Otro país
La cámara termina por rebelarse contra su esclavitud antropocéntrica: ahora, desde hace un rato, está filmando maleza.
Estamos viendo unas ortigas, montes, ay, la verdolaga. Un ciempiés, nuestro posible protagonista. Un gato que se pasea y se va. Cucarachas. Unas piernas humanas, algo inestables, empantalonadas, que se detienen en el lugar un minuto: cae algo de ceniza, luego una colilla que el ser humano no se molesta en pisar. Se fue. Si pensaste que la cámara lo seguiría, que por fin arrancaba la trama, es que te equivocaste de historia. Nos quedamos con el lugar, para siempre: verdoso con muchas sombras, algo de humedad (lluvias recientes), moscas en abundancia. Basura también, bastante. Hasta un fósil de zapato deportivo. Cerquita, una sombra de ciprés.
Este país es el que prefiero. De vez en cuando hay que mirar por la ventana. Aquí dentro sólo hay prejuicios. Aquí dentro sólo importan las historias humanas, que reducidas a simples argumentos atemporales y sin mirar el paisaje, son predecibles y desechables. Cansan como la vejez misma.
Ese lugar en que no caben los juicios morales, excepto como tontos y torpes invitados, es mi hogar. La dignidad del desecho es sabia e inquebrantable. Toda basura auténtica tiene un elemento aleatorio que la distingue de nuestros triviales artefactos. Somos incapaces de ser plenamente basura, sólo la podemos ir imitando hasta que al final nos llame a ser absorbidos en ella.
Si la cámara se moviera un poco (no lo hará, está decidida a quedarse aquí), nos revelaría un hombre acostado entre la maleza. Está acurrucado por el frío incierto de la madrugada: sus ropas son viejas y sus arrugas, profundas. No parece ser protagonista de nada. No dispone, obviamente, de un futuro; o si le espera uno, no le interesa. Ha caminado mucho, sin ir a ninguna parte. Los insectos del lugar no lo quieren, pero él tampoco los molesta. Su cara es un rechazo a toda sociedad. Ha venido a refugiarse de una presencia depredadora que le acecha por los caminos.
Cerca, casi al lado suyo, hay otro igual, en la misma posición fetal, también dormido. Y después otro, y otro. Ninguno sabe de la existencia de su vecino, ni quiere saber. Todos dormidos o drogados.
Empieza a caer la lluvia, y a inundarse el lugar.
Ellos no se despiertan. Paulatinamente, el agua los arrulla y al final los cubre. Se supone que se ahogan, sin despertarse. O tal vez ya estaban muertos antes.
Nuestro ciempiés se refugia en la grieta de una pared. La colilla flota.
Estamos viendo unas ortigas, montes, ay, la verdolaga. Un ciempiés, nuestro posible protagonista. Un gato que se pasea y se va. Cucarachas. Unas piernas humanas, algo inestables, empantalonadas, que se detienen en el lugar un minuto: cae algo de ceniza, luego una colilla que el ser humano no se molesta en pisar. Se fue. Si pensaste que la cámara lo seguiría, que por fin arrancaba la trama, es que te equivocaste de historia. Nos quedamos con el lugar, para siempre: verdoso con muchas sombras, algo de humedad (lluvias recientes), moscas en abundancia. Basura también, bastante. Hasta un fósil de zapato deportivo. Cerquita, una sombra de ciprés.
Este país es el que prefiero. De vez en cuando hay que mirar por la ventana. Aquí dentro sólo hay prejuicios. Aquí dentro sólo importan las historias humanas, que reducidas a simples argumentos atemporales y sin mirar el paisaje, son predecibles y desechables. Cansan como la vejez misma.
Ese lugar en que no caben los juicios morales, excepto como tontos y torpes invitados, es mi hogar. La dignidad del desecho es sabia e inquebrantable. Toda basura auténtica tiene un elemento aleatorio que la distingue de nuestros triviales artefactos. Somos incapaces de ser plenamente basura, sólo la podemos ir imitando hasta que al final nos llame a ser absorbidos en ella.
Si la cámara se moviera un poco (no lo hará, está decidida a quedarse aquí), nos revelaría un hombre acostado entre la maleza. Está acurrucado por el frío incierto de la madrugada: sus ropas son viejas y sus arrugas, profundas. No parece ser protagonista de nada. No dispone, obviamente, de un futuro; o si le espera uno, no le interesa. Ha caminado mucho, sin ir a ninguna parte. Los insectos del lugar no lo quieren, pero él tampoco los molesta. Su cara es un rechazo a toda sociedad. Ha venido a refugiarse de una presencia depredadora que le acecha por los caminos.
Cerca, casi al lado suyo, hay otro igual, en la misma posición fetal, también dormido. Y después otro, y otro. Ninguno sabe de la existencia de su vecino, ni quiere saber. Todos dormidos o drogados.
Empieza a caer la lluvia, y a inundarse el lugar.
Ellos no se despiertan. Paulatinamente, el agua los arrulla y al final los cubre. Se supone que se ahogan, sin despertarse. O tal vez ya estaban muertos antes.
Nuestro ciempiés se refugia en la grieta de una pared. La colilla flota.
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