JF
No lo vas a recordar: me he encargado de ello, refiriéndome al asunto en un idioma extranjero y en un medio microscópico como éste, para que nunca te topes con él. Por ese lado puedes estar tranquila.
Yo sí recuerdo, a pesar de lo ridículo que eso suena. Recuerdo un pasillo frío en una clínica, donde a ambos nos mandaron, yo para ser privado de mi dignidad durante unos cinco minutos (que luego me volverían a visitar para volverse eternos), tú por razones ignotas y supongo que triviales, ya que ibas vestida y yo no. Recuerdo lo incómodo que me sentí con esa bata. Creo que no intercambiamos ni una palabra, a pesar de estar sentados frente a frente esperando a que nos llamaran. Eras la niña que recién (creo) se había incorporado a la escuela, y apenas nada más que eso. Eras alta, flaca, con el pelo rizado y bastante corto, de un castaño claro. Bueno, tal vez: lo borroso de todos esos recuerdos les resta bastante fiabilidad, pero me aferro a que eras flaca, y a que eras reservada, como abstraída, prácticamente todo el tiempo, ese tiempo breve en que te conocí, sin tratarte. Es decir, eras como yo, pero en versión niña, es decir, mucho más adulta. Asocio tu nombre con eso, con una distancia, con una madurez que intimidaba, y que sugería cierto ambiguo desdén, cierta aspereza. Uno se imaginaba que hablando contigo, recibiría una respuesta cortés pero cortante. Así que uno no habló. Cobardía, de acuerdo.
¿O tal vez sí? ¿Alguna vez, algún día, me habrías dedicado una palabra amable, de paso, una pequeña broma, lo cual hubiera servido para alegrarme el día, para vestir de guirnaldas mi infancia y para asegurar en mi memoria el recuerdo sorprendente de tu nombre? No lo puedo descartar, tampoco afirmar. Esos recuerdos ahora son apenas rocas entre una hierba espesa, rampante, que pudieran sugerir un edificio arruinado pero difícilmente su tamaño y funcionalidad. Lo único que puedo afirmar es que en esa edad, de niño, yo era propenso a eso, a la extasía, al embelesamiento de saberme objeto de una mirada femenina siquiera distraída y momentánea, cosa que sucedió en muy pocas ocasiones, las cuales la memoria se ha encargado, compasiva, de ocultarme en lo sucesivo. La propensión aquélla nunca me abandonó, de hecho: simplemente con el tiempo buscó refugio en la imaginación y en los sueños, pues en la vida real y la edad adulta esas cosas simplemente no pasan. Las mujeres hablan, interactúan, claro que sí, pero con tu sombra o proyección o cartera o panel de control, no contigo. Pasada la niñez, es prácticamente imposible que acierten sobre tu verdadera identidad y ubicación detrás de esa necesaria sombra. Hoy en día ni a los barquitos se juega.
Esta mañana, en una aula vacía, navego a la página de The Guardian y allí te encuentro de nuevo. Y sé que eres tú porque ¿a quién más se le ocurriría haber vivido en Buckinghamshire, ese condado oculto, y haber ido a St Bernards, el colegio femenino católico de mayor prestigio de la zona? Y la fotografía (excelente, dicho sea de paso) sella el recuerdo. Tiene razón la entrevistadora: con el pelo canoso, aún pareces niña. Me siento igual de cohibido viéndote ahora que en ese entonces. Hay algo de perturbador en esa sonrisa suavemente irónica. Pero venciendo los escrúpulos, sigo leyendo, porque quiero convencerme de una cosa: que desde esa momentánea y casual cercanía en un pasillo hace cuarenta y cuatro años, hemos terminado en dos lados opuestos, no solamente del mundo, sino de la rueda ésa de la Fortuna: tú serías la encarnación viva del éxito en la vida, yo del fracaso. Ambos bien merecidos, por supuesto.
