De Profundis (1)

He evitado referirme al tema de Honduras, por varias razones bien sencillas. Primero, esto no es un blog político. Miren bien el subtítulo. Las referencias a temas de política se han de tomar en plan “demonios personales”: bastante tengo con los míos propios. En segundo lugar, no conozco el país en cuestión, y entre las pocas referencias que tengo respecto a ese, sin duda, hermoso territorio (el epíteto, tengo de buena fuente que calza al menos para la población femenina) es el nombre, que siempre me pareció extremadamente poético. Honduras, profundidades: tierra profunda, entonces, como una mirada precolombina en un mercado de víveres, o como una sentencia de un antiguo escritor clásico. Honda como esto:

Homo sum, et nihil humanum a me alienum puto
que algunos toman como pretexto para interferir en lo que no les concierne (nihil honduram, &c): siempre hay quien no sabe leer bien. Ante las honduras conviene mantener el equilibrio, poniendo a prueba aquellos sentidos que ni los dignamos con un nombre, pero que nos impiden tambalearnos constantemente.

Que el Zelaya ése sea un pobre desgraciado, sin solvencia ideológica y con un patético afán de agarrarse al poder a como dé lugar, se me antoja demostrable; que los que le echaron para hacerse con el poder sean de la misma calaña, o peores, quizás también. La lección, que el maniqueísmo político y el reduccionismo son pobres consejeros, ojalá se aprenda acá antes de que, por ejemplo, un triunvirato de miserables (pongamos por caso: Alvarito, Lucio y el Espíritu Santo) se hagan con unos cuantos tanques y pretendan, ante las evidentes falencias del gobierno actual y aprovechando alguna fabriciada de aquéllas, instaurar algún remedo de Salvación Nacional, con botas lustradas y clausuras de medios incluidos. Hay muchos remedios que son peores que la enfermedad: casi osaría decir que cualquier remedio, si se sobrepasa en mucho la dosis recomendada. En el caso de los gobiernos, lo recomendado (por los clásicos, por quienquiera con dos dedos de frente) es dosificar el poder, concediéndole al aspirante lo suficiente para que su mujer e hijos se sientan orgullosos de él, y sea un tigre en el catre, y nada más. Nadie, por muy mesiánico que se vista, se merece un trato de Padre de la Nación o de Guardián Sagrado de las Llaves de la Moral Pública. Y por si acaso, nadie, salvo que tenga tutela de menores de edad, tiene el deber de velar por la salubridad de lo que otros ven o leen.

O sea que, ante la duda, a plague o' both your houses! (Digamos en plan revolucionario: ¡una plaga en cada barrio y en cada casa!) Postura con la que mis fieles lectores ambos estarán ya familiarizados.

No considero ajeno a mí nada que sea realmente humano.

Pero tal vez lo humano empieza a verme a mí como bicho raro. Que yo no puto no significa que el otro no pueda putar, o de hecho que no pute.

No sé. Algo ha pasado desde que vine a este país y me sentí durante unos breves meses libre, libre de posesiones (¡imagine!), de religiones, de clases sociales, de países y de toda esa basura. Entonces, mi mundo se reducía a unos recuerdos, no del pasado sino de un presente continuo a otro lado del océano, picante por lo distante; a un balcón (siempre ha habido), a unos jugos, a una mujer, a una bicicleta (no mía, sino vista desde el balcón), a una guitarra arisca y rencorosa, a unas calles agrietadas y llenas de huecos alegres y peligrosos, por lo que había que caminar cabizbajo como monja. A una flota de autobuses destartalados todos conducidos por Stirling Moss. A una sorprendente falta de complicaciones metafísicas y de tabúes seculares.

Ahora empiezo a tener nostalgia de esos tabúes. No puedo evitar de ser complicado.

La otra noche se fue la luz (vivo en Durán) y encendí una vela para acostarme. En el momento de querer apagar la vela, soplé como diez veces, a una distancia mínima de la llama, y no conseguí apagarla. Eso se llama enfisema: no tener ya pulmones. Lo de la vela significa que estoy a pocos meses de morir. Es un milagro que haya seguido con vida hasta ahora: no sé de dónde mi cuerpo todavía saca oxígeno. Por lo que respecta a la muerte, la veo como un merecido descanso. Nunca he tenido mucho apego a la vida: la mía ha sido una miseria por lo general, eso sí, con algún que otro momento de maravillosa claridad por el camino. Me gustaría terminar recordando esos momentos, saboreándolos. Pero veo que terminaré, hasta el último día, luchando para sacar adelante a la familia, para dejarles algo: el último día de mi vida me lo pasaré maldiciendo de nuevo, por alguna nueva razón que cada día las trae, al Municidio de Guayaquil, pues mi lucha hasta estos momentos ha sido contra la estupidez, contra ese ejército de estúpidos.

