Patrioterismo, de nuevo
A veces uno se pregunta si los artículos de opinión del T. (where else) son escritos por un bot, una máquina como las que en el 1984 de Orwell escribían las canciones populares y las novelas. (Dix points a Orwell por percatarse de que de la escritura de cierto tipo de novelas bien puede encargarse un algoritmo, caso de necesidad.) Son tan predecibles, tan siempre iguales, tan pavlovianos, que tal explicación se insinúa irresistiblemente. Sobre Venezuela en los últimos días aprendimos que el electorado (no el "pueblo", por supuesto, pues éste "no come cuento", sino solamente el electorado) fue "confundido" por, ya sabes, los villanos de siempre, que van desde "el imperio" y la "derecha reaccionaria", con su séquito de "grandes empresarios", hasta los "grandes medios", "multinacionales", "bancos privados", y otra gente "pagada por la CIA". También aprendimos que la escasez de alimentos en Venezuela no tiene nada que ver con el gobierno de ese país ni con las políticas que sigue, sino con los malvados empresarios que "acaparan" egoístamente los productos en lugar de venderlos, en contra de sus propios intereses y con el único fin de desestabilizar dicho gobierno, y que la muerte violenta de un dirigente opositor y el encarcelamiento de Leopoldo López no son hechos reales, sino simplemente parte de una "campaña de desinformación", la misma que deshonestamente susurra que un país en el que ser opositor al gobierno te puede llevar a la cárcel o a la muerte por tiroteo es cualquier cosa menos una democracia, y puede hasta ser considerado una suerte de dictadura. Lo que está claro es que esos articulistas no solamente desconocen la realidad (en la que no hay villanos ni chivos expiatorios que valgan), sino que tienen miedo de enfrentarse a ella: y el hecho de que no haya nadie en los medios oficiales que se atreva siquiera a señalar con un tembloroso dedo algo tan evidente como que Maduro es un grotesco bufón descerebrado al lado de quien hasta Evo parecería un intelectual de categoría, que la boliburguesía venezolana es la institucionalización de la corrupción misma, que Caracas es un ratero de criminales o que la escasez en los supermercados es consecuencia natural e insoslayable de una política de expropiaciones, probablemente significa que ellos creen que entre el chavismo y el correísmo hay tanta semejanza que no se puede tocar el uno sin sentirse aludido el otro. Estamos jodidos, en tal caso. Pero no quería hablar de eso.
Lo que me llamó la atención en el artículo de Vicuña fue la reaparición, después de un corto receso en la retórica oficialista, del término "vendepatria". Hace años escribí mucho sobre eso, así que resumamos, en las palabras de un gran escritor inglés, EM Forster:
"Si tuviera que escoger entre traicionar a mi amigo y traicionar a mi patria, espero que tendría la valentía de traicionar a mi patria."
Claro. Una patria no es más que un conjunto de líneas que una vez fueron trazadas en un mapa, sin consultar contigo, más una serie de ridículos símbolos y patéticas consignas místicas evocadas al servicio de políticos oportunistas: por tanto, ponerse a "vender" algo tan inútil y tan falseado te coloca en compañía de los limoneros profesionales de la Feria de Carros de Durán, pero apenas nada peor que eso. Reconozcámoslo de una vez: ninguna patria merece sacrificios, ni reverencia, ni siquiera consideración, ni tienes ningún "deber" hacia ella. De hecho, hace falta ser un tipo muy especial de pobre bastardo sin imaginación ni pasiones en la vida para que el patriotismo, con sus intentos morbosos de acercarse, cual viejo verde borracho, a la religión para robarle algo de hondura sentimental, te merezca más que sorna. No hay y nunca hubo credo más vil que "mi país, tenga o no razón", ni ser más patético que el que cante el himno de su país con la mano en el pecho, intentando sentir algo por una hueca abstracción que por él nunca podrá sentir nada, salvo, coyunturalmente, cierto deseo de enviarle a una trinchera para que pereciese dolorosa e inútilmente en la defensa de lo no existente. En resumen, los "vendepatrias" propiamente dicho serían los políticos que nos quieren vender la idea de una patria, digamos, altiva y soberana, o sea, una bonita galimatías, con lo cual, el término en sí difícilmente cabe en un contexto como el citado, pero pedirle a un bot que hable con propiedad sería pedirle peros al Olmedo.
Dicho eso, hoy en día las evocaciones de la Patria lucen más absurdas que nunca, pues aunque la noticia tarda en llegar hasta acá, la época de las naciones-estado "con cultura incluida" ya pasó: lo que a su vez significa que ni siquiera tenemos licencia para asociar esa palabra con algo tan entrañable y tan anacrónico como un modo de vivir. Este pensamiento se me sugirió con fuerza estos días, en que el Parlamento británico cometió la estupidez de votar a favor de meterse en el conflicto sirio (que estoy seguro que se escapa largamente de la comprensión de la mayoría de los diputados votantes), bombardeando blancos supuestamente del Estado Islámico, y al diablo los daños colaterales, como siempre. No sé en qué siglo viven esas cabezas que evidentemente piensan que el Reino hUnDido aun puede permitirse el lujo de meterse en guerras ajenas, pero lo que se me ocurrió pensar sobre todo era esto: aquellos pilotos que sobrevuelan esos territorios, y más adelante los que serán derribados y en algún caso torturados, ¿qué estarán defendiendo, o mejor dicho, qué pensarán ellos que están defendiendo? Por lo menos hace setenta años uno podría agarrar un fusil, o un bombardero, con Mrs Miniver todavía fresca en la memoria, y salir a defender al lechero, a la iglesia del pueblo, a los carros Bentley, a los sombreros ridículos o a la tolerancia y la decencia. Nada de eso pervive en la Inglaterra de hoy. Lo que sí hay, como en todo país moderno, es un smorgasbord de culturas y tradiciones diversas, y son las mismas culturas, comidas picantes, hijabs e iracundas intolerancias que encontrarás en Londres, en Malmö, en Paris o en Hamburgo, y próximamente serán las mismas que en San Francisco, en Buenos Aires, en Sydney o en Kuala Lumpur. Este proceso de progresivo mestizaje y homogeneización de las culturas mundiales (y no solamente de culturas: los científicos dicen que dentro de un siglo todos seremos trigueños o café con leche) no sé si será bueno o malo: la historia con su arrollador motor económico, como siempre, no pide nuestra opinión al respecto, se limita a seguir haciendo: máxime, nos invita a darle un nombre a lo que está haciendo, y al parecer la gente ya se ha quedado con eso de la globalización.
