Las barbas del vecino (2)
Ella se llamaba Nuria, y de todas mis novias fue la más radicalmente pequeñoburguesa. Hija de una familia en que todos menos ella (padre, madre, hermanas) eran farmaceúticos, con sendos dispensarios estratégicamente posicionados en diferentes barrios de la ciudad, ella marcó la diferencia al decantarse por la oftalmología. Como todas mis novias de esa época, fue alumna mía (eso de dar clases a adultos algo bueno tenía que traer), y la conquista no fue precisamente fácil: el coup de grâce, creo que fue aquel día en que acudí a su óptica cargado de bolsas de compras del mercado: ella aceptó salir conmigo a condición de que no volviera a traer locuaces y escarabajudas lechugas a su local. Eres increíblemente feo, decía ella, pero tienes otras cualidades. Nunca supe cuáles eran, pues en esa relación no hubo apenas nada parecido a la comunicación. En su lugar, lo que había era ritual. Fue entonces cuando descubrí que la existencia pequeñoburguesa catalana era eso, ritual y sólo ritual y por si acaso, más ritual. A las once de la mañana, tocaba el vermút. A partir de las nueve de la noche, tocaba sexo (shaken, not stirred), normalmente en el carro (un Suzuki Swift) o en aquel departamento que yo compartía con un irlandés borracho permanentemente ausente. Los fines de semana, la playa de Castelldefells (más sexo, con toallas encima, del color de la temporada, que entonces era lila) o "la Masía", es decir ese segundo hogar imprescindible para cualquier catalán de cepa, con piscina y rústicos sirvientes (en serio) que hasta traían la comida a la mesa, todo ello esmeradamente calcado de alguna telenovela argentina de gente guapa. Ni siquiera faltó el caballo, que ella guardaba en un pequeño cerco, y montaba con la espalda bien recta y un incalificable toque lawrenciana. Duró aquella relación lo que suele durar en mi vida cualquier tipo de ritual, antes del ya no puedo más con esto. Ella lloró decorosamente cuando al final le dije (en el carro, todo lo que hablábamos siempre fue en el carro) que en otro lugar del mundo freían espárragos. Yo también lloré, pero algo más tarde, recordando aquellas piernas, aquella costosísima silueta envuelta en trapos de alta costura, aquel fino encaje interior, aquel increíble desconocimiento de la cistitis, aquellas eficientes y fluorizadas felaciones. Confieso que también me encantaba "ser visto" con alguien que recordaba físicamente a una Pantoja benjamina o una María del Mar Bonet pasada por gimnasia. No era nada de fanfarronería: simplemente, tengo debilidad por lo surreal.
Mi actual mujer no entiende por qué no me casé con aquélla. De haberlo hecho, tuviera apartamento gratis y una clase social a prueba de estagflaciones múltiples (su papá era coleccionista de arte, y había descubierto a Sorolla algunos años antes de esa revalorización al alza que de la noche a la mañana convirtió a su colección en un tesoro multimillonario: por eso, tal vez, su tendencia a regalar apartamentos a los yernos). Lo que pasa es que a los hombres (excepto a los franceses) no nos inculcan el valor de los matrimonios por interés. Nefasta cosa es la educación sexista.
En fin. A lo que voy es esto: que en aquella relación de lo que nunca hubo carestía es de preservativos, pues con toda su familia en el negocio farmaceútico, cosa simple era bajar al sótano y extraer de esa biblioteca de látex que ahí había, algún nuevo y sugerente tomo, con un título tipo "Carefree", "Extra Close", "Intimacy", "Safe Love", etcétera. En poco tiempo yo me había erigido (es un decir) en conoisseur de condones, con dones de auténtico espermicida en serie, sin haber tenido que pagar ni un centavo por esa educación tan necesaria, pues en ningún momento a Nuria se le ocurrió que lo sustraido del stock parental tendría que reembolsarse: toda esa deuda la suponía condonada por la generosidad de sus padres, quienes, sin embargo, oficialmente no estaban al tanto del lado clínico de nuestra relación, lo que imprimía un delicioso aire furtivo a esas frecuentes visitas al almacén.
Y eso duró hasta el extraño, inesperado y totalmente imaginario suceso que voy a relatar.
