Cómo contrastar la (I)

Lo digo como necesaria aclaración, ya que una amplia mayoría entre mis lectores habituales, es decir nada menos que dos de los tres que tengo, me sintonizan (según mi lóbrega página de estadísticas) desde Ucrania: la letra (I), así, entre paréntesis, tiene un significado especial en Ecuador. Cuando se la encuentra al final de un artículo en un diario, significa que todo el artículo que la precede ha sido Informativo, es decir, que contiene la información, toda la información y nada más que la información pertinente sobre el tema escogido; a dicha categorización se le suele contrastar la famosa (O), letra que significa que lo que precede ha sido tan sólo Opinión (aunque tiene la ventaja de representar onomatopéyicamente en muchos casos la reacción verbal del lector en el momento de concluir su lectura). Este afán de categorizar contenidos periodísticos de modo simplista forma parte, muy probablemente, de la conocida estrategia de Dumbing-Down (DD), la cual persigue el objetivo de convertir al ciudadano medio en un retrasado mental mediante la técnica de tratarlo como si ya lo fuera: la misma que nos asalta desde las estanterías del supermercado, cada vez que vamos de compras, con esas absurdas etiquetas, de uso obligatorio, que nos avisan que una botella de Coca Cola (o en denominación correísta, "bebida refrescante azucarada") tiene un alto contenido de azúcar, mientras que un paquete de sal de mesa, por asombroso que nos parezca, tiene un alto contenido de sal: tan alto, que si te sientes tentado a ingerir el paquete entero, de una, un semáforo pintado te lo desaconseja enérgicamente. Si no llegamos al extremo de esa línea aérea que distribuía a los pasajeros paquetes de maní con la leyenda "INSTRUCCIONES: (1) Abrir paquete; (2) Comer maní" habrá sido por casualidad o falta de imaginación y constancia, nada más.

Es cierto que algunos han objetado que en el periodismo real, es prácticamente imposible encontrar información sin opinión, y a la inversa todavía más difícil, de modo que la I sin la O, o la O sin la I son simples entelequias, y donde sea que se asomen esas engañosas clasificaciones, ganas de marear la perdiz, por lo que en cualquier caso el lector cauto difícilmente iba a prescindir del ejercicio de sus propias facultades críticas y analíticas para desenmarañar ambas clases de contenido en un único texto. Pero aquí como siempre, el diario El Telégrafo nos desarma ofreciendo una clase magistral en la materia de periodismo responsable, enseñándonos cómo se puede cumplir a la perfección con esos severos requisitos de la Ley de Comunicación, a tenor de que la información presente en cualquier artículo informativo debe ser verificada, contrastada, precisa y contextualizada, y desde luego libre de opiniones o apreciaciones subjetivas, de modo que ya no le hace falta al lector facultad crítica alguna. Veamos nomás este artículo, a título de ejemplo.

El mismo título del artículo, Un nuevo 'Plan Cóndor' se basaría en los archivos del terror y en los medios, nos impresiona de entrada con su fino uso de la figura retórica de zeugma, pues el verbo "se basaría" sólo tiene sentido si se interpreta con diferentes sentidos según si se refiere a una cosa (archivos) o a otra (medios). Según las declaraciones de Correa citadas en el artículo, existe un nuevo Plan Cóndor. ¿En qué se basaría el Presidente para afirmar tal cosa? No lo sabemos con certeza, pues ni las declaraciones citadas ni el artículo nos proporcionan pista alguna, pero por lo menos sabemos que sí hubo, allá por los años 70 y 80, un Plan Cóndor cuya existencia se pudo demostrar posteriormente con el hallazgo de los mencionados "archivos del terror". Ahora, si damos un salto peligroso al vacío lógico y argumentativo, podríamos afirmar que Correa tal vez "se basa" en el hallazgo de dichos archivos (en 1992) para afirmar que los Planes Cóndores sí existen (en 2016); de la misma manera que yo podría afirmar que Donald Trump tiene la intención de prohibir el consumo de alcohol en EEUU cuando sea electo, "basándome" en que no sería la primera vez que tal prohibición rigiera en tal país, o sea que los Volstead Acts indudablemente sí existen o han existido. De tal manera, llegamos a darle cierta pátina de coherencia (credibilidad es otra cosa, no pidamos tanto) a la primera parte del título. Al llegar a "los medios", sin embargo, tenemos que resignificar ese "se basaría": ya no estamos hablando de las evidencias que apoyan la existencia de los Planes Cóndores en general, y del descubierto por Correa en particular, sino del contenido de ese "nuevo Plan Cóndor", que según la misma fuente "se basaría" en lo actuado por parte de "jueces sumisos" y "una prensa corrupta". El título, por tanto, se podría interpretar así: "Un nuevo Plan Cóndor - de cuya existencia se podría sospechar basándose en la evidencia de archivos referentes a otro Plan de características disímiles y perteneciente a otra época - podría, caso de existir, requerir para su ejecución la colaboración de ciertos medios de comunicación". Algo así. Lo digo con toda sinceridad: esto representa, como gramático que soy, mi mejor y más caritativo intento de dotar de sentido tan sibilina frase.

