Das Copital
"You might think he loves you for your money/But I know what he really loves you for..." (RZ)Nacer: es algo que la mayoría hacemos una sola vez, algunos dos veces (eso dicen) pero raramente pasan de ahí. Sin voluntad (seguramente) ni consentimiento por nuestra parte, nos ocurre eso de salir afuera de ese hogar tan cómodo y bien equipado donde hasta entonces vivíamos, y acto seguido, en cuestión de segundos o de minutos, nos olvidamos del asunto, preocupados por tetas más urgentes. De hecho, podría ser el único evento en la vida del ser humano donde el olvido esté garantizado para todos. (Hay algún escritorcillo por ahí que dice que recuerda nacer: los escritores son mentirosísimos, no te fíes de ninguno.)
Por todo lo dicho, siempre me ha parecido muy raro que la nacionalidad de uno tenga que ver con el nacimiento, aunque tal relación goce del nihil obstat de la etimología. Quiero decir que el hecho de que yo haya nacido en tal sitio, siendo que no me acuerdo ni del sitio ni del acontecimiento en sí, a todas luces tiene derecho a considerarse el dato más insignificante de mi vida, mucho menor en importancia que (por ejemplo) la cuestión de dónde estaba la penúltima vez que me rasqué la cabeza, o el lugar preciso en que me encontraba la primera vez que me di cuenta de que “Colegio Americano” era anagrama de “A cocoa ‘n’ oil regime”. El lugar o el país de nacimiento es un dato tan extraordinariamente, microscópicamente trivial, que si viviésemos en una sociedad mínimamente racional, darle importancia sería considerado señal inequívoca de desequilibrio mental, o de un extraño y pintoresco fetichismo. Y a pesar de todo eso, ese lugar de nacimiento es tenido en tan alto estima, que determina nada menos que nuestra “nacionalidad”, atributo imaginario que nos lleva directamente al bestiario de los estereotipos, los patriotismos y las xenofobias. (La xenofobia es tal vez la más triste de las fobias, pues significa temer lo que realmente no existe: el “alien”, el ser humano “de otra raza”.)
Seamos claros: la “nacionalidad”, el accidente de hallarse la madre de uno en tal o cual zona geográfica en el momento de alumbrar, no es más que una estupidez burocrática. Mejor sería (no mucho mejor, pero algo preferible) que la nacionalidad se determinara según el país en donde por primera vez uno haya follado: ahí, por lo menos, habría un elemento de libre elección, y además se trataría de un evento del cual uno puede guardar memoria (aunque en caso mío, lo poco que recuerdo de ese evento no se diferencia mucho, ni en extensión ni en solemnidad ni en fuerza evocadora, de una tira de Condorito de tres o cuatro paneles en un suplemento dominical. Comencé mi carrera amatoria en clave vodevilesca).
Ach, no me hagas caso. Nací británico, por mis pecados, y como todo británico que se precie, soy mal perdedor. Eso es todo.
La verdad es que todavía no me creo esto. A solas en el carro, y con nada menos que ¡quince minutos! para escribir antes de empezar la clase. Pero la nacionalidad, ahora que lo pienso un poco, no es un tema que dé mucho de sí. Busquemos otro tema más fructífero. Sí, ya lo tengo: el sombrero de copa de la Maggie.
Estamos ya a treinta años de su primera victoria electoral, pero la efeméride no ha suscitado demasiado comentario acá. Para diferentes opiniones sobre el legado de la Maggie, el blog de Albert Espulgues. Si me preguntan a mí, diré que ser un adolescente fantasioso, acomplejado e introvertido en la Inglaterra thatcheriana de entonces fue una experiencia horrible, pero bueno, también lo es (se supone) el nacer, y ya de eso apenas nadie se queja, por las razones ya mentadas. Como ella gustaba de decir siempre antes de meter otro gatito vivo en el microondas, “There Is No Alternative”. Bien puede ser verdad. Entre Larkin y Vargas Llosa, uno se siente bastante, digamos, acorralado, y más cuando hay nada menos cuatro tenedores y uno se ha olvidado su Bluffer´s Guide to Wines.
