Gay marriage, drugs and rock ‘n’ roll
En este blog es frecuente que los pocos que se asoman por la caja de comentarios se olviden de limpiarse las botas antes de entrar, con lo cual uno después tiene que agacharse y repasar la alfombra, tarea ingrata pero que bien merece el privilegio de tener lectores. No me quejo. Ni siquiera cuando entre esos restos de naturaleza campestre que quedan adheridos al suelo (barro, hojas secas, briznas de paja, coleópteros difuntos de diversos tamaños) se encuentra, y esto sucede con sorprendente regularidad, un xaflag. No sé por qué será que tantos de mis visitantes andan con un xaflag pegado al tobillo, sólo sé que cuando ya han venido a ver el post y se han servido el té en la caja de comentarios y ya se han marchado, repaso los comentarios y ¡zas! otro xaflag que alguien ha dejado ahí, como incrustado. Pues bien, se me ocurre que igual se trata de alguna arcana costumbre local, y que hay que pegarse un xaflag de vez en cuando, aunque sea sólo por tres minutos (para ahorrar agua). Así que ahí va el mío.
Después de una somerísima visita, me convenzo de que todo en la tierra de los xaflag sigue igual, es decir que el bueno de Flores sigue hablando de los mismos temas de siempre: de fútbol, de la legalización de las drogas y del matrimonio gay, de lo sesgada que es la línea editorial de El Universo, de lo equivocados que son todos los que critican al gobierno (lo que no significa que no sea criticable, ojo), y de sus cosas (viajes, música preferida, y se supone que chicas aunque no las alcancé a ver esta vez, evidentemente fue una visita rapidita). Entre todos estos temas, los últimos me parecen harto respetables (echo de menos que algunos blogueros hablen más de sus cosas). En cuanto a lo demás, y en orden aleatorio:
Fútbol: soy un perfecto ignorante en el tema. Estoy dispuesto a conceder que el tal Flores sea un entendido en la materia. Lo parece.
La línea editorial de El Universo: ¿es sesgada? ¿Los osos son católicos? ¿El Papa caga en los bosques? Vamos, hasta las más suculentas obviedades sólo son exprimibles hasta tal punto. Ya sé que soy el primero en ponerme pesado con mis bêtes noires, pero todo un ejemplo para la juventud como es Flores se supone que podría dar el salto de vez en cuando y hablar de aquellas líneas editoriales que no son sesgadas, dondequiera que se escondan, así nomás sea para esbozar una justificación para esa extraña indignación suya que siempre me recuerda a ese borracho que conocí que daba cabezazos contra un muro en señal de frustración por el hecho de que, como él lo expresaba, la ciudad de Madrid no habían pensado en colocarla unos cuantos centímetros más hacia la izquierda. Claro que todo el mundo puede imaginarse un diario más elegante, más plural y menos predecible que El Universo, pero si no hay, será porque nadie lo ha pedido o lo ha sabido reconocer en su embrionario paso por los quioscos o porque no nos lo merecemos o porque cuesta demasiado o yo qué sé. Todo y así, mejor un Universo que mil Telégrafos, a mi modo de ver, o sea, mejor un plasta borracho, repetitivo, malhablado e intermitentemente incoherente, que un coro de piadosos eunucos perfectamente entrenados para cantar las alabanzas del autócrata en cada parada. Y ya que estamos, otro diálogo de borrachos que atesoro (en parte porque uno de ellos, siendo ancianitos los dos, había traído hasta dentro del bar su bicicleta, detalle que llamaba más la atención en vista de que él sólo tenía una pierna):
- Franco es mejor que el Rey. (estábamos en España, año 1989)
- Hombre, no: el Rey es mejor que Franco.
- Yo digo que Franco es mejor que el Rey.
- Nada, el Rey es mejor que Franco.
- Insisto: Franco es mejor que el Rey.
- Pero si Franco está muerto.
(una pausa)
- Ahí sí, tiene usted mucha razón.
(Sobrevino un silencio permanente.)