Sobre este último punto, el artículo de hoy y el otro anterior enlazado me dejan un poco perplejo e irritado. Quiero creer, necesito creer, que todo en tu vida ha sido lujo, diversión y hedonismo; me encuentro, sin embargo, con que en alguna ocasión estuviste en Beverly Hills, lugar que tengo entendido figura entre los más aburridos, desolados y deprimentes de la Tierra, especie de hall of mirrors, purgatorio de vanidosos y meca de etiquetados degollados. Necesito, para mis propósitos, creer que tus novelas son obras maestras de literatura; me encuentro con que tú misma les cuelgas, displicente, el sambenito de chick lit. Como si alguien con esa sonrisa pudiera escribir chick lit: ¡reclasifícate, por el amor de Dios! Luego acude, presto y oficioso, el dato del marido famoso y buen dato, y los 20 idiomas en que has sido traducida, y me siento más tranquilo: sí, lo tuyo ha sido el éxito fulminante, el trabajo duro y disciplinado plenamente compensado; no sólo eso, sino que al parecer has sabido conservar la cordura, cosa difícil (según las estadísticas) para alguien que haya estado así sea de paso en Beverly Hills: prueba de ello, ese discurso autocrítico, esa suave ironía. Si en algo me equivoco no importa: esto es paja mental nomás. Sigamos.
Donde nació este post fue ahí cuando dices: pasé mi infancia buscando lugares para estar sola. Me sentaba encima del tanque de agua en la buhardilla, o en la casita del perro. Fui una niña bastante extraña. Me sentaba en una habitación y no hablaba.
Fue donde se me ocurrió la extraña imagen mental de una nube extraterrestre o en todo caso johnwyndhamesca, que habría sobrevolado el condado de Buckinghamshire allá en los tempranos años 60, convirtiendo a todo infante que encontraba a su paso en un ser introvertido, soñador, ido, incómodo en la presencia de otras personas, con una mente que sobrevolaba paisajes y buscaba la lluvia, el viento y la groenlandia. De acuerdo, es una idea tonta, pero expresa el leve asombro que sentí al enterarme de la posible existencia, en ese entonces, de una versión femenina de mi propio aislamiento, de mi propia atracción a esos lugares al mismo tiempo encerrados y abiertos a la redentora lluvia. En mi casa no había perro, por ende ni casita de perro: lo mío era construir kennels improvisadas al fondo del jardín, con cajas de cartón, trozos de leña y lo que venía a mano, y ponerme a esperar la lluvia, ese susurro que activaba el canal de comunicación entre vejiga y garganta, convirtiéndome en un ser íntegro. La mitología de mi infancia complementaba ese libido lluvioso: Janssen, Robert Murphy, TH White, el Niño de Madera, la nieve era dimensión aparte, todo era nórdico, aislado y frío, con cadencias de Sibelius. (Pero la frialdad de ese pasillo era otra, era algo desconocido por mí, algo insospechado.)
Tú te vengaste de esa hipócrita sociedad inglesa de los 80 y 90 buscándole en el bolsillo del pantalón el vergonzoso desglose de las compras de American Express. Yo simplemente la abandoné en pos de otras lluvias, que nunca encontré, bien que digan que ahora viene el Niño. Ambos desde entonces hemos sabido guardar, celosamente, esos espacios de soledad, para no volvernos locos. Tú mantienes la cordura y la sensatez a flote en un Sargasso Sea de certezas naufragadas, mediante la inquietud literaria consentida; yo, rodeado de crudas penurias, poco a poco me hundo, me vuelvo paranoico: el cadáver de lo que una vez fuera mi cerebro, presa fácil para teorías de conspiración, para infantilismos de todo tipo, una senilidad discreta, amenizada por trabajo y familia, a la espera del coup de grace de un sistema circulatorio ya quejumbroso. No se puede ser más fracasado ni más irrelevante.
Esto es todo lo que tengo. Un proyecto final, apresurado, de disponer estos yermos recuerdos de tal guisa que formarán una especie de crazy paving hasta la puerta del jardín, antes de que una desfile de botas los hunda definitivamente en el lodo.
De donde vine, de donde vinimos.
