Patas al revés
Tenía en ese lejano entonces una gata llamada Trotsky. Tenía también con qué costearme sus caprichos alimenticios (esas latitas Cordon-Bleu: no recuerdo cómo se llamaban, era como Nouvelle Cuisine felina) pero no me llegaba la plata para ligaduras de trompas ni nada por el estilo, aparte de que el evidente sufrimiento de la gata en celo no estaba convencido de que se podía aliviar de esa forma, o de cualquier otra forma que dejando que la espinilla de mi pierna le sirviera de gato-sustituto las veces que fuera necesario. En fin, encontró a un gato no-sustituto y dio a luz. Los dos primeros, absolutamente sin esfuerzo, en cuestión de pocos segundos, sin que ella siquiera haya asistido a clases ni que nadie le dijera que empujara, que empujara, en fin, se ve que ser de raza felina y por lo tanto no tener ninguna maldición bíblica macrocefálica pesando encima no deja de ser una bárbara suerte. Pero el último retoño era otra cosa. La Comandante del Ejército Rojo se puso a gritar y a dar vueltas, y al final tuve que asistir en el parto, si no ese desdichado se quedaba ahí a medias. Cuando salió se veía enseguida cuál era el problema: tenía las patas al revés. El gatito miraba palante, pero sus piernas patrás. Pensé que igual La Trot habría bebido de ese charco de agua después de las lluvias ésas procedentes de las estepas: "Ni qué Chernobyl ni qué niño muerto", habría dicho, "yo tengo sed."
A los pocos minutos la fundadora del Cuarto Internacional tenía a sus dos gatitos limpios y calentitos, como en salita de recuperación al lado de esos consoladores pezones. Pero al tercero, al feo, al pativirado, ni le hacía caso. Como si no estuviera. Y cuando yo se lo acerqué, ella lo apartó de nuevo. Me miró. "¿Por qué me traes esa basura?"
El animalito se murió a la media hora. Repito: no había manera de convencer a la madre de que tuviera ese "instinto" de cuidar del más débil.
¿Será porque lo había tocado? ¿Olía diferente por eso? Posiblemente, pero creo que la autora de La Revolución Permanente simplemente no estaba dispuesta a criar a un gato tan llamativamente perdedor.
Convengamos, pues, en que si las gatas no abortan es porque no pueden. La "naturaleza" poco sabe de ternura y menos de compasión. (Y eso de seguir las directrices de "la naturaleza", en todo caso... me viene a la mente la imagen deliciosa de un hombre que, camino al trabajo, se agacha a husmear los genitales de todas las hembras de su especie que encuentra por el camino. "¿Qué les pasa, señoras? ¿Les asusta la Naturaleza?"). Y convengamos también en que las mujeres que abortan lo suelen hacer, si se quiere "por egoismo", pero por ese egoismo que consiste en adecuar tus fuerzas a tus posibilidades de éxito, es decir, ése que en otros ámbitos se dignifica con el nombre de autoconservación, o de no darle latigazos a caballos muertos. Que el feto no presente señales de pativirado, de deforme, de predestinado a perdedor sólo sería relevante en la medida en que la fisiología sea el destino, cosa que se me antoja bastante no demostrado. El destino de un bebé está escrito, no tanto en sus genes (salvo casos minoritarios: hola) sino en la actitud de su madre a más de sus circunstancias personales y económicas. Y puedo dar fe de que a veces, desear cambiar nuestra actitud y poder hacerlo son cosas bien distintas.
Mientras, hay obispos para que, faltándonos hasta leche en polvo, no nos falten nunca sermones.
A los pocos minutos la fundadora del Cuarto Internacional tenía a sus dos gatitos limpios y calentitos, como en salita de recuperación al lado de esos consoladores pezones. Pero al tercero, al feo, al pativirado, ni le hacía caso. Como si no estuviera. Y cuando yo se lo acerqué, ella lo apartó de nuevo. Me miró. "¿Por qué me traes esa basura?"
El animalito se murió a la media hora. Repito: no había manera de convencer a la madre de que tuviera ese "instinto" de cuidar del más débil.
¿Será porque lo había tocado? ¿Olía diferente por eso? Posiblemente, pero creo que la autora de La Revolución Permanente simplemente no estaba dispuesta a criar a un gato tan llamativamente perdedor.
Convengamos, pues, en que si las gatas no abortan es porque no pueden. La "naturaleza" poco sabe de ternura y menos de compasión. (Y eso de seguir las directrices de "la naturaleza", en todo caso... me viene a la mente la imagen deliciosa de un hombre que, camino al trabajo, se agacha a husmear los genitales de todas las hembras de su especie que encuentra por el camino. "¿Qué les pasa, señoras? ¿Les asusta la Naturaleza?"). Y convengamos también en que las mujeres que abortan lo suelen hacer, si se quiere "por egoismo", pero por ese egoismo que consiste en adecuar tus fuerzas a tus posibilidades de éxito, es decir, ése que en otros ámbitos se dignifica con el nombre de autoconservación, o de no darle latigazos a caballos muertos. Que el feto no presente señales de pativirado, de deforme, de predestinado a perdedor sólo sería relevante en la medida en que la fisiología sea el destino, cosa que se me antoja bastante no demostrado. El destino de un bebé está escrito, no tanto en sus genes (salvo casos minoritarios: hola) sino en la actitud de su madre a más de sus circunstancias personales y económicas. Y puedo dar fe de que a veces, desear cambiar nuestra actitud y poder hacerlo son cosas bien distintas.
Mientras, hay obispos para que, faltándonos hasta leche en polvo, no nos falten nunca sermones.
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