If you like a lot of chocolate on your biscuit
Al poco tiempo de llegar a este país alguien me dijo que había un "club" de británicos en Guayaquil. Mi esposa, entusiasmada ("contactos" para posibles trabajos), yo no. Cuando uno atraviesa los campos en Inglaterra, el cuidado por evitar los cowpats viene por acondicionamiento skinneriano; al atravesar el mundo, lo mismo le pasa a uno con los autodenominados expats. Simplemente, evitas pisarlos. Si lo haces, por muy ex que se precien de ser, emiten un característico tufo a colonialismo rancio (y se te pegan en los zapatos). Se creen con derecho a llamar a todo camarero Manuel, a repartir Christmas Puddings como si fueran damas consulares, a organizar partidas de bridge, a hallar en los lugares más insospechados señales de falta de voluntad para perseguir el lavado de activos, y a condescender en escarpado por doquier. Pero bueno, uno también tiene curiosidad. Acudimos un día a ese amplio apartamento convertido en Gentlemen's Club, con vistas al río. Como manda el cliché, un camarero "nativo" (de aquí), obsecuente a más no poder, nos informó con los reglamentarios 36,8 grados de afectada pesadumbre que a las damas no se les permitía ser miembros del Club (obviamente el nombre de Phoenix Club hubiera sido una corrupción de Penis Club en los seculares albores de esta institución), sino sólo visitantes y en determinados días (tuvimos suerte). A mi esposa, dicho sea en su pro, le encantó visiblemente ese detalle. (Lo entendí perfectamente: a mí también me halaga que me excluyan. A uno le hace sentirse importante, peligroso, selvático en fin. Aaúu.). Luego me explicó que la membresía del Club costaba algo así como cincuenta dólares mensuales, a más del espantoso ritual de iniciación que consiste en acudir un lunes, hacer sonar una especie de campanilla que tienen allí en la barra, e invitar a todo el mundo a un "trago", que previsiblemente en muchos casos derivaría en costosísimas subvenciones de caprichos o de adicciones de añeja etiqueta. Lo comenté con mi esposa. Ella, más que dispuesta a sacrificar una parte importante de nuestros ingresos por saberme cada lunes por la noche en un lugar lleno de prometedores "contactos" y sin damas; además, cuando ingresas como miembro te hacen una caricatura y la cuelgan en la pared con las otras: más halagüeño imposible, pues sólo a las personas importantes las caricaturizan. Pero en esas cosas hay que seguir su estómago, y el mío ya estaba en el ascensor dos plantas más abajo.
Hace muchos años, con otra compañía femenina salía de la estación de Liverpool Street, en el centro-norte de Londres. Acabábamos de volver de unas vacaciones en la costa de East Anglia, donde habíamos hecho camping durante diez días, pero en algunos de esos sitios de campamento había buenas duchas y no apestábamos demasiado. Vinimos, eso sí, sedientos. Cruzamos la calle y entramos en el primer pub que se presentó. Unos treinta segundos más tarde, salimos apresurados del pub, pues resulta que en esa taberna no servían a clientes que iban vestidos de jeans. No había señales ni avisos sobre ese curioso reglamento: era una especie de tradición del local nomás.
Se me agotan los recuerdos. ¿Dónde más? Pues en la escuela, claro. "Tomasito me ha dicho que acaba de formar un nuevo club y que no te va a aceptar como miembro: Elis Elis." (Debo precisar que no fui a una escuela catalana, sólo que me gusta decir Elis Elis. Lo aprendí a partir de una canción de Pau Riba.) Si algún día tuviera la intención de ir a Galápagos, tengo entendido que también sería objeto de discriminación por no disponer de pasaporte ecuatoriano: se me colocaría en la fila de los que pagan todo más caro, por cojudos.
No es que sólo se me haya discriminado por estas cosas. Seguramente, en tantos años de vida y de miserias, por muchas más: pero uno no recuerda, a menos que quiere, es decir que hay que tener una sensibilidad especial para juzgarse o sentirse discriminado. Hay que cargar por doquier con el peso del entitlement, creerse con derechos, tener desarrollado el sentido de justicia en lo que a uno mismo se refiere. Hay cosas que duelen: no haber nunca ingresado, por ejemplo, en el extenso y dicharachero club de los que se habían acostado con la Mayte. En aquellos años, empecé a creer que era el único hombre en toda la Península Ibérica que no se había acostado con la Mayte. Pero bueno, ahí está: en esos temas hay tantos artículos constitucionales posibles que uno no sabría dónde empezar a buscar motivos de peso. Me place creer que no se acostó conmigo porque critiqué su manera de conducir, y le sugerí que hasta los Citroen "dos caballos" se podían manejar de otra manera que dando siempre marcha atrás. En fin. La cuestión es que hasta estos modestos recuerdos me revelan que se me ha discriminado por, inter alia, llevar el Pantalón Equivocado, no ser compinche de Tomasito, creer que los Citroen deben ir hacia adelante, o no disponer mensualmente de cincuenta pavos muertos de risa.
