Gracias, Carol
Dicen que un hombre que no se ríe en varios días está cercano a la muerte. No recuerdo haberme reído, con ganas, desde que un amigo me envió el enlace en YT de Kung Fury, hace cosa de algunas semanas. Así que debo agradecerle sinceramente a Carol Murillo mi primer belly-laugh en mucho tiempo, y quién sabe si el haberme salvado la vida de tal entrañable manera.
Google me informa que no existe equivalente en castellano de la palabra bathos (cuyo significado en inglés debemos a Pope), así que me permito un ejemplo en forma de cita directa:
Todo proceso político, más aún en un país como el nuestro, lleno de episodios que dan cuenta de las difíciles formas de luchar contra la colonización y la opresión material y simbólica de las clases poderosas -a lo largo de su corta historia-, debe asumir que el actual momento no responde solo al despliegue de un fenómeno político llamado Rafael Correa (y todo lo que eso ha implicado durante más de ocho años), sino que este proceso, precisamente, tiene fases que es indispensable observar y catalogar para tener una idea macro y, también fragmentada, sobre la visión que la propia población ha trazado para explicarse por qué este modelo sigue siendo una alternativa válida. O quizás no.
¿Lo ven? El párrafo entero consta de una frase larguísima, tortuosa, de accidentada puntuación, dudoso paralelismo y precaria interpretación, pero que por lo rimbombante de las abstracciones manejadas parece estar diciendo algo muy pero que muy importante, algo que aunque no seamos procesos políticos "debemos asumir"... y a continuación, otra frase de tres palabras: "O quizás no", la cual tiene el efecto de borrar de un plumazo todas las pretensiones de su predecesora. ¿Aun no? Simplifiquemos:
Todo proceso político... debe asumir, no solamente X, sino, decididamente, Z. ¡Sí! (da un puñetazo en la mesa) ... O, ahora que lo pienso, tal vez no.
Fue en esta segunda frase que se me explotaron los pulmones. Quizás el efecto humorístico, en mi caso, se intensifica por el hecho de haberme imaginado a la autora en un podio, micrófono en mano, arengando al público de alguna sabatina bajo la mirada complaciente del mencionado Fenómeno Político, o bien por el hecho de que, habitualmente, le suelo dar el beneficio de la duda a todo escritor que logra la difícil hazaña de no comunicarme nada: mi reacción típica es pensar con cierta tristeza, "bueno, será porque soy viejo, las neuronas no son lo que eran, soy demasiado bruto, me falta intelectualidad, me falta cultura" hasta que tengo suficientes evidencias de que el culpable de la falta de comunicación no soy yo, sino el escritor que no sabe expresarse con claridad, aun suponiendo que eso es lo que realmente pretende. En el caso de Carol, tengo mis dudas: hay momentos en el artículo que estoy casi casi por convencerme de que nadie puede escribir de una manera tan barroca, tan opaca y tan sibilina si no es queriendo:
La ostensible modificación de esos valores por otros (...), evidencian (sic) que esta (sic) es otra fase del proceso, y que ante semejante variación de las aspiraciones ciudadanas -legítimas, por lo demás- es ineludible examinar, en dos renglones, tanto las individualidades no comprometidas con la consolidación de los cambios y la titánica tarea política que eso conlleva, cuanto las premisas que este otro momento exige de quienes, con mayor peso, dirigen la continuidad y la afirmación de las transformaciones logradas hasta hoy.
Lo juro, si me lo hubiera dicho en hebreo me decía lo mismo.
