Moralidad científica y calidad de vida

El tal Paz-y-Miño no es que me caiga mal. Sus columnas suelen tener, frente a sus compañeros de sección, un contenido informativo relativamente alto. Admirable su desconstrucción, el otro día, del "engaño científico del momento", con toda la duda que arroja sobre la infalibilidad papal del SCOPUS. Su fuerte, la divulgación científica. Su debilidad... bueno, allá vamos. Pero no en son de fregar ni de criticar, sino porque el tema tiene relevancia trascendental, a mi modo de ver.

Puedo equivocarme, pero creo que ya llevamos algo así como 150 años maltratando el adjetivo "científico", hasta el punto que hoy día existen personas (yo, por ejemplo) que de acuerdo con la conocida formulación atribuida a Goering (erróneamente, por supuesto), "cuando escuchan la palabra científico, extienden la mano hacia sus Flores de Bach". No es para menos. En tan sólo siglo y medio, hemos tenido que aguantar la Ciencia Cristiana (no vayas al médico, la enfermedad no existe), el Socialismo Científico (no vayas a Moscú, la Unión Soviética no existe), los remedios herbales para el hígado graso Científicamente Probados (No vayas en el bus 17 Durán-Guayaquil, la inmunidad contra vendedores ambulantes no existe), la Eugenesia Científica (no vayas) y no sé cuántas Ciencias más, todas al parecer nacidas del mismo error epistemológico básico, el de creer que el método científico confiere certezas absolutas, y por tanto, que la etiqueta "científico" resulta codiciable para todo aquel cuyo negocio consista en vender certezas absolutas. Si yo fuera el Dr Paz-y-Miño, me plantearía seriamente si mi modesta influencia como autor y periodista no sería mejor empleada en hacerle entender a la gente que la expresión "científicamente probado" es el oxímoron perfecto, puesto que en sus tres siglos de historia la ciencia moderna nunca ha probado hipótesis alguna, en el sentido de convertirla en certeza intocable, sólo ha descartado hipótesis alternativas no válidas, y aislado a un puñado de explicaciones temporalmente satisfactorias para los fenómenos observables en la naturaleza, todas ellas eternamente sujetas a revisión.

Pero si hay algo peor que ponerle la etiqueta de "científico" a tu nueva formulación de aceite de serpiente (garantizado para curar disfunciones eréctiles), es ponerle la misma etiqueta a tus formulaciones, principios o prejuicios éticos y morales, por muy respetables que éstos sean. Y lo digo no tanto desde el punto de vista de un admirador de David Hume, sino desde un enfoque más práctico. Si el problema "is vs. ought" no nos resulta hoy tan acuciante como le resultó al filósofo, es porque reconocemos en la práctica que todo sistema moral o ético, entre ellos los que rigen la praxis gubernamental en los países pretendidamente democráticos, parte de unos supuestos elementales que, aunque posiblemente no descansen ni en observaciones empíricas ni en certezas metafísicas, gozan de un abrumador y valioso consenso entre los seres humanos. Convenimos, por ejemplo, en que hacer sufrir a seres humanos u otros seres vivos sin motivo es moralmente injustificable: para estar de acuerdo en esto, al parecer, no nos hace falta "ciencia" ni apoyo de peso pesado filosófico alguno. Ahora bien: frente a la duda corrosiva que arroja Hume sobre el estatus ontológico o epistemológico de nuestros postulados morales, hay dos actitudes enfrentadas que se pueden tomar. La una consiste en negar la posibilidad de cualquier duda o disensión honesta respecto a la validez de tus premisas éticas más básicas: tal cosa es buena, tal otra cosa es mala, el tema no admite discusión, si no estás de acuerdo conmigo lo único que haces es demostrar tu vileza moral. Si éste es tu postura, despídete de la filosofía y concéntrate en tu mejor arma, que resulta ser el mismo consenso, el se dice y el se cree. Y a falta de eso, en la "ciencia". Sí: los vendedores de la moralidad científica (Sam Harris entre ellos) resulta que lo único que hacen es vestir a sus prejuicios morales con el conocido mandil blanco, como en los anuncios de detergentes y dentífricos, para venderlos mejor a granel, utilizando un vocabulario científico para darle mayor credibilidad a un simple prejuicio sostenido sobre la base de una argumentación débil y simplista.

