La estupidez del relativismo cultural
"Nasty, brutish and short", according to his friends... but at least he was fond of his dram.
El artículo tiene un espacio para comentarios, pero ya van cinco veces que me falla la conexión al intentar postear el mío. Así que acá va.
Imaginen que, de aquí un año, el gobierno de Correa declara que la democracia ha resultado ser "una etapa superada", que en lugar de elecciones, y de una constitución, a partir de ahora Ecuador será una monarquía absolutista, con S.M. el rey Rafael I como jefe de estado vitalicio, y sus hijos como herederos del trono, iniciando así una dinastía perpetua. Imaginen también que se publican datos que revelan que en todos estos años de Revolución Ciudadana, la economía del país se ha mantenido a flote solamente gracias a cuantiosos subsidios provenientes de Venezuela, y que tal dependencia acaba de ser formalizada mediante un tratado en que el Reino de Ecuador se compromete a favorecer al hermano reino chavista con el control exclusivo de sus recursos hídricos y petroleros, a más del control de su política de defensa y de relaciones exteriores. Imaginen también que el primer decreto de SM Rafael I en su nuevo avatar de Rey de los Ecuatorianos consiste en una serie de bizarras prohibiciones, entre ellas una expresa prohibición de ver televisión. A partir del año 2012, cualquier ciudadano a quien se le encuentra un aparato televisor en su casa irá directamente a la cárcel. Encima, todo ecuatoriano tendrá que llevar obligatoriamente la ropa preferida del nuevo Monarca: en el caso de los hombres, blusas bordadas, y para las mujeres, faldas largas estilo Testiga de Jehová.
Creo sinceramente que si tal cosa sucediera el año que viene, habría repercusiones. (En cinco ó diez años, tal vez no tantas... quién sabe). Entre estas repercusiones, creo que cierto bloguero de nombre Carlos Suasnavas, de Sentado frente al Mundo, se pondría a protestar. Y no sería el único. De hecho, me imagino un rechazo rotundo de parte de toda la ecuablogosfera, con excepción de Rafael Méndez Meneses, a quien seguramente le parecería una sabia y acertada decisión del actual Jefe de Estado asumir el cetro real. Y eso es así porque, en general, a la gente no le gusta que le quiten cosas. A quien se ha vuelto adicto a las vicisitudes de la Topacio (la dan por las mañanas: doy fe de que es inmensamente comestible: el peinado del galán, insuperable homenaje a la topiaria) sería duro tener que renunciar a ella, y lo mismo va para los seguidores del Caballo Garañón. Eso significa en la práctica que, si uno tiene ambiciones reales, imperiales o simplemente dictatoriales, el quid está en saber calcular el número de afectados por cada acto de sustracción, cerciorándose de que en cualquier caso se trate de una minoría fácilmente ninguneable. Por ejemplo, quitar los toros y los casinos aquí y ahora es pan comido, por lo que estas diversiones son no sólo minoritarios sino hasta un tantico elitistas. Es lamentable que pocas personas sean capaces de pensar más allá, y formar preguntas como "y si se tratara de mi diversión preferida, como p.ej. ojear a las modelos colombianas del Extra en versión electrónica que posan con sendas jarras de cerveza Brahma, ¿vería con buenos ojos que se pusiera a votación popular la prohibición de la misma, por simple capricho presidencial?" Lamentable, pero realidad. Ahora, que prohiban ver televisión en este país, no lo veo factible. La tele tiene demasiados fans. La gente saldría a las calles, y SM tendría que hacer un Lucio, con helicóptero y todo. Eso también es realidad. Tan real como para basar acertados cálculos políticos en ello.
Ahora, salgamos de bruces del terreno de la realidad y entremos en el de la moralidad (dos cuadras más abajo, pasando el semáforo, a mano izquierda).
