De crucifijos
En el blog de la María Paula Romo, se celebra como "interesante" el que el Tribunal de DDHH de Estrasburgo haya fallado a favor de una demandante italiana que se quejaba de que en el aula de clase de sus hijos había un crucifijo. Sentenció el tribunal:
"El Estado debía de abstenerse de imponer creencias en lugares de los que dependen las personas."
Sólo cabe aplaudir estas palabras. Ciertamente, el Estado debe de abstenerse de imponer creencias en cualquier lugar. El único problema es que esto no tiene nada que ver con el caso que fue presentado ante el Tribunal. No se trataba de que el Estado impusiera creencias: se trataba de que había un crucifijo en una aula. Y colocar un crucifijo sólo puede significar imponer una creencia en el supuesto de que la persona que viera el crucifijo, o que lo tuviera cerca, se hallara forzada a creer en el crucifijo, o en algo representado por él. Para poner a prueba dicho supuesto, acabo de exponerme, no sin cierto recelo, a la visión de un crucifijo (una amiga de mi esposa me mandó uno en un fichero PowerPoint, con musiquilla y todo). ...Cero. La presencia de esa imagen delante de mis ojos no me indujo a creer absolutamente en nada. Con lo cual, el fallo del Tribunal de Estrasburgo se revela como candidato al non sequitur del año. Lo que da auténtico pavor es pensar que los jueces que emiten esas gilipolleces de fallos cobran por ello.
Con lo cual, propongo: Que el Estado debería de abstenerse de pagar cuantiosas sumas a personas que se han demostrado incapaces de seguir una línea de razonamiento coherente, o de contestar una pregunta con una respuesta que tenga algo que ver con ella.
¿Tiene importancia el caso, o la multitud de casos similares que con regularidad destaca cierta prensa sensacionalista? Al fin y al cabo, colocar un símbolo de tortura en una aula de clase es de innegable mal gusto; fuera de la secta de los cristianos (que eso sí, en Italia se entiende numerosa), nadie va a lamentar la ausencia de ese objeto en ese lugar. Pero detrás de ello hay un principio en cuestión, nada menos que el de la racionalidad: pues con tan peregrino fallo, el Tribunal de Estrasburgo está legitimando una vez más la creencia supersticiosa de que los símbolos tienen poderes más allá de los que nosotros, como individuos, voluntariamente les concedemos. Es decir, si un objeto de madera puede "imponer una creencia", entonces todos debemos andar con cuidado con lo que vestimos y con lo que decimos, no vaya a ser (por ejemplo) que mi camiseta contenga un mensaje cifrado que a otro le perturbe su personalísimo Weltanschauung; no vaya a ser que un gesto involuntario de rascarme las nalgas se interprete en determinada circunstancia como una ofensa a la dignidad de algún presidente que incautamente ande cerca en ese momento. En el ensayo Culture of Complaint, Robert Hughes destaca el caso de una camarera (mesera) en California, que en el 91 se negó a servir a un cliente con el pretexto de que él estaba leyendo la revista Playboy, hecho que según su modo de ver las cosas, era un atentado contra la autoestima de "la mujer". Tanto ella como el gerente le pidieron abandonar el local: al poco tiempo el lugar se llenó de protestantes con sendas copias de Playboy, lo cual fue seguido por una contra-manifestación de feministas. Todos ellos se supone que no se olvidaron de pedir algún tentempié del menú: se ve que en EEUU, ser intolerante realmente puede ser muy buen negocio. En todo caso, antes de que este país se deje arrastrar por semejante corriente de locura, fuera bueno dejar sentado un principio básico, a mi modo de ver impepinable: que lo que yo hago o digo o escribo o visto o leo o cuelgo en la pared no tiene por qué importarte, y si te sientes ofendido por algo de todo eso, es tu problema, no el mío. Y eso no deja de ser así aunque yo llegue a ser columnista o reportero en un medio de ésos que los teóricos del regimen dicen "sociales": en tal caso, lo único que cambia es que quienes se sientan ofendidos tienen la opción de castigarme dejando de consumir mi producto, lo cual sirve como mecanismo de regulación de demostrada eficacia, obviando la necesidad de cualquier otro.
Así que la próxima vez que te sientas tentado a protestar contra un crucifijo en una aula, acúerdate de los que tenemos que aguantar en un sinfin de lugares públicos la imagen del nuevo Redentor, con su blusa bordada, que con su sonrisita intenta inducirnos a creer que cuando se vaya la electricidad, seguirá brillando con luz propia. De tales ofensas a la libertad de creencia, María Paula Romo no nos dice ni pío: ¿por qué será?
