Tres tipos de mujer-caballo
En algún post reciente dejé caer mi convicción de que dejar caer bombas atómicas sobre ciudades japonesas es, en general, una mala idea. Iría más lejos: creo que no es bueno dejar caer bombas atómicas en ningún lado. Las bombas atómicas hacen daño. Incluso diría (contra Rebecca Watson) que lanzar una bomba atómica hace más daño que invitar a alguien a tomar "café" mientras estés en un ascensor. Son mis creencias. Y no son de ahora. Cuando tenía veinte años (es una aproximación. Podría haber tenido veinte lustros, o veinte meses, o veinte cervezas. Mi memoria ya no es lo que era) fui miembro, al igual que el actual "líder" del partido Laborista británico, Jeremy Corbyn, de la Campaña por el Desarme Nuclear (CND, por las siglas de las siglas), y en tal capacidad fui detenido con un centenar de coidearios mientras hacíamos protesta pacífica fuera de la base americana de Daws Hill. Nos enjuiciaron por "obstrucción de la Carretera de la Reina", y fue cuando me enteré que esa carretera había sido de la Reina, nada menos. cosa que de haberlo sabido seguramente no la habría pisado, por respeto. En fin. Nos escapamos con el pago de una multa simbólica, creo que fue de diez libras, pero lo que más recuerdo de ese evento fue el agasajo que nos dieron los Quakers, después de salir del juzgado: les aseguro que no hay nada en la vida tan dulce como ser agasajado por unas cuáqueras: son sencillamente la mejor gente que hay, soy grandiosos. Incluso desde ese día me dedico a zampar sus copos de avena, en señal de agradecimiento. Más no se puede decir.
Y ya que nombré a Jeremy Corbyn, muy rápidamente: o bien me falla la percepción de la realidad, o bien ese tipo tiene tantas posibilidades de ser elegido Primer Ministro de Gran Bretaña como yo de hacerme con el título de Miss Burkina Faso. Cosa que uno tiene ganas, inicialmente, de celebrar: significa que el Partido Laborista ha vuelto a ser inelegible, como en los años 80, dejando libre el camino para que dentro del Partido Conservador surja otra líder radical tipo Margaret Thatcher (p.b.u.h.) para desfazer entuertos (el Reino hUnDido está lleno de entuertos, actualmente) y acometer grandes empresas. Pero un segundo de reflexión te quita la sonrisa. No es bueno, sinceramente, que el Partido del Poder no tenga una Oposición creible, amenazante, bien engrasada, y eso sigue siendo cierto aunque esa oposición no te guste: forma parte del ecosistema de la democracia. Mira este país. La completa ausencia de una oposición política ha convertido a los gobernantes en lagartos dignos de un cuento de Icke. Ya ni siquiera hablan, sólo sisean. Se necesitan dos ideas enfrentadas para hacer una democracia, no un rebuzno por un lado y una risa siniestra por el otro. Son, también, mis creencias. Si no te gustan tengo otras.
¿Por qué hablaba de bombas atómicas? Ah, sí. Iba a decir que si a veces tambalea mi convicción de que no hay que lanzar bombas atómicas, es al visionar (maravilloso verbo, "visionar". Significa ver) una serie que sale tanto en la tele como en YT, llamada "My Little Pony". Si a veces entretengo fantasías de soltar un Little Boy sobre algo, es cuando me imagino que en este momento sobrevuelo los creadores de dicha serie animada, y al diablo los daños colaterales. Si existe una demostración más fehaciente de que las leyes antipornografía como las que ahora hay en el R.hU. no sirven para nada, está en el hecho comprobado de que dichas leyes todavía permiten que tiernas e impresionables mentes estén expuestas a esa serie, donde unos incalificables seres medio pony, medio niña repelente, se dedican a chismear con vocecitas repulsivas y a lucir horribles combinaciones de colores y nombres eméticos. Mi hijo, durante un breve período, fue adicto a esa serie: para que desistiera tuve que demostrarle que Rainbow Dash contra Godzilla, siquiera contra un parasaurólophus medio avispado, no era una oposición creíble: era una batalla tan indigna y predecible como, digamos, Jeremy Corbyn contra el sentido común. Afortunadamente, me hizo caso. Dejó los ponies por los dinosaurios, y sin arrepentimiento alguno. Lo que me lleva a preguntar: ¿qué les pasa a las niñas?
