Patas al revés
Tenía en ese lejano entonces una gata llamada Trotsky. Tenía también con qué costearme sus caprichos alimenticios (esas latitas Cordon-Bleu: no recuerdo cómo se llamaban, era como Nouvelle Cuisine felina) pero no me llegaba la plata para ligaduras de trompas ni nada por el estilo, aparte de que el evidente sufrimiento de la gata en celo no estaba convencido de que se podía aliviar de esa forma, o de cualquier otra forma que dejando que la espinilla de mi pierna le sirviera de gato-sustituto las veces que fuera necesario. En fin, encontró a un gato no-sustituto y dio a luz. Los dos primeros, absolutamente sin esfuerzo, en cuestión de pocos segundos, sin que ella siquiera haya asistido a clases ni que nadie le dijera que empujara, que empujara, en fin, se ve que ser de raza felina y por lo tanto no tener ninguna maldición bíblica macrocefálica pesando encima no deja de ser una bárbara suerte. Pero el último retoño era otra cosa. La Comandante del Ejército Rojo se puso a gritar y a dar vu...