Civilizarnos o morir

Lo de Paris. Por ahí alguien anda diciendo que no es el islam, que es el islamismo, el fanatismo, etcétera. Que ser musulmán no equivale a ser terrorista siquiera en potencia. Que Averroes, el álgebra, Andrómeda. Bueno. Como en todo, hay que matizar. Qué tal esto: "ser católico no equivale a ser misógino siquiera en potencia". Bien cierto es, salvo ese escurridizo "en potencia". Tanto el cristianismo como el islam cargan con la maldición de tener como textos sagrados unos libros de espeluznante barbarie, donde queda plasmado un odio hacia la humanidad (y en especial, la feminidad) producto de mentes enfermas, además de una serie de preceptos cuyo cabal cumplimiento convertiría a cualquiera en criminal en una sociedad moderna, y probablemente a alguno le mereciera el epíteto de terrorista. El devoto cristiano a más del judío ídem, por ejemplo, estaría obligado, por amor a Jehová o al literalismo o ambas cosas, a matar a su propia hija con sus propias manos si algún día ésta llegara a casa desde su clase de yoga anunciando que más le convence ahorita Krishna que el viejo barbudo (el ejemplo es tomado de Sam Harris). El devoto musulmán debe creer que la guerra santa es cosa buena, que el apóstata debe morir y que golpear a la esposa es derecho y deber del marido piadoso ante casos flagrantes de desacato: Alá ha hablado. Pero todos sabemos que el poder de cumplir a rajatabla con los preceptos de estas siniestras doctrinas es un don especial concedido sólo al "puro de espíritu", quiero decir al sociópata suicida a quien no le importa pasar décadas en la cárcel o morir ante la ametralladora del ejército enemigo. Para el resto, queda la opción cómoda de la ceguera selectiva, del esfuerzo diariamente renovado por convertir a esos textos sagrados en algo que nunca fueron y nunca podrán ser, unos textos civilizados a la usanza actual o que tengan la apariencia superficial de tal. El experto cherrypicker, por tanto, tiene bien resaltado en marcador amarillo o naranja al versículo huérfano, triste y solitario ése que habla del "amor", del perdón y de la comprensión (ya sabes, en nuestra traducción dice estiércol de burro pero la palabra original en griego Koiné significa eso, comprensión, tolerancia, buena onda y guitarras eléctricas. Y perdonadles a los traductores, que no saben lo que hacen).

Así que ahí está la disyuntiva para el devoto de cualquier religión Del Libro: o te vuelves cobarde e hipócrita, y te niegas a llevar tu religión hasta las últimas consecuencias, o bien te vuelves fundamentalista, coherente y consecuente con tus creencias, y renuncias a llevar tu humanidad siquiera hasta las primeras.

Claro que la mayoría en cualquier religión, por suerte nuestra, escoge la primera opción. Eso no se discute, es un hecho estadística y sociológicamente comprobable (hasta esa infame encuesta de The Sun dejó en minoría a los yihadistas simpatizantes británicos). La discusión, entonces, según mi limitada visión, es si el humanista debe acolitar en la mentira al religioso, supuestamente en aras de la paz y de la armonía social, diciéndole que tranquilo, que todos sabemos lo errados que son los fundamentalistas y lo pacífico y respetable y maravilloso en realidad que es su sistema de creencias, que si no lo compartimos es porque ya sabes, la diversidad y todo eso. O bien si debemos ponernos un tantico groseros y decir lo que vemos en su religión, un cadáver pútrido en medio de una sala de velorio, esperando para contaminar a más de los presentes con el bacilo de odio e intolerancia que se reproduce en su tenebroso interior. Para mí lo segundo: estoy con Sam Harris en esto. Hay que decir siempre lo que uno ve, y oféndase quien quisiere.

Recordando siempre que lo que uno ve nunca va a ser todo lo que hay.

