Fascinante

La sicomancia (aka sicología), es decir, el supersticioso intento de reducir el comportamiento humano a esquemas bobalicones capaces de garabatearse en tinta verde al margen de un cuaderno lleno de figuras estilizadas de niñas Barbie con corsé y tiara a juego, no tiene nada que ver con la huevomancia, ese saber ancestral, celosamente transmitido de madre a hija, que consiste en adivinar el futuro de un hombre tocándole los testículos. Descubrí sobre la huevomancia al azar, hace años, leyendo en no sé qué grupo de Usenet un cuento de ésos que te hacen pensar que en la literatura pasa lo mismo que en la música, es decir que los que tienen más éxito comercial no son los de más talento sino aquellos que tienen los más vistosos peinados, y que para calidad está el Internet, no las librerías. En ese cuento, un tipo español acude cada día a una vieja que vive en su edificio, que le palpa cuidadosamente el escroto para a continuación pronosticarle su destino en amor, dinero, salud y lotería, todo por el módico precio de tres euros. La cual tampoco debe confundirse con la ovomancia ecuatoriana, que en lugar de testículos trabaja con huevos de gallina y padrenuestros a fin de neutralizar los males de ojo y enfermedades similares. Lo que tienen en común las dos últimas es que se trata de artes de cierta solvencia y respetabilidad, lo que no se puede decir, evidentemente, de la primera. La sicología de arte nada tiene, y de ciencia, lo que yo de atleta. (Si no, pregúntele a cualquier sicólogo: cuál es la unidad de medición de la autoestima, y cuáles son sus valores máximo y mínimo).

Sin embargo, esa reina de las seudociencias a veces te sale con algún que otro hallazgo digno de admiración, por ejemplo, el descubrimiento de que a veces un habano no es más que un habano. Dentro de esa categoría de hallazgos pintorescos, tal vez podemos meter esa proteica lista de trastornos mentales que cada cierto tiempo nos regala la APA, eso sí, siempre rodeado de efluvios de humores medievales, susurros de homúnculos y un cierto tufo a phlogiston. Y dentro de esa lista, el American Idol de las dolencias por cuarto lustro consecutivo habría de ser ese fascinante trastorno de personalidad narcisista, del que tan vistosamente hace alarde el actual Presidente de Todos los Ecuatorianos Menos Unos Cuantos Millones De Mediocres. Veamos:

“grandioso”: la palabra reaparece como cucaracha impisable en absolutamente todos los checklists. No exactamente en el sentido de “¿has conseguido sacar a otro locutor impertinente de las ondas? Grandioso, chico, grandioso” sino en esa otra acepción de la grandiosidad, palabra de por sí grandiosa como pocas. Esa grandiosidad es, según los expertos, lo que más define al trastornado narcisista en su verbo y en su cotidiano quehacer. Mientras otro niño se conforma con jugar a médicos y enfermeras, o a ginecólogos y pacientes (en versión pos-Woodstock), el niño narcisista ya desde la infancia sueña con ser Presidente, y a los de su séquito (no tiene precisamente “amigos”, sino discípulos) suele colocar, según el humor del día, en tal o cual cargo mini-ministerial de patio de recreo. De igual forma, aunque el narcisista ve a Dios como un simple contador de pecados, carente de originalidad y de verdadera inteligencia, sus brumosas pretensiones inmortales a veces hallan cobijo en una religiosidad improvisada, llena de misteriosas palancas de santurrón que permiten saltarse las jerarquías eclesiásticas a la vez que las metafísicas (“¿Principalidades? ¿Tronos? Por favor. A otro arcángel con ésas…”). Majestuoso en ademán y porte, desprecia la modernidad utilitaria a favor de un añejo costumbrismo del que sólo él conoce las reglas; su vestimenta suele ser tan llamativa como su afectada modestia (“no, en serio, yo no me considero el mejor: que otros, incontables, digan que yo lo sea, bueno, allá ellos…”), y va de perdonavidas por el mundo: tanto, que se le suele encontrar exculpando a quien todavía no ha dado con su yerro. Domina, claro, todos los idiomas, sin rebajarse a hablarlos; de toda ciencia sabe aquel detalle pedante que permite apuntarse un tanto sorpresivo en la conversación: es hombre de todos los renacimientos. Desdeñoso de la mediocridad, tiene un auténtico terror hacia los realmente expertos y portadores de criterio propio: tanto, que se rodea de yes-men pasmados, de acólitos con tapacuellos y de hembras dóciles y devotas, a fin de sentirse monarca en su propio reino.

Todo lo cual sería mero chisme, si no fuera porque, según la acepción generalmente admitida de trastorno en la jerga sicomántica, esas personas hacen daño.

