Reflexiones en torno a una cara de cojudo
Se conoce como impostor syndrome la creencia de que los éxitos que uno haya granjeado en la vida - por modestos que éstos sean, y aunque se limiten a no ser despedido de su puesto de trabajo - se deben no a cualidades personales como talento, conocimiento, competencia o destrezas, sino a algún error de parte de alguien, o a la suerte, o a un engaño, intencionado o no. Si crees que tu supervivencia en tu trabajo depende de que tus superiores no lleguen a "darse cuenta" de la "verdad" sobre ti, probablemente sufres de este síndrome. Y esto, sin perjuicio de que la tal creencia sea fundada o no: quiero decir que habrá gente que arrastre el sentimiento de ser impostores porque, realmente, lo son (a menos que creas que todo el mundo tiene el puesto y el reconocimiento que le corresponden por mérito propio: superstición que en mi caso tuve que abandonar finalmente cuando me topé con el espectáculo algo surrealista y decididamente lewiscarrolleano de una Betty Carrillo presidiendo nada menos que una Comisión de Comunicación).
En mi propio caso, por ejemplo, muchas veces he sospechado que, más que mis cualidades interiores, lo que mayormente me ha servido en la vida es el haber nacido con cara de intelectualöide cojudo y vistosamente desamparado. Recuerdo en especial ese examen viva voce con que las autoridades de la universidad quisieron dirimir la espinosa cuestión de si mi título merecía una segunda clase o una primera clase. No recuerdo lo que dije en ese examen: seguramente fue una sarta de tonterías, pero creo que nada más ver esta cara, los honorables doctores de la comisión decidieron que un tipo así no iba a sobrevivir en el mundo real, y que la simple humanidad exigía facilitarle el acceso a la vida enclaustrada de la academia dándole el beneficio de la duda y despejándole el camino hacia el doctorado (camino que al final no tomé). Desde entonces, creo haber gozado de muchos beneficios de la duda semejantes, todos ellos por obra y gracia de esta cara de peix passat que tengo. En cuanto al aspecto de cojudez que la misma cara aparentemente luce, éste queda demostrado por el hecho de que, dondequiera que vaya, me sigue, como gaviotas tras un barco de pesca, un inmenso revoloteo de vendedores de religiones y sectas truchas, Parques de la Paz, inversiones en Forex, dietas milagrosas y Timeshare Apartments in Beirut. En mi juventud hasta me persiguieron algunas feministas, y eso a pesar de que intenté esconder la traicionera cara de cojudo tras una pobladísima barba. Creo que con esto está dicho todo.
Fueron los franceses los primeros, creo, en darse cuenta de que hay un tipo de persona a quien le llueven prebendas y privilegios pour ses beaux yeux, mientras que los españoles ahondaron en la teoría aseverando que algunos consiguen ventajas en la vida por el morro. Bueno: estoy aquí para decirles que el morro que uno luce frente al mundo es muy, muy importante. Asimismo, que la repartición de morro en esta especie nuestra no parece seguir ningún criterio de igualdad, equidad o elemental justicia. Estoy pensando en esa compañera de trabajo mía que el otro día comentó, ante la envidia generalizada, que tiene una cara de ésas especiales que ahuyentan a los guardias de lugares de parqueo. Ella puede parquear en posición de entrada y no de salida, puede parquear mal, puede pasar por cualquier puesto de vigilancia sin tener los documentos o el pase de rigor, y los oficiosos guardias nada más verle la cara se baten en atropellada retirada, como si bastara una única mirada suya para comunicarles el mensaje "soy para los guardias de parqueo lo que Hannibal Lecter para las enfermeras. Make my day, suckers."
Lo interesante para mí fue descubrir, el otro día, que a alguien se la ha ocurrido darle un nombre al síndrome antónimo al mencionado. Se trata de una dolencia archiconocida y muy común en nuestros días: el efecto Dunning-Kruger, el cual consiste en una confianza exagerada e infundada en la propia competencia, fruto de una ignorancia generalizada respecto a la naturaleza y los prerrequisitos de la competencia en cuestión. Se me ocurre, más como correlativo objetivo que como instancia lícita de lo mismo, la actuación de tres alumnas mías en un espectáculo prenavideño, donde subieron a un escenario a cantar Noche de Paz: ellas todas exhibieron una excelente capacidad de mímica, reproduciendo la melisma, el vibrato, ese estrangulamiento de glotis embargada por una emoción fáctica, típicos de cierto canto popular contemporáneo: lo único que les faltó fue acertar en el tono. Al parecer, las tres compartían una sordera tonal absoluta, dando como resultado un trio de aullidos en claves solipsistamente alejadas entre sí, algo como esos conciertos que se dan en altas horas de la noche cuando alguna gata local está en celo (o, to stretch a point, algo así como esto).