Yo sí recuerdo, a pesar de lo ridículo que eso suena. Recuerdo un pasillo frío en una clínica, donde a ambos nos mandaron, yo para ser privado de mi dignidad durante unos cinco minutos (que luego me volverían a visitar para volverse eternos), tú por razones ignotas y supongo que triviales, ya que ibas vestida y yo no. Recuerdo lo incómodo que me sentí con esa bata. Creo que no intercambiamos ni una palabra, a pesar de estar sentados frente a frente esperando a que nos llamaran. Eras la niña que recién (creo) se había incorporado a la escuela, y apenas nada más que eso. Eras alta, flaca, con el pelo rizado y bastante corto, de un castaño claro. Bueno, tal vez: lo borroso de todos esos recuerdos les resta bastante fiabilidad, pero me aferro a que eras flaca, y a que eras reservada, como abstraída, prácticamente todo el tiempo, ese tiempo breve en que te conocí, sin tratarte. Es decir, eras como yo, pero en versión niña, es decir, mucho más adulta. Asocio tu nombre con eso, con una distancia, con una madurez que intimidaba, y que sugería cierto ambiguo desdén, cierta aspereza. Uno se imaginaba que hablando contigo, recibiría una respuesta cortés pero cortante. Así que uno no habló. Cobardía, de acuerdo.
¿O tal vez sí? ¿Alguna vez, algún día, me habrías dedicado una palabra amable, de paso, una pequeña broma, lo cual hubiera servido para alegrarme el día, para vestir de guirnaldas mi infancia y para asegurar en mi memoria el recuerdo sorprendente de tu nombre? No lo puedo descartar, tampoco afirmar. Esos recuerdos ahora son apenas rocas entre una hierba espesa, rampante, que pudieran sugerir un edificio arruinado pero difícilmente su tamaño y funcionalidad. Lo único que puedo afirmar es que en esa edad, de niño, yo era propenso a eso, a la extasía, al embelesamiento de saberme objeto de una mirada femenina siquiera distraída y momentánea, cosa que sucedió en muy pocas ocasiones, las cuales la memoria se ha encargado, compasiva, de ocultarme en lo sucesivo. La propensión aquélla nunca me abandonó, de hecho: simplemente con el tiempo buscó refugio en la imaginación y en los sueños, pues en la vida real y la edad adulta esas cosas simplemente no pasan. Las mujeres hablan, interactúan, claro que sí, pero con tu sombra o proyección o cartera o panel de control, no contigo. Pasada la niñez, es prácticamente imposible que acierten sobre tu verdadera identidad y ubicación detrás de esa necesaria sombra. Hoy en día ni a los barquitos se juega.
Esta mañana, en una aula vacía, navego a la página de The Guardian y allí te encuentro de nuevo. Y sé que eres tú porque ¿a quién más se le ocurriría haber vivido en Buckinghamshire, ese condado oculto, y haber ido a St Bernards, el colegio femenino católico de mayor prestigio de la zona? Y la fotografía (excelente, dicho sea de paso) sella el recuerdo. Tiene razón la entrevistadora: con el pelo canoso, aún pareces niña. Me siento igual de cohibido viéndote ahora que en ese entonces. Hay algo de perturbador en esa sonrisa suavemente irónica. Pero venciendo los escrúpulos, sigo leyendo, porque quiero convencerme de una cosa: que desde esa momentánea y casual cercanía en un pasillo hace cuarenta y cuatro años, hemos terminado en dos lados opuestos, no solamente del mundo, sino de la rueda ésa de la Fortuna: tú serías la encarnación viva del éxito en la vida, yo del fracaso. Ambos bien merecidos, por supuesto.
Sobre este último punto, el artículo de hoy y el otro anterior enlazado me dejan un poco perplejo e irritado. Quiero creer, necesito creer, que todo en tu vida ha sido lujo, diversión y hedonismo; me encuentro, sin embargo, con que en alguna ocasión estuviste en Beverly Hills, lugar que tengo entendido figura entre los más aburridos, desolados y deprimentes de la Tierra, especie de hall of mirrors, purgatorio de vanidosos y meca de etiquetados degollados. Necesito, para mis propósitos, creer que tus novelas son obras maestras de literatura; me encuentro con que tú misma les cuelgas, displicente, el sambenito de chick lit. Como si alguien con esa sonrisa pudiera escribir chick lit: ¡reclasifícate, por el amor de Dios! Luego acude, presto y oficioso, el dato del marido famoso y buen dato, y los 20 idiomas en que has sido traducida, y me siento más tranquilo: sí, lo tuyo ha sido el éxito fulminante, el trabajo duro y disciplinado plenamente compensado; no sólo eso, sino que al parecer has sabido conservar la cordura, cosa difícil (según las estadísticas) para alguien que haya estado así sea de paso en Beverly Hills: prueba de ello, ese discurso autocrítico, esa suave ironía. Si en algo me equivoco no importa: esto es paja mental nomás. Sigamos.