Aquí, nos encontramos de repente con que no importa lo que la gente quiere o no, o cuántos adictos hay a las series mexicanas. Lo que importa ahora es si la tele es buena o mala. Ídem, los toros, los casinos, y un poco lo que quieras. Todo, si te empeñas, puede teñirse de uno de esos dos colores. Y lo bonito del reino de la Moralidad es que, cuando has pasado un tiempito aquí, poco a poco te vas dando cuenta de que tú eres el mismo rey, es decir que tú mismo decides lo que te parece bueno o malo. Claro que el resto no tiene por qué estar de acuerdo contigo, pero eso no importa. La cuestión es que puedes ir con tu varita mágica de Harry Potter e ir apuntando cosas y convirtiéndolas en Buenas o Malas, a tu libre albedrío. "¡Pesimissimus!", exclamas, apuntando a los Simpsons o a Walter Mercado. "¡Sanctissimus!" esta vez a Paco Velasco: y él aparece con aureola y todo, aunque solamente tú lo ves. Repito: es divertidísimo ser moralista, mientras no te olvidas de que tu moralidad es sólo eso, tu moralidad, única e intransferible. En este espíritu, les diré sinceramente: a mí me parece que la tele es mala. Por lo menos la tele ecuatoriana. Malísima. Ahora, el problema es que hay gente que no entiende que la moralidad es un subconjunto de la estética: es decir, que el reino ése glorioso de la moralidad se sitúa al otro lado de ese semáforo que el filósofo Hobbes denominó "el problema del ser versus el debe ser" (the Is-Ought problem): lo que equivale a decir que como no existe manera de "demostrar" mi propia moralidad, de traerla acá al terreno de la realidad y así asentar su superioridad frente a la tuya, la única consecuencia legítima de mi aversión a la tele sería que yo mismo deje de verla, pues no tengo manera lícita de conseguir que mi moralidad atañe a más acciones que las mías propias. No puedo imponer a otros mi criterio, aunque haya habido referendo de por medio.
Claro que, volviendo a la realidad, ese "no puedo" lo contradice el quehacer de casi todos los políticos y gobernantes que en el mundo hay, que no dudan en imponer sus criterios morales al resto de la población, con o sin estratagemas plebiscitarios. A esas personas, cuando cruzan el umbral de la discreción, cuando ya nos han quitado demasiada cosa, se les suele llamar dictadores. Un ejemplo especialmente infame de esa especie lo constituye un tal Jigme Wangchuck, que durante veinticinco años (1974-1999) reinó sobre un país, Bhutan, donde estaba prohibida la tele - ¡en serio! Además, consideró bien que la ley prohibiera mirar directamente a los ojos al rey, y que fuera obligatorio en todo el reino llevar ropa del siglo catorce. También su reino ha sido marcado por eventos más siniestros, como la deportación masiva de trabajadores nepalíes supuestamente indocumentados, que ha dado lugar a una crisis de refugiados más allá de sus fronteras. Y como dato curioso y un tanto irónico, mencionar que él ha sido paladín de una novedosa forma de medir el progreso del país, en términos de un risible Índice de la "Felicidad" que pretende sustituir al PIB (dato que en su caso resulta algo embarazoso), y que indudablemente, sea como sea la forma de medición, notablemente excluye a la despreciable subjetividad de los trabajadores migrantes. Ahora, como parece ser que las presiones de la modernidad llegaron a ser demasiadas, su último acto fue "liberalizar" al país, permitir la televisión y la ropa moderna, y luego abdicar. Como estuvo 25 años en el trono, que no es moco de pavo, sin hacer nada de eso, es difícil ver en esos gestos tardíos el alma puro y noble de un monarca benévolo, y mucho más fácil detectar el reflejo autodefensor de una monarquía que ve peligrar su continuidad y sus privilegios. Es un poco el caso de la Reina Isabel de Inglaterra, cuando accedió allá por la época thatcheriana a pagar impuestos: para ver en ello cualquier cosa que la astucia de un carnívoro acorralado hace falta buena dosis de romanticismo, por decir lo menos.
Ahora bien, mi queja es con las personas, como el mencionado Suasnavas y alguno de sus comentaristas, que son capaces de decir cosas así:
Pero como les contaba, en 1999 el rey decidió regalar a su pueblo una nueva ventana al mundo, la televisión, pero nunca se imaginó los dramáticos cambios sociales que podrían producirse en gente que ni siquiera estaba acostumbrada a ver turistas.
Ahora, después de más de una década parece no haber sido tan buena idea abrirle de golpe los ojos al mundo a un pueblo inocente y sano como el de Bután.