Pero me faltó el genio del Telégrafo para saber que botar a alguien de tu club, o encontrarse botado de alguno, era una cuestión constitucional y de derechos fundamentales en las relaciones entre particulares.
Claro que en tan larga vida uno se ha topado alguna vez con esa iglesia y todas las demás. De estudiante por la noche entre borracheras uno escuchaba fascinado historias de terror acerca de siniestros planes gubernamentales para prohibir los Gentlemen´s Clubs londinenses (aquellos que albergan sueños inquietos acerca de la mujer de la ventana, maravillosa película, hay que tener un Edward G. Robinson siempre en tu vida), basándose en que discriminaban contra "la mujer" (de la ventana o alguna otra). Pero a medida que te haces viejo uno supone que el mundo te hace compañía, envejece a la par y al mismo ritmo que uno, se cura de las mismas tonterías en los mismos momentos, y se vuelve tan necio y antipático como uno es o aspira a ser. Es cierto que cuando vine a Ecuador todo el mundo decía: esos países llevan exactamente 50 años de subdesarrollo. Te encontrarás con los errores de hace 5o años, en el mismo orden. Y hasta ahora ha sido más o menos cierto. Pero escuchar aún palabras con sabor tan retro como discriminación, hasta arranca sonrisas: las mismas que cuando ves a alguien trapeando con una escoba y un trapo agujereado por en medio (qué fuegos artificiales no se dispararán, qué gozosas plantas hidroeléctricas no se inaugurarán, qué nuevas y pletóricas constituciones no se redactarán, cuando llegue aquí el evangelio de La Mery). Así - y ya que este mes no eres nadie en el mundo bloguero si no has comentado el caso Carlos Víctor Morales, auténtica affaire Dreyfus de nos jours, vaya por delante que lo que diga la Constitución me la suda, y lo que diga un tal Pablo Slonimsqui, a pesar de lo sonoro del nombre, tres cuartos de lo mismo, pues lo que aquí carece de poderosa racionalidad, lo que no se ve estrictamente necesaria y lo que no cumple ningún fin legítimo es esa misma constitución; y en todo caso, no está para mí muy claro que los clubs, la mayoría de ellos en todo caso, existan para otra cosa que no sea discriminar: es lo que tienen, precisamente, de encantador y de pintoresco. Las gradas de un estadio de fútbol, por ejemplo, suelen estar repletas de personas que discriminan abiertamente a favor de uno o de otro equipo; el tal Morales al parecer seguía un poco la misma línea de discriminación en contra de los directivos del club; y si éstos no se hubieran unido a tal alegre fiesta de discriminación, se les podría achacar hasta cierta carestía de espíritu deportivo. En todo caso, desde la escuela sabemos que si Tomasito no te deja ingresar en su club, lo mejor que puedes hacer es formar tu propio club y no dejarle ingresar tampoco a Tomasito: Elis Elis, y asunto solucionado. Pero no deja de ser reconfortante el saber que en algún lugar del mundo hay alguien dispuesto a calentarse los sesos analizando si el no llevar jeans en un pub, o el no tener pene en un antro de viejos babosos expatriados, o el ir a Galápagos encombrado de rasgos gringos, o tener prejuicios acerca del funcionamiento de ciertos automóviles, puede erigirse en falta de poderosa racionalidad y por tanto hacerle a alguien merecedor de sermón y de ser enviado al rincón del aula para "reflexionar sobre sus actos".
Aunque, si me pongo a reflexionar sobre los míos, se me vuelve evidente que sigo leyendo demasiado Telégrafo. Esto debería terminar. Lo que no sé es si está indicada la hipnosis o el uso de algún sucedáneo más bajo en calorías.
Hace muchos años, con otra compañía femenina salía de la estación de Liverpool Street, en el centro-norte de Londres. Acabábamos de volver de unas vacaciones en la costa de East Anglia, donde habíamos hecho camping durante diez días, pero en algunos de esos sitios de campamento había buenas duchas y no apestábamos demasiado. Vinimos, eso sí, sedientos. Cruzamos la calle y entramos en el primer pub que se presentó. Unos treinta segundos más tarde, salimos apresurados del pub, pues resulta que en esa taberna no servían a clientes que iban vestidos de jeans. No había señales ni avisos sobre ese curioso reglamento: era una especie de tradición del local nomás.
Se me agotan los recuerdos. ¿Dónde más? Pues en la escuela, claro. "Tomasito me ha dicho que acaba de formar un nuevo club y que no te va a aceptar como miembro: Elis Elis." (Debo precisar que no fui a una escuela catalana, sólo que me gusta decir Elis Elis. Lo aprendí a partir de una canción de Pau Riba.) Si algún día tuviera la intención de ir a Galápagos, tengo entendido que también sería objeto de discriminación por no disponer de pasaporte ecuatoriano: se me colocaría en la fila de los que pagan todo más caro, por cojudos.