Hace algunas semanas, en una carta a gkillcity con motivo de la defenestración de Mónica Mancero como columnista habitual y token female (Dios me libre de pensar tal cosa, peor en referencia a la Murillo) en ese elenco de opinadores tan mayoritariamente hediondos a tabaco de pipa, el editor del Telégrafo dejó caer su particular animadversión a los adjetivos. La Carol, se supone, como toda niña buena abanderada del colegio, administra sus adjetivos desde entonces con obediencia y cuentagotas: pero parece que sus lecturas del medio en cuestión le han convencido de que si uno quiere sobrevivir en ese entorno tan enrarecido de la p. de (O) del T., el quid está en encadenar sustantivos abstractos bajo las sencillas directrices de esos tan socorridos "hay que", "es preciso", "no debemos olvidar que", etcétera, que todos aprendimos en el colegio, porque como es sabido, la meta de una buena educación secundaria es convertir al adolescente en un repelente pedante con cara de po a tiempo parcial. (Don't get me started. Teachers who force their pupils into class debates on any motion containing the word 'should' should be tossed summarily into the Grand Union Canal, without any socks on. Or perhaps not.) De modo que, ya ves, la Carol se ha puesto la meta de ser la perfecta bot de la abstracción grandilocuente. Lo cual está muy bien: admiro su determinación de no dejar que el lector adivine su significado en ningún momento (no sé por qué, pero me acaba de ocurrir la imagen de una striptease artist que en lugar de quitarse la ropa, se la pone, seductoramente y en múltiples y juguetonas capas. reservando para el gran final el caerse al piso y enrollarse ahí en diversas fundas voluminosas de plástico negro, tipo bolsas de basura industriales. Perdón). Pero, y esto es la parte que me da algo de vergüenza, lo siento, no puedo evitarlo: ¿no podría por lo menos adherirse a unas elementales normas de gramática, de sintaxis, de puntuación? ¿Sería mucho pedir? Ya sé que todo eso pasó de moda, pero uno tiene la deformación profesional de estar enseñando esas cosas, para ganarse el pan, y por eso, las comas mal, colocadas duelen realmente duelen. O quizás no.
Y ya que estamos con las deformaciones profesionales...
Si las palabras te importan, habrás pensado lo mismo que yo, en forma rápida y silogística:
A: Todo aquel que usa la palabra "insolente" es un autoritario con alma de dictador.
B: Alexis Mera, refiriéndose al arzobispo Arrechi*, usó la palabra "insolente".
C: Luego, Alexis Mera es un autoritario con alma de dictador.
*Grafia recomendada por conocidas autoridades protoconstitucionales: no es nada mío.
Y si vienes a decirme que Mera le tomó la palabra a Jaime Roldós, pues bien, repito el silogismo cambiando el nombre. La cuestión es que la premisa (A) me parece a mí tan firme como aquel que dice que quien usa la palabra "pecado", mientras no se le perturbe la cara de po, es demostrablemente un creyente en Dios. Ya sé que en ambos casos caben interpretaciones humorísticas, irónicas, como escapatoria en según qué caso: pero Mera no estaba bromeando. Ya sé que la falacia etimológica nos susurra que "insolente" es apenas otra cosa que "insólito", de acuerdo a sus raíces primitivas: pero Alexis Mera no es etimólogo. Y si lo digo, es simplemente porque la cosa me hizo pensar: nos revelamos, nos desnudamos, en nuestro idiolecto, tal vez mucho más de lo que nos damos cuenta. No esperaba escuchar esta palabra fuera de algún episodio de Colditz (de paso, recomendado y casi completito en YT, si buscas, títulos de episodios en mano).
Personalmente, con quien sea capaz de usar seriamente la palabra "insolente" para describir a otro, a quien sea y por el motivo que sea, no comparto ni una botella de Pilsener: a ser posible y en ausencia de tráfico, ni la misma vereda.
Después de todo, uno tiene sus estándares.
Google me informa que no existe equivalente en castellano de la palabra bathos (cuyo significado en inglés debemos a Pope), así que me permito un ejemplo en forma de cita directa:
Todo proceso político, más aún en un país como el nuestro, lleno de episodios que dan cuenta de las difíciles formas de luchar contra la colonización y la opresión material y simbólica de las clases poderosas -a lo largo de su corta historia-, debe asumir que el actual momento no responde solo al despliegue de un fenómeno político llamado Rafael Correa (y todo lo que eso ha implicado durante más de ocho años), sino que este proceso, precisamente, tiene fases que es indispensable observar y catalogar para tener una idea macro y, también fragmentada, sobre la visión que la propia población ha trazado para explicarse por qué este modelo sigue siendo una alternativa válida. O quizás no.
