Return to Gender, Address Unknown
No sé por qué será, pero cada vez que escucho la palabra género, imagino un mercado callejero con un puesto que vende tela, donde una señora bajita y gruesa, cuyo cabello algo grasoso se sostiene en un precario moño improvisado mediante el uso ingenioso de un lápiz, sopesa en una mano unas yardas de seda con estampado floral, mientras le clava al tendero la consabida pregunta: ¿Cuánto cuesta?
Ya. Me harté. Acabo de hacer la correspondiente pesquisa en el DRAE (¿Para cuándo María Moliner en línea?) y hallo que, efectivamente, la voz género puede referirse a "Tela o tejido", entre otras varias acepciones, entre ellas,
3 m. Grupo al que pertenecen los seres humanos de cada sexo, entendido este desde un punto de vista sociocultural en lugar de exclusivamente biológico.
Bueno, convengamos en que la redacción deja bastante que desear, pero en fin, los lexicógrafos tienen tanto derecho a levantarse con chuchaqui y meter la pata de vez en cuando como el resto de los mortales. La cuestión es que si le echas un poco de buena voluntad al asunto, la definición propuesta no es tan, tan difícil de entender: nos están diciendo que si al sexo le restas la parte biológica (wobbly bits, dangly bits, cromosomas, todo ese lío) lo que te queda es género, o sea, la parte sociocultural.
Ahora, una definición cualquiera de la correspondiente palabra en inglés:
Gender: The state of being male or female (typically used with reference to social and cultural differences rather than biological ones)
Prácticamente lo mismo, ¿verdad? Por lo que difícilmente uno le consiente, de entrada, a José Mario Ruiz Navas el capricho de escribir a cada rato "Gender" como si la traducción inglesa tuviera una carga propia, unas connotaciones ocultas y siniestras que su equivalente en español no tiene. Peor todavía, el de ponerle mayúscula y quitarle artículos definidos e indefinidos a la dichosa palabra, con la aparente intención de convertirlo en nombre propio, tal vez el de algún demonio de las huestes de Satanás:
Gender distingue entre el sexo y género.
Oooh. ¡Qué malo es ese tal Gender, y cuán necesitado de ser arrastrado en cadenas, cual Giordano Bruno moderno, delante de una Conferencia Episcopal, para que responda por sus crímenes de pensamiento! Pero, insisto, tan sólo hace falta darse cuenta de dos cosas, primero, que gender es la traducción inglesa de género, ni más ni menos, un simple sustantivo abstracto sin cornamenta ni pezuñas, y segundo, que hasta el lexicógrafo más etílico es capaz de darse cuenta de que género y sexo no son sinónimos, y de hecho, nunca lo fueron, para que la frase citada arriba equivalga a decir, pongamos:
Donkey distingue entre burro y predicador.
Lo que me da ganas de invitarle a una cerveza a ese tal Donkey, que evidentemente posee una finura de percepción que a muchos humildes blogueros por momentos se nos vuelve escasa.
En fin. Lo que creo intuir en el artículo de Ruiz Navas es esa actitud pomposa, paternalista y colérica de quien se crió en una sociedad donde la accidentada formación provinciana de un clérigo de la Iglesia siempre lucía en favorable contraste con la ignorancia de las masas (con tal de evitar discusiones con el médico del pueblo), y que ahora no acepta que la educación secundaria universal, la marcha de la ciencia y la evolución de la sociedad le hayan arrebatado su toga de reverendo erudito polifacético, ahora reemplazado (al parecer) por una gorra de saltimbanqui o de bufón. Papel que desempeña con notable garbo, al señalar que, por ejemplo, el reemplazo de la palabra "sexo" por "género" en la cédula de identidad ecuatoriana "llevaría a destruir la sociedad ecuatoriana". En serio, eso dice. Y lo curioso del caso es que, si el tal Gender está equivocado, como nos da a entender, al "distinguir entre sexo y género", la única conclusión lícita es que lo correcto sería no distinguir, y tenerlos por perfectos sinónimos, y si esto es lo que recomienda Ruiz Navas, no se alcanza a ver de qué manera se puede destruir toda una sociedad de 15 millones reemplazando una palabra por su sinónimo exacto en un documento que apenas nadie se da la molestia de leer.
