Mi marxismo
Un gentil lector me dejó hace algunas semanas el comentario (con mueca incluida): "esto es lo más marxista que he leìdo en este blog". Me lo merezco: reificar la historia, concederle hasta letra mayúscula, es o debe ser cosa de chiquillos. La Historia no existe, no más que La Mujer o El Chocolate: de acuerdo. Por fortuna, hay historias, damas y chocolates. (Sí, todavía hay.) También hay personajes deprimentes y despistados como yo, hecho por el cual en este momento me siento dispuesto a pedir disculpas públicamente, por la parte que me toca. Por si a alguno le sirviera de consuelo, me da la sensación de que a este representante del lumpenprostatariado le queda poca esperanza de vida: no me sorprendería mucho si mañana o pasado o la semana que viene me diera ese infarto fulminante que hace tiempo me acecha (me desarreglaría algunos planes, eso sí: morir es de lo más fregado, mayormente para la familia que sobrevive al occiso); durar hasta cinco años más, en cambio, con estos pulmones se me antojaría un milagro. Por todo eso, por mi estado de salud y todo lo que implica, me sentiría con ánimos de explayarme, si no fuera porque se me acaba de fallecer el laptop y me veo reducido a echar mano del PC familiar, una pieza de museo que ya me está causando lumbalgia en grado aún soportable. Si tuviera más tiempo y comodidad, les describiría esta extraña penumbra metabólica y mental por la que pasa el afectado de pulmones y falto de oxígeno: el estado permanente de sueño y cansancio y leve desorientación; las alucinaciones momentáneas, el empezar a ver extrañas sombras de animales en la zona limítrofe de la visión periférica; el permanente concurso de méritos de los diferentes dolores de articulaciones; el aspecto Teatro del Absurdo que reviste la vida diaria familiar (puro Ionesco); la sensación de que el "yo laboral" es otra persona, desde hace años ajeno a mis preocupaciones y desgracias y casi casi un desconocido (por no decir un impostor); y sobre todo, esos preciados momentos de disgregación mìstica a la vista de los ceibos detrás del edificio entre clase y clase. Hablaría de todo eso, pero me temo que mis circunstancias actuales no dan tanto de sí. Me limitaré, entonces, el tema de mi marxismo. Para no quedar en deuda, y porque es fàcil. Cinco minutos y ya.
El hilo conductor entre las dos cosas, enfermedad y marxismo, debe ser obvio. Pero por si acaso, y porque hace meses que no lo repito, y merece repetirse, para evitar cualquier malentendido: aunque fuera yo marxista (creo que no lo soy, pero el lector astuto verá), no tiene ninguna importancia, por el simple hecho de que ninguna de mis opiniones o mis posturas la tiene, y eso, porque son las opiniones y las posturas de alguien que se reconoce endeble en lo intelectual, mayormente cuando se trata de temas que caen fuera de sus limitadas especializaciones (pongamos: gramática y sicología, ambas pardas), y mayormente ahora, en medio de la enfermedad y de la degeneración física (y hasta cierto punto mental, creo). Nunca pretendí sentar cátedra en cuestiones de polìtica o de economía, lo cual se me antojaría absurdo, existiendo infinidad de blogueros con alta especializaciòn y merecido reconocimiento en dichas materias. Por tanto, cada vez que he tocado semejantes temas ha sido con el ánimo de provocar cuestionamiento y escepticismo racional, de buscar posibles flaquezas en las posturas ajenas, de fomentar el pensamiento crítico, y poca cosa más, de acuerdo con mi vocaciòn de profesor. Lo dicho: el día que alguien me dijera "me he convertido a su punto de vista" me morirìa del disgusto. No quiero eso: quiero que la gente piense por sí misma, y siempre escribo con la pálida esperanza de que alguien algún día encuentre en medio de mis palabras Ese Error, que una vez comunicado y explicado y justificado me permitiría cambiar mi punto de vista, desdecirme, rectificar, lo cual significa progresar, lo cual significa estar vivo a pesar de todo. No aspiro a Tener Razón. Aspiro a no repetir errores, y a conocerme lo suficiente para no dignar mis sesgos emocionales con racionalizaciones espúreas. Lo que pasa es que para que te corrijan, necesitas primero que te escuchen. Siempre fue un poco la flaqueza de este blog. Tal vez tendría que haberlo adornado con más biquinis y lentejuelas y astas de ciervo y caldos de bola. Quién sabe.