No es que sólo se me haya discriminado por estas cosas. Seguramente, en tantos años de vida y de miserias, por muchas más: pero uno no recuerda, a menos que quiere, es decir que hay que tener una sensibilidad especial para juzgarse o sentirse discriminado. Hay que cargar por doquier con el peso del entitlement, creerse con derechos, tener desarrollado el sentido de justicia en lo que a uno mismo se refiere. Hay cosas que duelen: no haber nunca ingresado, por ejemplo, en el extenso y dicharachero club de los que se habían acostado con la Mayte. En aquellos años, empecé a creer que era el único hombre en toda la Península Ibérica que no se había acostado con la Mayte. Pero bueno, ahí está: en esos temas hay tantos artículos constitucionales posibles que uno no sabría dónde empezar a buscar motivos de peso. Me place creer que no se acostó conmigo porque critiqué su manera de conducir, y le sugerí que hasta los Citroen "dos caballos" se podían manejar de otra manera que dando siempre marcha atrás. En fin. La cuestión es que hasta estos modestos recuerdos me revelan que se me ha discriminado por, inter alia, llevar el Pantalón Equivocado, no ser compinche de Tomasito, creer que los Citroen deben ir hacia adelante, o no disponer mensualmente de cincuenta pavos muertos de risa.
Pero me faltó el genio del Telégrafo para saber que botar a alguien de tu club, o encontrarse botado de alguno, era una cuestión constitucional y de derechos fundamentales en las relaciones entre particulares.
Claro que en tan larga vida uno se ha topado alguna vez con esa iglesia y todas las demás. De estudiante por la noche entre borracheras uno escuchaba fascinado historias de terror acerca de siniestros planes gubernamentales para prohibir los Gentlemen´s Clubs londinenses (aquellos que albergan sueños inquietos acerca de la mujer de la ventana, maravillosa película, hay que tener un Edward G. Robinson siempre en tu vida), basándose en que discriminaban contra "la mujer" (de la ventana o alguna otra). Pero a medida que te haces viejo uno supone que el mundo te hace compañía, envejece a la par y al mismo ritmo que uno, se cura de las mismas tonterías en los mismos momentos, y se vuelve tan necio y antipático como uno es o aspira a ser. Es cierto que cuando vine a Ecuador todo el mundo decía: esos países llevan exactamente 50 años de subdesarrollo. Te encontrarás con los errores de hace 5o años, en el mismo orden. Y hasta ahora ha sido más o menos cierto. Pero escuchar aún palabras con sabor tan retro como discriminación, hasta arranca sonrisas: las mismas que cuando ves a alguien trapeando con una escoba y un trapo agujereado por en medio (qué fuegos artificiales no se dispararán, qué gozosas plantas hidroeléctricas no se inaugurarán, qué nuevas y pletóricas constituciones no se redactarán, cuando llegue aquí el evangelio de La Mery). Así - y ya que este mes no eres nadie en el mundo bloguero si no has comentado el caso Carlos Víctor Morales, auténtica affaire Dreyfus de nos jours, vaya por delante que lo que diga la Constitución me la suda, y lo que diga un tal Pablo Slonimsqui, a pesar de lo sonoro del nombre, tres cuartos de lo mismo, pues lo que aquí carece de poderosa racionalidad, lo que no se ve estrictamente necesaria y lo que no cumple ningún fin legítimo es esa misma constitución; y en todo caso, no está para mí muy claro que los clubs, la mayoría de ellos en todo caso, existan para otra cosa que no sea discriminar: es lo que tienen, precisamente, de encantador y de pintoresco. Las gradas de un estadio de fútbol, por ejemplo, suelen estar repletas de personas que discriminan abiertamente a favor de uno o de otro equipo; el tal Morales al parecer seguía un poco la misma línea de discriminación en contra de los directivos del club; y si éstos no se hubieran unido a tal alegre fiesta de discriminación, se les podría achacar hasta cierta carestía de espíritu deportivo. En todo caso, desde la escuela sabemos que si Tomasito no te deja ingresar en su club, lo mejor que puedes hacer es formar tu propio club y no dejarle ingresar tampoco a Tomasito: Elis Elis, y asunto solucionado. Pero no deja de ser reconfortante el saber que en algún lugar del mundo hay alguien dispuesto a calentarse los sesos analizando si el no llevar jeans en un pub, o el no tener pene en un antro de viejos babosos expatriados, o el ir a Galápagos encombrado de rasgos gringos, o tener prejuicios acerca del funcionamiento de ciertos automóviles, puede erigirse en falta de poderosa racionalidad y por tanto hacerle a alguien merecedor de sermón y de ser enviado al rincón del aula para "reflexionar sobre sus actos".
Aunque, si me pongo a reflexionar sobre los míos, se me vuelve evidente que sigo leyendo demasiado Telégrafo. Esto debería terminar. Lo que no sé es si está indicada la hipnosis o el uso de algún sucedáneo más bajo en calorías.
Fe de Erratas: quise decir "acondroplásico" y no "condroplásico". Se me escapó la a. Mil disculpas por dicho gazapo.
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