En cuanto a que los críticos más visibles del gobierno, o por lo menos algunos, se obsesionan demasiado con las formas y se olviden del fondo, supongo que será porque intuyen que en el momento que su frágil oposición desciende al nivel de propuestas alternativas concretas, sobreviene el caos, pues entre ellos hay conservadores, neocones, liberales, libertarios, hasta algún que otro socialdemócrata égaré y no me extrañaría si alguna bota de cuero pulido. Que esa táctica de esconder las diferencias para “darle duro” al enemigo sea contraproducente no creo que admita duda a estas alturas. Con Lluis Llach:
Si tu l' estires fort per aquí
I jo l' estiro fort per alla,
Segur que tomba, tomba, tomba,
I ens podrem alliberar.
Claro que el Flores, siendo del campo enemigo, no tiene por qué lamentarse de esa oposición de estelar incompetencia: más le conviene celebrarlo, y así lo hace.
Ahora, si nos ponemos a hablar de drogas, en este plan:
Dos personas a las que mucho admiro (…) están muy mal: han dejado las drogas.
pues qué quieren que diga, yo también estoy muy, pero que muy mal y es porque no las dejé a tiempo, o tal vez mejor dicho, me equivoqué al dejar la que me convenía y seguir con la que no. Con lo cual, concluyo que cada quien es cada quien para decidir (con más atino que yo, se espera) lo que le conviene arrojar fuera de su esfera vital y cuándo. Lamentarse por el descubrimiento de que los héroes tienen pies de barro, o peor, té de boldo, queda como muy Holden Caulfield para el caso: no lo hubiera esperado de este tipo. Supongo que todos tenemos nuestros infantilismos pasajeros. Ahora, ¿vale la pena reivindicar la legalización de las drogas, por muy recomendable que sea (en eso no hay discusión), a sabiendas de que no va a ocurrir? El problema es que quien lo reivindique queda como muy frívolo, con todas las cosas ultra serias que están pasando y me vienes a hablar de drogas, vamos, ¿eres hippie o qué te pasa? Pero si le sirve para ufanarse contra los libertarios del barrio (¿habrá alguno?) por la poca o nula devoción de éstos por el tema, entonces su utilidad habrá encontrado.
Queda el matrimonio gay. Claro que se entiende gay en el sentido de homosexual, y no de “alegre”, pues un matrimonio alegre eso sí sería algo que nadie que tuviera un mínimo de conciencia cristiana y de decencia humana podría permitir. Ahora, que no deba de haber impedimento para que los homosexuales se casen es una exigencia que todo liberal tendría que hacer suya, en la misma línea de reivindicar la libertad de eutanasia, de la que el matrimonio, entre dos personas quienesquiera, se entiende que es una variante especializada. Si cualquier persona, con independencia de orientación sexual, tiene derecho a terminar su vida inyectándose veneno, ¿por qué no lo tendría de hacer lo mismo de otra manera más vistosa, haciendo que le echen la sentencia de muerte desde el púlpito, el despacho del juez o el puente del barco? Lo engorroso del tema, claro, es que pasa lo mismo que con el aborto, que cuando defiendes la libertad de la gente para decidir, se interpreta que estás “a favor”, tout court, del aborto, del matrimonio, o incluso, en el caso de la libertad para portar armas, de la matanza de Columbine. Dicho sea de paso, el mismo Flores no es ajeno a este tipo de argumentación: si le propones que la gente debe de ser libre para comprar el diario que quieren, sin totalitarias Leyes de Comunicación de por medio, te contestará (haz la prueba) que estás defendiendo la caprichosa línea editorial de El Universo, como si las malas elecciones que hacen las personas en libertad son achacables a quienes defienden tal libertad en primer lugar. En realidad, el matrimonio es un ejemplo perfecto de algo regulable por el Estado, algo más que nuestros Amos y Señores nos pueden administrar por nuestro bien, ora permitiendo que se case un hombre con una mujer a partir de cierta edad, ora con dos, ora con otro hombre, o con todo un equipo de rugby, ora con una botella de Pilsener, ora obviando edades, siempre entendiéndose una maraña de reglas suplementarias concerniente la duración mínima del contrato, los requisitos de su anulación, los deberes contractuales sobreentendidas, etcétera. Por todo lo cual, un elemental sentido de responsabilidad hace que el liberal se sienta obligado a dirigir su esfuerzo propagandístico por otro lado: Niños, ¡digan NO a los acordes mendelssohnianos! Mensaje que tiene la ventaja de no discriminar entre ninguna orientación, pues los peligros se entienden que son los mismos para todos. Con esto quiero dar a entender que quien defiende el matrimonio, sea gay, hetero, metro o de cualquier otro tipo, está defendiendo la segunda amenaza más grave para la libertad individual que la especie humana ha inventando hasta la fecha.
