No hay energías renovables

"Papá, ¿qué es energía renovable?"

Miro al niño. A veces me pregunto qué es lo que ve en mí: este gigante grasoso con los pulmones destrozados como cometa rota en casita del perro, este dinosaurio bonachón de ojos tristes, este resto sin barrer de la fiesta de ayer.

Se me ocurre que probablemente debo decirle: energía eólica, solar, mareomotriz, etcétera. En lugar de ello:

"Hijo, es la que no tengo."

Con lo cual por lo menos tiene para seguir armando ese conjunto de cosas que el mundo no tiene para ofrecerle, fuera de los cuentos: Godzilla, el Dodo Rex, los Pikmin, las brujas, Santa Claus, Jehová, la Justicia Social, la Media Naranja, el Chupacabras, la Solución para el Oriente Medio, las sirenas, los medios imparciales, el warp drive, el trasplante de sentido común, las plantaciones de espaguetis, el portabilletes renovable, la economía socialista funcional, etcétera. (Siempre me he maravillado ante la necesidad que todo niño tiene de crear mundos y criaturas de fantasía, como si a los mundos y las criaturas existentes les faltara encanto e interés. ¿Es porque existe una conspiración de adultos para volver aburrido el universo de milagros que nos rodea, o es simplemente porque al niño poco le importa la frontera entre existente e inexistente?)

En fin: a decir verdad, siempre me ha parecido una simpleza eso de las energías renovables. No existen. Según las leyes de la termodinámica, no pueden existir. Tomemos el caso de la energía solar. A este planeta a diario llega una enorme cantidad de energía en forma de luz y un poquito de calor, la mayor parte de la cual desaprovechamos (los vampiros la desaprovechamos peor que ustedes). Pero ¿de dónde viene esta luz? Sencillo: de un enorme reactor nuclear que tenemos estacionado a unos 149.6 millones de km de nuestro patio trasero, llamado el sol. Y como todo reactor, el sol necesita combustible, en forma de hidrógeno, que convierte en helio. Acabado el suministro de núcleos de hidrógeno, se acaba el espectáculo. El sol tiene fecha de caducidad. Nos parece "renovable" la luz que produce, sólo por aquello del outsourcing: el sol está aun más lejos que Arabia Saudita, podemos desentendernos de sus problemas y de su creciente desesperación, somos niños para quien los papás son una fuente de juguetes y helados inagotable por naturaleza. Y ahora viene lo interesante:

"Yo algún día me muero, pero mis hijos..."
"También."
"Sí, pero la raza..."
"También."
"No, no puede ser. Se acabará el sol, pero para entonces tendremos cómo irnos en nave espacial, colonizaremos otros sistemas solares (el colonialismo se supone habrá vuelto a estar de moda). Llevaremos a Shakespeare y al Herpes simplex a Alpha Centauri."
"Puede. Pero esos soles también morirán."
"Siempre habrá más."
"No. El universo no es infinito. Acecha la noche eterna. Está a una milla de tu puerta, y viene caminando hacia ti, hacia tu raza, hacia tu universo, hacia todos los universos."
"No puede ser..."

Nos resistimos a desaparecer. Algo en nosotros se resiste. De joven (muy joven) fue mi ego el que, según recuerdo, no quería morir. Y es que todavía no había tenido tiempo de jugar con él, de desarmarlo, como siempre hacen los niños, para ver cómo funciona, para luego darse cuenta de que lo desarmado, desarmado queda (segunda ley de la termodinámica, quinta ley del día de San Esteban). Bien. De más mayor, dicen (por lo menos dice Dawkins) que es el maldito gen. Pretender que genes vistosamente defectuosos como los que llevo perduren en el tiempo sería como llevar al paroxismo el conservadurismo reaccionario... pero, bueno, ten un hijo y verás. (Si él se mete a monje y prescinde de descendencia no me parecerá mal: eso sí, que no deje de reaccionar químicamente con su entorno, que no muera en vida mientras viva: que le crezca una fisura anal, un pólipo, una bursitis, pero no una ideología. Amén.) Luego nos ponemos a pensar, y sacamos que lo que no queremos que muera es la humanidad, es esta manera de ver y de sentir, es esta chispa que algunos dicen divina. En esa fase estoy yo ahora, lo digo con sinceridad. La humanidad me importa. Sobre todo la parte que se siente. No consigo pasar de ahí.