Ahora bien: algunos objetarán que la figura retórica del zeugma, con su inevitable carga de fugaz confusión, no es la idónea para el título de un artículo informativo en un medio periodístico donde se supone debe reinar la claridad. Sin embargo, en este caso es evidente que la claridad importa menos que la posibilidad de asociar, en un mismo sintagma nominal y mediante el artificio ingenioso, a "archivos de terror" y "medios", pese a que el contexto no justifica para nada tal asociación. Es un poco como si yo escribiera: en la sociedad siempre va a haber gente tonta, por eso siempre van a hacer falta Congresos, Parlamentos y Asambleas. Si tú sacas de esta frase que yo estoy llamando tontos a asambleístas y congresistas, es tu problema: yo no he dicho tal cosa.  De igual manera, nadie aquí ha dicho que "los medios" de ahora, entiéndase los corrugtos, los que no son El Telégrafo, tienen algo que ver con "el terror": si tú ves eso, es tu problema. Aunque también podría ser porque he yuxtapuesto las dos cosas en una misma frase, y al diablo la precisión. Son trucos del oficio nomás: y a fin de cuentas, innuendo también empieza con (I).

Sigamos. Aunque el título no menciona quién es el autor de tan novedosa teoría de conspiración, el primer párrafo nos indica que es el mismo Presidente del país el que "alertó", desde Morona Santiago, de la existencia de este nuevo Plan Cóndor, el cual involucraría a "la derecha nacional e internacional". Algún lector recordará que yo he dudado públicamente de la existencia de una "derecha internacional"; tal vez no viene muy al caso, pero en respuesta a quienes me responderán triunfalmente "el Grupo Bilderberg", hace unos meses tuve la ocasión de ver un comunicado de dicho grupo, y sólo diré que la pésima calidad literaria de dicho escrito, su alarde de gazapos de ortografía y gramática, me convenció de que el tal Grupo, más que de Illuminati, parece ser de Illiterati, lo cual respalda mi tesis de que en el mundo de hoy, que no es el de Stroessner, Videla y Pinochet, una posible "derecha internacional" es tema que nos debe de preocupar no menos y no más que un posible carpincho escondido en el alcantarillado subterráneo de la urbe guayaquileña: la misma peligrosidad se aprecia en los dos casos. Lo impepinable es que la tal derecha internacional no tiene a su servicio ese ejército de brillantes periodistas a sueldo con dominio de retórica que sí tiene su adversario ideológico, y para muestra un botón. Eso sí, el asociar en la misma frase esa, pretendidamente terrorífica, "derecha internacional", con la consensualmente patética e inofensiva "derecha nacional" no creo que haya sido muy buena ocurrencia de parte del Presi, pero sin duda sus razones tendrá.

Ahora bien, si Nebot, digamos, hubiese aseverado públicamente que existe una conspiración internacional en contra de los portadores de bigote, creo que los redactores de El Telégrafo habrían señalado, como mínimo, cierta carestía de evidencias que apoyaran tan interesante conjetura. En el caso de Correa, como es el Presidente, está claro que no hace falta ninguna evidencia, pues lo que dice el Presi va a misa, o en términos más eclesiásticos, lo pronunciado ex cathedra no admite de verificación. En todo caso, el uso repetido de la forma condicional del verbo (se basaría, contaría, necesitaría), según el protocolo periodístico, deja abierta la puerta a una eventual cláusula condicional tácita "si fuera verdad lo que dice", y así, de modo proléptico, defiende a los autores contra la acusación de confundir opiniones con hechos. A lo que algunos poco caritativos responderán "sí, pero el simple hecho de informar detalladamente sobre una aseveración sin sustento y aparentemente fruto de una extraña paranoia, amplificándola e insistiendo sobre sus antecedentes históricos, ya le da mayor credibilidad de la que merece y se constituye en evidente sesgo informativo". Pues por eso, señores, existe la práctica periodística de la contrastación. Práctica que encontramos brillantemente ejemplificado en el mismo artículo bajo análisis, como veremos a continuación.