Repito: no sé si la globalización será algo bueno o malo, pero por lo menos tiene esto de positivo, que aniquila ese alarmante supuesto con que antaño la gente iban a las guerras, verbigracia, que "los otros" eran "diferentes". O lo haría, si por lo menos le prestáramos un poco más de atención y nos deshiciéramos de nuestras nostalgias y de nuestros prejuicios.
Lo que me llamó la atención en el artículo de Vicuña fue la reaparición, después de un corto receso en la retórica oficialista, del término "vendepatria". Hace años escribí mucho sobre eso, así que resumamos, en las palabras de un gran escritor inglés, EM Forster:
"Si tuviera que escoger entre traicionar a mi amigo y traicionar a mi patria, espero que tendría la valentía de traicionar a mi patria."
Claro. Una patria no es más que un conjunto de líneas que una vez fueron trazadas en un mapa, sin consultar contigo, más una serie de ridículos símbolos y patéticas consignas místicas evocadas al servicio de políticos oportunistas: por tanto, ponerse a "vender" algo tan inútil y tan falseado te coloca en compañía de los limoneros profesionales de la Feria de Carros de Durán, pero apenas nada peor que eso. Reconozcámoslo de una vez: ninguna patria merece sacrificios, ni reverencia, ni siquiera consideración, ni tienes ningún "deber" hacia ella. De hecho, hace falta ser un tipo muy especial de pobre bastardo sin imaginación ni pasiones en la vida para que el patriotismo, con sus intentos morbosos de acercarse, cual viejo verde borracho, a la religión para robarle algo de hondura sentimental, te merezca más que sorna. No hay y nunca hubo credo más vil que "mi país, tenga o no razón", ni ser más patético que el que cante el himno de su país con la mano en el pecho, intentando sentir algo por una hueca abstracción que por él nunca podrá sentir nada, salvo, coyunturalmente, cierto deseo de enviarle a una trinchera para que pereciese dolorosa e inútilmente en la defensa de lo no existente. En resumen, los "vendepatrias" propiamente dicho serían los políticos que nos quieren vender la idea de una patria, digamos, altiva y soberana, o sea, una bonita galimatías, con lo cual, el término en sí difícilmente cabe en un contexto como el citado, pero pedirle a un bot que hable con propiedad sería pedirle peros al Olmedo.
Dicho eso, hoy en día las evocaciones de la Patria lucen más absurdas que nunca, pues aunque la noticia tarda en llegar hasta acá, la época de las naciones-estado "con cultura incluida" ya pasó: lo que a su vez significa que ni siquiera tenemos licencia para asociar esa palabra con algo tan entrañable y tan anacrónico como un modo de vivir. Este pensamiento se me sugirió con fuerza estos días, en que el Parlamento británico cometió la estupidez de votar a favor de meterse en el conflicto sirio (que estoy seguro que se escapa largamente de la comprensión de la mayoría de los diputados votantes), bombardeando blancos supuestamente del Estado Islámico, y al diablo los daños colaterales, como siempre. No sé en qué siglo viven esas cabezas que evidentemente piensan que el Reino hUnDido aun puede permitirse el lujo de meterse en guerras ajenas, pero lo que se me ocurrió pensar sobre todo era esto: aquellos pilotos que sobrevuelan esos territorios, y más adelante los que serán derribados y en algún caso torturados, ¿qué estarán defendiendo, o mejor dicho, qué pensarán ellos que están defendiendo? Por lo menos hace setenta años uno podría agarrar un fusil, o un bombardero, con Mrs Miniver todavía fresca en la memoria, y salir a defender al lechero, a la iglesia del pueblo, a los carros Bentley, a los sombreros ridículos o a la tolerancia y la decencia. Nada de eso pervive en la Inglaterra de hoy. Lo que sí hay, como en todo país moderno, es un smorgasbord de culturas y tradiciones diversas, y son las mismas culturas, comidas picantes, hijabs e iracundas intolerancias que encontrarás en Londres, en Malmö, en Paris o en Hamburgo, y próximamente serán las mismas que en San Francisco, en Buenos Aires, en Sydney o en Kuala Lumpur. Este proceso de progresivo mestizaje y homogeneización de las culturas mundiales (y no solamente de culturas: los científicos dicen que dentro de un siglo todos seremos trigueños o café con leche) no sé si será bueno o malo: la historia con su arrollador motor económico, como siempre, no pide nuestra opinión al respecto, se limita a seguir haciendo: máxime, nos invita a darle un nombre a lo que está haciendo, y al parecer la gente ya se ha quedado con eso de la globalización.
Repito: no sé si la globalización será algo bueno o malo, pero por lo menos tiene esto de positivo, que aniquila ese alarmante supuesto con que antaño la gente iban a las guerras, verbigracia, que "los otros" eran "diferentes". O lo haría, si por lo menos le prestáramos un poco más de atención y nos deshiciéramos de nuestras nostalgias y de nuestros prejuicios.
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