Si necesitas una demostración de que el determinismo biológico, en cuestiones de género, es ineludible, pues ten en cuenta el siguiente hecho: nunca en toda la historia de la humanidad un niño ha pedido a sus padres comprarle un caballo. Peor, un "pony". (¿Qué es, exactamente, un "pony", cuando no está siendo veinticinco libras esterlinas? Nunca lo tuve claro. ¿Es un caballo enano? ¿Un caballo underachiever? Respuestas abajo, por favor) Cuando uno es niño, y hasta donde alcanzo a ver esto funciona con independencia de cualquier "acondicionamiento cultural", le interesan los dinosaurios, o sus dignos sucesores, las aves (fue mi propio caso), y hasta si se tiene una pizca de imaginación se imagina volando, cazando gorriones, posándose en lo alto de un árbol, y en palabras de Ted Hughes, "tearing off heads". En cambio, una niña, a diferencia de un niño, tiene cierta posibilidad de salirte caballosa. I rest my case... O tal vez no.
Alguna vez me preguntaron: ¿qué significa horsey cuando se aplica a una mujer (un hombre "horsey" no tendría sentido. Sexismo del idioma, dirán.) ¿Hay que entender que la mujer parece caballo, o que le gustan los caballos? Buena pregunta. Muy buena. Y de complicada resolución, ya que la experiencia demuestra que las dos cualidades, la de parecer caballo y tener debilidad por los caballos, se suelen mezclar en una composición sutil y variable. Miren a la Princesa Anne, por ejemplo, la hija de nuestra querida monarca May Hessbinder-Neigh. Es de consenso universal que tiene cara de yegua; no es menos cierto que siempre le han gustado los caballos, hasta el punto de casarse con uno. Sería interesante comprobar si el notable parecido físico entre ella y un caballo se dio por un proceso paulatino, algo parecido a aquél que hace que la gente poco a poco se va pareciendo a sus perros mascotas, o si ella fue así de nacimiento (debería saberlo, pero no me acuerdo). Sin embargo, la mujer horsey no tiene necesariamente que parecerse a una yegua, o no tan vistosamente. El diccionario urbano, con su habitual crudeza, la describe así: "muslos muy gruesos, caderas y culo anchos". O sea, darwinianamente favorecida para montar a caballo, y no al estilo side-saddle. Para complicar más el asunto, también hay un tipo de mujer que, sin parecerse excesivamente a un caballo, te da ganas de montar sobre ella, de cabalgarla. Normalmente es su cabello el que te sugiere tan pecaminosos pensamientos: lo tiene largo, liso, brilloso, rubio, como crin de caballo: te imaginas agarrando ese maravilloso cabello con fuerza y gritando "¡arre, arre! giddy-up" y dándole movimiento. Lo curioso es que la mujer que más te hace pensar eso suele ser como ida, soñadora, plácida y ultra femenina, de nulas amistades masculinas, diríase nada que ver con el animal grande y pesado, pero en tu mente se te confunden los conceptos, y cuando la ves, el caballo se feminiza y se convierte en ella. Y para más inri, ella te sale devota de My Little Pony, puedes apostar sobre ello.