¿Lo ven? El párrafo entero consta de una frase larguísima, tortuosa, de accidentada puntuación, dudoso paralelismo y precaria interpretación, pero que por lo rimbombante de las abstracciones manejadas parece estar diciendo algo muy pero que muy importante, algo que aunque no seamos procesos políticos "debemos asumir"... y a continuación, otra frase de tres palabras: "O quizás no", la cual tiene el efecto de borrar de un plumazo todas las pretensiones de su predecesora. ¿Aun no? Simplifiquemos:
Todo proceso político... debe asumir, no solamente X, sino, decididamente, Z. ¡Sí! (da un puñetazo en la mesa) ... O, ahora que lo pienso, tal vez no.
Fue en esta segunda frase que se me explotaron los pulmones. Quizás el efecto humorístico, en mi caso, se intensifica por el hecho de haberme imaginado a la autora en un podio, micrófono en mano, arengando al público de alguna sabatina bajo la mirada complaciente del mencionado Fenómeno Político, o bien por el hecho de que, habitualmente, le suelo dar el beneficio de la duda a todo escritor que logra la difícil hazaña de no comunicarme nada: mi reacción típica es pensar con cierta tristeza, "bueno, será porque soy viejo, las neuronas no son lo que eran, soy demasiado bruto, me falta intelectualidad, me falta cultura" hasta que tengo suficientes evidencias de que el culpable de la falta de comunicación no soy yo, sino el escritor que no sabe expresarse con claridad, aun suponiendo que eso es lo que realmente pretende. En el caso de Carol, tengo mis dudas: hay momentos en el artículo que estoy casi casi por convencerme de que nadie puede escribir de una manera tan barroca, tan opaca y tan sibilina si no es queriendo:
La ostensible modificación de esos valores por otros (...), evidencian (sic) que esta (sic) es otra fase del proceso, y que ante semejante variación de las aspiraciones ciudadanas -legítimas, por lo demás- es ineludible examinar, en dos renglones, tanto las individualidades no comprometidas con la consolidación de los cambios y la titánica tarea política que eso conlleva, cuanto las premisas que este otro momento exige de quienes, con mayor peso, dirigen la continuidad y la afirmación de las transformaciones logradas hasta hoy.
Lo juro, si me lo hubiera dicho en hebreo me decía lo mismo.
Hace algunas semanas, en una carta a gkillcity con motivo de la defenestración de Mónica Mancero como columnista habitual y token female (Dios me libre de pensar tal cosa, peor en referencia a la Murillo) en ese elenco de opinadores tan mayoritariamente hediondos a tabaco de pipa, el editor del Telégrafo dejó caer su particular animadversión a los adjetivos. La Carol, se supone, como toda niña buena abanderada del colegio, administra sus adjetivos desde entonces con obediencia y cuentagotas: pero parece que sus lecturas del medio en cuestión le han convencido de que si uno quiere sobrevivir en ese entorno tan enrarecido de la p. de (O) del T., el quid está en encadenar sustantivos abstractos bajo las sencillas directrices de esos tan socorridos "hay que", "es preciso", "no debemos olvidar que", etcétera, que todos aprendimos en el colegio, porque como es sabido, la meta de una buena educación secundaria es convertir al adolescente en un repelente pedante con cara de po a tiempo parcial. (Don't get me started. Teachers who force their pupils into class debates on any motion containing the word 'should' should be tossed summarily into the Grand Union Canal, without any socks on. Or perhaps not.) De modo que, ya ves, la Carol se ha puesto la meta de ser la perfecta bot de la abstracción grandilocuente. Lo cual está muy bien: admiro su determinación de no dejar que el lector adivine su significado en ningún momento (no sé por qué, pero me acaba de ocurrir la imagen de una striptease artist que en lugar de quitarse la ropa, se la pone, seductoramente y en múltiples y juguetonas capas. reservando para el gran final el caerse al piso y enrollarse ahí en diversas fundas voluminosas de plástico negro, tipo bolsas de basura industriales. Perdón). Pero, y esto es la parte que me da algo de vergüenza, lo siento, no puedo evitarlo: ¿no podría por lo menos adherirse a unas elementales normas de gramática, de sintaxis, de puntuación? ¿Sería mucho pedir? Ya sé que todo eso pasó de moda, pero uno tiene la deformación profesional de estar enseñando esas cosas, para ganarse el pan, y por eso, las comas mal, colocadas duelen realmente duelen. O quizás no.
