The Strawman Cometh

There's a straw man waiting in the sky...
(David Bowie, en versión Talking Books for the Deaf)

Son recuerdos remotos de una juventud que se ha vuelto microscópica, acolmenada, como un cuadro de Richard Dadd.

Estaba en Segovia, y era aquel período en que se había acabado mi contrato de siete meses de Farsante Educativo y el tema del dinero se había vuelto complicado. Trabajé en una discoteca como DJ, pero no bastaba. Empecé a darle clases de inglés a Crucita, una muchacha de 15 años yerma en neuronas y pletórica en acolchado delantero, que adolecía de una madre astuta y alcahueta. No recuerdo quién me presentó entonces a la Wholia (Julia, pero la grafié así para mis adentros), pintora inglesa de oscuros antecedentes, bastante mayor que yo, que hacía honor a su nacionalidad exhibiendo un soberbio desaliño indumentario y un aire de permanente égarée, de artista inocente perdida en un mundo tan perverso que hasta esperaba que las mujeres artistas fueran algo bonitas. Ella tenía ese don, que algunos ingleses poseen ya prácticamente al nacer, de plasmar caballos y perros al óleo de una forma manierista y polvorienta, ideal para decorar pubs campestres; la catedral de Segovia, como no podía ser menos, la entusiasmó, pero ella se declaró falta de iluminación idónea y sólo le daba vueltas y vueltas, día tras dia, como un dinosaurio esperando la eclosión de un huevo obstinadamente tardío. Yo estaba entonces en mi fase autosacrificadora: le cedí ese maravilloso apartamento de maderas barnizadas al lado de la Catedral, el que yo codiciaba hacía meses, y que recién había sido desocupado; ella lo necesitaba más, era hasta más pobre que yo, había venido desde Madrid tras romper con un novio y no tenía ni para el café. Unos días más adelante le cedí también la clase de la Crucita: ella no había sido nunca profesora, pero con algo tenía que pagar el alquiler. Cuando ya había hecho su primera clase, fui a verla para cerciorarme de la magnitud del desastre.

- Ya entiendo por qué me dio esa clase, - me dijo al verme, con cara de circunstancias - Pobre hombre. No habrá sabido qué hacer con sus manos toda esa hora. Y la chica encima lleva jersei apretado de lana mohair y con el ángulo de esa luz tenue del atardecer que viene de esa ventanita alta, habrá sido imposible seguir estrujándose los puños vacíos.

Comentario que me pareció de una asombrosa perspicuidad, además de revelador de una gran simpatía (ese "you poor man" me encantó). Tal vez por eso fue que no me percaté instantáneamente de que estaba como una chota. Tuve que esperar hasta esa conversación que tuvimos en la Plaza Mayor, cervezas en mano, unos días o semanas más adelante, que fue cuando ella me confesó que su ex novio era de la misma "raza" que Fidel Castro.

Ingenuamente, pensé: ah, entonces habrá sido comunista, o tal vez dictatorial. O incluso (quién sabe) cubano.

Pero resultó que para la Wholia, la raza a la que pertenecía Fidel Castro era una subespecie humana de origen misterioso, una suerte de proto-arios dotados de una fuerza casi sobrehumana, de una estatura descomunal, de una dureza de huesos que remitía hasta a un posible abolengo extraterrestre. Lo que me hacía gracia era esa manera suya, de la Wholia, de piropear mi supuesta inteligencia y sagacidad dando por descontado que yo ya me habia percatado, por cuenta propia, del hecho de que los Castro no eran estríctamente humanos.

- Entonces, decía, yo hace tiempo que me di cuenta de que por mucho que lo quería esconder ante la sociedad hispánica, mi novio pertenecía a esa raza.

-Ah-ha.

Hay veces que uno lamenta haber pasado toda su vida escuchando burradas y diciendo ah-ha.

Pero había más. Aquella mañana, el novio se la había aparecido, milagrosamente según ella, en la misma Plaza Mayor. Tímidamente, proferí la explicación racionalista que se me ocurría en ese momento, de que el supuesto milagro podía haberse producido mediante el uso de un billete de tren de Cercanías comprado en la estación de Atocha o Chamartín. No, decía ella. El tema era que ella enseguida, al verlo, se había dado cuenta de que no era él.

- Así que apareció inexplicablemente en la Plaza Mayor un tipo que no era tu novio - le murmuré a modo de recapitulación. - Ah-ha.

- ¿No ves lo que ha pasado? Es evidente. Le han robado el cuerpo y han puesto a otro en su lugar. Otro hombre que tiene exactamente el mismo aspecto, pero no es él. Me di cuenta enseguida cuando le hablé. Es el mismo cuerpo, pero otra mente lo habita.