Me voy a permitir ponerme en plan profeta. Cierro los ojos, extiendo los brazos en actitud mística, levanto la barbilla, y pido inspiración del Espíritu Santo para poder ver el futuro de este país, de esta amenazada sociedad. Sí... las brumas se apartan... algo se vislumbra. Veo gente llorando... rabia y desesperación... crujir de dientes... gente suicidándose... llanto y amargura por doquier. Un terrible gemido colectivo se alza hacia el cielo, los jinetes del Apocalipsis se avecinan por el horizonte a paso agigantado. ¿Qué habrá pasado? Veo que, efectivamente, en la cédula del más cercano pone "GENERÖ" donde antes ponía "SEXO". ¿Será ésta la razón de tan generalizada hecatombe? ¿O habrá ganado Correa otra vez? Con mi tercer ojo me acerco a alguien a preguntarle qué ha ocurrido. Su respuesta lacrimosa y sepulcral:
- Han quitado Ecuador Tiene Talento.
Ah... De modo que esto era. Tranquilos, entonces. El bienestar de la sociedad ecuatoriana descansa en bases algo más sólidas que una palabra en un documento oficial. De hecho, eso yo ya lo sospechaba, puesto que tengo la suerte de haber vivido los primeros años de mi vida en un país donde no solamente no constaba SEXO en la cédula, ni tampoco GENERO siquiera, sino que no había cédula de identidad de ningún tipo: nada como esta experiencia para darse cuenta de lo innecesario del documento en cuestión. Lo que nos lleva, fortuitamente, a mi propia opinión sobre la cuestión que le ocupa a Ruiz Navas, que expondré con la misma brevedad que ustedes han llegado a esperar de mí.
Ponerse a discutir si en la cédula debe poner SEXO o GENERO, mientras el gobierno sigue imponiendo la cedulación obligatoria, es como ponerse a discutir, delante del escuadrón de fusilamiento, si el uniforme de tus verdugos debe ser color azul oscuro o caqui. A cualquiera le debe de resultar obvio que la pretensión de imponer el uso de un documento de identificación "oficial" es un reflejo autoritario, de añejo sabor fascista, por parte de un Estado sobredimensionado y arrogante. Pero si la hora de agitar por la supresión del documento aun no ha llegado, mientras tanto, en algo progresaríamos si pudiéramos por lo menos reconocer que tanto tu SEXO como tu GÉNERO no le importan legítimamente a nadie, salvedad hecha del médico (en el primer rubro), quien siempre tendrá la opción de preguntártelo, caso de necesidad, o de alzarte el taparrabos si llegas al hospital inconsciente y atravesado por un colmillo de elefante de ésos que si eres Tarzán, te lo sacan por un lado, y si eres Jane, por otro. De modo que, si nuestro prelado anda yermo de consignas, le sugiero que en vez de cargar contra el relativamente inocente género, se una a los que exigimos la inclusión de la siguiente opción declarativa:
GÉNERO: MIND YER OWN FRICKEN BUSINESS.
Dadas las demostradas habilidades lingüísticas del Sr Ruiz Navas, tal vez se sume a nuestra causa traduciendo esto a un castellano más o menos depurado y de sabor auténticamente ecuatoriano. A mí se me hace grande la tarea.