Soy marxista, creo, en el mismo sentido en que soy católico y en que soy freudiano y en que soy inglés: por deformación vivencial, por contagio, por debilidad a veces emocional. Quieras o no, hay ideologías que una vez entres en contacto con ellos, muchas veces en la juventud, se te quedan en la sangre como el Herpes simplex: tan sólo falta que estés bajo de defensas o que haga mucho sol y afloran de repente, afeándote el labio y espantando al personal. Por el lado intelectual, por ejemplo, hace décadas que el Labour Theory of Value me parece tan infantil y supersticioso como ciertas creencias religiosas, y se supone que sin ese pilar, por ende sin el surplus value, todo el edificio del materialismo dialéctico se derrumba estrepitosamente, mayormente si no te convencen los romanticismos hegelianos. Pero aun después de tal derrumbe, parece como si algo se quedara todavía... a diferencia del freudianismo, por ejemplo, que sin la libido sexual (ausente en mi caso) se queda mudo. El marxismo, a fin de cuentas, tiene la virtud, que no es poca tratàndose de una teorìa decimonónica, de imponer esquemas resueltamente materialistas sobre la historia. Me acuerdo aun de ese embelesamiento que sentí de adolescente cuando leí en Marx que la historia de la humanidad se entendía mejor si uno se fijaba en el modo y las relaciones de producciòn que predominaban en cada época, lo cual permitía distinguir entre etapas como: comunismo primitivo, esclavismo, feudalismo, capitalismo. La teoría es atractiva porque simplifica y esquematiza; no debe sorprender a nadie que un viejo emfisémico caería fácilmente en cualquier aberraciòn intelectual que le diera el pretexto necesario para andar con muy pocas ideas en la cabeza, eso sì, ideas luminosas si pudiera ser... y ahí es donde el marxismo siempre me decepcionó, al igual que el catolicismo, el feminismo, y todos los demás ismos que en diferentes épocas me he sentido llevado a degustar, con ansiedad de preta. El problema es que todos son condenadamente feos, una vez se desvisten de su correspondiente y floripondiosa utopía. Sin el cielo, sin la ansiada e imposible igualdad de género, sin el gran porvenir socialista, ¿qué queda? Odio, mucho odio, y poco más que odio. ¿Odio, a mi edad? Creo que no. Ese sentimiento, al igual que el "tengo razón, y los demás están equivocados" es para los jóvenes, definitivamente. Ponerme a odiar a los banqueros y a la FMI y a Donald Trump a mi edad sería el colmo del ridículo, como ponerme pantalón lycra y cadenas de oro. Ni cuerpo tengo para ello. Uno tiene que saberse su lugar.
Y seamos honestos: la utopía marxista, a diferencia de algunas otras, ha sido comprensivamente desacreditada por la experiencia pràctica, una y otra vez, en los más diversos países, hasta la saciedad y casi hasta el genocidio en algunos casos. A cualquier joven con debilidades marxistas y hábitos de lectura le recomendaría una buena dosis de Soviet Agrarian Policy y de Khmer Rouge: pero sucede que poca gente lee aquí y ahora, así que mejor me callo y dejo funcionar el tiempo.
En fin, aparte de la esquematización de la historia (perdón, Historia) europea, discutiblemente útil, el marxismo me parece que poco me ha aportado, pero hay que reconocer que cuando los jesuitas te llegaron a una edad tan temprana como sucedió en mi caso, la distorsión permanente del pensamiento puede ser inmensa a la par que invisible para el sujeto: es por eso que tengo la permanente sospecha de estar, como lo fueron todos esos grandes pensadores decimonónicos, Equivocado En Prácticamente Todo. Avísenme si es así: háganme el favor, no sean malitos. Después de todo, hay cosas que Marx escribió donde sinceramente no encuentro el fallo, esto por ejemplo:
"The bourgeoisie, during its rule of scarce one hundred years, has created more massive and more colossal productive forces than have all preceding generations together. Subjection of Nature’s forces to man, machinery, application of chemistry to industry and agriculture, steam-navigation, railways, electric telegraphs, clearing of whole continents for cultivation, canalisation of rivers, whole populations conjured out of the ground — what earlier century had even a presentiment that such productive forces slumbered in the lap of social labour?”"
(Copy-paste de acá: léanse la cita entera. Por lo menos para hacerse una idea de lo poco marxista que fue el mismo Karlie, como él mismo señaló alguna vez).
