Sucede que se cansan de ser mujer
¿Y quién les podría culpar de eso? Nosotros también nos cansamos. No con mucha frecuencia, es verdad, pero sí pasa. Yo me canso de ser hombre, en el momento adecuado, y me duermo: es lo más indicado. No sin antes fumar un cigarrillo, tomar tal vez una copita de aguardiente, mover un poquito la olla que se supone recoge la lluvia que gotea por el techo, cerrar y guardar la revista en su sitio, recoger el kleenex. Luego viene la gata a fastidiar. No sólo con el culo, sino con eso de ser gata, de tener solamente doce días de hormonas, de llanto, de enamorarse de las patas de las sillas, para luego gozar del largo verano de la indiferencia, de la salud mental, de la placidez, todo eso que ni podemos imaginar.
Muy pocas veces (pero sí pasa) uno consigue cansarse de ser hombre justo antes de salir a trabajar. Puede pasar en la ducha.
Luego, según como tienes el día, te vuelves poeta, sociólogo, humanista, matemático, santo, suicidio, mudo espectador de la tragedia humana, manifiesta en calvicies, barrigas, cintas de cabello, biblias, cicatrices, tintes, emisoras de radio. Schopenhauer tenía razón: cuando deseas, no tienes ni idea. Pones el deseo en pausa, y de repente, "he aquí". Todo se te vuelve cercano, pues ya no eres consciente de ningún espacio vedado. Y el ser humano, ese primate que se ve multiplicado en el autobús, se torna patético, inconsciente, feo (pero ¡tan valiente!), patán. Quieres olvidar por un momento tu historial de miembro de esta especie: eso fue sólo tu época de celo. Acabas de renacer a la sobriedad: acabas de descubrir tu cerebro, y tiene muchos menús. En algún submenú entre ellos podrías encontrar la sabiduría: no hay, pues, tiempo que perder. Luego sube al bus una oficinista de falda apretada y todo se jodió. Fin del descanso: a trabajar. Tu cabeza se vuelve a llenar de la aburrida salsa chillona de la lujuria, de los motivos y los propósitos. De nuevo, eres condenado a saber por qué estás aquí, y por qué no quisieras estar.
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