- ¿Quiénes harían una cosa tan ... tan... vil? - le pregunté entre sorbos de San Miguel, intentando dar con el tono escandalizado adecuado.

- Exacto. Son ellos mismos, me dijo, de nuevo piropeando mi privilegiada inteligencia. - Ni qué decirlo hay, ha dado en el clavo. Son ellos.

- Ellos - repetí, pensativamente, diez años más tarde, superada mi inicial incredulidad. - Claro, ellos, los mismos que sustituyeron a Paul McCartney, o que nos convencieron traicioneramente de que Bill Clinton no era, a pesar de las evidencias, un lagarto vampiro.

Ustedes, lectores, ya sabrán a quiénes me refiero. Ustedes no son tontos.

Pues tengo, ahora, pasada otra década, una noticia dolorosa. Ellos han vuelto a las andadas. Ahora, se han hecho con el cuerpo de nuestro querido Xavier Flores, le han sacado la mente y han puesto, en su lugar, esto. Ahora, que nadie me diga que lo que escribe aquí es lo mismo que escribe siempre. Eso es precisamente el punto. Tenemos las mismas frases, la misma dimensión social, el mismo derecho a informarse, el mismo debate político robusto con las mismas comillas, las mismas voces privilegiadas y silenciadas, la misma Comisión Interamericana de DDHH, todo exactamente igualito que antes y en su lugar correcto. Es precisamente esto lo que levanta, en primer lugar, suspicacia. Si un compañero de trabajo sale de la oficina el viernes por la noche con la camisa azul clarito levemente manchada de ceniza por la solapa izquierda, y con la corbata descansando por encima del hombro derecho tras una pelea con la fotocopiadora, uno no espera que el lunes a primera hora entre por la misma puerta con la misma camisa, las mismas manchas de ceniza, y la corbata en la misma milimétrica posición. Ni que británico fuera. Ante tal fenómeno, cualquiera prácticamente se halla obligado a pensar en raptos llevados a cabo por seres extraterrestes con forma de salamanquesa agrandada, y en sustituciones de mentes llevadas a cabo por seres malévolos de otra dimensión. Es todo demasiado obvio.

A lo que más me recuerda el artículo en cuestión es a las escenas climácticas de la película The Stepford Wives, cuando la protagonista, sospechando que su amiga ha sido reemplazada por un robot, le clava un cuchillo de ésos grandes de cocina. La amiga, en lugar de manar sangre, de gritar y de retorcerse, se pone a hablar de prisa, a abrir y a cerrar armarios, a ensayar movimientos de preparar té y de llevar carrito de compra por el supermercado cuando tal carrito, dolorosamente, a la vista no está: es decir, se muestra alcanzada en sus circuitos más íntimos, los cuales sin embargo no le permiten salir de la pequeña rutina de expresiones rituales para la que ha sido programada.

Y uno recuerda que ese tal Flores antaño tenía a Emilio Palacio de compañero de página de opinión de El Universo, claro que con otras opiniones: juntos, pero no revueltos.

Hay que decirlo con todas las letras: una persona que, tras ganarse un pleito que servirá para meter en la cárcel durante tres años a un padre de familia convertido circunstancialmente en enemigo verbal, se dispone ir a por una sentencia todavía más larga, es una pena de ser humano, un pobre desgraciado a quien el epíteto de matón le queda demasiado holgado para la pequeñez y mezquindad de su espíritu.

Por eso, si no le hubieran raptado la mente, sustituyéndola por un bodrío de sistema redactor de pedánticas parrafadas que ni siquiera le engaña al clásico Turing Test, de buen seguro que Flores, el de antes, el de la simpatía e inteligencia a flor de piel, sería el primero en protestar ante tal abuso de añeja leguleyada.

Y que no me digan que no entiendo lo importante que es la honra. Claro que hay algunas especies de honra que son y siempre serán demasiado caras para mí. Pero uno que trabaja entiende que hoy en día, el mundo está interconectado y todo lo que se dice de ti en según qué medios queda listo para ser excavado por cualquier empleador en perspectiva que tenga el capricho de investigar tu nombre.