En este caso, encuentro más que comprensible que esas chicas desconociesen sus propias limitaciones musicales, dado que la sordera tonal al parecer es como los cachos, la halitosis y el privilegio masculino: algo que no sabrás que tienes a menos que algún alma piadosa haga caso omiso de los tabúes de rigor y te informe directamente de ello (aunque si puedes ver toda una edición de Ecuador Tiene Talento sin esbozar una sola mueca, la amusia está posiblemente indicada). Bastante menos simpatía tengo, empero, hacia aquellas personas que, basándose en cosas tan superficiales como género o color de piel, otorgan alegremente a otros una fáctica identidad que supuestamente acarrea ineluctablemente privilegios u opresiones, y a partir de ahí, estatus moral o falta de él.
¿Qué tiene que ver el efecto Dunning-Kruger con esa "política de identidades" que hoy arrasa en la babósfera? Muy sencillo: su motor es una mezcla de ignorancia y arrogancia. Los adalides de la política de identidades se auto adjudican la competencia de dirimir identidades, privilegios, opresiones y merecimientos basándose en esos paupérrimos datos que pueden arrojar la simple vista (o, en casos extremos, el nombre) de una persona desconocida cualquiera. Y si en verdad esas personas ignoran la complejidad y la envergadura de esa maraña de atributos que conforman la identidad de un sujeto (entre ellos, el susodicho morro), el comentarista perplejo empieza a sospechar que ellos mismos, los identity police (también conocidos como SJWs) desconocen esa realidad en primera persona: es decir, ellos mismos "se definen" (o "se dejan definir") en términos de género, etnia, "orientación", y pertenencia a diversos colectivos supuestamente "oprimidos". Lo cual, de ser cierto, es una tragedia: o lo sería, si la mayoría de ellos no fueran jóvenes, con el privilegio que otorga el tiempo para madurar, descubrirse a uno mismo, desarrollar sus cualidades individuales y dejar las cosas en su lugar.
Pero voy a insistir aquí en que hay algo detrás de todo esto. Y lo voy a hacer desde mi propia perspectiva de alguien que nació dentro de una sociedad y a continuación la abandonó, cuando dicha sociedad empezó a hundirse en las aguas gélidas de la atlántica soledad (por culpa de la Thatcher o de sus predecesores socialdemócratas, usted elige). Esa perspectiva me permite no ser tan duro en mis calificativos hacia los SJWs, que al fin y al cabo, buscan lo mismo que todos buscamos a nuestras diversas maneras: burlar esa aterradora soledad producto de la condición humana, insertándonos (mentalmente, por lo menos) en una comunidad, en un espacio compartido: reflejo psicológico que se vuelve compulsivo y hasta espástico cuando la persona mira hacia fuera y no encuentra una sociedad que le otorgue membresía fácilmente condicionada y que le dé la bienvenida bajo la faz sonriente del lechero del pueblo. Sí. Esto viene de parte de alguien que desde la infancia ha frecuentado, nolens volens, esa zona fronteriza entre bosque y páramo, con ese chiaroscuro que produce el concierto de discretas, ocasionales y superficiales interacciones humanas proyectadas sobre un fondo de soledad producto de múltiples aislamientos. De modo que, bueno, si a lo que usted aspira es "a ser aceptada" o bien "a que ella te abra las piernas" (lo que a fin de cuentas es lo mismo), ten por seguro que en tu sudorosa mano está el Zeitgeist de nuestro siglo.
Lo dicho: estamos presenciando, a nivel mundial, el Milchmanndämmerung, el ocaso de las sociedades unidas en torno a una nacionalidad y una cultura. Ya no significa apenas nada ser inglés (peor, "británico"), tampoco ser ecuatoriano: en ambos casos, es tener un lugar de nacimiento y un pasaporte, a lo mejor algunos pintorescos vicios, donde antes, en el recuerdo de algunas personas todavía vivas, significaba bastante más que esto. Los políticos bien que lo saben: de ahí sus frenéticos esfuerzos por dar con ese eslogan rooseveltiano que resulte capaz de resucitar y dotar de contenido el hueco nacionalismo (el "Classless Society" de John Major, el "Cool Britannia" de Blair, el "Buen Vivir" de Correa, verbigracia). No pueden y no podrán. Una comunidad, por definición, incluye y también excluye: sin exclusiones la inclusión no significa nada (no me refiero a exclusiones arbitrarias: me refiero a que si decido crear un Club de Coleccionistas de Sellos, el propio nombre excluye a los no coleccionistas). Un país pretendidamente democrático ya no puede (desde la Declaración de Derechos Humanos, por lo menos) darse el lujo de excluir a nadie, con las salvedades burocráticas al uso; por tanto, un gobierno no puede y no debe aspirar a crear comunidad. (Hasta el concepto de Buen Vivir es una bofetada en la cara a todos los que siempre hemos aspirado a Vivir tan Mal como humanamente podemos; y es sólo un ejemplo.) Por tanto, donde el patriotismo o el nacionalismo ya no pueden satisfacer el deseo humano de pertenecer, de formar parte de un grupo que incluye a unos y excluye a otros, y donde la religión también flaquea en el mismo intento, por tener que arrastrar el hándicap de basarse casi completamente en mentiras infantiles, ahí llegan los vendedores de Identidades, que te invitarán a celebrar y a reivindicar tu pertenencia a una comunidad de gente cuya afinidad contigo se reduce a algún atributo tan superficial como ajeno a tu propia voluntad y decisión.