Una noche, acabábamos de visitar el sótano de la farmacia materna, de donde habíamos extraído 26 condones, previo a un fin de semana en la playa de Castelldefells: los preservativos yacían en la guantera del carro, y estábamos a punto de despedirnos para ir a los respectivos domicilios. De repente nos vimos rodeados de carros de policía, carros con distintivo oficial del gobierno español, y furgonetas con el logotipo de diferentes medios de comunicación nacionales, entre ellos RTVE. Un grupo de tres policías bajaron de su vehículo, y sin mediar palabra, procedieron a introducir una palanca de hierro en la puerta de atrás del Suzuki, hasta conseguir abrir la puerta a la fuerza (en realidad, el seguro no estaba puesto, pero esos policías habían visto mucho Starsky & Hutch como para averiguar ese detalle de antemano). Acto seguido, se metieron en el asiento de atrás tres guardias civiles, diez policías nacionales, el director de RTVE, el Ministro de Comercio, cinco abogados, dos detectives forenses, quince funcionarios del Ministerio de Hacienda, y siete reporteros dotados con cámaras de televisión y micrófonos.
Sobra decir que nos sentimos en ese momento un poco claustrofóbicos.
"Tenemos orden de allanamiento de este carro," explicó uno de los abogados, intentando sin éxito llevar la mano al bolsillo en busca de sustento documental. "Nuestra misión consiste en la inspección, incautación y recolección de evidencias y elementos de prueba que se encuentren vinculados con alguna actividad ilícita y cualquier otra evidencia de interés criminalístico".
"Ah," dijo mi compañera. "Pero ¿puedo preguntar de qué actividad ilícita se trata?"
"No sabemos todavía," dijo el Ministro del Comercio, "pero está claro que alguna actividad ilícita tiene que haber, pues ustedes llevan en la guantera 26 preservativos, número muy superior a lo que cualquier pareja razonablemente puede necesitar en un solo fin de semana. Además, las entrevistas que hemos realizado a las antiguas amantes de este individuo - " (señalándome a mí) "nos hacen creer que, si bien el promedio de eyaculaciones masculinas diarias a nivel nacional está en 5,2 según la Oficina Nacional de Estadística, el promedio personal de este frío y exangüe británico no supera el 2,1, por lo cual está claro que aquí se está tramando algún negocio oscuro."
En este momento, hubiera deseado no encontrarme frente a una cámara de televisión que recogía cada ínfimo gesto facial con su despiadado objetivo.
"Y entonces ¿qué piensan hacer?" balbuceé con voz débil.
"Nada, nos llevamos estos 26 preservativos a nuestros laboratorios para someterlos a prueba, lo cual determinará su grado de culpabilidad. Mientras tanto, si fuera usted tan amable nos gustaría que protestara, que llorara o gritara, algo por el estilo. Estamos transmitiendo esto por cadena nacional, y necesitamos entretener a nuestros espectadores."
"¿Quiere decir que todo esto lo está viendo la gente en este momento?"
"Por supuesto. A propósito, el Primer Ministro acaba de anunciar que va a nacionalizar la producción de preservativos en este país. Ya está bien de evitar de tener hijos solamente para perjudicar al Estado en concepto de impuestos perdidos. Ahora verán lo que hacen con los nuevos profiláctico nacionales patrióticamente perforados. Ahora vamos en serio," añadió, mascando una pequeña ramita de orozuz entre sus prominentes dientes incisores.
Y aquí se acaba la parte inventada de esta historia, pues por muy surreal que lo intento hacer, en nada compite con la realidad de lo que se vive allá en Venezuela. Sólo que para darle por lo menos esa pátina de credibilidad que le falta, tendría que haber ubicado la historia en Caracas, y tendría que haber sido yo propietario de una emisora televisiva opositora al gobierno; por lo demás, una típica historia de cada día en ese Absurdistán que día a día se va pareciendo cada vez más al de acá.
(Carlitos, sabemos dónde viveeeeee... )
Mi actual mujer no entiende por qué no me casé con aquélla. De haberlo hecho, tuviera apartamento gratis y una clase social a prueba de estagflaciones múltiples (su papá era coleccionista de arte, y había descubierto a Sorolla algunos años antes de esa revalorización al alza que de la noche a la mañana convirtió a su colección en un tesoro multimillonario: por eso, tal vez, su tendencia a regalar apartamentos a los yernos). Lo que pasa es que a los hombres (excepto a los franceses) no nos inculcan el valor de los matrimonios por interés. Nefasta cosa es la educación sexista.
En fin. A lo que voy es esto: que en aquella relación de lo que nunca hubo carestía es de preservativos, pues con toda su familia en el negocio farmaceútico, cosa simple era bajar al sótano y extraer de esa biblioteca de látex que ahí había, algún nuevo y sugerente tomo, con un título tipo "Carefree", "Extra Close", "Intimacy", "Safe Love", etcétera. En poco tiempo yo me había erigido (es un decir) en conoisseur de condones, con dones de auténtico espermicida en serie, sin haber tenido que pagar ni un centavo por esa educación tan necesaria, pues en ningún momento a Nuria se le ocurrió que lo sustraido del stock parental tendría que reembolsarse: toda esa deuda la suponía condonada por la generosidad de sus padres, quienes, sin embargo, oficialmente no estaban al tanto del lado clínico de nuestra relación, lo que imprimía un delicioso aire furtivo a esas frecuentes visitas al almacén.
