberada malicia y la comunicó a la Viteri y a otros para crear escándalo. Es lo único que, para mí, daría algún sentido a tal sanción e imposibilitaría cualquier defensa basada en la práctica periodística habitual consagrada. Entonces, si Teleamazonas se inventó de cabo a rabo la historia, ¿qué era en realidad ese centro que se veía en el reportaje? ¿Un ciber? Lo pregunto porque si uno se limita a leer lo difundido por la prensa oficial, se lleva la impresión de que ni siquiera había ningún centro en ningín momento. ¿O resultará que el centro de cómputo que se veía en las imágenes era un local que había sido alquilado por Teleamazonas y llenado de computadoras para dar credibilidad a su mentira?

Lastimosamente, el que se haya tomado en serio en algún momento tal acusación (recordemos que la sanción luego fue revertida) les ha dado alas a los descerebrados partidarios de la "prensa veraz", es decir aquella prensa mítica que es incapaz de comunicar de buena fe informaciones inexactas, vengan de donde vengan, pues todo lo que comunica, hasta lo más cautelarmente entrecomillado, habría sido sujeto a una exhaustiva investigación. Tal prensa veraz, por ejemplo, ante ciertas dudas sobre la autoría del ataque a las Torres Gemelas (dudas muy respetables, desde luego, pues todo un X. Flores es capaz de propagarlas), evitaría cuidadosamente toda referencia a la controvertida teoría de que el ataque fuera acción de una organización terrorista enemistada con Estados Unidos, Al Qaeda, pues es imposible demostrar que no haya sido, por el contrario, una demolición controlada realizada por el propio gobierno de GW Bush. Y para no dar espacio a informaciones posiblemente inexactas, entonces tal prensa veraz se cuidaría muy mucho de difundir las declaraciones de Bush sobre tal ataque, por no hablar de otras posteriores sobre la supuesta presencia en Iraq de armas de destrucción masiva, con las que justificaba la invasión de tal país. Claro que, ante la imposibilidad de explicar, sin inducir a posibles errores entre el crédulo público, los motivos públicos y declarados de tal invasión, la prensa veraz tal vez optaría por no informar sobre el suceso de la invasión, y asunto arreglado.

Por si acaso, yo prefiero creer que los lectores de diarios y los televidentes tienen, por lo general y en medida, eso sí, variable, cerebro. El caso citado de la invasión de Iraq es testimonio elocuente de tal hecho. Todas y cada una de las declaraciones de Bush acerca de esas armas de destrucción masiva fueron difundidas por las bestias feroces (ya que no veraces) de la prensa internacional. Sin embargo, una investigación reciente ha revelado que la única persona en todo el planeta que se creyó, de buena fe, que existían tales armas en el territorio Iraqí, fue un tal Jezebiel F. Lugg, oriundo del pueblo de Fremont Hills, Missouri y de profesión vulcanizador de llantas (el hecho de que el crédulo haya sido de Missouri, precisamente, encierra cierta ironía, pero dejémoslo pasar). En cuanto al resto de la humanidad, según el mismo estudio, la incredulidad respecto a tales afirmaciones gubernamentales se fundamentaba, por lo general, en la universal percepción de que el tal George W. Bush era "un reverendo hijueputa". Es decir, el público en general es capaz de distinguir entre una afirmación hecha por una persona cabal y otra realizada por un reverendo hijueputa, lo que hace innecesario que el propio medio se entretenga con tales detalles. Que informen, simplemente, sobre lo dicho: del discernimiento de las verdades y mentiras se encarga el propio lector. (A propósito, que usted haya dudado, con razón, sobre la veracidad del estudio citado, si lo piensa bien, me da la razón en lo dicho: el lector sí tiene criterio, carajo.)

Lo que pasa es que los informadores a veces no informan.

Ejemplo de lo cual, el proceso legal que ayer dio lugar a una sentencia de tres años de cárcel contro Emilio Palacio, editor de opinión de El Universo. Se ha informado de que la sentencia se basa en un solo artículo de Palacio, y que ha sido por "injurias". Es obvio que tal artículo contiene insultos. Se le acusa al tal Samán de ser "matón", término oprobioso que el propio artículo justifica mediante la aseveración de que Samán hubiera enviado a un grupo de personas a protestar en las inmediaciones del diario El Universo, sin personarse él mismo, pues "él, como buen pelucón, permaneció a buen recaudo, esperando a que le reportaran por teléfono". Que la defensa de Palacio haya aducido, posteriormente, que "matón" se decía con el sentido de "alumno magistral" (¡¿?!) es patético, sin duda. Obviamente, el término aquí tiene que ver con una percepción de cobardía, pues es sabido que el arquetípico matón del colegio (bully, en versión inglesa) es una persona que abusa de su superioridad física, o de algún poder que se le haya concedido, pero que rehúye cualquier enfrentamiento de igual a igual con personas de su propio peso y estatura. Es decir, el argumento central del artículo se puede resumir de la siguiente manera:

1, Ha ocurrido una manifestación de personas que protestaban en las inmediaciones de El Universo. (El autor no abunda en los motivos de tal protesta.)

