Thank you, Zuckers

Hace muchos años (lo cual, en mi sistema de cómputo alzheimerizado, significa "más de dos semanas, por lo menos", o sea, se trata de una fecha remotísima en la historia del universo) una amiga canadiense me contó que tenía un perfil en "Facebook". Hice una búsqueda y di con la guarida de ese tal "Facebook". Recuerdo haber pensado entonces que con un nombre tan ridículo, un diseño tan cutre y unas prestaciones tan mediocres, ese sitio Web era predestinado a gozar de una breve vida útil de fulgurante irrelevancia. Seguramente, el tal "Facebook" no albergaba los datos de más de un puñado de despistados, sobrados de tiempo y con cero conocimientos informáticos. Típico de mi amiga, pensé, buscar una red de amistades tan minoritaria y patética, habiendo muchas opciones más mainstream de hacer vida social cibernética. Sin embargo, me apunté en el acto, simplemente para hacerle compañía y porque pensé "bueno, si cambio de parecer luego me doy de baja en un tris y asunto resuelto".

Qué días inocentes eran ésos. Cuánto los añoro.

Desde entonces, si en algún momento se me hubiese ocurrido especular sobre el perfil psicológico del creador de esa red social, con toda seguridad habría dicho que se trataba de un perturbado mental, eso sí, de pronóstico inofensivo. El trastorno mental quedaba patente en el hecho de que aquel espacio donde el usuario podia publicar mensajes sin destinatario era denominado "Wall". No sé si esta terminología seguirá siendo usada o si Facebook ya se habrá hecho compatible con la cordura lexica, pero sostengo que es imposible ver eso y no pensar en un niño de meses, posiblemente, o de pocos años, que escribe o garabatea en las paredes de su casa en lugar de usar para tales arranques de creatividad un medio tan adulto como el papel, y que quien sigue escribiendo en la pared habiendo ya alcanzado la mayoría de edad probablemente tendrá una familiaridad más que pasajera con el paisaje interior de algún centro de rehabilitación psicológica, aunque sea en horario exclusivamente matutino. Algo más desconcertante era aquel "feature", que el diseñador presentaba con aparente orgullo y sin ninguna explicación, consistente en poder "poke" (hurgar o pinchar con el dedo) a cualquier usuario en cualquier momento, lo que invita a especular sobre una patología sexual bastante exótica, que de hecho figura entre las pocas parafilias o perversiones que yo personalmente no soy consciente de compartir.  En los escasísimos casos en que la comunicación a través de una red social me puede haber llegado a entusiasmar hasta tal punto que haya deseado "hacerle algo" a mi interlocutor, algo físico, propasando aquellos límites impuestos por la cortesía y el decoro y dando vía libre al cariño o al deseo o a la mala hostia, el verbo "poke" dista mucho de figurar entre la lista de las 100 acciones más anheladas (salvo en una de sus aceptaciones coloquiales y poco frecuentes). Pero tal vez en esto el raro soy yo. No puedo descartar completamente esa posibilidad.

(En relación a esto, puede que mi rechazo irracional hacia esa idea de darle fuertes pinchazos con un dedo índice a las costillas de otro ser humano haya nacido de un trauma infantil, concretamente de haber tenido como primero libro de lectura en la escuela una antología de cuentos folclóricos, "Careful Hans and Other Stories", donde relataba sobre una raza de duendes llamados Hobyahs, que se dedicaban a cazar señoras ancianas y decrépitas, meterlas en sacos de lienzo, y luego divertirse pinchándoles con el dedo mientras canturreaban "Look you, look you" con acento sospechosamente galés. Desde entonces, el verbo "poke", fuera del código máquina del añorado ZX80 y las primeras versiones de BASIC, se me asocia mentalmente con cierta deformidad física y tendencias celtas. No sé si esto me servirá de excusa.)


En todo caso, donde el perfil psicológico del creador de Facebook (desde hace poco tiempo entiendo que se trata de un tal Mark Suckerverg) se vuelve un punto más siniestro es en el tema del archiconocido botón de Like. Al principio puede parecer un detalle inofensivo, pero cuando un sistema informático se vuelve (contra todo pronóstico) tan popular como ha sido el caso de Facebook, los detalles adquieren cierto interés. Me refiero a esto:

0 users liked this.