No sé. En este país parece no haber mujeres horsey, tienes que ir a Gran Bretaña a por ellas; pero creo que dentro de toda niña hay algo de eso, algo de soñar con tener un pequeño campo, con un pony dentro, de cabalgar sobre él cada día, de no tener que pensar en "chicos" (especie inferior que ni galopa, ni a menos que sean de Partido Conservador, siquiera relincha), de dejar ondear al viento su larguísimo crin, y de absorber a través de un superior acolchado los choques de la tierra. De buen seguro volveré más tarde sobre este tema: ahora toca calificar exámenes, que el plazo de pasar las notas al sistema vence en poquísimas horas.
(A Flambard is not a rubbish poet. Recomendable la serie, por la música entre múltiples razones: sólo quiero que imagines mi cara de lírica decepción cuando, al volver a verla, me doy cuenta de que, otra vez, algo que recordaba como "para adultos" en realidad era para niños. Pasé mi vida, diríase, pensando que lo que era para niños era para adultos: ojo con eso, niños. Cadena de búsqueda: LM Peyton.)
Y ya que nombré a Jeremy Corbyn, muy rápidamente: o bien me falla la percepción de la realidad, o bien ese tipo tiene tantas posibilidades de ser elegido Primer Ministro de Gran Bretaña como yo de hacerme con el título de Miss Burkina Faso. Cosa que uno tiene ganas, inicialmente, de celebrar: significa que el Partido Laborista ha vuelto a ser inelegible, como en los años 80, dejando libre el camino para que dentro del Partido Conservador surja otra líder radical tipo Margaret Thatcher (p.b.u.h.) para desfazer entuertos (el Reino hUnDido está lleno de entuertos, actualmente) y acometer grandes empresas. Pero un segundo de reflexión te quita la sonrisa. No es bueno, sinceramente, que el Partido del Poder no tenga una Oposición creible, amenazante, bien engrasada, y eso sigue siendo cierto aunque esa oposición no te guste: forma parte del ecosistema de la democracia. Mira este país. La completa ausencia de una oposición política ha convertido a los gobernantes en lagartos dignos de un cuento de Icke. Ya ni siquiera hablan, sólo sisean. Se necesitan dos ideas enfrentadas para hacer una democracia, no un rebuzno por un lado y una risa siniestra por el otro. Son, también, mis creencias. Si no te gustan tengo otras.
¿Por qué hablaba de bombas atómicas? Ah, sí. Iba a decir que si a veces tambalea mi convicción de que no hay que lanzar bombas atómicas, es al visionar (maravilloso verbo, "visionar". Significa ver) una serie que sale tanto en la tele como en YT, llamada "My Little Pony". Si a veces entretengo fantasías de soltar un Little Boy sobre algo, es cuando me imagino que en este momento sobrevuelo los creadores de dicha serie animada, y al diablo los daños colaterales. Si existe una demostración más fehaciente de que las leyes antipornografía como las que ahora hay en el R.hU. no sirven para nada, está en el hecho comprobado de que dichas leyes todavía permiten que tiernas e impresionables mentes estén expuestas a esa serie, donde unos incalificables seres medio pony, medio niña repelente, se dedican a chismear con vocecitas repulsivas y a lucir horribles combinaciones de colores y nombres eméticos. Mi hijo, durante un breve período, fue adicto a esa serie: para que desistiera tuve que demostrarle que Rainbow Dash contra Godzilla, siquiera contra un parasaurólophus medio avispado, no era una oposición creíble: era una batalla tan indigna y predecible como, digamos, Jeremy Corbyn contra el sentido común. Afortunadamente, me hizo caso. Dejó los ponies por los dinosaurios, y sin arrepentimiento alguno. Lo que me lleva a preguntar: ¿qué les pasa a las niñas?