El énfasis es mío. Pero por Dios: "regalar"? Un tirano que bajo la presión de la coyuntura política por fin permite que empresas televisivas operen en su país realmente está "regalando" algo? Y ¿de dónde se saca que un pueblo que vive en condiciones medievales, la mayoría en extrema pobreza, bajo una dictadura más caprichosa que la de Mussolini o Pinochet, mantenida en una forzosa y vergonzosa ignorancia por una casta privilegiada, merece el calificativo de "inocente y sano"? Y sobre todo, ¿desde cuándo es mala idea permitir que la gente se informe y se entretenga?
La respuesta a todas estas preguntas me parece que es la misma: relativismo cultural. Es decir, la doctrina de que no se puede "juzgar" lo que sucede en otro país, que tiene su religión y sus costumbres, pues todo lo que pasa allí forma parte de "su cultura", que en ningún caso podrá ser considerada inferior a la "nuestra", so pena de quedar como "imperialista cultural".
Al parecer, el propósito de esta doctrina, loable en un principio, es poner a todas las "culturas" en condiciones de igualdad. El relativista cultural en principio era aquella persona que, al ejercer de turista y viajar por el mundo, se deprimía al hallar al mismo ratoncito Mickey en los cines de los países del hemisferio sur, la misma muñeca Barbie, insultantemente rubia, en las tiendas de Lima o de Mumbai. En cambio, si ese turista encontraba que en un país los hombres llevaban turbante, en otro las mujeres se adornaban el cuello con aros, en otro la gente se emborrachaba rutinariamente en los funerales, en otro se lanzaba asnos desde la torre de una iglesia, en otro la gente no comía carne, y en otro los autobuses no se detenían, sino que tenías que entretenarte como atleta para agarrarlos al vuelo... entonces eso era bueno, esa diversidad demostraba que cada país protegía y transmitía sus costumbres y sus valores, en contra de la dominación hegemónica del aburrido Occidente (léase EEUU). Es decir, lo que se empezó defendiendo era la libertad: libertad para seguir uno, como individuo o como pueblo, sus propias costumbres. A partir de ahí, no fue un gran paso sentar el principio de la igualdad de culturas, basado en una analogía con la igualdad de las personas que forma la base del Estado de Derecho, conquista del liberalismo occidental como ya sabemos. Y aquí es donde la teoría empieza a hacer aguas.
¿Qué significa en teoría la igualdad de los ciudadanos en un Estado de Derecho? Simplemente, que nadie tiene derecho a coartar la libertad de otras personas. Si todos somos iguales, no puedo erigirme en juez de los demás, dictarles mis criterios morales y hacer que obedezca mis propios consignas en lo tocante a un putativo Buen Vivir. Del mismo modo, y supuestamente por las mismas razones, los relativistas culturales dicen que una cultura no puede juzgar a otra cultura. Ahora, ¿qué pasa cuando la realidad contradice estos principios? En el Estado de Derecho, si pasa eso, invocamos el derecho a defendernos contra la opresión. Los relativistas, de igual manera, suelen ver con buenos ojos cualquier manifestación de una cultura que "se defiende" contra un intento de una supuesta cultura "hegemónica" de imponerse. Les encanta que las tribus amazónicas se rebelen contra las petroleras. Son devotos de películas como Bailando con Lobos, en que esos "inocentes y sanos" nativos se pelean contra las sucias huestes invasoras. Lo que no quieren ver, y su condición de turistas culturales se lo impide, es que muchas de estas "culturas" inocentes y sanos se basan, en variable medida, en la opresión del individuo. Es decir: hemos arrancado desde una posición liberal de defensa del individuo, y terminamos defendiendo la opresión del individuo, por razones dizque "culturales". En nuestro Occidente, prácticas como la ablación del clítoris serían vistas como barbaridades que hacen merecedor de cárcel a quien las perpetre; pero si eso se hace en Yemen o en Nigeria, no hay problema, pues es "su cultura", y lejos sea de mí criticar la cultura de otro pueblo.