Ahora bien, debo reconocer que cuando empezó a extenderse el uso de "gender", allá por los años 70 y 80, fui de los descontentos, no precisamente por las pintorescas razones esgrimidas por Ruiz Navas, sino simplemente porque dudaba mucho de si la popularización de un concepto tan cargado de subjetividad y displicencia iba a contribuir a fomentar el pensamiento crítico y racional. Creo que el tiempo me ha dado la razón: si bien todos ahora entendemos (no sé si todavía habrá quien lo discuta) que como sociedad esperamos más cosas de un hombre que las que la simple biología nos aconseja esperar, ídem de una mujer, ergo que sí existen los famosos "gender roles", la mala noticia es que con estos escasos conocimientos se ha levantado una casta de sacerdotisas de la Verdad Revelada, que andan fregando con el "sexismo" como si se tratara de un pecado o una ofensa y no de una actitud natural en una especie como la nuestra, de escasa sabiduría y largo verano reproductivo: como si el mero hecho de que un fenómeno se revelara como "sociocultural" y no "biológico" constituyera una invitación a volverse intolerantes contra el tal fenómeno, creyéndose ajenos o superiores a la sociedad y a la cultura. Si bien tal quijotesco empeño de acabar con cualquier atisbo de "diferencia sociocultural" entre hombres y mujeres, o sea, acabar con el género para quedarse sólo con el sexo, impresiona y seduce por su ambición (en mi juventud fui devoto de ese movimiento durante un tiempo), en la práctica el feminismo decepciona rápidamente cuando uno se percata de que persigue cualquier cosa menos el destierro definitivo de la discriminación, de la cual vive y come. Sólo así se entiende que mientras despotrican contra el género, quieren perpetuarlo haciéndolo constar en la cédula. Y sólo así se entiende que una conocida parlamentaria inglesa, Jess Phillips, hace escasos días pudo levantarse en la Cámara de los Comunes para rechazar una petición que pretendía equilibrar el debate facilitando por un solo día la discusión de "problemas específicamente de hombres" (altos niveles de suicidio, legalidad de la mutilación genital, entre otros), no para argumentar contra ellos, sino para reírse abiertamente de la simple sugerencia de que un miembro cualquiera del género odiado pudiera tener problemas.
(Sí, "odiado". Vayan a ver el video y me darán la razón.)
A eso hemos llegado, y con ello, inevitablemente uno vuelve a preguntarse, con la señora compradora de tela antes mentada, cuánto cuesta y cuánto nos ha de costar todavía la broma ésa de mezclar y confundir biología, psicología y sociología en una única sopa de sabor amarga, moralista e intolerante. Claro que nada de esto puede objetar el Sr Ruiz Navas, en su faceta de representante de una Iglesia que a lo largo de los siglos ha luchado por quedarse con la patente de corso de la amargura, del moralismo y de la intolerancia. Se diría incluso que ser prelado católico es un poco como ser feminista, pero con faldas. Unos y otros se merecen, realmente.
Así que olvídense de encontrar en el artículo del columnista ningún llamado a la calma ni a la reflexión (no tienes que pensar, él lo hace por ti), tampoco ninguna referencia a esa sociedad perfectamente ambicionable, en que cada uno sería lo sexista o lo poco sexista que quisiera una vez haya interiorizado las reglas elementales de la cortesía, y cargara con su propio concepto de lo que es un hombre y una mujer, y las posibles diferencias entre ambos, y su propia pertenencia a tales esquemas, basado en la dialéctica fructífera entre cultura colectiva, pensamiento individual, personalidad y experiencia, sin tener que sortear las iras y la mala entraña de los iluminados de un bando o de otro, religiosos y feministas, ya que para aquel entonces todo el mundo (es un decir) habría aprendido a comportarse de una manera civilizada, valorando en cada persona el núcleo de su identidad como ser humano, mucho (muchísimo) más allá de cualquier identificación superficial con configuraciones cromosómicas o vagos recuerdos de películas.
Lo que sí encontramos en el artículo es una extraordinaria confesión, hecho no sé si bajo influencia del Espíritu Santo o de los pozos de una botella de Southern Comfort:
El mundo, a pesar de la fe cristiana, ha borrado a medias la inferioridad social de la mujer. (sob)
(énfasis mío) No esperaba encontrar, por parte de un representante de la Iglesia, un reconocimiento tan explícito de que "la fe cristiana" ha estado luchando con uñas y dientes para conservar esa supuesta "inferioridad social de la mujer": ellos más bien suelen escudarse tras un discurso "espiritual" y una sonriente cara de yo no fui (lo "social", eso son cosas del Demonio, no nuestras). Se agradece, naturalmente, tal sinceridad, aunque no nos dice nada que no sabíamos. Sorprende algo más ese párrafo en que se nos presenta al "hombre" "señoreando" a la "creación", que suponemos que en su mente tiene un buen par de tetas, porque de otra manera el párrafo entero se constituiría en una incoherencia dentro del esquema argumentativo: así que señores, a señorear, y señoras, a ser señoreadas, porque las fantasías masturbatorias de los célibes son órdenes para nos. Y si el uso del término "hombre" le envuelve a dicho párrafo en un manto de plausible deniability (hasta una costilla puede ambicionar ser "hombre", si quiere), no así con el siguiente:
5) Consecuencias de Gender: a) El subjetivismo caprichoso (yo quiero ser mujer; quiero ser varón) radicaliza el egoísmo. b) “La” familia perdería identidad en “las” familias. c) La “parentalidad “ suplantaría paternidad y maternidad. d) Los hijos se engendrarían, no por unión de los dos sexos, sino artificialmente. e) La cédula de identidad no garantizaría la identidad de las personas, quitándoles estabilidad y claridad. ¡Los conflictos judiciales!