Lo cual es menos escandaloso, cuando de la primera demuestra ni haberse dado cuenta de su existencia, quizás porque tiene un título en ella.
Y con esto se acaban mis tres minutos. En un futuro, por favor, WIPE YOU FEET.
Después de una somerísima visita, me convenzo de que todo en la tierra de los xaflag sigue igual, es decir que el bueno de Flores sigue hablando de los mismos temas de siempre: de fútbol, de la legalización de las drogas y del matrimonio gay, de lo sesgada que es la línea editorial de El Universo, de lo equivocados que son todos los que critican al gobierno (lo que no significa que no sea criticable, ojo), y de sus cosas (viajes, música preferida, y se supone que chicas aunque no las alcancé a ver esta vez, evidentemente fue una visita rapidita). Entre todos estos temas, los últimos me parecen harto respetables (echo de menos que algunos blogueros hablen más de sus cosas). En cuanto a lo demás, y en orden aleatorio:
Fútbol: soy un perfecto ignorante en el tema. Estoy dispuesto a conceder que el tal Flores sea un entendido en la materia. Lo parece.
La línea editorial de El Universo: ¿es sesgada? ¿Los osos son católicos? ¿El Papa caga en los bosques? Vamos, hasta las más suculentas obviedades sólo son exprimibles hasta tal punto. Ya sé que soy el primero en ponerme pesado con mis bêtes noires, pero todo un ejemplo para la juventud como es Flores se supone que podría dar el salto de vez en cuando y hablar de aquellas líneas editoriales que no son sesgadas, dondequiera que se escondan, así nomás sea para esbozar una justificación para esa extraña indignación suya que siempre me recuerda a ese borracho que conocí que daba cabezazos contra un muro en señal de frustración por el hecho de que, como él lo expresaba, la ciudad de Madrid no habían pensado en colocarla unos cuantos centímetros más hacia la izquierda. Claro que todo el mundo puede imaginarse un diario más elegante, más plural y menos predecible que El Universo, pero si no hay, será porque nadie lo ha pedido o lo ha sabido reconocer en su embrionario paso por los quioscos o porque no nos lo merecemos o porque cuesta demasiado o yo qué sé. Todo y así, mejor un Universo que mil Telégrafos, a mi modo de ver, o sea, mejor un plasta borracho, repetitivo, malhablado e intermitentemente incoherente, que un coro de piadosos eunucos perfectamente entrenados para cantar las alabanzas del autócrata en cada parada. Y ya que estamos, otro diálogo de borrachos que atesoro (en parte porque uno de ellos, siendo ancianitos los dos, había traído hasta dentro del bar su bicicleta, detalle que llamaba más la atención en vista de que él sólo tenía una pierna):
- Franco es mejor que el Rey. (estábamos en España, año 1989)
- Hombre, no: el Rey es mejor que Franco.
- Yo digo que Franco es mejor que el Rey.
- Nada, el Rey es mejor que Franco.
- Insisto: Franco es mejor que el Rey.
- Pero si Franco está muerto.
(una pausa)
- Ahí sí, tiene usted mucha razón.
(Sobrevino un silencio permanente.)
En cuanto a que los críticos más visibles del gobierno, o por lo menos algunos, se obsesionan demasiado con las formas y se olviden del fondo, supongo que será porque intuyen que en el momento que su frágil oposición desciende al nivel de propuestas alternativas concretas, sobreviene el caos, pues entre ellos hay conservadores, neocones, liberales, libertarios, hasta algún que otro socialdemócrata égaré y no me extrañaría si alguna bota de cuero pulido. Que esa táctica de esconder las diferencias para “darle duro” al enemigo sea contraproducente no creo que admita duda a estas alturas. Con Lluis Llach:
Si tu l' estires fort per aquí
I jo l' estiro fort per alla,
Segur que tomba, tomba, tomba,
I ens podrem alliberar.