Tal posición es, francamente, cojudez al cuadrado. Da lugar a situaciones, ya frecuentes en Europa, en que un musulmán puede declarar abiertamente, sin temor a represalias ni a consecuencias legales, su odio a Occidente, a EEUU, a Israel, a los judíos, a las mujeres, a los homosexuales; en cambio, el mismo discurso, mutatis mutandis, te llevará a la cárcel si no perteneces a una de esas culturas "a las que no hay que oprimir". Aclaremos: si la propensión para juzgar a los demás, y para traducir esos juicios en actos coercitivos, puede considerarse parte de una cultura, y todo lo que sea parte de una cultura está fuera de toda crítica, entonces llegamos a la paradoja de que sólo tengo que ponerme el sombrero de "es mi cultura" para dedicarme en cuerpo y mente a aniquilar a la tuya. En cambio, si lo que realmente cuenta, y lo que nos proponemos defender, es la libertad individual, entonces no hay contradicción, pero sí en cambio hay que aceptar, o bien que la coerción está excluida de la definición de lo que es una cultura, o bien que no todas las "culturas" son iguales: algunas culturas privilegian la tal libertad y falta de coerción, otras la desestiman. Mi cultura, si me permite hacer lo que quiera mientras no perjudico a otros, es netamente y demostrablemente superior a la tuya, que te encombra de insensatas prohibiciones. Eso no significa que puedo "imponerte" mi cultura contra tu voluntad: pero sí significa que puedo emitir juicios de valor al respecto, y defender a aquellos individuos que tu cultura pretende esclavizar, dondequiera que vivan.
El problema final del relativismo cultural es que fracasa según sus propios postulados. Si "no hay que juzgar" a los demás culturas, por muy salvajes e inhumanas que sean, entonces estarían descartados no sólo los juicios negativos sino también los positivos. Nada de pueblos "inocentes y sanos", digamos. Lo que pasa es que los relativistas, bajo el disfraz de una pretendida ecuanimidad, no pueden resistirse a vender sus propios prejuicios culturales, que normalmente tienen que ver con una tonta idealización de lo primitivo, de lo "auténtico", de lo "étnico". Para ellos, los turistas, es encantador ver a un pueblo que vive "en paz" con su ausencia de tele y de publicidad, y que esa ausencia sea producto de un sistema de gobierno autoritario y hasta totalitario, que impone un conformismo salvaje y borrego, y que los habitantes de ese pueblo vivan en la miseria más absoluta, les importa un comino. Total, ellos no piensan quedarse a vivir allí. Las culturas alternativas son maravillosas... para los demás. Que un bloguero premiado pueda expresar el criterio de que la llegada del Internet en una determinada comunidad sea "un problema" me parece el colmo de los sarcasmos. A este paso, no es descartado que en Ecuador empiecen a verse cadenas del gobierno que nos venden un Ecuador mítico, lleno de pintorescos "indígenas" todos sonrientes (¿no sabías? la Sonrisa Ecuatoriana tiene fama mundial) dedicados a tareas artesanales en medio de una Arcadia rural... con la idea de imponer eso como "nuestra cultura", para que cualquier crítica hacia la misma sea vista como manifestación del Imperialismo Pitiyanqui, contra el cual, que la Pacha Mama nos proteja.
El artículo tiene un espacio para comentarios, pero ya van cinco veces que me falla la conexión al intentar postear el mío. Así que acá va.
Imaginen que, de aquí un año, el gobierno de Correa declara que la democracia ha resultado ser "una etapa superada", que en lugar de elecciones, y de una constitución, a partir de ahora Ecuador será una monarquía absolutista, con S.M. el rey Rafael I como jefe de estado vitalicio, y sus hijos como herederos del trono, iniciando así una dinastía perpetua. Imaginen también que se publican datos que revelan que en todos estos años de Revolución Ciudadana, la economía del país se ha mantenido a flote solamente gracias a cuantiosos subsidios provenientes de Venezuela, y que tal dependencia acaba de ser formalizada mediante un tratado en que el Reino de Ecuador se compromete a favorecer al hermano reino chavista con el control exclusivo de sus recursos hídricos y petroleros, a más del control de su política de defensa y de relaciones exteriores. Imaginen también que el primer decreto de SM Rafael I en su nuevo avatar de Rey de los Ecuatorianos consiste en una serie de bizarras prohibiciones, entre ellas una expresa prohibición de ver televisión. A partir del año 2012, cualquier ciudadano a quien se le encuentra un aparato televisor en su casa irá directamente a la cárcel. Encima, todo ecuatoriano tendrá que llevar obligatoriamente la ropa preferida del nuevo Monarca: en el caso de los hombres, blusas bordadas, y para las mujeres, faldas largas estilo Testiga de Jehová.
