Comités de Defensa de la Estupidez
No es por nada, pero yo fui votado por dos años consecutivos el profesor más feo de la Unidad Educativa Las y Los Pequeñas y Pequeños Ornitorrincos y Ornitorrincas del Saber, así que bien puedo afirmar que mi autoridad en estas materias ha sido avalada en las urnas. Y cuando digo “en estas materias”, es obvio que me refiero a cualquier materia, sea o no de mi incumbencia, pues ya ha sido suficientemente establecido el principio según el cual una persona que haya tenido votación preferencial en cualquier tipo de elecciones, digamos por ejemplo, como asambleísta para redactar una constitución, a partir de ese momento goza de un poder absoluto, que no tiene por qué limitarse a las atribuciones propias del cargo en cuestión, sino que puede abarcar hasta (por ejemplo) la redacción de “mandatos” de obligatorio cumplimiento por parte del resto de la población. Y desde luego, tiene toda la razón nuestro Presidente al afirmar que quien no haya ganado nunca una elección debería de abstenerse de opinar públicamente sobre ningún tema, pues es obvio que quien no haya sido elegido, como mínimo, asambleísta, harto favor se le hace al categorizarlo como simple ser humano. Al seguir este sabio criterio, para empezar nos ahorraríamos mucho gasto en materia electoral, pues es evidente que, siendo el derecho de opinar atribución exclusiva de los que están en el poder, no sería apenas necesario seguir con esa misma aburrida rutina de las elecciones, la cual requiere la posibilidad de airear ideas y opiniones que difieran cobarde y traicioneramente de la línea oficial de los Más Votados. De modo que el país, por el simple trámite de abolir las elecciones y decretar a Su Majestad Rafael I Gran Jefe en perpetuidad de todo lo habido y por haber, se ahorraría una cantidad ingente de plata, que como es lógico se dedicaría a obras de bienestar social, por ejemplo, viajes a Nicaragua para ministros, nuevos aviones presidenciales, cadenas gubernamentales televisivas de mayor duración, o incrementos salariales para los trabajadores de El Telégrafo, algunos de los cuales últimamente, por razones ignotas, se han visto en la necesidad de realizar el trabajo de dos personas.
Sin embargo, y pese a que no pertenezco al círculo rosado del poder, sí me creo con derecho de opinar sobre algún que otro tema, humildemente desde luego, pues como voy diciendo, gané unas elecciones hace un par de años.
En esta línea, y como muestra de lealtad hacia nuestro Caudillo, propongo la creación, en cada barrio y en cada casa, de Comités Revolucionarios de Defensa de la Estupidez.
Estos organismos serían los encargados de asegurarse de que las inspiraciones y las sagradas palabras de nuestro Gran Líder tengan la amplia difusión que se merecen, aun más allá de la influencia del televisor, hasta hoy fiel aliado del glorioso Régimen. Nuestra primera tarea sería velar por que los sabios dichos y valiosas perlas del Gran Hermano de los ecuatorianos, convenientemente recopilados en un libro tamaño bolsillo (el Pequeño Libro Verde de Rafael) estuvieran en todas las casas del barrio, en toda mesilla de noche, y en toda guantera de carro. De tal guisa que, faltándole a uno la necesaria inspiración o habilidad dialéctica para rebatir los argumentos del opositor, de ese traicionero espía de Uribe que hay en cada barrio, uno podría simplemente sacar el libro y así proveerse de argumentos tan lapidarios como irrebatibles, como “¡gordita horrorosa!” o “¡pitufo!” o “¡bestia salvaje!”, adecuados para iniciar al otro en el camino de la recta conducta. Claro que habrá casos en que ese tipo de sabia amonestación caerá en saco roto: como bien dijo hace algunos siglos Santo Domingo de Guzmán, en trance similar frente a los albigenses, a veces donde falla una oración, lo más indicado es un palo grande y ancho; lo cual, en nuestras circunstancias, se podría traducir en un bate de béisbol o un machete, a falta de otros armamentos que con el tiempo y la necesaria organización seguramente nos irán suministrando. La cuestión es evitar, de cualquier manera, que se extiendan en los barrios y en las casas, actitudes y comportamientos poco revolucionarios.