Si necesitas una demostración de que el determinismo biológico, en cuestiones de género, es ineludible, pues ten en cuenta el siguiente hecho: nunca en toda la historia de la humanidad un niño ha pedido a sus padres comprarle un caballo. Peor, un "pony". (¿Qué es, exactamente, un "pony", cuando no está siendo veinticinco libras esterlinas? Nunca lo tuve claro. ¿Es un caballo enano? ¿Un caballo underachiever? Respuestas abajo, por favor) Cuando uno es niño, y hasta donde alcanzo a ver esto funciona con independencia de cualquier "acondicionamiento cultural", le interesan los dinosaurios, o sus dignos sucesores, las aves (fue mi propio caso), y hasta si se tiene una pizca de imaginación se imagina volando, cazando gorriones, posándose en lo alto de un árbol, y en palabras de Ted Hughes, "tearing off heads". En cambio, una niña, a diferencia de un niño, tiene cierta posibilidad de salirte caballosa. I rest my case... O tal vez no.
Alguna vez me preguntaron: ¿qué significa horsey cuando se aplica a una mujer (un hombre "horsey" no tendría sentido. Sexismo del idioma, dirán.) ¿Hay que entender que la mujer parece caballo, o que le gustan los caballos? Buena pregunta. Muy buena. Y de complicada resolución, ya que la experiencia demuestra que las dos cualidades, la de parecer caballo y tener debilidad por los caballos, se suelen mezclar en una composición sutil y variable. Miren a la Princesa Anne, por ejemplo, la hija de nuestra querida monarca May Hessbinder-Neigh. Es de consenso universal que tiene cara de yegua; no es menos cierto que siempre le han gustado los caballos, hasta el punto de casarse con uno. Sería interesante comprobar si el notable parecido físico entre ella y un caballo se dio por un proceso paulatino, algo parecido a aquél que hace que la gente poco a poco se va pareciendo a sus perros mascotas, o si ella fue así de nacimiento (debería saberlo, pero no me acuerdo). Sin embargo, la mujer horsey no tiene necesariamente que parecerse a una yegua, o no tan vistosamente. El diccionario urbano, con su habitual crudeza, la describe así: "muslos muy gruesos, caderas y culo anchos". O sea, darwinianamente favorecida para montar a caballo, y no al estilo side-saddle. Para complicar más el asunto, también hay un tipo de mujer que, sin parecerse excesivamente a un caballo, te da ganas de montar sobre ella, de cabalgarla. Normalmente es su cabello el que te sugiere tan pecaminosos pensamientos: lo tiene largo, liso, brilloso, rubio, como crin de caballo: te imaginas agarrando ese maravilloso cabello con fuerza y gritando "¡arre, arre! giddy-up" y dándole movimiento. Lo curioso es que la mujer que más te hace pensar eso suele ser como ida, soñadora, plácida y ultra femenina, de nulas amistades masculinas, diríase nada que ver con el animal grande y pesado, pero en tu mente se te confunden los conceptos, y cuando la ves, el caballo se feminiza y se convierte en ella. Y para más inri, ella te sale devota de My Little Pony, puedes apostar sobre ello.
No sé. En este país parece no haber mujeres horsey, tienes que ir a Gran Bretaña a por ellas; pero creo que dentro de toda niña hay algo de eso, algo de soñar con tener un pequeño campo, con un pony dentro, de cabalgar sobre él cada día, de no tener que pensar en "chicos" (especie inferior que ni galopa, ni a menos que sean de Partido Conservador, siquiera relincha), de dejar ondear al viento su larguísimo crin, y de absorber a través de un superior acolchado los choques de la tierra. De buen seguro volveré más tarde sobre este tema: ahora toca calificar exámenes, que el plazo de pasar las notas al sistema vence en poquísimas horas.
(A Flambard is not a rubbish poet. Recomendable la serie, por la música entre múltiples razones: sólo quiero que imagines mi cara de lírica decepción cuando, al volver a verla, me doy cuenta de que, otra vez, algo que recordaba como "para adultos" en realidad era para niños. Pasé mi vida, diríase, pensando que lo que era para niños era para adultos: ojo con eso, niños. Cadena de búsqueda: LM Peyton.)
A Mare
Princess Anne
" 'Tis Pity She's A Horse "



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