Creo sinceramente que si tal cosa sucediera el año que viene, habría repercusiones. (En cinco ó diez años, tal vez no tantas... quién sabe). Entre estas repercusiones, creo que cierto bloguero de nombre Carlos Suasnavas, de Sentado frente al Mundo, se pondría a protestar. Y no sería el único. De hecho, me imagino un rechazo rotundo de parte de toda la ecuablogosfera, con excepción de Rafael Méndez Meneses, a quien seguramente le parecería una sabia y acertada decisión del actual Jefe de Estado asumir el cetro real. Y eso es así porque, en general, a la gente no le gusta que le quiten cosas. A quien se ha vuelto adicto a las vicisitudes de la Topacio (la dan por las mañanas: doy fe de que es inmensamente comestible: el peinado del galán, insuperable homenaje a la topiaria) sería duro tener que renunciar a ella, y lo mismo va para los seguidores del Caballo Garañón. Eso significa en la práctica que, si uno tiene ambiciones reales, imperiales o simplemente dictatoriales, el quid está en saber calcular el número de afectados por cada acto de sustracción, cerciorándose de que en cualquier caso se trate de una minoría fácilmente ninguneable. Por ejemplo, quitar los toros y los casinos aquí y ahora es pan comido, por lo que estas diversiones son no sólo minoritarios sino hasta un tantico elitistas. Es lamentable que pocas personas sean capaces de pensar más allá, y formar preguntas como "y si se tratara de mi diversión preferida, como p.ej. ojear a las modelos colombianas del Extra en versión electrónica que posan con sendas jarras de cerveza Brahma, ¿vería con buenos ojos que se pusiera a votación popular la prohibición de la misma, por simple capricho presidencial?" Lamentable, pero realidad. Ahora, que prohiban ver televisión en este país, no lo veo factible. La tele tiene demasiados fans. La gente saldría a las calles, y SM tendría que hacer un Lucio, con helicóptero y todo. Eso también es realidad. Tan real como para basar acertados cálculos políticos en ello.
Ahora, salgamos de bruces del terreno de la realidad y entremos en el de la moralidad (dos cuadras más abajo, pasando el semáforo, a mano izquierda).
Aquí, nos encontramos de repente con que no importa lo que la gente quiere o no, o cuántos adictos hay a las series mexicanas. Lo que importa ahora es si la tele es buena o mala. Ídem, los toros, los casinos, y un poco lo que quieras. Todo, si te empeñas, puede teñirse de uno de esos dos colores. Y lo bonito del reino de la Moralidad es que, cuando has pasado un tiempito aquí, poco a poco te vas dando cuenta de que tú eres el mismo rey, es decir que tú mismo decides lo que te parece bueno o malo. Claro que el resto no tiene por qué estar de acuerdo contigo, pero eso no importa. La cuestión es que puedes ir con tu varita mágica de Harry Potter e ir apuntando cosas y convirtiéndolas en Buenas o Malas, a tu libre albedrío. "¡Pesimissimus!", exclamas, apuntando a los Simpsons o a Walter Mercado. "¡Sanctissimus!" esta vez a Paco Velasco: y él aparece con aureola y todo, aunque solamente tú lo ves. Repito: es divertidísimo ser moralista, mientras no te olvidas de que tu moralidad es sólo eso, tu moralidad, única e intransferible. En este espíritu, les diré sinceramente: a mí me parece que la tele es mala. Por lo menos la tele ecuatoriana. Malísima. Ahora, el problema es que hay gente que no entiende que la moralidad es un subconjunto de la estética: es decir, que el reino ése glorioso de la moralidad se sitúa al otro lado de ese semáforo que el filósofo Hobbes denominó "el problema del ser versus el debe ser" (the Is-Ought problem): lo que equivale a decir que como no existe manera de "demostrar" mi propia moralidad, de traerla acá al terreno de la realidad y así asentar su superioridad frente a la tuya, la única consecuencia legítima de mi aversión a la tele sería que yo mismo deje de verla, pues no tengo manera lícita de conseguir que mi moralidad atañe a más acciones que las mías propias. No puedo imponer a otros mi criterio, aunque haya habido referendo de por medio.