Como muestra y ejemplo de lo que tenemos que combatir, el otro día yo estaba conversando con un vecino sobre los perros. Después de que yo le felicité sobre la elección de la raza de su mascota (hace tiempo se demostró que los Rottweiler y los Pit Bull son agentes de Uribe; mi vecino lucía, en cambio, un revolucionario Fox Terrier), ese hombre se expresó en los siguientes términos:
“Ya, pero si ese Correa llega un día a pisarle la caca, dirá que esa caca la puso ahí la CIA y la prensa para desestabilizar el régimen, tenlo por seguro.”
Lo que me chocó, más que la actitud poco respetuosa de ese vil sujeto frente a la majestad presidencial, fue esa sugerencia de que el Presidente de Todos los Ecuatorianos pudiera decir algo que no fuera la pura verdad. Así que le contesté:
“Idiota, ¿todavía no te has enterado de que los yanquis y la prensa corrupta cada día por la madrugada sacan a sus agentes a la calle para colocar mierda en los caminos donde sus espías les dicen que va a pasar el Presidente? Pero no hace falta ir tan lejos. Mira esas goteras que tengo en mi techo. Mira esos baches que hay en la carretera. Mira ese montón de basura sin recoger que hay en la esquina. Todo eso es responsabilidad directa de la prensa corrupta. Mira esa anciana que vive allá al fondo, que no para de toser. Ella se enfermó por escuchar a Jorge Ortiz. Mira esa niña que va por ahí descalza, con los pies cubiertos de rasguños. Son los grandes intereses capitalistas que la tienen así. Mira ese acné que tiene en la cara tu hijo. La culpa de ese acné la tiene Emilio Palacio, Bill Gates, el Bush ése, y por supuesto Álvaro Uribe. Ya es hora de que te enteres, hermano. Hay enemigos por todas partes, y el Presidente Correa es el único que nos puede salvar de ellos.”
El vecino se me quedó mirando un buen rato, como fascinado. Al final dijo: “Ésas son estupideces, ¿verdad?”
“Claro que sí,” le contesté, halagado. “Exactamente, hermano. Eso es lo que se llama ser revolucionario. Hay que superar esas viejas esquemas del neoliberalismo, como por ejemplo eso de que la competencia es buena, cuando todos sabemos que lo bueno es colaborar. Por eso, nuestro líder ahora nos propone colaborar con los colombianos declarándoles la guerra, ya que evidentemente la mejor manera de colaborar con alguien es matándolo. Por eso hemos creado este Comité, para que todos colaboremos espiándonos los unos a los otros, insultándonos mutuamente, linchándonos si hace falta, para así olvidarnos de que no tenemos nada. A propósito, el otro día alguien me dijo que usted había comprado una nueva refrigeradora. ¿Es cierto eso?”
El pobre tuvo que reconocer que sí, era cierto.
“Pues mal hecho, amigo. En primer lugar, no hay refrigeradoras hechas en este país que yo sepa. Usted es entonces culpable de comprar un producto no ecuatoriano. Número uno. Número dos. Usted es pobre, y los pobres no tenemos derecho a poseer nada que termine en –dora. Así que también, muy mal hecho. Tercero. Las refrigeradoras contaminan el medio ambiente y destruyen la capa de hosoño. Cuarto. La Constitución dice que hay que vivir en el sumak kawsay, o sea, hablando en cristiano, en la puta miseria, siendo ésta la tradición más antigua y noble de la gran masa de nuestra población, tradición que usted ahora está vulnerando cobardemente al intentar progresar en el plano material. Quinto y sexto. Seguramente usted pensaba disfrutar en solitario de esa refrigeradora, utilizándola únicamente para guardar su propia comida, ¿no es cierto?”
“Sí…” llegó a balbucear. “Es que yo llevo meses levantándome a las cinco para salir a trabajar y así ganarme algo para ahorrar y comprarme esa refrigeradora. Ustedes, mientras tanto, dormían plácidamente…”
“No importa,” le espeté furioso, “Esa refrigeradora es y será de todos, de toda nuestra comunidad. Basta de egoísmo capitalista y de actitudes neoliberales. Dime, ¿qué pensaba guardar en esa refrigeradora?”
“Pues… mi mujer pensaba hacer helados y venderlos…”
“¿A qué precio?”