Creo que todo esto se puede resumir en: ¡Que viene el Cuco! O en términos más astringentes: nuestro columnista, que al igual que algunito del Telégrafo pertenece a la clase de los "publiquémosle su retahíla de bobadas, no queremos problemas con la Iglesia", aparenta padecer de una psicosis galopante, donde yo mismo en mi faceta de terapeuta aficionado no puedo más que recomendarle que se piense bien eso del "egoísmo radical". Ser egoísta, Sr. Ruiz Navas, es ponerles obstáculos a otros para que realicen sus sueños (de tener una familia no tradicional, de tener un hijo así sea por métodos no ortodoxos, de tener una "identidad" con la que se siente a gusto, etcétera), y la manera más ruin y vil de ejercer ese tipo de egoísmo es acusar a otros de ser egoístas por el simple hecho de tener dichos sueños y ponerlos en práctica sin hacer daño a nadie, por el simple hecho de contradecir con su existencia tu visión monocromática del mundo, por el simple hecho de no ajustarse a tus anquilosadas categorías mentales.
Piénsatelo.
Ah, y abre el periódico de vez en cuando. Hablar de una Europa "carente de niños europeos" queda un poco... digamos, desfasado, ya que ahora el Viejo Continente se está debatiendo la cuestión de qué hacer con tantos niños, o futuros engendradores de niños, como últimamente están llamando a sus puertas. Problemas puede tener y graves, pero la falta de niños, en mi faceta de profeta, vislumbro que no entrará en ellos en un futuro próximo.
Como en todo, puedo equivocarme.
Ya. Me harté. Acabo de hacer la correspondiente pesquisa en el DRAE (¿Para cuándo María Moliner en línea?) y hallo que, efectivamente, la voz género puede referirse a "Tela o tejido", entre otras varias acepciones, entre ellas,
3 m. Grupo al que pertenecen los seres humanos de cada sexo, entendido este desde un punto de vista sociocultural en lugar de exclusivamente biológico.
Bueno, convengamos en que la redacción deja bastante que desear, pero en fin, los lexicógrafos tienen tanto derecho a levantarse con chuchaqui y meter la pata de vez en cuando como el resto de los mortales. La cuestión es que si le echas un poco de buena voluntad al asunto, la definición propuesta no es tan, tan difícil de entender: nos están diciendo que si al sexo le restas la parte biológica (wobbly bits, dangly bits, cromosomas, todo ese lío) lo que te queda es género, o sea, la parte sociocultural.
Ahora, una definición cualquiera de la correspondiente palabra en inglés:
Gender: The state of being male or female (typically used with reference to social and cultural differences rather than biological ones)
Prácticamente lo mismo, ¿verdad? Por lo que difícilmente uno le consiente, de entrada, a José Mario Ruiz Navas el capricho de escribir a cada rato "Gender" como si la traducción inglesa tuviera una carga propia, unas connotaciones ocultas y siniestras que su equivalente en español no tiene. Peor todavía, el de ponerle mayúscula y quitarle artículos definidos e indefinidos a la dichosa palabra, con la aparente intención de convertirlo en nombre propio, tal vez el de algún demonio de las huestes de Satanás:
Gender distingue entre el sexo y género.