Claro que, volviendo a la realidad, ese "no puedo" lo contradice el quehacer de casi todos los políticos y gobernantes que en el mundo hay, que no dudan en imponer sus criterios morales al resto de la población, con o sin estratagemas plebiscitarios. A esas personas, cuando cruzan el umbral de la discreción, cuando ya nos han quitado demasiada cosa, se les suele llamar dictadores. Un ejemplo especialmente infame de esa especie lo constituye un tal Jigme Wangchuck, que durante veinticinco años (1974-1999) reinó sobre un país, Bhutan, donde estaba prohibida la tele - ¡en serio! Además, consideró bien que la ley prohibiera mirar directamente a los ojos al rey, y que fuera obligatorio en todo el reino llevar ropa del siglo catorce. También su reino ha sido marcado por eventos más siniestros, como la deportación masiva de trabajadores nepalíes supuestamente indocumentados, que ha dado lugar a una crisis de refugiados más allá de sus fronteras. Y como dato curioso y un tanto irónico, mencionar que él ha sido paladín de una novedosa forma de medir el progreso del país, en términos de un risible Índice de la "Felicidad" que pretende sustituir al PIB (dato que en su caso resulta algo embarazoso), y que indudablemente, sea como sea la forma de medición, notablemente excluye a la despreciable subjetividad de los trabajadores migrantes. Ahora, como parece ser que las presiones de la modernidad llegaron a ser demasiadas, su último acto fue "liberalizar" al país, permitir la televisión y la ropa moderna, y luego abdicar. Como estuvo 25 años en el trono, que no es moco de pavo, sin hacer nada de eso, es difícil ver en esos gestos tardíos el alma puro y noble de un monarca benévolo, y mucho más fácil detectar el reflejo autodefensor de una monarquía que ve peligrar su continuidad y sus privilegios. Es un poco el caso de la Reina Isabel de Inglaterra, cuando accedió allá por la época thatcheriana a pagar impuestos: para ver en ello cualquier cosa que la astucia de un carnívoro acorralado hace falta buena dosis de romanticismo, por decir lo menos.
Ahora bien, mi queja es con las personas, como el mencionado Suasnavas y alguno de sus comentaristas, que son capaces de decir cosas así:
Pero como les contaba, en 1999 el rey decidió regalar a su pueblo una nueva ventana al mundo, la televisión, pero nunca se imaginó los dramáticos cambios sociales que podrían producirse en gente que ni siquiera estaba acostumbrada a ver turistas.
Ahora, después de más de una década parece no haber sido tan buena idea abrirle de golpe los ojos al mundo a un pueblo inocente y sano como el de Bután.
El énfasis es mío. Pero por Dios: "regalar"? Un tirano que bajo la presión de la coyuntura política por fin permite que empresas televisivas operen en su país realmente está "regalando" algo? Y ¿de dónde se saca que un pueblo que vive en condiciones medievales, la mayoría en extrema pobreza, bajo una dictadura más caprichosa que la de Mussolini o Pinochet, mantenida en una forzosa y vergonzosa ignorancia por una casta privilegiada, merece el calificativo de "inocente y sano"? Y sobre todo, ¿desde cuándo es mala idea permitir que la gente se informe y se entretenga?
La respuesta a todas estas preguntas me parece que es la misma: relativismo cultural. Es decir, la doctrina de que no se puede "juzgar" lo que sucede en otro país, que tiene su religión y sus costumbres, pues todo lo que pasa allí forma parte de "su cultura", que en ningún caso podrá ser considerada inferior a la "nuestra", so pena de quedar como "imperialista cultural".