Para mí el hecho de que los terroristas se llaman musulmanes y no cristianos es simple accidente de la historia. Fácil es imaginar que Jesús se haya llamado Muhammad, y que el sermón del monte hubiera contenido un apartado sobre la valiosa costumbre de agacharse en el suelo, y que unos seiscientos años más tarde haya nacido un tal Ýeshua, que hubiera tenido la mala suerte de morir crucificado a manos de imperialistas romanos nostálgicos, y que un tal "cristianismo" producto de este tardío profeta y mayoritario en los países más pobres haya sido el pretexto para atarse bombas a la cintura o para derribar edificios pertenecientes a ese Decadente Imperio del todavía triunfante y sofisticado Islam. Cambiando nombres y personajes y detalles de creencias no se cambia apenas nada.

El quid está en dejar atrás a los dioses. Dicho de otro modo: en volvernos adultos.

En la mente del infante humano, y siempre según el Object Relations Theory, el yo es el Gran Sobreentendido, y el Otro es una teta, que luego se convierte en dos personas de distinto sexo pero idéntica omnipotencia, que luego se convierte en un colectivo, el primero de que recordamos haber tenido noticia, ése de "los grandes", que arrastra todavía algo de esa gloria primordial de saberlo todo, especialmente en cuestiones del Bien y del Mal. En cierto momento "los grandes" se demuestran falibles, y es el turno de Dios, o de los dioses, según cultura, ente de atribuciones y encargos inciertos, pero que de cierto modo afianza y preserva  ese enlace mental que tenemos con la tribu, ese hábito de supeditarnos a la misma, como buena especie gregaria que somos, a través de una jerarquía de autoridades que, en su mayoría, se instancian en colectivos abstractos (Dios - gobierno - sociedad - clase o sector) pero que entre ellos, con ese poder mágico tribal que encarna el colectivo en el que uno deposita su creencia, induce obediencia y docilidad y algo de temor religioso: ellos, ese avatar del Otro que tengo actualmente como juez interior, son Legión y sin embargo de misteriosa manera son unívocos y hasta telepáticos. Y recordando esto, enseguida vemos que dejar de creer en Dios no es en sí ninguna solución: es un simple acto de feng shui mental, es arrastrar muebles mentales de un lado a otro y dejar en el ático a los más carcomidos. La mueblería en sí no se ha renovado. Quienquiera siga creyendo en "la Sociedad", en "el Pueblo", en "la Mujer", en "la Gente de Bien" como entes dotados de atributos humanos como preferencias, deseos y autoridad moral, es tan víctima del Pensamiento Mágico Infantil como el teísta cuyos prejuicios y reflejos reproduce con admirable exactitud (Atheism Plus, anyone?); y es posible que a la larga, el instinto le lleve a buscar a ese Texto Sagrado que le permita volverse tan terrorista como ellos. Un buen ejemplo de lo mismo tenemos en ese desdichado de Werner, que sigue con su fantasía de un "pueblo" dotado de personalidad propia, que si tan solo le adivinas el "pensamiento" confiere "poderrr", así, con tres erres y algo de baba, al humilde articulista del T. (where else), que tenga la sensatez de ponerse a buen recaudo físico mientras los espléndidamente fornidos representantes de ese "Pueblo" se ponen a "disputar" (palabra preferida de Werther: significa "sacarle la puta") al necesariamente satanizado "adversario", siguiendo las directrices de ese mismo líder que blande un ejemplar de Das Kapital o del Manifiesto Comunista en su sedosa mano. Para un pensamiento así, tribal es poco. Creo que podemos aspirar a algo mejor que eso: todavía no somos Venezuela ni tenemos por qué venezolarnos.

Así que el descerebrado terrorista musulmán es un buen espejo donde mirarnos, si bien no promete superficie plana, mesura, equilibrio. Con su absurda creencia en el carácter unívoco del "decadente occidente", con su convicción de que todos nosotros llevamos biquini a todas horas sólo para restregárselo en la cara, de que nuestra simple existencia es una especie de insulto personal hacia él, refleja, si somos sinceros, de manera algo deforme nuestros propios prejuicios, nuestras simplificaciones, y sobre todo, nuestra costumbre de dotar de inmenso poder psíquico a simples representaciones mentales de colectivos abstractos.