2. Tales personas fueron enviadas por Samán.

3. El propio Samán no acudió a la manifestación.

4. Tal proceder de parte de Samán es propio de una persona cobarde.

Hasta allí, nada que llame demasiado la atención en un artículo de opinión. Muchas veces, los periodistas que escriben opiniones son despiadados en sus interpretaciones de las acciones de personajes públicos, sobre todo si tales personajes son funcionarios del estado. Lo importante, por lo menos en la jurisprudencia de otros países como EEUU, Canada o el Reino hUnDido, es que los hechos sobre los cuales se erige la interpretación sean ciertos, por un lado (lo que en la práctica quiere decir demostrables), y por otro, que no se mezclen hechos e interpretaciones subjetivas de modo que el lector no los pueda distinguir. Quiero decir que si lo expuesto por Palacio se limitara al argumento citado, y si se pudiera demostrar los hechos relatados en los puntos 1-3 (el 1 es obvio, el 3 no he visto que se haya desmentido en ningún lugar, pero el 2 es tal vez más espinoso), entonces, y siempre en el supuesto de que la Ley en este país se asemeje a la estadounidense (con su famoso fallo en el NY Times vs Sullivan) o la británica (con su consuetudinaria defensa de Fair Comment), entonces el fallo de la jueza ayer sería claramente injustificable.

Y aun en el caso en que la defensa de Palacio no haya podido demostrar que los manifestantes fueran enviados por Samán (eso sí, uno echa en falta que el propio Samán desmienta algo tan fácilmente desmentible), en los mencionados sistemas legales bastaría con que no hubiera indicios de malicia en la atribución de tal hecho, o sea, que los hechos conocidos daban pie a que el articulista supusiera razonablemente que Samán estuviera detrás de ellos.

Ahora, el artículo no se limita a exponer el argumento detallado arriba, sino que lo bordea con comentarios maliciosos acerca de la supuesta pertenencia de Samán a la clase de los pelucones de Samborondón, y acerca de su prosperidad revolucionaria. Aquí, se podría encontrar material adicional de pleito, pues aquella desafortunada frase que dice que "de la noche a la mañana se convirtió en un revolucionario próspero" podría interpretarse como una acusación de peculado, aunque debo precisar que cuando leí el artículo original no se me ocurrió tal interpretación, y de hecho la considero un poco forzada, pues el contexto vierte no sobre supuestos crímenes sino sobre la hipocresía y falta de coherencia de un movimiento dizque socialista e igualitaria que sin embargo se compone sustancialmente de gente adinerada cuya cercanía al poder evidentemente les produce pingües ganancias adicionales, aunque sea "legalmente", es decir, en concepto de salarios gubernamentales y otros beneficios. (De Correa, expresa lo siguiente en idéntico tono: "Que no se diga nada de sus vacaciones en Cuba, ... de su jet privado, de su chef belga, de su jacuzzi en el Ministerio del Litoral. ") En todo caso, es notable que el artículo no se centra en las críticas a Samán, sino que el tema de la manifestación aquella y el proceder supuestamente cobarde de Samán lo usa como argumento para presentar una tesis más general, que involucra principalmente al Jefe de Estado y que tiene que ver con las divisiones sociales creadas por el actual regimen y la posibilidad de que éstas generen cada vez más violencia. Es decir, el artículo en sí, a pesar de sus múltiples defectos por lo menos no se puede resumir adecuadamente como un simple brote de malicia, sino que vierte sobre temas de legítimo interés público, eso sí, de manera muy personal y sesgada como cualquier lector de las columnas de Palacio ya da por supuesto.

A partir de lo dicho es tentador solicitar de parte de la prensa, o de la coñoscenti de este feliz país, aclaraciones sobre lo siguiente:

¿Las leyes de Ecuador permiten a los periodistas defenderse con un argumento parecido al del Fair Comment o al famoso Sullivan? En caso contrario, estamos ante un sistema legal que restringe el ejercicio del periodismo de opinión mucho más que en otros países, y que se podría argumentar incluso debilita de manera peligrosa el proceso democrático en éste. Si por el contrario existe tal defensa, ¿qué es lo que lo hace inaplicable en el presente caso? ¿Sobre qué elementos del texto del artículo se basó la decisión de la jueza para concluir que, más que una interpretación subjetiva de hechos conocidos o inferibles, se trata de una deliberada y deshonesta expresión de malicia?