Hay quien, para no extinguirse, se refugia en el Groundhog Day del eterno retorno (riverrun, past Adam and Eve's: tremendo piropo para la tal Barnacle, pretender que todo se repita, soñar el coño eternamente renovable). Para alguien como yo, que no encuentra más momentos eternos en su vida que una palabra disilábica de seis letras pronunciada por una mujer sobre la mesa de una cocina americana, tengo el deber de preguntarme si realmente es necesario o aconsejable que vuelva a suceder el Homo erectus, el imperio romano, las cruzadas, la peste bubónica, el Santo Oficio, el bolchevismo y el nazismo, el Holocausto, el VIH, Hugo Chávez y Donald Trump, una y otra vez en eterno dal capo, sólo para que vuelva a gozar como entonces de ese "cabrón". ¿Realmente vale la pena? Afortunadamente no me dan a elegir, salvo en la imaginación: será por eso que poder imaginar termina siendo lo único que me importa.

Todo eso a cuenta de haber abierto el Telégrafo esta mañana con el café, para toparme con este surrealismo en primera plana y letras grandes:

Ecuador, quinto en el mundo en seguridad energética

A veces ante el evidente clickbait, uno se pone a predecir el contenido a modo de juego adivinatorio. ¿Qué será ese delirio de seguridad energética en que Ecuador consigue vencer a parte del extranjero? ¿Será que muere menos gente acá por descargas energéticas? Lo veo difícil en un país donde cada día alguien se electrocuta en la ducha después de instalar un calientaaguas eléctrico de ésos que se venden en Pykka o De Prati. O bien, ¿será que acá hay más seguridad de que no se irá la luz justo cuando estás a punto de terminar el deber todavía sin guardar? Me crece la incredulidad al recordar (creo recordar) que en otras partes del mundo hay países donde no se va la luz cada vez que llueve... No, tampoco será eso. Al final, por pura curiosidad abrí el artículo. Resulta que esa "seguridad energética" en realidad es simple autarquía, es no tener que depender de Colombia para mantener iluminados los faroles callejeros. ¿Tiene que ver la autarquía, el sueño de todo dictador de a cuarto, con la pretensión eternamente frustrada del perpetuum mobile, con la no aceptación de las leyes de la termodinámica, con el comprensible (en mi opinión) grito de horror ante la devastación eterna? El lector sagaz dirá.

Las misma portada del T. (where else) me ofrece también a Erika Sylva, que sigue sin dar pie con bola (resumen rápido: existe una conspiración para que las mujeres no consigan más PhDs a pesar de que ellas mismas escogen libremente otras opciones reñidas con la consecución de PhDs: la conspiración consiste en que todo mismo, la sociedad, el mundo y las leyes de la física no se reorganicen para que ellas pueden seguir al mismo tiempo dos caminos mutuamente exclusivos), y también a algo que me alegra la vista. Esto:

El ‘extinguirse’ es componente pesado del aforismo mandinga referente a las bibliotecas-ancianidad: “cuando un anciano muere sin heredar sabiduría desaparece una largura de historicidad”.  O sea se disipan procesos sociales, conceptos filosóficos, entendimientos políticos, en fin, la propia vida extravía su continuidad de contenidos.

No digo el autor. Para tanto jazzman y jam-session como mete en sus artículos el tipo tendría que ser Thelonious Monk, y dudo que lo sea. Pero esto, lo citado, es hermoso. Me recuerda al Matthew Arnold de Dover Beach, que vio en la fragilidad humana y en el "todo se acaba" una invitación a la compasión, a la bondad y al amor. Es lo que quise decir acá, y en eso quedamos. Por ahora.

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