Ante lo cual, pues esto: las opciones son civilizarnos o morir. Porque tarde o temprano, probablemente temprano, lo que se detonará en Paris serán armas nucleares de fabricación casera y muy, muy sucia.

Claro que puedo equivocarme, pero creo que hace tiempo ya dejamos de aspirar a ser adultos, a pensar y a sentir como adultos.

Mucho más fácil creer, en política por ejemplo, que "la mayoría" no es un simple recordset devuelto por un determinado query, sino que es algo estable, un atributo conferido por la pertenencia a una clase, la cual otorga autoridad moral y capacidad de complacencia sin fin: que es un atributo del ser humano ser "de la mayoría" y no una simple circunstancia estadística, tan vulnerable como las fronteras limítrofes de ese pueblo de la película de James Stewart.

Hasta el punto que suena algo displicente decir: al demonio la mayoría, al demonio la sociedad, yo soy el mejor juez de mis actos, y la mejor audiencia para mis pensamientos. Pruébalo. Son sílabas venerables, pero hoy día hasta difíciles de pronunciar, y de extraño y astringente sabor.

Y sin embargo, son las grabadas en ese gran portal que lleva al conocimiento de sí, de ahí, a la realización como individuo, y de ahí, a la mera posibilidad de que exista algo así como "una sociedad" que sea más que colmena, hormiguera u onírica facebocracia poblada de fantasmas hechos de recuerdos infantiles y huérfanos instintos tribales.

Comments

  1. El post no me dejó tranquilo: creo que no me expresé demasiado bien. Posiblemente toca una edición a fondo, sobre todo de la última parte.

    "¿Crees que el olvido de los dioses y de las religiones, de las ideas o hipótesis que se refieren a ellos no desembocaría en algo perjudicial para muchas personas? Pregunto porque como ateo reconozco la persistencia de las religiones (y de la idea de los dioses) en las sociedades humanas, y ciertos ¨beneficios¨ de las religiones y sus creencias (instrumento de control social y proporcionar un ¨sentido de la vida¨)."

    Habrás leído a Dawkins (The God Delusion, entre otros) donde especula que tal vez hay un elemento genético que explique la persistencia de las religiones en una era de pretendida racionalidad. Entre sus conjeturas: un posible instinto que nos predispondría a someternos a "la autoridad" (uno piensa en el Milgram experiment, aunque él no lo menciona), instinto que según él habrá sido de utilidad para la supervivencia de nuestros antepasados sobre todo en su niñez, aunque tal vez no tanto en la edad adulta. Es en parte a lo que me refiero cuando insisto una y otra vez en estos posts en distinguir entre infancia y esa madurez que a veces parece eludirnos, aunque he querido ir un poco más lejos al postular que tal instinto de someterse a autoridades se fortalece con un mecanismo psicológico que nos predispone a apercibir en ciertos individuos una cualidad que trasciende a la individualidad y que los haga parecer como representantes o avatares de una poderosa y temible colectividad, que amenaza o aplasta la individualidad del sujeto que lo apercibe a menos que éste se dé cuenta de tal aspecto "mágico" o "tribal" de su pensamiento y lo corrija con dosis de un individualismo ilustrado.

    Preguntar qué pasaría si la gente abandonara la religión es como preguntar qué pasaría si abandonara el uso de la ropa. Hay demasiadas variables sin determinar para poder dar una respuesta fácil, aunque creo que "caos... orgía permanente... destrucción de la sociedad" no está entre las consecuencias más evidentes en uno u otro caso. Tal vez dependa del clima. Ser ateo no implica de por sí ninguna superioridad moral, ni siquiera intelectual, por lo que una "sociedad atea" no reviste para mí aires de utopía: la cuestión determinante es con qué se reemplaza a ese Dios ausente. Los religiosos suponen que lo único que queda es el hedonismo. Discrepo. Hay más opciones, entre ellas un humanismo con ribetes de disciplina religiosa y estricta moralidad, donde el objeto de esa fe inquebrantable desviada de su locus original sería la propia potencialidad del ser humano.

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