Y eso duró hasta el extraño, inesperado y totalmente imaginario suceso que voy a relatar.
Una noche, acabábamos de visitar el sótano de la farmacia materna, de donde habíamos extraído 26 condones, previo a un fin de semana en la playa de Castelldefells: los preservativos yacían en la guantera del carro, y estábamos a punto de despedirnos para ir a los respectivos domicilios. De repente nos vimos rodeados de carros de policía, carros con distintivo oficial del gobierno español, y furgonetas con el logotipo de diferentes medios de comunicación nacionales, entre ellos RTVE. Un grupo de tres policías bajaron de su vehículo, y sin mediar palabra, procedieron a introducir una palanca de hierro en la puerta de atrás del Suzuki, hasta conseguir abrir la puerta a la fuerza (en realidad, el seguro no estaba puesto, pero esos policías habían visto mucho Starsky & Hutch como para averiguar ese detalle de antemano). Acto seguido, se metieron en el asiento de atrás tres guardias civiles, diez policías nacionales, el director de RTVE, el Ministro de Comercio, cinco abogados, dos detectives forenses, quince funcionarios del Ministerio de Hacienda, y siete reporteros dotados con cámaras de televisión y micrófonos.
Sobra decir que nos sentimos en ese momento un poco claustrofóbicos.
"Tenemos orden de allanamiento de este carro," explicó uno de los abogados, intentando sin éxito llevar la mano al bolsillo en busca de sustento documental. "Nuestra misión consiste en la inspección, incautación y recolección de evidencias y elementos de prueba que se encuentren vinculados con alguna actividad ilícita y cualquier otra evidencia de interés criminalístico".
"Ah," dijo mi compañera. "Pero ¿puedo preguntar de qué actividad ilícita se trata?"
"No sabemos todavía," dijo el Ministro del Comercio, "pero está claro que alguna actividad ilícita tiene que haber, pues ustedes llevan en la guantera 26 preservativos, número muy superior a lo que cualquier pareja razonablemente puede necesitar en un solo fin de semana. Además, las entrevistas que hemos realizado a las antiguas amantes de este individuo - " (señalándome a mí) "nos hacen creer que, si bien el promedio de eyaculaciones masculinas diarias a nivel nacional está en 5,2 según la Oficina Nacional de Estadística, el promedio personal de este frío y exangüe británico no supera el 2,1, por lo cual está claro que aquí se está tramando algún negocio oscuro."
En este momento, hubiera deseado no encontrarme frente a una cámara de televisión que recogía cada ínfimo gesto facial con su despiadado objetivo.
"Y entonces ¿qué piensan hacer?" balbuceé con voz débil.
"Nada, nos llevamos estos 26 preservativos a nuestros laboratorios para someterlos a prueba, lo cual determinará su grado de culpabilidad. Mientras tanto, si fuera usted tan amable nos gustaría que protestara, que llorara o gritara, algo por el estilo. Estamos transmitiendo esto por cadena nacional, y necesitamos entretener a nuestros espectadores."
"¿Quiere decir que todo esto lo está viendo la gente en este momento?"
"Por supuesto. A propósito, el Primer Ministro acaba de anunciar que va a nacionalizar la producción de preservativos en este país. Ya está bien de evitar de tener hijos solamente para perjudicar al Estado en concepto de impuestos perdidos. Ahora verán lo que hacen con los nuevos profiláctico nacionales patrióticamente perforados. Ahora vamos en serio," añadió, mascando una pequeña ramita de orozuz entre sus prominentes dientes incisores.
Y aquí se acaba la parte inventada de esta historia, pues por muy surreal que lo intento hacer, en nada compite con la realidad de lo que se vive allá en Venezuela. Sólo que para darle por lo menos esa pátina de credibilidad que le falta, tendría que haber ubicado la historia en Caracas, y tendría que haber sido yo propietario de una emisora televisiva opositora al gobierno; por lo demás, una típica historia de cada día en ese Absurdistán que día a día se va pareciendo cada vez más al de acá.
(Carlitos, sabemos dónde viveeeeee... )
Y eso te parece absurdo?
ReplyDeletePara festejar el Día de la Madre, Venezuela lanzó el teléfono celular más barato del mundo, el llamado vergatorio.