"El Estado debía de abstenerse de imponer creencias en lugares de los que dependen las personas."
Sólo cabe aplaudir estas palabras. Ciertamente, el Estado debe de abstenerse de imponer creencias en cualquier lugar. El único problema es que esto no tiene nada que ver con el caso que fue presentado ante el Tribunal. No se trataba de que el Estado impusiera creencias: se trataba de que había un crucifijo en una aula. Y colocar un crucifijo sólo puede significar imponer una creencia en el supuesto de que la persona que viera el crucifijo, o que lo tuviera cerca, se hallara forzada a creer en el crucifijo, o en algo representado por él. Para poner a prueba dicho supuesto, acabo de exponerme, no sin cierto recelo, a la visión de un crucifijo (una amiga de mi esposa me mandó uno en un fichero PowerPoint, con musiquilla y todo). ...Cero. La presencia de esa imagen delante de mis ojos no me indujo a creer absolutamente en nada. Con lo cual, el fallo del Tribunal de Estrasburgo se revela como candidato al non sequitur del año. Lo que da auténtico pavor es pensar que los jueces que emiten esas gilipolleces de fallos cobran por ello.
Con lo cual, propongo: Que el Estado debería de abstenerse de pagar cuantiosas sumas a personas que se han demostrado incapaces de seguir una línea de razonamiento coherente, o de contestar una pregunta con una respuesta que tenga algo que ver con ella.
¿Tiene importancia el caso, o la multitud de casos similares que con regularidad destaca cierta prensa sensacionalista? Al fin y al cabo, colocar un símbolo de tortura en una aula de clase es de innegable mal gusto; fuera de la secta de los cristianos (que eso sí, en Italia se entiende numerosa), nadie va a lamentar la ausencia de ese objeto en ese lugar. Pero detrás de ello hay un principio en cuestión, nada menos que el de la racionalidad: pues con tan peregrino fallo, el Tribunal de Estrasburgo está legitimando una vez más la creencia supersticiosa de que los símbolos tienen poderes más allá de los que nosotros, como individuos, voluntariamente les concedemos. Es decir, si un objeto de madera puede "imponer una creencia", entonces todos debemos andar con cuidado con lo que vestimos y con lo que decimos, no vaya a ser (por ejemplo) que mi camiseta contenga un mensaje cifrado que a otro le perturbe su personalísimo Weltanschauung; no vaya a ser que un gesto involuntario de rascarme las nalgas se interprete en determinada circunstancia como una ofensa a la dignidad de algún presidente que incautamente ande cerca en ese momento. En el ensayo Culture of Complaint, Robert Hughes destaca el caso de una camarera (mesera) en California, que en el 91 se negó a servir a un cliente con el pretexto de que él estaba leyendo la revista Playboy, hecho que según su modo de ver las cosas, era un atentado contra la autoestima de "la mujer". Tanto ella como el gerente le pidieron abandonar el local: al poco tiempo el lugar se llenó de protestantes con sendas copias de Playboy, lo cual fue seguido por una contra-manifestación de feministas. Todos ellos se supone que no se olvidaron de pedir algún tentempié del menú: se ve que en EEUU, ser intolerante realmente puede ser muy buen negocio. En todo caso, antes de que este país se deje arrastrar por semejante corriente de locura, fuera bueno dejar sentado un principio básico, a mi modo de ver impepinable: que lo que yo hago o digo o escribo o visto o leo o cuelgo en la pared no tiene por qué importarte, y si te sientes ofendido por algo de todo eso, es tu problema, no el mío. Y eso no deja de ser así aunque yo llegue a ser columnista o reportero en un medio de ésos que los teóricos del regimen dicen "sociales": en tal caso, lo único que cambia es que quienes se sientan ofendidos tienen la opción de castigarme dejando de consumir mi producto, lo cual sirve como mecanismo de regulación de demostrada eficacia, obviando la necesidad de cualquier otro.
Así que la próxima vez que te sientas tentado a protestar contra un crucifijo en una aula, acúerdate de los que tenemos que aguantar en un sinfin de lugares públicos la imagen del nuevo Redentor, con su blusa bordada, que con su sonrisita intenta inducirnos a creer que cuando se vaya la electricidad, seguirá brillando con luz propia. De tales ofensas a la libertad de creencia, María Paula Romo no nos dice ni pío: ¿por qué será?
Como siempre, muy buen post don Endivio.
ReplyDeleteA mí me ofende soberanamente la imagen, que hoy nos bombardea dondequiera y a cada rato, de SM que me quiere imponer SU visión y SU creencia. De ese, que sí es un atropello, ¿quién nos defiende? ¿El Chapulín?