Si no fuera por toda ese hegelianismo indigesto, por esa rigidez teutónica, por el hecho ya comentado de haber construido todo el castillo de naipes encima de una tonta equivocación, y si no fuera porque en su nombre y el de sus doctrinas se han segado decenas de millones de vidas, que se siguen contando, me parece que el Karl hubiera sido mejor compañero de copas que la cuasi totalidad de sus seguidores. De acuerdo, eso no es mucho decir. Sucede que ando con mucha nostalgia de copas últimamente.
A fin de cuentas, hay un algo todavía peligrosamente Wrong But Wromantic en el idilio de una vida de miseria y áspera creatividad, de bibliotecas y estadísticas truchas, de esconderse tras una barba inmensa y llena de una fértil ecosistema, de no pagar sus deudas, de hacerse amigo de un cojudo alemán dueño de fábrica que siempre te saca de apuros, de escribir manifiestos y organizar congresos internacionales y bramar contra anarquistas rusos, de ser persona non grata en tres países, y de ser dueño y señor indiscutible del cementerio de Highgate, adonde peregrinajes. Nada de eso soy yo, pero no puedo menos que verle el atractivo, y cometer a veces los correspondientes lapsus calami. Y eso es todo. Creo.
El hilo conductor entre las dos cosas, enfermedad y marxismo, debe ser obvio. Pero por si acaso, y porque hace meses que no lo repito, y merece repetirse, para evitar cualquier malentendido: aunque fuera yo marxista (creo que no lo soy, pero el lector astuto verá), no tiene ninguna importancia, por el simple hecho de que ninguna de mis opiniones o mis posturas la tiene, y eso, porque son las opiniones y las posturas de alguien que se reconoce endeble en lo intelectual, mayormente cuando se trata de temas que caen fuera de sus limitadas especializaciones (pongamos: gramática y sicología, ambas pardas), y mayormente ahora, en medio de la enfermedad y de la degeneración física (y hasta cierto punto mental, creo). Nunca pretendí sentar cátedra en cuestiones de polìtica o de economía, lo cual se me antojaría absurdo, existiendo infinidad de blogueros con alta especializaciòn y merecido reconocimiento en dichas materias. Por tanto, cada vez que he tocado semejantes temas ha sido con el ánimo de provocar cuestionamiento y escepticismo racional, de buscar posibles flaquezas en las posturas ajenas, de fomentar el pensamiento crítico, y poca cosa más, de acuerdo con mi vocaciòn de profesor. Lo dicho: el día que alguien me dijera "me he convertido a su punto de vista" me morirìa del disgusto. No quiero eso: quiero que la gente piense por sí misma, y siempre escribo con la pálida esperanza de que alguien algún día encuentre en medio de mis palabras Ese Error, que una vez comunicado y explicado y justificado me permitiría cambiar mi punto de vista, desdecirme, rectificar, lo cual significa progresar, lo cual significa estar vivo a pesar de todo. No aspiro a Tener Razón. Aspiro a no repetir errores, y a conocerme lo suficiente para no dignar mis sesgos emocionales con racionalizaciones espúreas. Lo que pasa es que para que te corrijan, necesitas primero que te escuchen. Siempre fue un poco la flaqueza de este blog. Tal vez tendría que haberlo adornado con más biquinis y lentejuelas y astas de ciervo y caldos de bola. Quién sabe.