El escritor Édgar Allan García, si no se me han cruzado los cables, constituye uno de los recuerdos más tempranos que tengo de mis primeras exploraciones por ese nuevo y fascinante mundo de la World Wide Web. No sé apenas nada sobre el tipo, pero creo recordar que allá a mediados o a finales de los años 90, cuando yo hacía mis pinitos de usuario de la Web con mi flamante súper-PC dotado de nada menos que 2MB de RAM y una pantalla ¡en color!, topé con una página suya, de construcción típica para la época, de navegación fácil y posiblemente (no me acuerdo, la verdad) de lectura grata. Un adelantado, un pionero, entonces, por lo menos entre escritores. Se me pasó por alto el detalle de que era ecuatoriano (en esa época yo vivía en España, y Ecuador era un rincón del mundo perfectamente irrelevante para mí); no así el nombre, que me hizo sonreír al suponer un homenaje a Poe, bien por parte de los padres del escritor, bien por voluntad propia del mismo, caso de tratarse de un seudónimo, cosa que creí altamente probable. Al leer lo espetado por él en el citado artículo, me dio cierta tristeza, lo reconozco, lo mismo que daría ver a un brillante futbolista holandés devorado por el cáncer, o a un payaso de facciones simpáticas y alegre ademán caer de bruces en un lago de caimanes. ¿"Cáncer" o "lago de caimanes" por "hueca retórica oficialista"? Sí, como metáfora creo que sirve desde varios aspectos. Pero me estoy divagando.

La sorpresa viene cuando descubres que a quien han ido a buscar para "contrastar" las declaraciones de Correa ha sido a un tipo que al parecer comulga de la misma rueda de molino, sin perdonarse bocado, un tipo cuyo vocabulario guarda, respecto al utilizado por los habituales formadores de opinión del medio, una semejanza si no milagrosa, servil. Es decir, allí donde la práctica periodística corriente y cotidiana aconseja buscar para cada extremista a un moderado, para cada barcelonista a un emelecista y para cada devoto a un escéptico, la Redacción Actualidad del Telégrafo, con admirable originalidad, han decidido que la mejor manera de contrastar las declaraciones de un creyente en cucos es citar las palabras de otro creyente en los mismos cucos.

De modo que el contenido del artículo se podría resumir así:

Título: un nuevo Plan Cóndor, aunque no hay evidencias de que exista, nos da el pretexto perfecto para decir "terror y medios".

Resumen informativo: Un hombre ha alertado sobre la existencia de una nueva conspiración internacional. No presenta ninguna prueba. Como periodistas responsables que somos, hemos decidido contrastar esa opinión con la de otro hombre que piensa exactamente lo mismo.

A continuación, les presentaremos un resumen histórico sacado de Wikipedia (sí, hasta las fotos) de ese fenómeno que, según el mencionado hombre, se estaría repitiendo ahora. Sólo que donde antes había militares violentos, ahora hay medios pacíficos; donde antes había torturas y desapariciones, ahora hay denuncias de corrupción; donde antes había Henry Kissinger, ahora hay Hilary Clinton; donde antes había concierto, ahora hay caos; donde antes los conspiradores ocupaban el poder, ahora no lo hacen, salvo en el caso argentino; y donde antes había la Escuela de las Américas, ahora hay los Hashtags de Twitter. Pero fuera de esas pequeñas diferencias, es totalmente lo mismo, palabra del Presi.

Impresionante, ¿verdad?

Estoy cansado, es tarde y no estoy para indagar más en lo que revela, sicológicamente, esa extraña paranoia que el artículo, sin querer, pone al desnudo. Sólo voy a insistir en que no me consta que el Plan Cóndor original haya sido, como dice el artículo, "estrategia diseñada por Estados Unidos". Al contrario, parece haber sido (como el propio nombre indica) creación de un grupo de gobernantes latinoamericanos, que querían apoyarse entre sí, en su afán de perpetuarse en el poder, y a tal efecto solicitaron, y obtuvieron, la ayuda y la colaboración activa del País del Norte, a cuyos designios geopolíticos el mencionado Plan convenía en aquel entonces.  Esta distinción podría parecer pedantería, pero no lo es. Las responsabilidades y su correcta y acertada repartición y atribución no son temas secundarios, salvo para quienes ya tienen instalado en su cerebro el sistema operativo Maniqueo 2.2, el cual en cualquier coyuntura, en cualquier escándalo, en cualquier crisis, es capaz de identificar a los Buenos (que siempre lo serán, pese a cualquier apariencia de corrupción) y a los Malos (los mismos de siempre, cuya naturaleza malvada nos exime de cualquier necesidad de enfrentarnos a sus argumentos concretos, siquiera de nombrarlos con precisión). Si hasta el propio Galeano fue capaz, finalmente, de reconocer que el hábito de echarle la culpa de todo a la CIA sin reconocer más y más cercanas complicidades es algo infantil, supongo que hay esperanza para todos, aunque en el caso de la Redacción Actualidad del T., parece desaconsejable aguantarse la respiración.

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