“Pensábamos en quince centavos por helado.”
“Pues muy mal, muy mal. Usted tiene que venderlos al precio revolucionario de dos centavos por unidad, según decreto del mismo Presidente. Cualquier otra cosa sería extorsión capitalista. Y ¿qué mano de obra pensabas explotar inmisericordemente en la elaboración de dichos helados?”
“Mi mujer los hace muy ricos. No necesitamos a nadie más.”
“Así que explotación familiar. Es evidente que en su casa falta un Comité Revolucionario. Eso se puede arreglar. A partir de ahora, yo me mudaré a su casa y me alojaré en su cocina. Hasta que vea que su actitud frente a la Revolución Ciudadana haya mejorado. No, no hace falta que me dé las gracias. Cualquier sacrificio es bueno para la causa de la Revolución. Téngame listo a las dos y media un arroz con menestra. Y dos helados, que traeré a un amigo. Buenos días.”
Y con eso me marché, feliz de haber colaborado con la gran causa de la defensa de la estupidez. Seguro que si todos actuáramos de esa manera tan consciente, nuestro país sería otro.
Sin embargo, y pese a que no pertenezco al círculo rosado del poder, sí me creo con derecho de opinar sobre algún que otro tema, humildemente desde luego, pues como voy diciendo, gané unas elecciones hace un par de años.
En esta línea, y como muestra de lealtad hacia nuestro Caudillo, propongo la creación, en cada barrio y en cada casa, de Comités Revolucionarios de Defensa de la Estupidez.
Estos organismos serían los encargados de asegurarse de que las inspiraciones y las sagradas palabras de nuestro Gran Líder tengan la amplia difusión que se merecen, aun más allá de la influencia del televisor, hasta hoy fiel aliado del glorioso Régimen. Nuestra primera tarea sería velar por que los sabios dichos y valiosas perlas del Gran Hermano de los ecuatorianos, convenientemente recopilados en un libro tamaño bolsillo (el Pequeño Libro Verde de Rafael) estuvieran en todas las casas del barrio, en toda mesilla de noche, y en toda guantera de carro. De tal guisa que, faltándole a uno la necesaria inspiración o habilidad dialéctica para rebatir los argumentos del opositor, de ese traicionero espía de Uribe que hay en cada barrio, uno podría simplemente sacar el libro y así proveerse de argumentos tan lapidarios como irrebatibles, como “¡gordita horrorosa!” o “¡pitufo!” o “¡bestia salvaje!”, adecuados para iniciar al otro en el camino de la recta conducta. Claro que habrá casos en que ese tipo de sabia amonestación caerá en saco roto: como bien dijo hace algunos siglos Santo Domingo de Guzmán, en trance similar frente a los albigenses, a veces donde falla una oración, lo más indicado es un palo grande y ancho; lo cual, en nuestras circunstancias, se podría traducir en un bate de béisbol o un machete, a falta de otros armamentos que con el tiempo y la necesaria organización seguramente nos irán suministrando. La cuestión es evitar, de cualquier manera, que se extiendan en los barrios y en las casas, actitudes y comportamientos poco revolucionarios.
Como muestra y ejemplo de lo que tenemos que combatir, el otro día yo estaba conversando con un vecino sobre los perros. Después de que yo le felicité sobre la elección de la raza de su mascota (hace tiempo se demostró que los Rottweiler y los Pit Bull son agentes de Uribe; mi vecino lucía, en cambio, un revolucionario Fox Terrier), ese hombre se expresó en los siguientes términos:
“Ya, pero si ese Correa llega un día a pisarle la caca, dirá que esa caca la puso ahí la CIA y la prensa para desestabilizar el régimen, tenlo por seguro.”