¿Qué tiene esto que ver con el Impostor Syndrome o con el efecto Dunning-Kruger? Ahí está. Del mismo modo que una economía capitalista dispone de un mecanismo, llamado precio, que nos informa (cuando se le permite hacer su trabajo) sobre el valor de las cosas, en una sociedad donde exista la libertad de contratación y de asociación (y, por tanto, de exclusión) unida con una muy deseable falta de prejuicios irracionales, un mecanismo similar te informará de modo fehaciente sobre el valor de tu aporte potencial en cualquier contexto, sea laboral, social o de cualquier otra índole: la aceptación. Si escribo una novela y ninguna editorial la acepta, es altamente probable que mi magnum opus sea una caca. Si solicito un empleo como ginecólogo y, tras las averiguaciones pertinentes, no soy aceptado, es probable que sea un charlatán. Si quiero unirme a un grupo de poetas y mis producciones no provocan más que burla e hilaridad entre sus miembros, es probable que no seré el próximo WH Auden. Etcétera. A veces el peer review falla (ningún grupo es perfecto, en parte precisamente por ser grupo, con el correspondiente peligro permanente del groupthink) pero forma parte necesaria de nuestro ecosistema social y laboral. Al fin y al cabo, hasta para ser contestatario tiene que haber algo que contestar.
Es por ello mismo que hay que oponerse, por ejemplo, a la escisión del elemento competitivo de los estudios secundarios, o a cualquier intento de diluir los criterios académicos que rigen la entrada en las universidades, en aras de una supuesta y mal enfocada justicia social. Una comunidad que incluya y excluya según criterios de excelencia académica sirve para algo, y los títulos que emite representan algo: cuando la inclusión se hace con base a programas de ingeniería social, ya no. Pero la enfermedad ya está muy extendida, de ahí que la gente, cada vez más, en un mundo que por consenso rechaza la exclusión, se encuentra incapaz de determinar cuáles son sus auténticas aptitudes, errando ora por el lado de la sobreestimación del talento propio, ora por el lado inverso, según nivel de inteligencia (a decir de Shakespeare, entre otros). Si durante toda tu vida te has acostumbrado a recibir el aplauso "de compromiso" (yo también les aplaudí a esas chicas: soy humano), puede que no conozcas más aplausos que ése, y es un aplauso... a menos que hayas leído a Pope, y sepas que te acaban de aniquilar con "faint praise". La apoteosis del culto a la hueca autoestima, en nuestros días, lleva al paroxismo de llamar "microagresiones" a las simples críticas, "odiadores" y "sufridores" a los inconformes, y "cosificación" al cosí fan tutti. Pero peor que todo esto, devalúa, agrede o infiltra a cualquier comunidad necesariamente excluyente, a menos que ésta sepa defenderse con el argumento de ser una comunidad, precisamente, de excluidos ("marginados", "oprimidos", etcétera), en cuyo caso cualquier berrinche, cualquier ofensa contra humanidad, cortesía o decoro está permitida de antemano.
Insisto: hay algo detrás de esto, y ese algo, yo por lo menos no alcanzo a describirlo en términos socioeconómicos, pues lo único que veo yo aquí es psicología, mucha psicología, y no precisamente de la más hermética. Lo dicho: somos seres sociales que huimos de la soledad, y ante la globalización de la indiferencia, la manifiesta incapacidad de las instituciones tradicionales de proporcionar una identidad, y la fragmentación social del ciberespacio, nos refugiamos en identidades prets à porter, lo cual está muy bien, pero sólo hasta determinada edad, pues así, con esa mentalidad no pasamos de adolescentes. Se supone que lo que sobreviene entonces, como parte de la maduración, es una etapa de diferenciación, de individuación, la solitaria noche del escudero, y es ahí donde le vemos las garras al colectivismo establecido, que hará lo posible por mantenernos dentro de esa babósfera de etiquetas, victimismos y ad hominems, utilizando para ello todas las armas a su alcance... hasta que te dés cuenta de que tu morro siempre importó mucho más que tu clase, tu raza o tu género, y así, con ese pensamiento ceden los fantasmas. Tu morro and tu morro and tu morro. No es lo más profundo que tienes, pero explica de por sí el por qué toda teoría interseccional está destinada a quebrarse en las rocas al llegar a tus pies. El mundo real es bien otra cosa.
No reneguemos del crisol de la soledad. Es sólo cuando todos se ríen de tus poemas que descubres si los escribiste por el placer de escribir, en cuyo caso persistirás y terminarás riéndote de ellos, o bien por cosechar aceptación social y ganarte la admisión a una comunidad. En este último caso, no seguirás en el empeño, y así, tus inmisericordes críticos le habrán hecho un favor al mundo y otro, a ti. Se llama "medirse".
One horse to another: "Why the long face?"

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