Aprendices
Mi hermana estudió música en el Conservatorio (es un decir: el nombre se me fu) hace fu, en esa ciudad grande que teníamos al lado, a vuelo de paloma. Cuando me tocó clarinete, también pude entrar. Lo que recuerdo es poco: polvo, mucho polvo, y retratos por todos lados, se supone de los grandes. Beethoven, ubicuo. Él, príncipe entre modelos de rol, resumía lo que era aquello de ser músico: cabello indomable, ojos de oscuro y temible transporte, bototas, juventud incombustible disfrazada de años. También, por supuesto, había manuscritos apilados por doquier: aquello parecía gabinete de abogados dickensiano. Al iniciarte, no tardabas en descubrir que la música era una corriente alternativa dentro de la civilización. O tal vez, simplemente, era la civilización. (Aunque en aquellos años todavía existían otras corrientes aparentes, ya casi estancas.) Para participar en ella, imprescindible interiorizar un centenar largo de palabras italianas de lo más floribundo (todavía me persigue: voy a comprarme una cola y veo flotando encima del vendedor una partitura donde pone en una cursiva exquisita: descartabile, ma non troppo), y cultivar la dolorosa ciencia de los corchetes, con todos sus enrevesados algoritmos, y esa machacona insistencia en despertar a reglazos al zurdo que llevas dentro. Y como prueba de que todo eso era serio, muy serio, y que la civilización dependía de ello: al profesor de piano de mi hermana una vez le pillaron caminando por la ciudad en pijama, sonámbulo. Está claro que quien sale de casa en pijama lleva el peso de la civilización en sus espaldas.No hay otra explicación.
El Conservatorio, ya se sabe, dejó de conservar allá por la época de la Thatcher. Y ahora el mundo, esófago ma non troppo, está nostálgico de saberes ancestrales, de grados de perfección comestibles: hasta tal punto que por poco me pongo a vender rosacruces y paracelsos por la avenida Quito. Quiere que se le transmita cosas desde ese remoto pasado en que había quien se sabía algo, ese anhelado país en donde la gente todavía no era ridícula y grandemente intercambiable. Sólo pasa que se empeña en equivocarse de siglos.
La pista: ese polvo, esas hectáreas de madera barnizada, ese olor noble a tabaco.
Lo ancestral remonta, en realidad, limpiamente a una época muy reciente de valses y de coffee houses y de aburridas guerras de independencia; luego, como un riachuelo selvático, se pierde, de pronto, en un extraño foisonnement de ilegitimidades, que provoca suspicacia. Flores de bosque demasiado grandes, que con sus pétalos parecen querer tapar algo. Abriendo camino a machetazos, avanzas apresurada y atropelladamente hasta el centro de un claro repentino. En cada tronco de árbol en tu alrededor está colgado un cuadro. Cada uno representa una infancia diferente. Una de ellas es la tuya, pero no tienes memoria, ni modo de saber cuál es. A guisa de ironía, debajo de cada cuadro está la etiqueta con las fechas de nacimiento y de muerte de su protagonista (hay fechas desgarradoras). Si quieres reunirte con tu vida, tienes que escoger. Y para hacerlo, sólo hay una regla: aquel cuadro que representa tu infancia resumirá, de algún modo, todo lo que ves de todos los demás cuadros. ¿Cómo así? Porque te creó los filtros a través de los cuales estás condenado a apercibir todo lo demás. Creó tu universo. Te puso límites. Condicíonó tu mirada.
De modo que sólo volviendo a él puedes aprender a ver de otra manera.
Yo he conocido a dos ó tres hombres-conservatorio: de aquéllos que quieren resumir en su cerebro toda la historia de la raza; que se aferran a alguna excentricidad sintáctica e indumentaria menor; que pueden decirte en qué año se estancó la ciencia (falta de aether o de phlogiston), y hasta dónde remontan los usurpadores, explicación suficiente de todos nuestros males; que cortejan lo grotesco, lo fin-de-siecle, lo dendrítico, lo petri. Aquéllos que, justo cuando los tienes etiquetados y sicoanalizados, te salen con un apercu arrollador, terrible en su inhumana sencillez. Esos enemigos de la modernidad suelen provocar feroces venganzas literarias. Vean lo que hizo de ellos Frederic Raphael (en Glittering Prizes) o Thomas Harris. A mí no me consta que todos sean asesinos de pollos. Tampoco me importa, la verdad. Puedo compartir mundo con ellos. Me place (tras mi picket fence de cómoda ignorancia) hacerlo.