Aquella noche, conciliado el sueño (para quien no lo haya tenido en alguna vida anterior, el enfisema se revela en un ensanchamiento progresivo del pecho, pues ante la degeneración de los pulmones el cuerpo responde abriendo las costillas, buscando hacerse más grande, por lo tanto uno al acostarse se siente como si tuviera un barril metido en el cuerpo, que se pelea dolorosamente por salir, lo que con la constante sensación de ahogo dificulta el sueño), soñé que estaba recién casado con una chica joven, inocente y fresca, y que la madre de ésta, una señora bigotuda, se empeñaba en vivir en nuestra casa de recién casados. Cuando me iba a acostar con esa chica, en la noche nupcial, la terrible suegra insistió en estar presente, en nuestra misma cama, pues decía que como ella le había dado de comer a su hija todos esos años, tenía derecho a estar presente y a velar para que a su hija no le pasara nada malo. Cuando empezaba a tocar, tímidamente, a esa chica, la madre interrumpió: “No, eso no se lo permito, señor, eso sí que no. Su matrimonio ha de ser incorpóreo.” Y ante mi negativa a cumplir con esa exigencia, la suegra se puso a gritar que necesitaba que yo le trajera una cola de la cocina. Fue cuando me desperté, a tiempo para darme cuenta del significado demasiado evidente del sueño. Y es que el Municidio de Guayaquil, ese ratero de corruptos, no contento con exigir un sinfín de “permisos” con nombres ridículos, y coimas para que las respectivas carpetas “no se pierdan entre los papeles”, hace tiempo nos comunicó que el letrero, en que gastamos $800, no sirve, pues en zona regenerada los letreros han de ser con “letras corpóreas” (a menos que uno se llame Banco de Pichincha o Burger King, evidentemente). El chiste es que para sacar un permiso de letrero, hay que enseñar una fotografía del mismo: evidentemente no colocado en su sitio (no hay permiso para eso todavía), pero sí en taller, con lo cual uno tiene que hacer el letrero y pagarlo antes de saber si hay permiso o no. En este caso no hubo suerte. Hemos vendido el carro para poder seguir comiendo, y de eso ya tampoco queda apenas nada. En ésas estoy.

Claro que cualquiera que se encuentre en las profundidades del sufrimiento, tiene derecho a esperar que aparezca un hada madrina, o un genio en una botella, o un deus ex machina, o un aardvark con pata de palo, o algo por el estilo. En mi caso, generalmente aparecen sicólogas, de aquéllas que escriben con tinta verde, y que creen a pies juntillas en el Feng Shui, en las Flores de Bach, en las soluciones ganar-ganar, en la autoestima, en los sesos de garza, en los derechos sociales, o en las pulseras de cobre para el reumatismo.

Y es que mi mujer insiste en tener la tele puesta cuando se acuesta. (Did you have anything on? - I had the radio on.)

Así que, en medio de un programa de esos en que siempre sale un tipo rollizo medio amariconado con pelo de graduado en antropología, o una tipa con nalgas postizas que cada cinco segundos apuntan hacia el oeste (hay dos vedettes de ésas, una flaca y otra primorosa, y creo que comparten las mismas nalgas, sólo que la más gordita cuando llega su turno las coloca al revés, estilo “llevo cuatro meses flotando en una estación espacial, y qué”), o un enorme cantante bobo que ama la naturaleza, sale una sicóloga aniñada que a todo contesta que eso también es muy importante. El tema, por lo visto, era “la mentira”. Ajá.

“Pues yo…”

“¡Mentira!”

“…creo…”

“¡Mentira!”

“… que no deberíamos…”

“¡Mentira!”

“…juzgar…”

“¡MENTIRA!”

“.. de forma…”

“¡Cuánta mentira!”

“…apresurada…”

“¡Mentiroso!”

“… lo que el otro intenta comunicar…”

“¡Y no para de mentir!”

(Seguro que también has tenido conversaciones así.)

“… mediante tamaño alarde de inocente mitomanía.”

Es decir, no odio la mentira, por lo menos desde que me leí el Quixote. Me parece exagerado odiar algo tan inofensivo y tan entrañable como la simple mentira, que por lo general no es más que simple protocolo de poligamia (men+tira, somos así) escoltado de cobardes y bonachonas intenciones, botellas de cerveza medio vacías y flores baudelairianas. Lo que sí se me da a veces por odiar es esa confusión tan latina entre mentira, locuaz ignorancia e inocencia, esa exigencia pedante de que el otro diga siempre “la verdad” aunque nada sepa de ella, como si toda palabra no encerrara su verdad así sea por via negationis. Esa actitud tan de barbero, que tarde o temprano deriva en autodafé de Amadises y Palmerines, creo que lo lleváis arrastrando desde los tiempos romanos, y todo viene de ese rencor tan imperial por parte de las legiones del César por no haber sido ellos los que descubrieron el cero. Como dicen los catalanes, Elis Elis. Relájense y disfruten de la ficción, que para eso está.

Los odiadores de la mentira, ¿serán simples cojudos que han vuelto a creer lo mismo cuando ya cantaba? Como dijo el sabio G.W. Bush: fool me once - shame on you. Fool me twice – hey guys, was that an awesome drive or what?

Actualmente, la obsesión de los ecuatorianos por el polígrafo se ha vuelto hilarante.

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