Hace pocos años en un foro online de poesía me dirigí a un tipo que no hacía más que burlarse de las producciones de otros poetas. Critiqué su actitud, y sus versos. Su forma de contestar era llamarme racista. Debo precisar que el tipo en cuestión era un estadounidense de aspecto caucásico, subespecie "políticamente correcto", sub-subespecie fantoche: eso del supuesto racismo mío venía, al parecer, por vía asociativa, pues según él, me llevaba demasiado bien en ese grupo con otro tipo que en su opinión sí era racista manifiesto (y por casualidad también despiadado para con la endeble producción literaria del poestastro). Le contesté que admirar los versos de otra persona no significa precisamente "llevarse bien" con esa persona, y que si él podía encontrar en todo lo escrito por mí una sola frase que pudiese considerarse manifestación de racismo, que la citara. No pudo. Sin embargo, no tuvo inconveniente en repetir la acusación, unas cuantas docenas de veces, cuidándose mucho de que apareciera en los títulos de los mensajes junto con mi nombre. Evidentemente, se había dado cuenta de que el futuro empleador no iba a molestarse en seguir todo el argumento, pues basta con que salga en Google el nombre del esperanzado candidato al puesto con la palabra "racista" en la misma línea para que el curriculum vaya rapidito a la papelera.

Es decir, torpedear la "honra" de alguien es dañar sus perspectivas laborales y sacarles la comida de la boca de sus hijos. Eso sí lo entiendo, créanme.

Si hubiéramos sido residentes del mismo barrio, de buen seguro que yo habría ido a pelearme con él, ganando o perdiendo en función del peso y de la destreza pugilística de ambos. Es lo que se hace.

Nunca, ni en un millón de años, se me ocurriría llevarlo a juicio, y menos en un país con leyes tan ridículas como éste. Y menos si yo fuera funcionario del Estado, por supuesto, eso ya es el colmo de la desvergüenza. El político tiene su segunda piel de político para encajar cualquier golpe. Lo de dentro a nadie le interesa. Ergo, estríctamente el político no tiene honra por la que preocuparse.

Y claro, si uno encima tiene la conciencia mala, pues ni en vengarse piensa. Si el tipo me hubiera llamado sexista, pues qué se le va a hacer, lo soy. Que me haga daño, en un hipotético mercado laboral, la publicación de mis defectos más notorios es mi problema, tengo que cargar con las consecuencias de lo que decido ser. Lo injusto, eso, es que te acusen de lo que no eres y lo publiquen. Y, repito, de ser éste el caso en el embrollo Palacio/Samán, es decir si éste no tuvo nada que ver con la maldita manifestación de asalariados fuera de El Universo, pues entonces, repito, allí hay motivo, capaz, para una buena sacada de millones a cuenta de los Caimanes, para una exigencia de disculpas, para un par de puñetazos limpios incluso. Pero no para el chou que se está dando. Es una simple asquerosidad indigna de seres humanos adultos.

Lo que a su vez hace pensar: ¿qué nos pasa?

Cedo la palabra al excelente Dr. Fleder Mausmann, Catedrático en Muñecos de Paja de la Universidad de Schinkelhabenstadt, Alemania. Es un buen tipo: pueden confiar en su criterio.

"En la Europa preromana y ezpezialmente en la Sífilisazión zelta, en muchas Regionen la Munjeca de Paha o "Korn Dolly" era un rekonnozido Zímbolo de Vertilidaden. En nuestra Sífilisationen, en kambio, ha zido zuztituíden por der Straw Man, es dezir Hombre de Paha, que en wez de kolgarse enzima de la Puerta rezide en unseren Mente, y vunziona como adwerzario interior, para que tengamos la Zenzación de estar gananden una Dizkuzión con alguien, kuando en Realidadheit eztamos diskutienden nomás mit eine parodien creadisch por Nozotros mizmos, y regalándonosch lo ke wulgarmentisch se dizen una Paha mental. De Modo ke en wez de zimvollizar la Vertilidadheit, der Straw Mensch hat das Invertilidad von unseren ridikulen Prejudischien llegado nomás a Zimbolizar. Kapaz."


Comments

  1. Gracias. Todo llegará si no me falla el aliento (enemigo). Tengo en el fichero remojo.txt algo sobre el prog rock de los 70, sobre todo Yes (título: Mountains or Morons?). Sobre Drake no se me había ocurrido escribir: da un poco de reverencia supersticiosa.

    Sobre Bowie y TOTP, uno de esos recuerdos extraños que uno carga hasta la vejez: de niño estuve casi seguro de ver un pene, al natural, tal cual, durante una fracción de segundo en un video de Bowie (escena de vestidor). La BBC entonces era tan inocente que sus censores seguramente pensaron: no, no puede ser, ni nos molestemos en rebobinar. La entrañable inocencia de la BBC es lo que nos permitió escuchar Walk on the Wild Side ("even when she was giving head") y Penny Lane ("four of fish and finger pies") cuando cosas mucho más anodinas se censuraban. Para las emergencias, siempre estaba Radio Caroline. Happy Days.

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