Lo que me chocó, más que la actitud poco respetuosa de ese vil sujeto frente a la majestad presidencial, fue esa sugerencia de que el Presidente de Todos los Ecuatorianos pudiera decir algo que no fuera la pura verdad. Así que le contesté:
“Idiota, ¿todavía no te has enterado de que los yanquis y la prensa corrupta cada día por la madrugada sacan a sus agentes a la calle para colocar mierda en los caminos donde sus espías les dicen que va a pasar el Presidente? Pero no hace falta ir tan lejos. Mira esas goteras que tengo en mi techo. Mira esos baches que hay en la carretera. Mira ese montón de basura sin recoger que hay en la esquina. Todo eso es responsabilidad directa de la prensa corrupta. Mira esa anciana que vive allá al fondo, que no para de toser. Ella se enfermó por escuchar a Jorge Ortiz. Mira esa niña que va por ahí descalza, con los pies cubiertos de rasguños. Son los grandes intereses capitalistas que la tienen así. Mira ese acné que tiene en la cara tu hijo. La culpa de ese acné la tiene Emilio Palacio, Bill Gates, el Bush ése, y por supuesto Álvaro Uribe. Ya es hora de que te enteres, hermano. Hay enemigos por todas partes, y el Presidente Correa es el único que nos puede salvar de ellos.”
El vecino se me quedó mirando un buen rato, como fascinado. Al final dijo: “Ésas son estupideces, ¿verdad?”
“Claro que sí,” le contesté, halagado. “Exactamente, hermano. Eso es lo que se llama ser revolucionario. Hay que superar esas viejas esquemas del neoliberalismo, como por ejemplo eso de que la competencia es buena, cuando todos sabemos que lo bueno es colaborar. Por eso, nuestro líder ahora nos propone colaborar con los colombianos declarándoles la guerra, ya que evidentemente la mejor manera de colaborar con alguien es matándolo. Por eso hemos creado este Comité, para que todos colaboremos espiándonos los unos a los otros, insultándonos mutuamente, linchándonos si hace falta, para así olvidarnos de que no tenemos nada. A propósito, el otro día alguien me dijo que usted había comprado una nueva refrigeradora. ¿Es cierto eso?”
El pobre tuvo que reconocer que sí, era cierto.
“Pues mal hecho, amigo. En primer lugar, no hay refrigeradoras hechas en este país que yo sepa. Usted es entonces culpable de comprar un producto no ecuatoriano. Número uno. Número dos. Usted es pobre, y los pobres no tenemos derecho a poseer nada que termine en –dora. Así que también, muy mal hecho. Tercero. Las refrigeradoras contaminan el medio ambiente y destruyen la capa de hosoño. Cuarto. La Constitución dice que hay que vivir en el sumak kawsay, o sea, hablando en cristiano, en la puta miseria, siendo ésta la tradición más antigua y noble de la gran masa de nuestra población, tradición que usted ahora está vulnerando cobardemente al intentar progresar en el plano material. Quinto y sexto. Seguramente usted pensaba disfrutar en solitario de esa refrigeradora, utilizándola únicamente para guardar su propia comida, ¿no es cierto?”
“Sí…” llegó a balbucear. “Es que yo llevo meses levantándome a las cinco para salir a trabajar y así ganarme algo para ahorrar y comprarme esa refrigeradora. Ustedes, mientras tanto, dormían plácidamente…”
“No importa,” le espeté furioso, “Esa refrigeradora es y será de todos, de toda nuestra comunidad. Basta de egoísmo capitalista y de actitudes neoliberales. Dime, ¿qué pensaba guardar en esa refrigeradora?”
“Pues… mi mujer pensaba hacer helados y venderlos…”
“¿A qué precio?”
“Pensábamos en quince centavos por helado.”
“Pues muy mal, muy mal. Usted tiene que venderlos al precio revolucionario de dos centavos por unidad, según decreto del mismo Presidente. Cualquier otra cosa sería extorsión capitalista. Y ¿qué mano de obra pensabas explotar inmisericordemente en la elaboración de dichos helados?”
“Mi mujer los hace muy ricos. No necesitamos a nadie más.”
“Así que explotación familiar. Es evidente que en su casa falta un Comité Revolucionario. Eso se puede arreglar. A partir de ahora, yo me mudaré a su casa y me alojaré en su cocina. Hasta que vea que su actitud frente a la Revolución Ciudadana haya mejorado. No, no hace falta que me dé las gracias. Cualquier sacrificio es bueno para la causa de la Revolución. Téngame listo a las dos y media un arroz con menestra. Y dos helados, que traeré a un amigo. Buenos días.”