La otra actitud, y la que me parece más verdaderamente "científica", es aceptar la naturaleza contingente, subjetiva, débil y temporal de tus premisas morales, exponerlos al debate, y mostrar frente al tema una actitud de apertura y humildad (que no es lo mismo que relativismo posmoderno). Esta actitud me parece preferible en parte porque su opuesto, la de la gente moralista, suficiente y dogmática, ha demostrado llevar a terribles equivocaciones y terribles crímenes. ¿Quién duda de que Hitler o Stalin, al ser interrogado sobre el tema, hubieran insistido en que sus respectivas soluciones gozaban del beneplácito de la moralidad más "científica", por tanto inapelable, inventada o descubierta hasta el momento?

Ahora bien: no es que el Dr Paz-y-Miño pretenda, explícitamente, justificar con argumentos "científicos" el alza de impuestos sobre tabaco, bebidas azucaradas y licores. Por lo menos no utiliza ese término exacto en la manera descrita. Veamos lo que sí dice:

El consumo conjunto de azúcares, alcohol y tabaco, eleva hasta 300% el riesgo de enfermedad y muerte. Justamente por esta asociación, las políticas sanitarias mundiales han cambiado y desalientan su consumo. La OMS advierte de sus daños, los estudios científicos los confirman y las autoridades de salud deben tomar un camino para enfrentarlos.

Habrán notado el légerdemain de la última frase, el sigiloso cruce de umbral entre is y ought. Para rematar:

Estas tres sustancias controladas y haciendo campañas de salud adecuadas para desanimar su consumo, ahorrarían a los estados y a las personas cuantiosas sumas de dinero que podrían ser reorientadas a inversiones positivas como educación, salud, investigación, y para mejorar la calidad de vida de los ciudadanos.

Es decir: tabaco, azúcar y alcohol hacen sufrir a la gente (enfermedad, muerte prematura) sin motivo, y ahí están las demostraciones científicas. Hemos establecido que existe consenso social abrumador en que eso es malo, por tanto, frente a tal consenso, no hace falta mayor reflexión respecto al aspecto ético de la cuestión. Por tanto, cualquier esfuerzo gubernamental que sirva para reducir el consumo de estas sustancias es bueno.

Esto es lo que yo llamo un argumento simplista. Y es precisamente porque algunos científicos parecen sufrir una atracción fatal hacia tales razonamientos simplistas, que yo siento tanta incomodidad cada vez que un científico se apunta a una discusión de fondo ético. Son como bulldozers. Tienen la delicadeza, la sutileza y el refinamiento de Godzilla. Comprensiblemente, son altamente codiciados por los editores de opinión en todo el mundo.

Veamos. Para exponer las debilidades de tal argumentación, tan sólo hace falta agregarle explícitamente las premisas tácitas, las que el autor sobreentiende o da por obvias. Así que:

1. Todo acción que perjudique la salud o acorte la vida a otra persona o al mismo agente es moralmente indefendible, con independencia del motivo por el cual fue emprendido, o de los posibles beneficios que se obtienen, o de la calidad de vida del sujeto en cuestión.
2. El uso del tabaco y del alcohol, y el abuso de la glucosa, perjudican la salud y acortan la vida a gran número de personas.
3. Por tanto, toda persona que abuse de estas sustancias se arriesga a cometer una acción moralmente indefendible.
4. La abstinencia o la reducción en el consumo de dichas sustancias no acarrea ningún efecto negativo apreciable, por lo menos en el campo ético, que es el único que nos concierne.
5. Las personas adultas no son capaces de tomar decisiones en libertad que afecten su propia salud, bienestar o rectitud moral. (Y los no adultos menos aun, por supuesto.)
6. El único ente capacitado para velar por la salud de los individuos, y por su pureza y corrección moral, es el gobierno, en este caso mediante sus "autoridades de salud".
7. El alza de precios es la mejor manera (por ser la más eficaz) que tiene el gobierno de incidir en los hábitos de consumo del ciudadano, puesto que tendrá como efecto inevitable una reducción en el consumo de dichos productos, con independencia de clase social o de la capacidad adquisitiva del ciudadano afectado.

Creo que con esto basta. El lector notará que el único aporte que la ciencia médica blandida por el Dr Paz-y-Miño hace o puede hacer sobre esta cuestión está contenido en el punto 2, que es el único que no admite discusión seria. Por el resto, sólo hace falta disentir sobre uno, uno solito, de estos 7 postulados, en algún detalle, y el argumento de Paz-y-Miño cae muerto, por lo menos en cuanto pueda servir para justificar el nuevo paquetazo. Los lugares donde yo disiento están señalados con letra cursiva. A continuación, mi argumentación, en breve:

1. Una acción emprendida en libertad y con conocimiento de posibles consecuencias y que no afecte ni perjudique más que al propio agente carece por completo, en mi opinión, de valor ético, por tanto, de relevancia política; tal opinión si no es de consenso total, es de consenso parcial, pues tiene enfrentado a ella tan sólo la doctrina religiosa de los más devotos. En esta categoría, la de acciones libres sin valor moral, entra el uso y el abuso de sustancias como el tabaco o el alcohol por parte de personas adultas que no tienen dependientes. Y aunque los tuviera, hay que sopesar razonablemente el posible efecto negativo que el deceso o la enfermedad del sujeto tendría sobre estos dependientes, contra el beneficio de tal hábito respecto a la calidad de vida del sujeto en lo que dura el hábito, y por ende, indirectamente, la de sus dependientes. El bebedor, por ejemplo, no es siempre ese alcohólico estereotipado que pierde el control y es violento y trae por la vía de la amargura a su familia. La gran mayoría de bebedores de alcohol ni son alcohólicos ni son violentos: son, en cambio, personas que irradian felicidad y optimismo y mejoran el mundo en que todos vivimos. No hay que olvidar que entre los grandes escritores, por ejemplo, difícilmente encontrarás a dos o tres de estatus canónico que fueron abstemios. (Entre poetas, ninguno.)

Habría que precisar que un fumador de tabaco, o un bebedor empedernido, evidentemente derivan de su hábito un beneficio que se expresa en términos de calidad de vida (llámalo felicidad si quieres); de no ser así, no se entendería por qué desarrollaron este hábito en primer lugar. Los mecanismos son bastante conocidos y poco controversiales: en el caso del alcohol, una depresión en el sistema nervioso central que puede (en el mejor de los casos) resultar en pérdida de inhibiciones y en cierto tipo de euforia, como el propio autor admite. Y si bien uno tiene por seguro que lo que el Dr Paz-y-.Miño entiende por calidad de vida es bien otra cosa, somos muchos los que acostumbramos medir nuestra calidad de vida en términos principalmente neuroquímicos, de producción de dopamina y serotonina, puesto que la consecución de otros tipos de calidad de vida nos es vedada por circunstancias personales insobornables, como pobreza, enfermedad crónica, bajo rango social, etcétera. Por ello, es hasta risible ver al Dr Paz-y-Miño insistir en que un reducción en el consumo de estas sustancias puede "mejorar la calidad de vida" de los ciudadanos. ¿De qué ciudadanos habla, o en cuáles estará pensando? (Respuesta abajo) Ustedes no sé, pero yo tengo serias dificultades con una noción de "calidad de vida" que descansa sobre la base de quitar a las personas todo aquello que les proporciona placer.

En cuanto al tabaco: acción bifásica, mímica de la acetilcolina, consiguiente mejora en la capacidad del sujeto para controlar el nivel de estimulación de ciertos centros cerebrales relacionados con nivel de sueño o de velo, sensación de plenitud, hambre, placidez, etcétera. Nada misterioso. Todos esos efectos son tantos beneficios que se tendría que medir contra los riesgos del hábito: y se supone que así hacen los fumadores, miden beneficios contra riesgos y toman una decisión que refleja sus propios valores y prioridades.

Se me interrumpe, insistente y colérico: "Esos malos hábitos siempre tienen consecuencias sociales. No tienes en cuenta el enorme coste de los cuidados de salud a los enfermos de enfisema, cáncer de pulmón, cirrosis del hígado."

Ya. Entonces, calcúlenme esto: (1) Cuánto contribuye el fumador o bebedor, a lo largo de su vida y antes de necesitar esos "cuidados", a través del Seguro Social y de impuestos directos, a esos futuros cuidados? (2) Y ¿Cuánto habrá contribuido a través de los ingentes impuestos sobre tabaco y alcohol que ya existen? (Recordemos que un paquete de cigarrillos sin impuestos valdría como 10 centavos.) ¿Todavía lo ves en deuda con el sistema? (3) ¿A cuántos viejos con el hígado y/o los pulmones destrozados se les ha preguntado si preferirían tomarse una pastilla de ésas que uno se duerme y no vuelve a despertar nunca más al dolor? ¡Cuánta crueldad la de un gobierno que prohíbe la eutanasia como solución humana al sufrimiento y luego le acusa al enfermo de irresponsabilidad por seguir viviendo y así, costando!

3. Sí, "se arriesga". Exactamente. Resulta un poco doloroso ver a un científico predicar contra el riesgo, pues de riesgos está conformado la historia de la ciencia. Cada vez que el fumador enciende un cigarrillo, recibe un estímulo seguro y se arriesga a una consecuencia horrible, mortal, agonizante en el medio o largo plazo. Algunos creen que tal riesgo vale la pena. Sobre todo los que no consideran que su vida valga tanto como para querer alargarla más de la cuenta. Vivir plenamente y morir joven sería su lema. En el mundo que nos rodea ¿quién les puede culpar?