Claro que el Flores, siendo del campo enemigo, no tiene por qué lamentarse de esa oposición de estelar incompetencia: más le conviene celebrarlo, y así lo hace.
Ahora, si nos ponemos a hablar de drogas, en este plan:
Dos personas a las que mucho admiro (…) están muy mal: han dejado las drogas.
pues qué quieren que diga, yo también estoy muy, pero que muy mal y es porque no las dejé a tiempo, o tal vez mejor dicho, me equivoqué al dejar la que me convenía y seguir con la que no. Con lo cual, concluyo que cada quien es cada quien para decidir (con más atino que yo, se espera) lo que le conviene arrojar fuera de su esfera vital y cuándo. Lamentarse por el descubrimiento de que los héroes tienen pies de barro, o peor, té de boldo, queda como muy Holden Caulfield para el caso: no lo hubiera esperado de este tipo. Supongo que todos tenemos nuestros infantilismos pasajeros. Ahora, ¿vale la pena reivindicar la legalización de las drogas, por muy recomendable que sea (en eso no hay discusión), a sabiendas de que no va a ocurrir? El problema es que quien lo reivindique queda como muy frívolo, con todas las cosas ultra serias que están pasando y me vienes a hablar de drogas, vamos, ¿eres hippie o qué te pasa? Pero si le sirve para ufanarse contra los libertarios del barrio (¿habrá alguno?) por la poca o nula devoción de éstos por el tema, entonces su utilidad habrá encontrado.
Queda el matrimonio gay. Claro que se entiende gay en el sentido de homosexual, y no de “alegre”, pues un matrimonio alegre eso sí sería algo que nadie que tuviera un mínimo de conciencia cristiana y de decencia humana podría permitir. Ahora, que no deba de haber impedimento para que los homosexuales se casen es una exigencia que todo liberal tendría que hacer suya, en la misma línea de reivindicar la libertad de eutanasia, de la que el matrimonio, entre dos personas quienesquiera, se entiende que es una variante especializada. Si cualquier persona, con independencia de orientación sexual, tiene derecho a terminar su vida inyectándose veneno, ¿por qué no lo tendría de hacer lo mismo de otra manera más vistosa, haciendo que le echen la sentencia de muerte desde el púlpito, el despacho del juez o el puente del barco? Lo engorroso del tema, claro, es que pasa lo mismo que con el aborto, que cuando defiendes la libertad de la gente para decidir, se interpreta que estás “a favor”, tout court, del aborto, del matrimonio, o incluso, en el caso de la libertad para portar armas, de la matanza de Columbine. Dicho sea de paso, el mismo Flores no es ajeno a este tipo de argumentación: si le propones que la gente debe de ser libre para comprar el diario que quieren, sin totalitarias Leyes de Comunicación de por medio, te contestará (haz la prueba) que estás defendiendo la caprichosa línea editorial de El Universo, como si las malas elecciones que hacen las personas en libertad son achacables a quienes defienden tal libertad en primer lugar. En realidad, el matrimonio es un ejemplo perfecto de algo regulable por el Estado, algo más que nuestros Amos y Señores nos pueden administrar por nuestro bien, ora permitiendo que se case un hombre con una mujer a partir de cierta edad, ora con dos, ora con otro hombre, o con todo un equipo de rugby, ora con una botella de Pilsener, ora obviando edades, siempre entendiéndose una maraña de reglas suplementarias concerniente la duración mínima del contrato, los requisitos de su anulación, los deberes contractuales sobreentendidas, etcétera. Por todo lo cual, un elemental sentido de responsabilidad hace que el liberal se sienta obligado a dirigir su esfuerzo propagandístico por otro lado: Niños, ¡digan NO a los acordes mendelssohnianos! Mensaje que tiene la ventaja de no discriminar entre ninguna orientación, pues los peligros se entienden que son los mismos para todos. Con esto quiero dar a entender que quien defiende el matrimonio, sea gay, hetero, metro o de cualquier otro tipo, está defendiendo la segunda amenaza más grave para la libertad individual que la especie humana ha inventando hasta la fecha.
Lo cual es menos escandaloso, cuando de la primera demuestra ni haberse dado cuenta de su existencia, quizás porque tiene un título en ella.
Y con esto se acaban mis tres minutos. En un futuro, por favor, WIPE YOU FEET.
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