Orwell ya lo decía (en 1984): para el caricaturista, no hay capitalista sin sombrero de copa, y por tanto, para los adoctrinados del futuro tampoco habrá habido. Tanto es así, que hasta aquellos seres amorfos, pérfidos y sonrientes que pueblan las viñetas de Lucas en El Telégrafo se visten únicamente de corbata y de Zylinder: en eso no hace más que recalentar una mustia convención izquierdista (el habano se suprime, tal vez por deferencia a algún dictador del Caríbe). Tal vez se trate de la misma necesidad religiosa de la gente de “creer en algo”, que hace que a los esposos engañados les ponemos cuernos, y a los malvados capitalistas, sombreros de copa o amontonadas pelucas: a aquellos Como quienes No Queremos Ser hay que adornarles la cabeza, preferentemente, con algo imaginario. Y es por eso, porque desde que el mundo es mundo ningún capitalista, ni grande ni pequeño, se ha visto en la prosaica realidad llevando tal extravagante artilugio más propio de prestidigitadores y saltimbanquis, que fascina el gesto de la Maggie en el funeral ése de su pana Ronnie.
Claro que no es un sombrero de copa en toda la regla, sino la idea que pudiese tener de uno una de esas monjas abnegadas que crean los outfits de los altos vuelos: que bordan, por ejemplo, las sagradas blusas de los superpresidentes sudamericanos. Pero cae bastante cerca. Cuando lo vi por la tele, solté un taco. ¿Cómo coño se atrevía a aparecer en público vestida así? Que se parodiaba a sí misma, evidente; pero pensándolo bien, ¿alguna vez hizo alguna otra cosa? En eso estaba gran parte del dolor ése de los 80, que todavía escuece antes de llover: el dolor del gran consenso biseccionado por una estrecha autoparodia feroz que no se iba. Vaya si se quedaba. Por eso ahora estudian sus orígenes preglaciares y su contribución al brote de la peste bubónica allá por el 1348. Tenía que haber estado allí, también. Era algo tan eterno como la lluvia, como el mal humor, como la desesperación callada. Algo maligno que no se iba, que no se iba. Algo como un Hugo Chávez, un maestro de la UNE, o un enfisema. Algo que estropea la vida (de algunos) ya para siempre.
Y yo que podría, en otras circunstancias, haber escrito sobre rosáceas carreteras llenas de ortigas, de buitres y de enanos copulando con polvorientas niñas que se dedican a vender mascarillas quirúrgicas. La enfermedad puede. También puede el hecho de que ahora, en este otoño avanzado que casi es invierno en una vida sin sentido, me estoy volviendo capitalista, estoy en todo este trámite de capitalizarme, por eso ya no tengo apenas tiempo para nada más. El único detalle que puede sorprender es que tenga la osadía de querer ser capitalista sin tener capital. Llámenlo desesperación y acertarán bastante. En todo caso, me estoy dando cuenta de que haber leído a Kafka con 14 años fue un craso error: a ese tipo hay que leerlo tras haber intentado conseguir el permiso del Uso del Suelo, requisito para el Permiso del Municipio que a su vez sirve para el Permiso del Benemérito Cuerpo (ay, Yersinia de mis amores, quién tuviera permiso para un cuerpo así de benemérito…). A Kafka hay que leerlo tras haber escuchado: vuelve cuando las fotos de los extintores las tenga impresas en el papel fotográfico adecuado, en el tamaño adecuado, y no olvide que para que los extintores funcionen necesitan estar colgados dentro de un cuadrado rojo, cuyas dimensiones aprenderá en su cuarta visita, si hemos comido bien. Todo lo cual no tuviera importancia si algún día pudiese respirar.
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