4. Para cada 20 fumadores o bebedores que se ven obligados a reducir o a abandonar su hábito por falta de liquidez suficiente, preveo 2 nuevos delincuentes (que se lanzan a la actividad criminal, al robo por ejemplo, para financiar su hábito, exactamente como ocurre con las drogas ilícitas, a cuyos exorbitantes precios el gobierno quiere acercarnos, y recordemos que la nicotina es más adictiva e insistente que la heroina) y 8 nuevos fracasos domésticos, personas cuyo síndrome de abstinencia se traducirá en gritos, golpizas, histerismo, divorcios, abandonos familiares, etcétera. Puedo equivocarme. Y si pasamos de lo ético a lo personal, son, aunque no roben ni rompan jarras, 20 personas menos felices que antes. Y eso que el gobierno actual tiene hasta un Ministro para la Felicidad. Raro, muy raro.

5. Este apartado a Paz-y-Miño le sonará a chino, pero en el mundo todavía somos unos cuantos los que creemos que la persona adulta, por definición, es responsable de sus propios actos, y capaz de tomar decisiones morales en lo que le concierne. Si lo es, evidentemente, el gobierno en este tema no tiene nada que hacer (salvo eliminar esos exorbitantes impuestos punitivos que ya existen).

6. Lejos de ser el único, el gobierno es el peor ente concebible para tomar este tipo de decisión, o implementar este tipo de política, por una sencilla razón: el conflicto de intereses. Como sabemos, el gobierno está condenado a buscar siempre la mayor recaudación de impuestos posible teniendo en cuenta otras variables socioeconómicos que le pueden importar o afectar. Este cálculo nada tiene que ver ni con ninguna moralidad ni consideración ética, ni tampoco con ninguna preocupación por la felicidad y el bienestar de la población, salvo en la medida en que estas variables incidan previsiblemente en la intención de voto. De modo que si quieres emprender una cruzada moral, o de salud pública, el gobierno definitivamente no es tu hombre. Yo recomiendo las iglesias y las fundaciones.

7. La Prohibición en EEUU, albores del s.XX, digamos que no tuvo exactamente el efecto previsto: se prohíbe el alcohol, y la gente bebe más, sólo que lo hacen ilegalmente y sobre un fondo de disparos y caos social. El efecto previsible más inmediato del nuevo paquetazo, en cuanto afecte al licor, será con casi total seguridad la proliferación de destilerías clandestinas y productos de metanol. Más cegueras y más muertes: excelente. Pero cabe la pregunta: si tan inmoral y tan insalubre es la ingesta de alcohol, ¿por qué no una prohibición total? Para mí la respuesta es obvia: entre nuestra élite, nuestra clase gobernante, nuestros amos y señores, apenas habrá más que un puñado de abstemios. La alza de impuestos es la manera perfecta de hacer valer esas diferencias de clase social, ergo de poder adquisitivo, que separan al correísta hecho y derecho del humilde ciudadano pobre. Aquél, con sus cuentas bancarias rebosantes, apenas si nota cualquier alza de impuestos; éste, en cambio, es esclavo de ellos. Lo que se propone es, por tanto, hacer que el goce de ciertos lujos tradicionales de la vida, que para muchos son la misma definición del "Buen Vivir", sea atribución exclusiva de los ricos, es decir, de la clase gobernante. Ellos, felices en sus wine bars engullendo Chablis y hablando sobre "igualdad social". nosotros, probando si se puede tomar after shave como cóctel y todavía seguir respirando después. Tierno.

Claro que el Dr Paz-y.Miño va a decir algo así como "pues por eso, porque son cuestiones complejas, porque no vale el simplismo ése de vamos a prohibirlo todo, se trata de una modesta alza nomás: nada le impedirá al ciudadano seguir tomando, fumando y bebiendo Cola como antes, si tan importante le parece, sólo que un poquito poquitín más entrará en las arcas del gobierno para fines sociales, y unos cuantos entre los menos adictos mejorarán sus hábitos, eso es todo."

Inútil hablar de saltos cualitativos, de umbrales de pobreza, ni (a menos que haya leído a Trotsky) de la "dialéctica" que se suele establecer entre briznas de paja y espaldas de camello. Igual ese poquito más lo soportará el camello con el estoicismo que siempre esperamos de él. Igual no. En caso negativo, se recomienda tomar buena nota del entorno inhóspito que nos rodea, porque puede ser el último que alcanzamos a ver.

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