A sí mismas, pero no es grave, pues el daño ya estuvo hecho tiempo atrás. El perfil del narcisista es el de un niño que aprendió a odiarse, tal vez por circunstancias familiares, y que encontró la solución creando una segunda personalidad, con la que se quiere identificar: esa segunda personalidad es como un vampiro que le chupa la energía a diario, pues exige todas las atenciones, todas las alabanzas, todas las pleitesías, todos los honores, dejando para ese ser mísero, para el niño herido que se esconde dentro, sólo los huesos y los desechos de ese festín de adulación. Con lo cual se explica la curiosa susceptibilidad tan característica de esa especie: ese talento para sentirse ofendido ante la más leve insinuación de que son menos que Dios, menos que quien sea, o de que hoy, los elogios serán para otro. El que otrora fuera el ser más modesto de la tierra, con el poder de repente se torna majestad, merecedor de protocolos decimonónicos, de fastos dignos de dictadores africanos, de genuflexiones y hasta de comités de defensa a su servicio; y ante la reincidencia en el menosprecio de sus atributos, el ceño adusto del emperador con el pulgar apuntando hacia abajo: a ése, a ese tal, le entreví algún gesto burlón en su morituri: acaben con él. Sos cuatrocientos, contra sus cincuenta: ¿qué esperan?

Así que el daño, el verdadero daño queda para los demás. Para todos los que se encuentran en su órbita. Para todos los que tardan demasiado en entender que sí, efectivamente, ese hombre está clínicamente loco, y si dice que él sabe mejor que tú lo que debes de ver en la tele y lo que no, es porque realmente lo siente así. Por lo que sería menester, en un sistema arcaicamente presidencial como éste, por lo menos un cuestionario precautelar previo:

¿Es usted, o alguna vez ha sido usted, o se ha sentido alguna vez, majestad?

A lo que el narcisista responderá, ineluctablemente:

¿Si me he sentido qué cosa?

(Pues lo de “majestad” lo interpretó como vocativo: vaya y siéntese en ese rincón. Eso se llama shibboleth, y sirve lo mismo para distinguir, a temprana edad, un tipo de letras de uno de ciencias: simplemente pídele pronunciar la palabra unionized).

Pero como no hay cuestionario, y como las personas normalmente no disponen del manual de instrucciones antinarcisista, y en cambio sí demuestran una enorme curiosidad para ver hasta dónde puede llegar la locura ajena, tendrán que soportarle un tiempito más. Diarios caros, adiós Teleamazonas (aquí se huele concurso: veinte de los grandes dicen que yo cierro Globovisión antes que tú Teleamazonas, qué, ¿te apuntas?), fuga de capitales y niños llorones pasando por el Mar Rojo, con el faraón en los talones; un país que se inclina majuestuosamente hacia un lado, como una chimenea de central eléctrico un segundo después de estallarse la dinamita, ese increíble slow motion del derrumbe masivo de una economía que ya no toca el suelo; esa telenovela diaria de un ego mortalmente herido incendiario de una Roma demasiado barriobajero para ya soportarse sus olores, hay algo pintoresco en todo esto, no digan que no, algo fascinante, algo tan alentadoramente humano como un trasero elefantiásico enfundado en una licra, algo digno de mejores poemas.

Comments

  1. La sicología se resume un poco como la obviedad estirada con jerigonza médica y elevada a categoría de ciencia. Pero tampoco es como si no tuviera sus buenos puntos. Lo grave es que a veces se toma demasiado en serio a practicantes que no son más que astrólogos con título habilitante. La estúpida sicóloga sistémica de turno puede ser tan esquemática y prejuiciada en soltar conclusiones como el tradicional hincha de la parasicología.

    Este Correa ha hecho más que lo necesario para ponerse en evidencia en ese sentido (intoxicarse con el poder, creerse el papá del país, rodearse de yes men, matar al mensajero, asumir una postura mesiánica y demás). Lo pueblos persistan en darle cuerda a tipejos como él. Ese jerarquismo quizás debería parecería alarmante si no fuera por la normosis.

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  2. Coincido de soslayo con el amigo Quark, es casi más necesario analizar la psicología colectiva, o debería decir psicosis colectiva, que la individual, recurrente, tediosa y absolutamente predecible ante cualquier persona obsesionada con el poder. Correa padece todos los síntomas del complejo del "primero de la clase", el teacher´s pet, siempre queriendo destacar, siempre adicto a los elogios, intolerante a la crítica que cuando termina su vida de estudiante se encuentra que en el mundo real el bruto al que miraba por encima del hombro en la escuela o la U, es un tipo exitoso y acaudalado porque tuvo más visión y empuje, mientras que él, el favorito, se queda en un fracaso simplón obligado a acudir a su puestito académico en su vehículo destartalado de $1500 de avalúo.

    Es entonces cuando se plantea por qués y llega a la errada conclusión de que el problema está en el mundo y no en él. Que el mundo debería ser como la escuela donde él era el chico listo, destacado, que acaparaba los premios y menciones, y no esta "mierda" egoísta y opulenta que le convierte en un tipo sombrío sólo popular entre adolescentes con acné que escuchan con asombro su verbo fácil y entrenado. En fin, un caso de libro: patología crónica normalmente inofensiva hasta que de veras asumen posiciones de poder y la cagan. Normalmente, con los años, se percatan de su cagada y lloran arrepentidos.

    Mejor dedicarnos a revisar cual es el fenómeno colectivo que nos lleva a creer en la paranoia de descquiciados mesianicos.

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