Donde nació este post fue ahí cuando dices: pasé mi infancia buscando lugares para estar sola. Me sentaba encima del tanque de agua en la buhardilla, o en la casita del perro. Fui una niña bastante extraña. Me sentaba en una habitación y no hablaba.
Fue donde se me ocurrió la extraña imagen mental de una nube extraterrestre o en todo caso johnwyndhamesca, que habría sobrevolado el condado de Buckinghamshire allá en los tempranos años 60, convirtiendo a todo infante que encontraba a su paso en un ser introvertido, soñador, ido, incómodo en la presencia de otras personas, con una mente que sobrevolaba paisajes y buscaba la lluvia, el viento y la groenlandia. De acuerdo, es una idea tonta, pero expresa el leve asombro que sentí al enterarme de la posible existencia, en ese entonces, de una versión femenina de mi propio aislamiento, de mi propia atracción a esos lugares al mismo tiempo encerrados y abiertos a la redentora lluvia. En mi casa no había perro, por ende ni casita de perro: lo mío era construir kennels improvisadas al fondo del jardín, con cajas de cartón, trozos de leña y lo que venía a mano, y ponerme a esperar la lluvia, ese susurro que activaba el canal de comunicación entre vejiga y garganta, convirtiéndome en un ser íntegro. La mitología de mi infancia complementaba ese libido lluvioso: Janssen, Robert Murphy, TH White, el Niño de Madera, la nieve era dimensión aparte, todo era nórdico, aislado y frío, con cadencias de Sibelius. (Pero la frialdad de ese pasillo era otra, era algo desconocido por mí, algo insospechado.)
Tú te vengaste de esa hipócrita sociedad inglesa de los 80 y 90 buscándole en el bolsillo del pantalón el vergonzoso desglose de las compras de American Express. Yo simplemente la abandoné en pos de otras lluvias, que nunca encontré, bien que digan que ahora viene el Niño. Ambos desde entonces hemos sabido guardar, celosamente, esos espacios de soledad, para no volvernos locos. Tú mantienes la cordura y la sensatez a flote en un Sargasso Sea de certezas naufragadas, mediante la inquietud literaria consentida; yo, rodeado de crudas penurias, poco a poco me hundo, me vuelvo paranoico: el cadáver de lo que una vez fuera mi cerebro, presa fácil para teorías de conspiración, para infantilismos de todo tipo, una senilidad discreta, amenizada por trabajo y familia, a la espera del coup de grace de un sistema circulatorio ya quejumbroso. No se puede ser más fracasado ni más irrelevante.
Esto es todo lo que tengo. Un proyecto final, apresurado, de disponer estos yermos recuerdos de tal guisa que formarán una especie de crazy paving hasta la puerta del jardín, antes de que una desfile de botas los hunda definitivamente en el lodo.
De donde vine, de donde vinimos.
Lo que pudo ser y no fue, siempre se reduce a momentos y decisiones. E, inevitablemente, a la certeza que repetidos esos momentos con exactamente las mismas circunstancias e informacion, nos llevarian a tomar exactamente las mismas decisiones.
ReplyDeleteEstamos exactamente donde debemos estar y somos ni mas ni menos lo que debemos ser. ¿Acaso existe algo mas fatalista que la realidad?
C'est la vie
No quiero sonar cursi, pero esta entrada es hermosa y dolorosa. La nostalgia y la melancolía que acompañan el alma. Cada vez que te leo te admiro más. Si fuese mujer, confieso, hasta atraída me sentiría. Admiro tu soltura y refinamiento con los idiomas y la gracia musical con que tus palabras transportan a uno a esos espacios de tu mundo.
ReplyDeleteUn abrazo.
No quiero sonar cursi, pero esta entrada es hermosa y dolorosa. La nostalgia y la melancolía que acompañan el alma. Cada vez que te leo te admiro más. Si fuese mujer, confieso, hasta atraída me sentiría. Admiro tu soltura y refinamiento con los idiomas y la gracia musical con que tus palabras transportan a uno a esos espacios de tu mundo.
ReplyDeleteUn abrazo.