Oooh. ¡Qué malo es ese tal Gender, y cuán necesitado de ser arrastrado en cadenas, cual Giordano Bruno moderno, delante de una Conferencia Episcopal, para que responda por sus crímenes de pensamiento! Pero, insisto, tan sólo hace falta darse cuenta de dos cosas, primero, que gender es la traducción inglesa de género, ni más ni menos, un simple sustantivo abstracto sin cornamenta ni pezuñas, y segundo, que hasta el lexicógrafo más etílico es capaz de darse cuenta de que género y sexo no son sinónimos, y de hecho, nunca lo fueron, para que la frase citada arriba equivalga a decir, pongamos:
Donkey distingue entre burro y predicador.
Lo que me da ganas de invitarle a una cerveza a ese tal Donkey, que evidentemente posee una finura de percepción que a muchos humildes blogueros por momentos se nos vuelve escasa.
En fin. Lo que creo intuir en el artículo de Ruiz Navas es esa actitud pomposa, paternalista y colérica de quien se crió en una sociedad donde la accidentada formación provinciana de un clérigo de la Iglesia siempre lucía en favorable contraste con la ignorancia de las masas (con tal de evitar discusiones con el médico del pueblo), y que ahora no acepta que la educación secundaria universal, la marcha de la ciencia y la evolución de la sociedad le hayan arrebatado su toga de reverendo erudito polifacético, ahora reemplazado (al parecer) por una gorra de saltimbanqui o de bufón. Papel que desempeña con notable garbo, al señalar que, por ejemplo, el reemplazo de la palabra "sexo" por "género" en la cédula de identidad ecuatoriana "llevaría a destruir la sociedad ecuatoriana". En serio, eso dice. Y lo curioso del caso es que, si el tal Gender está equivocado, como nos da a entender, al "distinguir entre sexo y género", la única conclusión lícita es que lo correcto sería no distinguir, y tenerlos por perfectos sinónimos, y si esto es lo que recomienda Ruiz Navas, no se alcanza a ver de qué manera se puede destruir toda una sociedad de 15 millones reemplazando una palabra por su sinónimo exacto en un documento que apenas nadie se da la molestia de leer.
Me voy a permitir ponerme en plan profeta. Cierro los ojos, extiendo los brazos en actitud mística, levanto la barbilla, y pido inspiración del Espíritu Santo para poder ver el futuro de este país, de esta amenazada sociedad. Sí... las brumas se apartan... algo se vislumbra. Veo gente llorando... rabia y desesperación... crujir de dientes... gente suicidándose... llanto y amargura por doquier. Un terrible gemido colectivo se alza hacia el cielo, los jinetes del Apocalipsis se avecinan por el horizonte a paso agigantado. ¿Qué habrá pasado? Veo que, efectivamente, en la cédula del más cercano pone "GENERÖ" donde antes ponía "SEXO". ¿Será ésta la razón de tan generalizada hecatombe? ¿O habrá ganado Correa otra vez? Con mi tercer ojo me acerco a alguien a preguntarle qué ha ocurrido. Su respuesta lacrimosa y sepulcral:
- Han quitado Ecuador Tiene Talento.
Ah... De modo que esto era. Tranquilos, entonces. El bienestar de la sociedad ecuatoriana descansa en bases algo más sólidas que una palabra en un documento oficial. De hecho, eso yo ya lo sospechaba, puesto que tengo la suerte de haber vivido los primeros años de mi vida en un país donde no solamente no constaba SEXO en la cédula, ni tampoco GENERO siquiera, sino que no había cédula de identidad de ningún tipo: nada como esta experiencia para darse cuenta de lo innecesario del documento en cuestión. Lo que nos lleva, fortuitamente, a mi propia opinión sobre la cuestión que le ocupa a Ruiz Navas, que expondré con la misma brevedad que ustedes han llegado a esperar de mí.