Y, sobre todo, ¿qué sistema legal en sus cabales sanciona con privación de libertad a un delito (¿?) de injurias? ¿De veras se cree que una persona que insulta a través de un artículo es un peligro para el público? Y en caso afirmativo, ¿qué es lo que hace que el mismo insulto, cuando se expresa a través de una cadena sabatina presidencial, ya no sea indicio de peligrosidad, ni siquiera de falta de idoneidad para el cargo presidencial, sino que se debe de proteger mediante un pintoresco y decimonónico privilegio de inmunidad?

(A propósito de lo cual, ha sido hilarante ver a Correa esta semana exigir a sus asambleistas rebeldes despojarse de su inmunidad, sin en ningún momento plantearse dar el ejemplo en tal materia despojándose de la suya. La hipocresía de ese hombre parece no tener límites).

En fin, lo que me molesta es ver que la defensa de Palacio no parece tener argumentos (el propio Palacio, en El Universo de hoy, reacciona con un extenso tu quoque dirigido a Correa, pero no con argumentos de peso), sin saber si tal falta de argumentos legales se puede achacar a una legislación deficiente, que no recoge el derecho a criticar a personajes públicos en términos robustos, necesario en cualquier democracia, o si por el contrario lo expresado por Palacio acerca de ese tal Samán realmente no tiene fundamento alguno y es sólo el producto de una terrible malicia.

Yo, personalmente, de ese personaje de Camilo Samán no sé absolutamente nada. Sólo sé que es un hombre de estatura descomunal, pues el propio Correa, que no miente ni exagera nunca, ha comentado en público que el tal Palacio no le llega ni a la cintura. Deduzco que Camilo Samán debe de medir algo así como 2m80. Nada más sé sobre él, sobre ese gigante. Pero eso sí, por si acaso él sea en secreto fiel lector mío, me gustaría recomendarle algo para futuras ocasiones, algo que sirve mucho mejor que los pleitos y las leyes arcaicas: la violencia física.

Hace muchos años, tenía un compañero de trabajo al que todos conocían con el apodo de Physical Violence Pete. El tipo tenía unos 30 años, lucía una espectacular calvicie prematura, y cuando se emborrachaba en el Reina Victoria, que era algo frecuente, empezaba a disertar sobre esa teoría suya, que sostenía que, y parafraseando a Hal David,

What the World Needs Now is Violence, Physical Violence:
It's the only thing that there's just too little of.

Según ese hombre, casi todos los problemas del mundo se podrían solucionar si tan sólo nos acostumbráramos a lanzar por los aires sillas y mesas de madera, a romper espejos, y a darnos puñetazos más o menos al azar en toda ocasión que se presentara. En honor a la verdad hay que decir que nunca vi a ese tipo llevar sus teorías a la práctica. Sin embargo, con el tiempo empiezo a pensar que tal vez tenía razón, hasta cierto punto.





La imagen es del ex viceprimer ministro británico, John Prescott, dándole un buen puñetazo a un tipo que le había lanzado un artículo comestible no solicitado. Los diarios que trataron el hecho enfatizan que, al poco tiempo de producirse tal altercado, el golpeado se deshacía en expresiones de cordial amistad hacia el político, al que llegó a considerar "un gran tipo". Es decir, se hicieron buenos amigos. Claro, pues el político se comportó con entereza y rectitud, devolviendo hostia por hostia (hay que añadir que su popularidad en el Reino hUnDido se disparó a partir de este incidente). A mí se me antoja evidente que un desenlace así es con mucho preferible a un pleito, pues los procesos legales tienen desagradables consecuencias secundarias: producen rencor, y además en el presente caso puede que el propio Samán se vea pronto encombrado por la cantidad no desdeñable de tres millones de dólares sacadas del fondo de emergencia de El Universo, dinero que a un sacrificado servidor de la Patria como él evidentemente no le va a servir de nada, y que se verá obligado a donar a alguna causa benéfica. Pero lo peor del caso es que si se sigue un juicio a sabiendas de que un arcaico sistema legal condena al supuesto injurioso a pasar años en la cárcel, uno podría ver expuesta su reputación, me refiero a que algunos podrían incluso llegar a susurrar que aquello de intentar meter en la cárcel a quien hable mal de ti es algo propio de, digamos, un cobarde y, cómo se diría, un matón. Extraña manera de proteger su honra y su buen nombre, dándole la razón a quien los haya puesto en entredicho. Así que, a ver si en el futuro estas disputas se arreglan de la manera tradicional, para que al final en lugar de tanta mala leche veamos a los dos contrincantes, con sendos ojos morados, abrazados y tomando una biela juntos como buenos amigos.

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