(de la portada del sitio web del Servicio de Rentas Internas, circa 2011)

Fíjense bien en el tiempo verbal utilizado. Si admitimos que un determinado número de visitantes (cero en el caso del SRI ecuatoriano, tropecientos millones en el caso del video de Gangnam Style)  habrán querido registrar públicamente su aprobación de un determinado contenido, sostengo que lo normal hubiera sido reflejar tal hecho usando un tiempo presente, no por nada sino porque "like" es tradicionalmente un state verb, semánticamente desvinculado de las nociones de tiempo y lugar concretos. Este tiempo pasado admite, por lo tanto y según mi modo de ver, dos interpretaciones alternativas o complementarias, a cuál más inquietante. Primero, podría sugerir que el contenido en cuestión le gustó al usuario de un modo fugaz, inscrito en la propia naturaleza del contenido o de la experiencia en cuestión, como si de una simple caricia se tratara. Lo que se revela y se hace público en tal caso no es un gusto, propiamente dicho, es decir una preferencia estable, sino una momentánea susceptibilidad. De igual modo, se invita a considerar el contenido que se publica en la red como simple fuente de experiencias fugaces e intrascendentes. No tienes la opción de declarar que tal o cual contenido (foto, mensaje, canción, documento) se adhiere a un sistema de preferencias estable y coherente que es el tuyo. Simplemente, que en el momento de verlo, de escucharlo, "te gustó". Te hizo cosquillas. Ya está. Tus gustos, tus adhesiones, tus delirios, tus debilidades, no merecen mayor consideración. En segundo lugar, y sobre todo en vistas del maltrato al verbo "like" y sus derivados que se ha perpetrado con la creciente popularidad de Facebook, el "like" zuckerbergiano comienza a revestirse de una denotación nueva y específica como verbo performativo (? - performative verb). Es decir, el significado del verbo no remite a ningún hecho externo, sino que se consume en el propio acto de usar el verbo. De la misma manera que para prometer algo basta con decir "yo prometo", para likear algo bastaría con pulsar el fatal botoncito. Puede que el retrato de Rafael Correa vestido de novio y convenientemente bordeado con pan de oro esperando el virginal y tembloroso sí de parte de la novia electoral, te haya inspirado ganas de vomitar; pero si por descuido pulsaste ese botoncito, lo siento amigo, te ha gustado y bien gustado.

De todo lo cual, se puede deducir que Facebook es una red hecha por y para gente superficial y poco exigente, con severos problemas de déficit de atención y un fuerte rasgo exhibicionista. Pero no quería quedarme en esta constatación, sino ir un poco más allá. Quiero hablar del tema planteado recientemente por el mismo Suckaberg, que no es otro que el de la integridad, aunque esta palabra en boca del mencionado Suckerverga bien podría sustituirse, según creo, por el necesario neologismo "extegridad". Y ahora veremos por qué.

He aquí la cita clave:

“You have one identity,” he emphasized three times in a single interview with David Kirkpatrick in his book, “The Facebook Effect.” “The days of you having a different image for your work friends or co-workers and for the other people you know are probably coming to an end pretty quickly.” He adds: “Having two identities for yourself is an example of a lack of integrity.”

Bueno. Habrá quedado patente que no puedo likear esto. Para conclusiones e interpretaciones evidentes, remito a la página enlazada, que contiene un artículo bastante centrado y sensato al respecto, con las protocolarias referencias a Jung y al simpático de Erving Goffman. Claro: el Chupeverg nos está diciendo que el manejo sofisticado de multiples identidades no entra en la lista de prioridades de su empresa, con lo cual él siente la necesidad de decirle al consumidor qué es lo que le tendría que gustar moralmente y lo que no, siempre de acuerdo con el balance de su cuenta bancaria, lo cual remite a su vez a esa pérdida de inocencia primordial de todo consumidor que en algún momento se haya percatado de que los productos de algunas empresas no reflejan sus preferencias, sino que las intentan crear o manipular por razones de conveniencia. Entonces: ¿un empresario que dice que un producto que él no fabrica no tiene por qué atraerte? Normal, bastante normal. Pero ¿un empresario que dice que un producto que él no fabrica no es apto sino para gente sin integridad? Eso llama más la atención, y más tratándose de una red internacional que coopera visiblemente tanto con los gobiernos nacionales de toda calibre como con la NSA gringa. De bruces, nos encontramos salidos del ropero, tiritando en ese siniestro submundo de oscuros y ostentosos moralismos, poblado de fabulosas bestias, que sirve de fondo a una Ley de Comunicación ecuatoriana, o a un Filtro Antiporno británico. Resumiendo: según el Chupa de marras (e, insisto, de vergas, de suculentas y pingües vergas gubernamentales), aunque ahora puedes actualmente disponer de dos identidades, o media docena de ellas, esa posibilidad va a desaparecer, y bien que desaparezca, pues eso de tener dos identidades es propio solo de gente de la peor calaña, sin integridad. NSA dixit.

¿De veras?