Ponerse a discutir si en la cédula debe poner SEXO o GENERO, mientras el gobierno sigue imponiendo la cedulación obligatoria, es como ponerse a discutir, delante del escuadrón de fusilamiento, si el uniforme de tus verdugos debe ser color azul oscuro o caqui. A cualquiera le debe de resultar obvio que la pretensión de imponer el uso de un documento de identificación "oficial" es un reflejo autoritario, de añejo sabor fascista, por parte de un Estado sobredimensionado y arrogante. Pero si la hora de agitar por la supresión del documento aun no ha llegado, mientras tanto, en algo progresaríamos si pudiéramos por lo menos reconocer que tanto tu SEXO como tu GÉNERO no le importan legítimamente a nadie, salvedad hecha del médico (en el primer rubro), quien siempre tendrá la opción de preguntártelo, caso de necesidad, o de alzarte el taparrabos si llegas al hospital inconsciente y atravesado por un colmillo de elefante de ésos que si eres Tarzán, te lo sacan por un lado, y si eres Jane, por otro. De modo que, si nuestro prelado anda yermo de consignas, le sugiero que en vez de cargar contra el relativamente inocente género, se una a los que exigimos la inclusión de la siguiente opción declarativa:
GÉNERO: MIND YER OWN FRICKEN BUSINESS.
Dadas las demostradas habilidades lingüísticas del Sr Ruiz Navas, tal vez se sume a nuestra causa traduciendo esto a un castellano más o menos depurado y de sabor auténticamente ecuatoriano. A mí se me hace grande la tarea.
Ahora bien, debo reconocer que cuando empezó a extenderse el uso de "gender", allá por los años 70 y 80, fui de los descontentos, no precisamente por las pintorescas razones esgrimidas por Ruiz Navas, sino simplemente porque dudaba mucho de si la popularización de un concepto tan cargado de subjetividad y displicencia iba a contribuir a fomentar el pensamiento crítico y racional. Creo que el tiempo me ha dado la razón: si bien todos ahora entendemos (no sé si todavía habrá quien lo discuta) que como sociedad esperamos más cosas de un hombre que las que la simple biología nos aconseja esperar, ídem de una mujer, ergo que sí existen los famosos "gender roles", la mala noticia es que con estos escasos conocimientos se ha levantado una casta de sacerdotisas de la Verdad Revelada, que andan fregando con el "sexismo" como si se tratara de un pecado o una ofensa y no de una actitud natural en una especie como la nuestra, de escasa sabiduría y largo verano reproductivo: como si el mero hecho de que un fenómeno se revelara como "sociocultural" y no "biológico" constituyera una invitación a volverse intolerantes contra el tal fenómeno, creyéndose ajenos o superiores a la sociedad y a la cultura. Si bien tal quijotesco empeño de acabar con cualquier atisbo de "diferencia sociocultural" entre hombres y mujeres, o sea, acabar con el género para quedarse sólo con el sexo, impresiona y seduce por su ambición (en mi juventud fui devoto de ese movimiento durante un tiempo), en la práctica el feminismo decepciona rápidamente cuando uno se percata de que persigue cualquier cosa menos el destierro definitivo de la discriminación, de la cual vive y come. Sólo así se entiende que mientras despotrican contra el género, quieren perpetuarlo haciéndolo constar en la cédula. Y sólo así se entiende que una conocida parlamentaria inglesa, Jess Phillips, hace escasos días pudo levantarse en la Cámara de los Comunes para rechazar una petición que pretendía equilibrar el debate facilitando por un solo día la discusión de "problemas específicamente de hombres" (altos niveles de suicidio, legalidad de la mutilación genital, entre otros), no para argumentar contra ellos, sino para reírse abiertamente de la simple sugerencia de que un miembro cualquiera del género odiado pudiera tener problemas.
(Sí, "odiado". Vayan a ver el video y me darán la razón.)
A eso hemos llegado, y con ello, inevitablemente uno vuelve a preguntarse, con la señora compradora de tela antes mentada, cuánto cuesta y cuánto nos ha de costar todavía la broma ésa de mezclar y confundir biología, psicología y sociología en una única sopa de sabor amarga, moralista e intolerante. Claro que nada de esto puede objetar el Sr Ruiz Navas, en su faceta de representante de una Iglesia que a lo largo de los siglos ha luchado por quedarse con la patente de corso de la amargura, del moralismo y de la intolerancia. Se diría incluso que ser prelado católico es un poco como ser feminista, pero con faldas. Unos y otros se merecen, realmente.