(Al son de Mantovani Plays Bacharach): tengo a un nuevo vecino, Adolfo Hitler se llama (sólo a los Julian Barnes les toca Gene Tierney, parece), que hace una semana invitó a mi esposa a comer crepes en su bien porcheada casita "Dunmassmurderin". Ella cortésmente hizo sus excusas: el man, para ella, traía demasiado aire de extranjero, de bohemio. Tendrías que verlo cortando el césped: revuelo de hierba segada, que parece saña de algún recuerdo. Original el tipo.
Porque #todossomos jubilados ahora. Es la triste realidad. Ni la memoria de la raza nos preparó para esto. Con lo cual se vuelve urgente la fabricación de nuevos niños, de esos que no se quedan, sino que corren y conquistan laderas de valles, de estos valles en que nos acurrucamos miedosos y vencidos.
El fin del mundo es historia vieja, amigo. ¿Que cambió el clima? Los climas siempre cambian, son como mujeres cuando el taxi ya está esperando. ¿Que se aprestan jinetes? Es posible (aunque el shale parece ponerlos nerviosos. Quiero verle la cara a los putos wahabitas cuando Israel esté en plena producción). ¿Que en algún momento habrá pánico mundial, caras dignas de Chick Tracts, en blanco y negro, arrebatamiento, parusia, averías de Movistar? Esperemos. Me encantaría que se vaciara la iglesia de enfrente, poder dormir tranquilo algún sábado. En fin, trabajo tendrás si quieres que para mí calentamiento global llegue a significar otra cosa que lo que siempre ha significado, una buena tunda erótica. (Los jubilados aun tenemos nuestros sueños y recuerdos oscuros e indescifrables. Es propio de ancianos: sean comprensivos.) De modo que si quieres ser absolutamente moderno, dalo por hecho y concéntrate en el futuro. Hay que ponerles nombres supersticiosos a tantos y tantos wind farms en desuso. Hay que reinventar la taberna campestre. Hay que enseñar a las ballenas a volar, y a los elefantes a olvidar. Hay que escribir los poemas que venerarán como escrituras sagradas las sociedades fragmentadas del futuro. Y hay que comprar el mar.
Sí. El mar necesita comprarse.
Nota: Rachel Flowers es una niña ciega que demuestra que la gente dizquepacitada son unos pobres diablos que necesitan de nuestra compasión amén de campañas televisivas a su favor a cargo de vicepresidentes estudiadamente bonachones. Aquí la ves masacrando a Keith Emerson. (Yo crecí con esta música. Tarkus a mí me trae ineluctablemente sabor a ginebra, a habitación mugrienta, a catorce años. A esta niña, parece que otra cosa.)
El Conservatorio, ya se sabe, dejó de conservar allá por la época de la Thatcher. Y ahora el mundo, esófago ma non troppo, está nostálgico de saberes ancestrales, de grados de perfección comestibles: hasta tal punto que por poco me pongo a vender rosacruces y paracelsos por la avenida Quito. Quiere que se le transmita cosas desde ese remoto pasado en que había quien se sabía algo, ese anhelado país en donde la gente todavía no era ridícula y grandemente intercambiable. Sólo pasa que se empeña en equivocarse de siglos.
La pista: ese polvo, esas hectáreas de madera barnizada, ese olor noble a tabaco.
Lo ancestral remonta, en realidad, limpiamente a una época muy reciente de valses y de coffee houses y de aburridas guerras de independencia; luego, como un riachuelo selvático, se pierde, de pronto, en un extraño foisonnement de ilegitimidades, que provoca suspicacia. Flores de bosque demasiado grandes, que con sus pétalos parecen querer tapar algo. Abriendo camino a machetazos, avanzas apresurada y atropelladamente hasta el centro de un claro repentino. En cada tronco de árbol en tu alrededor está colgado un cuadro. Cada uno representa una infancia diferente. Una de ellas es la tuya, pero no tienes memoria, ni modo de saber cuál es. A guisa de ironía, debajo de cada cuadro está la etiqueta con las fechas de nacimiento y de muerte de su protagonista (hay fechas desgarradoras). Si quieres reunirte con tu vida, tienes que escoger. Y para hacerlo, sólo hay una regla: aquel cuadro que representa tu infancia resumirá, de algún modo, todo lo que ves de todos los demás cuadros. ¿Cómo así? Porque te creó los filtros a través de los cuales estás condenado a apercibir todo lo demás. Creó tu universo. Te puso límites. Condicíonó tu mirada.
