Olivia, la mujer 220
Ya escribí sobre ella. Me imagino que todo el que viaje diariamente en la Metrovía le tendrá dedicado un poema. Es esa mujer que en todo es modelo. Por la mañana incluso trabaja de modelo profesional, ante un aluvión de fotógrafos, haciendo alarde de esa técnica de apoyar el mentón sobre una mano coquetamente virada que le ha valido elogios y premios internacionales; luego va a la oficina, donde se dedica a su otro empleo, el de "modelo de ejecutiva", oficio que consiste en balancear vertiginosamente las caderas al caminar, al tiempo que menea un dedo índice reprobatorio, de vanidad y presunción suculentas, hacia cualquier caminante en sentido contrario, donde la verdadera habilidad se muestra en coordinar balanceo con meneo, reto que ella supera de modo ejemplar, de ahí ese alto salario que a continuación se muestra en el contenido de las múltiples fundas de supermercado que ella saca del interior de su lujoso 4x4, después de hacer las compras camino a casa y de contemplarse amorosamente en el retrovisor. En una de esas fundas hay un niño, o varios, en fin, ese punto no me ha quedado muy claro, pues en general en esta parte de la epopeya es donde el conductor de la Metrovía hace una frenada brusca, dando lugar a diversos coitos accidentales entre los atribulados pasajeros (me han dicho que los avatares y frenadas de la Metrovía de Guayaquil ha inspirado hasta un baile, "el Choque", que ahora hace furor entre los alumnos del Vicente Rocafuerte y alguna que otra veintiochedemayonesa). Es más, se nos informa que por el hecho de sacar las fundas del carro ella es también "modelo de madre", pues ya se sabe que las madres normales, las que no son modelo, siempre dejan las fundas en el maletero hasta que todo se pudra. Claro que lo mejor todavía está por venir: después de guardar los hijos en la nevera, ella se pone el vestido azul, y se transforma en "modelo de mujer". Y como es modelo de mujer, aparece de la nada un hombre (que puede ser también modelo de hombre, o tal vez no, no hay información al respecto). A éste, como para demostrar que ahora es mujer, ella le brinda una botella de 220, la misma bebida que antes ella misma se tragoneaba con vistosa desesperación. El hombre, como todo hombre, al verse cara a cara con una botella se olvida instantáneamente de la mujer y se dedica de lleno a engullirse el contenido, de perfil, para que se pueda apreciar mejor el ángulo que hacen botella y cuello. La mujer modelo a este dechado de masculinidad le mira complacida y con ternura. Fin del anuncio.
Sobre que ella se llame Olivia, no tengo nada fehaciente. Me gustaría creerlo. Como que esto hace que el mundo sea más comodito y calentito. Sigue la canción de Olivia, la que a mi hijo le chifla, y a mí me reconcilia con la raza humana y la porcina, y que creo que a la mujer modelo le va como anillo al dedo, sobre todo por la profundidad de la letra.
Además, se me hace que si se bailara esto en las fiestas de fin de curso en lugar del reguetón, y se cantara esto en todas las iglesias evangélicas en lugar de esos tétricos himnos (mutatus mutandis: en lugar de Olivia, tal vez Jehovia), viviríamos en una sociedad con mejores articulaciones de rodillas. Una cosa es el perreo, otra la genuflexión, y otra el Charleston o el Lindy Hop. Guardemos sentido de proporción.
Ahora viene el "quisiera escribir". Siempre desconfié de los quisiera. Si quisieras hacer algo ¿por qué chucha no lo haces en lugar de expresarlo? A ver:
Quisiera escribir los versos más remunerativos esta noche.
Quisiera desglosar en un pergamino impregnado de nardo y mirra las mil y una delicias irrepetibles de tu más fugaz pestañeo.
Quisiera otro adverbio de lugar. Éste me ha salido turro.
Quisiera remar en una mar de café, soñando con en final de las correcciones de exámenes y redacciones de última hora, y repasando mentalmente con vistas a una publicación en temporada navideña todos y cada uno de los entrañables y estúpidos modelos de rol que a las mujeres metroviajeras, televidentes, revisteras y reguetoneras se les propone como premio de consuelo ante la evidente falta de hombres interesantes en este hemisferio (y parte del otro). Quisiera traspasar el escaparate de aquella sospechosa pasividad y ver qué hay al otro lado, enumerando los resultados en una hoja de cálculo adornado con violetas, ibuprofeno y carmesí.
Sobre que ella se llame Olivia, no tengo nada fehaciente. Me gustaría creerlo. Como que esto hace que el mundo sea más comodito y calentito. Sigue la canción de Olivia, la que a mi hijo le chifla, y a mí me reconcilia con la raza humana y la porcina, y que creo que a la mujer modelo le va como anillo al dedo, sobre todo por la profundidad de la letra.
Además, se me hace que si se bailara esto en las fiestas de fin de curso en lugar del reguetón, y se cantara esto en todas las iglesias evangélicas en lugar de esos tétricos himnos (mutatus mutandis: en lugar de Olivia, tal vez Jehovia), viviríamos en una sociedad con mejores articulaciones de rodillas. Una cosa es el perreo, otra la genuflexión, y otra el Charleston o el Lindy Hop. Guardemos sentido de proporción.
Ahora viene el "quisiera escribir". Siempre desconfié de los quisiera. Si quisieras hacer algo ¿por qué chucha no lo haces en lugar de expresarlo? A ver:
Quisiera escribir los versos más remunerativos esta noche.
Quisiera desglosar en un pergamino impregnado de nardo y mirra las mil y una delicias irrepetibles de tu más fugaz pestañeo.
Quisiera otro adverbio de lugar. Éste me ha salido turro.
Quisiera remar en una mar de café, soñando con en final de las correcciones de exámenes y redacciones de última hora, y repasando mentalmente con vistas a una publicación en temporada navideña todos y cada uno de los entrañables y estúpidos modelos de rol que a las mujeres metroviajeras, televidentes, revisteras y reguetoneras se les propone como premio de consuelo ante la evidente falta de hombres interesantes en este hemisferio (y parte del otro). Quisiera traspasar el escaparate de aquella sospechosa pasividad y ver qué hay al otro lado, enumerando los resultados en una hoja de cálculo adornado con violetas, ibuprofeno y carmesí.
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