Así que olvídense de encontrar en el artículo del columnista ningún llamado a la calma ni a la reflexión (no tienes que pensar, él lo hace por ti), tampoco ninguna referencia a esa sociedad perfectamente ambicionable, en que cada uno sería lo sexista o lo poco sexista que quisiera una vez haya interiorizado las reglas elementales de la cortesía, y cargara con su propio concepto de lo que es un hombre y una mujer, y las posibles diferencias entre ambos, y su propia pertenencia a tales esquemas, basado en la dialéctica fructífera entre cultura colectiva, pensamiento individual, personalidad y experiencia, sin tener que sortear las iras y la mala entraña de los iluminados de un bando o de otro, religiosos y feministas, ya que para aquel entonces todo el mundo (es un decir) habría aprendido a comportarse de una manera civilizada, valorando en cada persona el núcleo de su identidad como ser humano, mucho (muchísimo) más allá de cualquier identificación superficial con configuraciones cromosómicas o vagos recuerdos de películas.
Lo que sí encontramos en el artículo es una extraordinaria confesión, hecho no sé si bajo influencia del Espíritu Santo o de los pozos de una botella de Southern Comfort:
El mundo, a pesar de la fe cristiana, ha borrado a medias la inferioridad social de la mujer. (sob)
(énfasis mío) No esperaba encontrar, por parte de un representante de la Iglesia, un reconocimiento tan explícito de que "la fe cristiana" ha estado luchando con uñas y dientes para conservar esa supuesta "inferioridad social de la mujer": ellos más bien suelen escudarse tras un discurso "espiritual" y una sonriente cara de yo no fui (lo "social", eso son cosas del Demonio, no nuestras). Se agradece, naturalmente, tal sinceridad, aunque no nos dice nada que no sabíamos. Sorprende algo más ese párrafo en que se nos presenta al "hombre" "señoreando" a la "creación", que suponemos que en su mente tiene un buen par de tetas, porque de otra manera el párrafo entero se constituiría en una incoherencia dentro del esquema argumentativo: así que señores, a señorear, y señoras, a ser señoreadas, porque las fantasías masturbatorias de los célibes son órdenes para nos. Y si el uso del término "hombre" le envuelve a dicho párrafo en un manto de plausible deniability (hasta una costilla puede ambicionar ser "hombre", si quiere), no así con el siguiente:
5) Consecuencias de Gender: a) El subjetivismo caprichoso (yo quiero ser mujer; quiero ser varón) radicaliza el egoísmo. b) “La” familia perdería identidad en “las” familias. c) La “parentalidad “ suplantaría paternidad y maternidad. d) Los hijos se engendrarían, no por unión de los dos sexos, sino artificialmente. e) La cédula de identidad no garantizaría la identidad de las personas, quitándoles estabilidad y claridad. ¡Los conflictos judiciales!
Creo que todo esto se puede resumir en: ¡Que viene el Cuco! O en términos más astringentes: nuestro columnista, que al igual que algunito del Telégrafo pertenece a la clase de los "publiquémosle su retahíla de bobadas, no queremos problemas con la Iglesia", aparenta padecer de una psicosis galopante, donde yo mismo en mi faceta de terapeuta aficionado no puedo más que recomendarle que se piense bien eso del "egoísmo radical". Ser egoísta, Sr. Ruiz Navas, es ponerles obstáculos a otros para que realicen sus sueños (de tener una familia no tradicional, de tener un hijo así sea por métodos no ortodoxos, de tener una "identidad" con la que se siente a gusto, etcétera), y la manera más ruin y vil de ejercer ese tipo de egoísmo es acusar a otros de ser egoístas por el simple hecho de tener dichos sueños y ponerlos en práctica sin hacer daño a nadie, por el simple hecho de contradecir con su existencia tu visión monocromática del mundo, por el simple hecho de no ajustarse a tus anquilosadas categorías mentales.
Piénsatelo.
Ah, y abre el periódico de vez en cuando. Hablar de una Europa "carente de niños europeos" queda un poco... digamos, desfasado, ya que ahora el Viejo Continente se está debatiendo la cuestión de qué hacer con tantos niños, o futuros engendradores de niños, como últimamente están llamando a sus puertas. Problemas puede tener y graves, pero la falta de niños, en mi faceta de profeta, vislumbro que no entrará en ellos en un futuro próximo.
Como en todo, puedo equivocarme.
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