Al parecer, el propósito de esta doctrina, loable en un principio, es poner a todas las "culturas" en condiciones de igualdad. El relativista cultural en principio era aquella persona que, al ejercer de turista y viajar por el mundo, se deprimía al hallar al mismo ratoncito Mickey en los cines de los países del hemisferio sur, la misma muñeca Barbie, insultantemente rubia, en las tiendas de Lima o de Mumbai. En cambio, si ese turista encontraba que en un país los hombres llevaban turbante, en otro las mujeres se adornaban el cuello con aros, en otro la gente se emborrachaba rutinariamente en los funerales, en otro se lanzaba asnos desde la torre de una iglesia, en otro la gente no comía carne, y en otro los autobuses no se detenían, sino que tenías que entretenarte como atleta para agarrarlos al vuelo... entonces eso era bueno, esa diversidad demostraba que cada país protegía y transmitía sus costumbres y sus valores, en contra de la dominación hegemónica del aburrido Occidente (léase EEUU). Es decir, lo que se empezó defendiendo era la libertad: libertad para seguir uno, como individuo o como pueblo, sus propias costumbres. A partir de ahí, no fue un gran paso sentar el principio de la igualdad de culturas, basado en una analogía con la igualdad de las personas que forma la base del Estado de Derecho, conquista del liberalismo occidental como ya sabemos. Y aquí es donde la teoría empieza a hacer aguas.
¿Qué significa en teoría la igualdad de los ciudadanos en un Estado de Derecho? Simplemente, que nadie tiene derecho a coartar la libertad de otras personas. Si todos somos iguales, no puedo erigirme en juez de los demás, dictarles mis criterios morales y hacer que obedezca mis propios consignas en lo tocante a un putativo Buen Vivir. Del mismo modo, y supuestamente por las mismas razones, los relativistas culturales dicen que una cultura no puede juzgar a otra cultura. Ahora, ¿qué pasa cuando la realidad contradice estos principios? En el Estado de Derecho, si pasa eso, invocamos el derecho a defendernos contra la opresión. Los relativistas, de igual manera, suelen ver con buenos ojos cualquier manifestación de una cultura que "se defiende" contra un intento de una supuesta cultura "hegemónica" de imponerse. Les encanta que las tribus amazónicas se rebelen contra las petroleras. Son devotos de películas como Bailando con Lobos, en que esos "inocentes y sanos" nativos se pelean contra las sucias huestes invasoras. Lo que no quieren ver, y su condición de turistas culturales se lo impide, es que muchas de estas "culturas" inocentes y sanos se basan, en variable medida, en la opresión del individuo. Es decir: hemos arrancado desde una posición liberal de defensa del individuo, y terminamos defendiendo la opresión del individuo, por razones dizque "culturales". En nuestro Occidente, prácticas como la ablación del clítoris serían vistas como barbaridades que hacen merecedor de cárcel a quien las perpetre; pero si eso se hace en Yemen o en Nigeria, no hay problema, pues es "su cultura", y lejos sea de mí criticar la cultura de otro pueblo.
Tal posición es, francamente, cojudez al cuadrado. Da lugar a situaciones, ya frecuentes en Europa, en que un musulmán puede declarar abiertamente, sin temor a represalias ni a consecuencias legales, su odio a Occidente, a EEUU, a Israel, a los judíos, a las mujeres, a los homosexuales; en cambio, el mismo discurso, mutatis mutandis, te llevará a la cárcel si no perteneces a una de esas culturas "a las que no hay que oprimir". Aclaremos: si la propensión para juzgar a los demás, y para traducir esos juicios en actos coercitivos, puede considerarse parte de una cultura, y todo lo que sea parte de una cultura está fuera de toda crítica, entonces llegamos a la paradoja de que sólo tengo que ponerme el sombrero de "es mi cultura" para dedicarme en cuerpo y mente a aniquilar a la tuya. En cambio, si lo que realmente cuenta, y lo que nos proponemos defender, es la libertad individual, entonces no hay contradicción, pero sí en cambio hay que aceptar, o bien que la coerción está excluida de la definición de lo que es una cultura, o bien que no todas las "culturas" son iguales: algunas culturas privilegian la tal libertad y falta de coerción, otras la desestiman. Mi cultura, si me permite hacer lo que quiera mientras no perjudico a otros, es netamente y demostrablemente superior a la tuya, que te encombra de insensatas prohibiciones. Eso no significa que puedo "imponerte" mi cultura contra tu voluntad: pero sí significa que puedo emitir juicios de valor al respecto, y defender a aquellos individuos que tu cultura pretende esclavizar, dondequiera que vivan.