Pensemos un momento en qué significa tu identidad en términos cibernéticos. Puede referirse a dos cosas bien distintas. Por un lado, puede referirse a cualquier contenido o transacción susceptible de ser relacionado con una determinada persona jurídica: números IP, códigos identificadores de máquinas particulares, datos personales reales (nombre, apellido, lugar de residencia, teléfono, etcetera): es decir, todas esas cosas que la tradición cibernética nos aconseja ocultar, por razones obvias, salvo cuando existe una garantía de privacidad. Digo "por razones obvias": en Internet, si alguien se interesa por este tipo de datos se puede estar razonablemente seguro de estar ante oscuros y turbios intereses, trátese del Estado, trátese de algún otro tipo de organización criminal, trátese de algún resentido motivado por la venganza (modalidad dox u otra), trátese de alguna que otra gold digger de las que frecuentan los lugares de alterne al uso, con designios sobre tu cuenta bancaria. Fuera de esto, las compras con tarjeta de crédito y para de contar. A este respecto, conviene señalar que las fotos, tradicionalmente opacas ante cualquier intento de cerca informático, ahora también son rastreables y pueden servir de referencia física, con lo cual su libre publicación encierra mayor peligro que antes: cosa que tal vez a mí me preocuparía más si no tuviera cara de peix passat y de ahí una comprensible alergia a las cámaras.

Por el otro lado, identidad puede referirse a aquello que en lenguaje vulgar llamamos persona, es decir, un conjunto de rasgos (físicos, de expresión o estilo, ideológicos supongo, de carácter obviamente) susceptibles de convertirse en interlocutor y así de sortear aquella prueba Turing instintiva y antecesora de amistades y enamoramientos. Y la persona real, a diferencia de la jurídica/policíaca, nadie pretende ni quiere captarla por completo ni se cree con derecho a entrar en todos sus foros y de pronunciar todos sus nombres, a menos que tenga patología socialistöide, que se crea omnicomprensivo, que se crea un poco diosecillo, que se crea el flautista de Hamlet (que, ojo, no es el de Hamelin, aunque para el caso...).

Pues aclarado esto, yo digo una cosa bien sencilla: pónselo difícil a tus enemigos y fácil a tus (futuros) amigos y amantes.

A los que quisieran dar con tu dirección para patearte la puerta a medianoche (enemigos), no les sigas el juego. Nada de nombres de verdad, nada de fotos (a menos que seas chica lol), nada de pistas. En cambio, a los que quieran quererte, dales asidero. Ten una personalidad. No lo dejes todo para la alcoba: así lo hice yo, y mírame. Puedes arañarte una alcoba virtual, si deseas. Si no lo haces, podrías olvidar tus secretos antes de poder contarlos. Y esto sería un absurdo, puesto que las curvas de tu cuerpo son esculpidos por tus secretos.

Si sigues este consejo, tarde o temprano se te multiplicarán las identidades. ¿Por qué? Pues por una razón muy sencilla, que es la misma que en su día provocó que al elefante, el del cuento, le diagnosticaron esquizofrenia galopante: la gente es ciega. Claro que una diosa griega entraría, idealmente, en escena en el última capítulo, cual Poirot, y en base a todos tus retazos esparcidos por la Web te señalaría como culpable de todo todito, basándose tanto en idiolecta y demás pistas forenses como en su propio hondo conocimiento de psicología, para a continuación lanzarse sobre ti en un arranque de furibunda pasión. Pero sucede que ya no hay diosas griegas (hoy, lo más griego que se puede es multiplicar hijos invisibles y cobrar más de 2.700 euros mensuales por ello): lo que hay es gente con mucho prejuicio y poco seso, que hasta cuando intentas ser lo más recto, ñoño y nónimo posible se queja de tu falta de consistencia y de tu exceso de ironía. Hoy en día, no se puede ser ni mínimamente humano sin que se te acuse de ser Legión y de provocar antisolidarios dolores de cabeza. En otras palabras: cuando dicen integridad quieren decir extegridad, es decir algo que ellos puedan apreciar como integridad sin abandonar ni un solo prejuicio, algo así como un currículum de zombie empresarial, o una ficha de la CIA que tú mismo les hayas preparado para facilitarles el trabajo. Eso es lo que piden. ¿Se lo vas a dar?

Quisieras tener integridad, no, de verdad. Vaya. No encontrarás persona más íntegra que el imbécil del pueblo. Él sí no tiene secretos ni sorpresas: no tiene cómo. Desempaquétate mejor (unpack thyself). Si falta o sobra una pieza, si las instrucciones no son claras, si tu mente parece una infernal creación de IKEA, eso ya se verá. Pero lo primero es desempaquetarse. Separar las piezas en diferentes lugares. Luego verás cómo unirlas. Mi teoría es que la Web nos ayuda con la tarea. Por lo menos, a mí me lo ha hecho, hasta la fecha. Te deseo la misma suerte. Ánimo, anónimo.

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