Y con eso me marché, feliz de haber colaborado con la gran causa de la defensa de la estupidez. Seguro que si todos actuáramos de esa manera tan consciente, nuestro país sería otro.
Leonardo:
ReplyDeleteMuy recatado tu comentario aquí. Expláyate, no temas. Permíteme citar lo que escribiste en otro blog:
"Como Dijo el Señor Presidente de esta república gloriosa y luchadora.
A esta revolución nada ni nadie la detiene.
Oye lo bien, nada podrá parar la revolución altiva, la revolución ciudadana la defenderemos si es necesario con nuestra propia sangre. "
Que alguien capaz de escribir esto me acuse de limitado me parece todo un cumplido, así que muchas gracias.
Además, a ése del avión privado y del chef belga le debe de encantar saber que hay quien esté dispuesto a derramar su sangre para defenderle a él, a su hermano millonario y a sus compañeritos comecheques.
Eso se llama tener éxito social, sí, señor. Felicidades.
Soy neófito en el asunto de replicar en blogs, pero leo esto y automáticamente se despierta en mí el instinto de comadre.
ReplyDeleteNo soy ni correísta ni chavista ni ningún otro de los adjetivos ideológicos inventados por las lumbreras mediátikas, de las kuales se basan todos esos tipos de argumentos.
Me parece excelente que la persona que escribió este artículo de opinión, siempre esté pensando en su prójimo, porque veo claramente que le preocupa el bolsillo del pueblo y en cómo éste tipo de espacios es al solución de la desdichada economía. Para su suerte el Rafico aún no censura estos espacios, y sin embargo no veo nada escrito sobre esa situación.
Pobre pueblo, que sin tus bloggers serías solo una masa lejana sin rostro alguno; condenados a decidir su propio destino!, !Oh, la irreductible mendicidad de la autosuficiencia¡ !Oh, el sumak kawsay, concepto irreconciliable con los sujetos que visten de jeans!
Aplaudo la crítica, pero para el "dueño" de este blog si le vendría bien superar el "époustuflant efrayeur" de que le quiten su modus vivendi hedonista, que al parecer es su musa de crítica política!.
Tengo la impresión de que Leonardo está palanqueándose un "camello" dentro de los comités de espionaje, intimidación y amedrentamiento robo-lucionarios.
ReplyDeleteMi limitado Endivio, no puedo coincidir mas con tu apreciación: Resulta un verdadero honor que algún fanático de color verde moco lo tilde a uno de limitado, especialmente porque ha dejado ver muy clara su devoción por las piras humanas autoinflingidas. Otro mártir de la revolución listito para autoinmolarse.
Dejando entrever que su paso por ese blog no es nuevo, el "neófito" hace una crítica propia de un timoraro voyeur del bloggerismo.
ReplyDelete¿A qué le teme el tirano de Carondelet? A la palabra libre. A la opinión sin ataduras. Al disenso.
Suficiente ha sido dicho. Cuba censura el internet. ¿Qué amenaza puede representar un bloggerito ante una revolución? Algún valor agregado debe de tener. Sin embargo, don neófito cree que es una nimiedad.
Para el neófito fanático, insignificante parece lo que se dice en los blogs. No obstante existen zopencos que, a sabiendas de su frivolidad, se desgastan analizando la inutilidad de los mismos. Un tanto irónico para un neófito que desdeña el blog y lo que otros puedan comentar en un sitio tan estéril y aséptico.
¿Puedes elaborar un poco mas neófito?
Admirado Endivio, no sé xq cualquier post político sobre lo que se le ponga en la punta del... teclado fuera a ser incompatible con las crónicas otoñales de cualquier vida. Sincéramente no veo por dónde sus escritos estén forzados por un ánimo de reciprocidad mayor que la mirada despierta de una mente, esta sí, lúcida en un ambiente de podredumbre totalitaria que merece la pena criticar o incluso combatir. No caiga en los reproches de cabezas huecas que solicitan que escriba sobre la filantropía magnánima del sátrapa que nos deja opinar en blogs o hablar en voz alta.
ReplyDeleteSólo le pido que deje aierto el balcón peregrino, que escriba de lo que le venga en gana, pero no deje de hacerlo Ud y yo sabemos que en Calabuch los fuegos de artificio son siempre más edificantes que l holocausto nuclear.