Soy marxista, creo, en el mismo sentido en que soy católico y en que soy freudiano y en que soy inglés: por deformación vivencial, por contagio, por debilidad a veces emocional. Quieras o no, hay ideologías que una vez entres en contacto con ellos, muchas veces en la juventud, se te quedan en la sangre como el Herpes simplex: tan sólo falta que estés bajo de defensas o que haga mucho sol y afloran de repente, afeándote el labio y espantando al personal. Por el lado intelectual, por ejemplo, hace décadas que el Labour Theory of Value me parece tan infantil y supersticioso como ciertas creencias religiosas, y se supone que sin ese pilar, por ende sin el surplus value, todo el edificio del materialismo dialéctico se derrumba estrepitosamente, mayormente si no te convencen los romanticismos hegelianos. Pero aun después de tal derrumbe, parece como si algo se quedara todavía... a diferencia del freudianismo, por ejemplo, que sin la libido sexual (ausente en mi caso) se queda mudo. El marxismo, a fin de cuentas, tiene la virtud, que no es poca tratàndose de una teorìa decimonónica, de imponer esquemas resueltamente materialistas sobre la historia. Me acuerdo aun de ese embelesamiento que sentí de adolescente cuando leí en Marx que la historia de la humanidad se entendía mejor si uno se fijaba en el modo y las relaciones de producciòn que predominaban en cada época, lo cual permitía distinguir entre etapas como: comunismo primitivo, esclavismo, feudalismo, capitalismo. La teoría es atractiva porque simplifica y esquematiza; no debe sorprender a nadie que un viejo emfisémico caería fácilmente en cualquier aberraciòn intelectual que le diera el pretexto necesario para andar con muy pocas ideas en la cabeza, eso sì, ideas luminosas si pudiera ser... y ahí es donde el marxismo siempre me decepcionó, al igual que el catolicismo, el feminismo, y todos los demás ismos que en diferentes épocas me he sentido llevado a degustar, con ansiedad de preta. El problema es que todos son condenadamente feos, una vez se desvisten de su correspondiente y floripondiosa utopía. Sin el cielo, sin la ansiada e imposible igualdad de género, sin el gran porvenir socialista, ¿qué queda? Odio, mucho odio, y poco más que odio. ¿Odio, a mi edad? Creo que no. Ese sentimiento, al igual que el "tengo razón, y los demás están equivocados" es para los jóvenes, definitivamente. Ponerme a odiar a los banqueros y a la FMI y a Donald Trump a mi edad sería el colmo del ridículo, como ponerme pantalón lycra y cadenas de oro. Ni cuerpo tengo para ello. Uno tiene que saberse su lugar.
Y seamos honestos: la utopía marxista, a diferencia de algunas otras, ha sido comprensivamente desacreditada por la experiencia pràctica, una y otra vez, en los más diversos países, hasta la saciedad y casi hasta el genocidio en algunos casos. A cualquier joven con debilidades marxistas y hábitos de lectura le recomendaría una buena dosis de Soviet Agrarian Policy y de Khmer Rouge: pero sucede que poca gente lee aquí y ahora, así que mejor me callo y dejo funcionar el tiempo.
En fin, aparte de la esquematización de la historia (perdón, Historia) europea, discutiblemente útil, el marxismo me parece que poco me ha aportado, pero hay que reconocer que cuando los jesuitas te llegaron a una edad tan temprana como sucedió en mi caso, la distorsión permanente del pensamiento puede ser inmensa a la par que invisible para el sujeto: es por eso que tengo la permanente sospecha de estar, como lo fueron todos esos grandes pensadores decimonónicos, Equivocado En Prácticamente Todo. Avísenme si es así: háganme el favor, no sean malitos. Después de todo, hay cosas que Marx escribió donde sinceramente no encuentro el fallo, esto por ejemplo:
"The bourgeoisie, during its rule of scarce one hundred years, has created more massive and more colossal productive forces than have all preceding generations together. Subjection of Nature’s forces to man, machinery, application of chemistry to industry and agriculture, steam-navigation, railways, electric telegraphs, clearing of whole continents for cultivation, canalisation of rivers, whole populations conjured out of the ground — what earlier century had even a presentiment that such productive forces slumbered in the lap of social labour?”"
(Copy-paste de acá: léanse la cita entera. Por lo menos para hacerse una idea de lo poco marxista que fue el mismo Karlie, como él mismo señaló alguna vez).
Si no fuera por toda ese hegelianismo indigesto, por esa rigidez teutónica, por el hecho ya comentado de haber construido todo el castillo de naipes encima de una tonta equivocación, y si no fuera porque en su nombre y el de sus doctrinas se han segado decenas de millones de vidas, que se siguen contando, me parece que el Karl hubiera sido mejor compañero de copas que la cuasi totalidad de sus seguidores. De acuerdo, eso no es mucho decir. Sucede que ando con mucha nostalgia de copas últimamente.
A fin de cuentas, hay un algo todavía peligrosamente Wrong But Wromantic en el idilio de una vida de miseria y áspera creatividad, de bibliotecas y estadísticas truchas, de esconderse tras una barba inmensa y llena de una fértil ecosistema, de no pagar sus deudas, de hacerse amigo de un cojudo alemán dueño de fábrica que siempre te saca de apuros, de escribir manifiestos y organizar congresos internacionales y bramar contra anarquistas rusos, de ser persona non grata en tres países, y de ser dueño y señor indiscutible del cementerio de Highgate, adonde peregrinajes. Nada de eso soy yo, pero no puedo menos que verle el atractivo, y cometer a veces los correspondientes lapsus calami. Y eso es todo. Creo.
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