De modo que sólo volviendo a él puedes aprender a ver de otra manera.
Yo he conocido a dos ó tres hombres-conservatorio: de aquéllos que quieren resumir en su cerebro toda la historia de la raza; que se aferran a alguna excentricidad sintáctica e indumentaria menor; que pueden decirte en qué año se estancó la ciencia (falta de aether o de phlogiston), y hasta dónde remontan los usurpadores, explicación suficiente de todos nuestros males; que cortejan lo grotesco, lo fin-de-siecle, lo dendrítico, lo petri. Aquéllos que, justo cuando los tienes etiquetados y sicoanalizados, te salen con un apercu arrollador, terrible en su inhumana sencillez. Esos enemigos de la modernidad suelen provocar feroces venganzas literarias. Vean lo que hizo de ellos Frederic Raphael (en Glittering Prizes) o Thomas Harris. A mí no me consta que todos sean asesinos de pollos. Tampoco me importa, la verdad. Puedo compartir mundo con ellos. Me place (tras mi picket fence de cómoda ignorancia) hacerlo.
(Al son de Mantovani Plays Bacharach): tengo a un nuevo vecino, Adolfo Hitler se llama (sólo a los Julian Barnes les toca Gene Tierney, parece), que hace una semana invitó a mi esposa a comer crepes en su bien porcheada casita "Dunmassmurderin". Ella cortésmente hizo sus excusas: el man, para ella, traía demasiado aire de extranjero, de bohemio. Tendrías que verlo cortando el césped: revuelo de hierba segada, que parece saña de algún recuerdo. Original el tipo.
Porque #todossomos jubilados ahora. Es la triste realidad. Ni la memoria de la raza nos preparó para esto. Con lo cual se vuelve urgente la fabricación de nuevos niños, de esos que no se quedan, sino que corren y conquistan laderas de valles, de estos valles en que nos acurrucamos miedosos y vencidos.
El fin del mundo es historia vieja, amigo. ¿Que cambió el clima? Los climas siempre cambian, son como mujeres cuando el taxi ya está esperando. ¿Que se aprestan jinetes? Es posible (aunque el shale parece ponerlos nerviosos. Quiero verle la cara a los putos wahabitas cuando Israel esté en plena producción). ¿Que en algún momento habrá pánico mundial, caras dignas de Chick Tracts, en blanco y negro, arrebatamiento, parusia, averías de Movistar? Esperemos. Me encantaría que se vaciara la iglesia de enfrente, poder dormir tranquilo algún sábado. En fin, trabajo tendrás si quieres que para mí calentamiento global llegue a significar otra cosa que lo que siempre ha significado, una buena tunda erótica. (Los jubilados aun tenemos nuestros sueños y recuerdos oscuros e indescifrables. Es propio de ancianos: sean comprensivos.) De modo que si quieres ser absolutamente moderno, dalo por hecho y concéntrate en el futuro. Hay que ponerles nombres supersticiosos a tantos y tantos wind farms en desuso. Hay que reinventar la taberna campestre. Hay que enseñar a las ballenas a volar, y a los elefantes a olvidar. Hay que escribir los poemas que venerarán como escrituras sagradas las sociedades fragmentadas del futuro. Y hay que comprar el mar.
Sí. El mar necesita comprarse.
Nota: Rachel Flowers es una niña ciega que demuestra que la gente dizquepacitada son unos pobres diablos que necesitan de nuestra compasión amén de campañas televisivas a su favor a cargo de vicepresidentes estudiadamente bonachones. Aquí la ves masacrando a Keith Emerson. (Yo crecí con esta música. Tarkus a mí me trae ineluctablemente sabor a ginebra, a habitación mugrienta, a catorce años. A esta niña, parece que otra cosa.)
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