Y ya que estamos con las deformaciones profesionales...
Si las palabras te importan, habrás pensado lo mismo que yo, en forma rápida y silogística:
A: Todo aquel que usa la palabra "insolente" es un autoritario con alma de dictador.
B: Alexis Mera, refiriéndose al arzobispo Arrechi*, usó la palabra "insolente".
C: Luego, Alexis Mera es un autoritario con alma de dictador.
*Grafia recomendada por conocidas autoridades protoconstitucionales: no es nada mío.
Y si vienes a decirme que Mera le tomó la palabra a Jaime Roldós, pues bien, repito el silogismo cambiando el nombre. La cuestión es que la premisa (A) me parece a mí tan firme como aquel que dice que quien usa la palabra "pecado", mientras no se le perturbe la cara de po, es demostrablemente un creyente en Dios. Ya sé que en ambos casos caben interpretaciones humorísticas, irónicas, como escapatoria en según qué caso: pero Mera no estaba bromeando. Ya sé que la falacia etimológica nos susurra que "insolente" es apenas otra cosa que "insólito", de acuerdo a sus raíces primitivas: pero Alexis Mera no es etimólogo. Y si lo digo, es simplemente porque la cosa me hizo pensar: nos revelamos, nos desnudamos, en nuestro idiolecto, tal vez mucho más de lo que nos damos cuenta. No esperaba escuchar esta palabra fuera de algún episodio de Colditz (de paso, recomendado y casi completito en YT, si buscas, títulos de episodios en mano).
Personalmente, con quien sea capaz de usar seriamente la palabra "insolente" para describir a otro, a quien sea y por el motivo que sea, no comparto ni una botella de Pilsener: a ser posible y en ausencia de tráfico, ni la misma vereda.
Después de todo, uno tiene sus estándares.
"The best-laid plans of mice and men often go awry"
ReplyDeleteInsolentes somos todos los que una vez olvidamos lo cerca que estamos de la derrota y lo lejos del exito. Mas de uno pagaremos con la vida dicha insolencia, porque los mejores planes de ratones y hombres a menudo fracasan.
Insolente tu, insolente yo, insolentes todos los que no ruegan por lluvias ligeras cuando una fuerte tormenta se avecina.
Insolentes recaderos de la premura.
Insolente ante la muerte, alza la frente y silba con desden.
Insolente el que dice "¡Yo jamas!" "¡Yo siempre!" "¡Ni la misma vereda!"
Sorry, se me quedo eso de llamar insolente y aspirar a compartir una Pilsener. O tal vez no.
:)
Ps.:Los borre para unificarlos, algo de ocd mio, no sabia que quedaba la notificacion.
Y es que uno llega al “quizás no“ y bueno, quizás no debí haber seguido leyendo el texto de Carol Murillo...
ReplyDeleteTu artículo me recordó la época de estudiante de Ciencias Sociales en que alguna gente se creía, o pretendía que le crean, más inteligente mientras más confuso era su discurso...
ReplyDeleteNo se si sea mala entraña o simplemente la mente brillande de Endivio, paro cuando leo uno de sus agudos análisis con críticas linguísticas incluidas, solo me queda por solazarme en medio de carcajadas.
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