El problema final del relativismo cultural es que fracasa según sus propios postulados. Si "no hay que juzgar" a los demás culturas, por muy salvajes e inhumanas que sean, entonces estarían descartados no sólo los juicios negativos sino también los positivos. Nada de pueblos "inocentes y sanos", digamos. Lo que pasa es que los relativistas, bajo el disfraz de una pretendida ecuanimidad, no pueden resistirse a vender sus propios prejuicios culturales, que normalmente tienen que ver con una tonta idealización de lo primitivo, de lo "auténtico", de lo "étnico". Para ellos, los turistas, es encantador ver a un pueblo que vive "en paz" con su ausencia de tele y de publicidad, y que esa ausencia sea producto de un sistema de gobierno autoritario y hasta totalitario, que impone un conformismo salvaje y borrego, y que los habitantes de ese pueblo vivan en la miseria más absoluta, les importa un comino. Total, ellos no piensan quedarse a vivir allí. Las culturas alternativas son maravillosas... para los demás. Que un bloguero premiado pueda expresar el criterio de que la llegada del Internet en una determinada comunidad sea "un problema" me parece el colmo de los sarcasmos. A este paso, no es descartado que en Ecuador empiecen a verse cadenas del gobierno que nos venden un Ecuador mítico, lleno de pintorescos "indígenas" todos sonrientes (¿no sabías? la Sonrisa Ecuatoriana tiene fama mundial) dedicados a tareas artesanales en medio de una Arcadia rural... con la idea de imponer eso como "nuestra cultura", para que cualquier crítica hacia la misma sea vista como manifestación del Imperialismo Pitiyanqui, contra el cual, que la Pacha Mama nos proteja.

Al paso que vamos, donde la religion de la censura, muy cubanizada, se esta extendiendo, como dices, toda manifestacion de un pensamiento libre será considerado como una simple muestra que el 'imperio' esta detras de todas nuestras acciones... Me agrado mucho este post, bastante ilustrador... (y otros tmb, pero este es el primero en el que puedo opinar)...
ReplyDeleteSaludos
Daniel Alejandro (@daalejmalrz)
http://djanblack.wordpress.com
Leyendo los comentarios uno decía:
ReplyDelete“…el dinero pierde su valor si es
que no aporta al crecimiento del ser humano.”
Me suena a novela de las viejas, “el dinero no compra la felicidad”, pues si el dinero no la compra, ve tu a saber que puedes comprar con unos dos quintales de miseria.
Quizá el dinero no te compre la felicidad, pero ayuda de forma endiablada, a quien queremos mentirle? Por algo los “angelitos revolucionarios” se han esmerado en llenarse los bolsillos de ese “asqueroso” dinero, cierto?
Sobre el relativismo cultural, eso les sirve de EXCUSA PERFECTA a los líderes locales, Chávez pomposamente le regalo una réplica de la espada de Bolívar a Gadafi quien ahora esta asesinando a sus conciudadanos con esa misma espada, dirá Chávez lo mismo que dijo correa cuando iban a flagelar a aquella dama en Irán: YO EN ESAS COSAS NO ME METO, SON CUESTIONES CULTURALES. Pamplinas!
En Ecuador, hay pueblitos en los cuales hace un par de décadas NO EXISTIA la TV y no porque nadie la hubiera prohibido, sino porque ni siquiera tenían energía eléctrica y sin embargo habían violaciones, robos y asesinatos, de manera que veo poco probable que las pasiones de un ser humano se le puedan achacar a una caja de TV per se.
Ahora, yo no veo UNA SOLA RAZON en el MUNDO para que un ser humano que hasta hace poco era un desconocido profesor ahora DECIDA lo que YO puedo o no puedo hacer, en realidad ni ese ni ninguno otro.
Hay gente que piensa en tener un “mundo ideal” en el que solo caben sus ideas, las de los demás a la basura y a aplicar por la fuerza su “mundo ideal” en el que te quieren hacer sonreír A PALOS.
Por ahí no van los tiros compadritos, están haciendo la del cangrejo y lo más triste de todo es que el mundo no los va a esperar a que recapaciten.
Saludos