Paso olímpicamente
Supongo que no seré el único aquí que no haya visto ni un solo evento de las Olimpiadas. Ello no es óbice para que comente mi impresión de las mismas. Tengo una clase en que el otro día un alumno levantó la mano y dijo, ante la aprobación murmurada de todos: "¿cómo es que Ud. lo sabe todo?" Yo no sabía que sabía todo, pero la noticia no me resulta ingrata. Sabiéndolo todo, con más razón puedo comentar acerca de cosas que no he presenciado. Así que lo que estoy diciendo se resume en que una cosa que no he visto es ligeramente menos azul que otra cosa que tampoco he visto. Y cualquier parecido con la Gran Piedra de Galveston es pura coincidencia:
Así que empecemos. En primer lugar, decir que estoy completamente de acuerdo con este artículo donde dice que las Olimpiadas saben a guerra fría. Me complace constatar que no soy sólo yo. Saben a caduco, a rancio, a anacronismo, a nuestras infancias. En esa lejana y dorada época, niños, y no les miento, uno todavía podía hablar de "nuestra" selección, de "nuestros" atletas, uno todavía podía volverse en cinco minutos experto en deportes que antes no sonaban a nada, simplemente para poder estremecerse a conciencia con todos aquellos casi triunfos que tarde o temprano a ti también te iban a costar un ojo de la cara. En la niñez, señores, uno puede ser hasta patriota y sin apestar, o no mucho. Y todavía, todavía, no tengo edad para renunciar a mi antiguo entusiasmo por los Spitfires. La primera película que vi en el cine pudo haber sido esa Battle of Britain, y sigo opinando que los aviones de guerra americanos de esa época eran simplemente funcionales, mientras los británicos siempre fueron bellos. (Y éste, la sicopatología aguda aerodinamizada.) Y vale, el B52, ese cuervo de mal agüero que nació de una pesadilla colectiva posterior, sigue y seguirá un tiempo más sobrevolando el sueño de los políticos sudamericanos. No tienes más que darte una vuelta por el Telégrafo. Pero ese mundo ya no existe. Los aviones sobreviven, por lo menos en las películas hechas en su honor: las lealtades, ya no. Sin pena ni gloria pasaron a mejor vida. En rigor, nunca valieron nada.
(Aunque algunos quisieran. Hoy, por casualidad, en la cocina me pongo a hojear el libro de Sociales de mi hijastra: no doy crédito a la sarta de mentiras, de patrañas y de burda indoctrinación con que la Revolución Ciudadana quiere "formar" a la juventud de este maltrecho país. Allí, me enteré por ejemplo de que Darwin fue "naturista", lo que según el habla popular (y María Moliner, aunque con remilgos) significa que le gustaba pasear por ciertas playas tal como su madre le trajo al mundo; en cambio, el DRAE insiste en que significa que fue partidario de una "doctrina que preconiza el empleo de los agentes naturales para la conservación de la salud y el tratamiento de las enfermedades" (y no da más opciones). ¿En serio, Darwin era del gremio de los babadecaracoleros y los sesodegarcistas? Anda ya. Luego, resulta que hay una serie de pintorescos "valores", entre ellos, uno que se dice "desprendimiento", que son de todos y de obligatoria aceptación, y si no sabes lo que es desprendimiento, resulta que es un concepto heredado del Concilio de Trent, estrujado y triturado en fábrica local, para llegar a significar esa dulce resignación medio beata, medio lorenza, con que uno acepta que el Estado se lleve tus cosas en pro del Bien Común, pues (según la somera explicación que da el libro) uno no debe acumular caramelos mientras hay otros niños que no tienen ni uno, por lo menos en lo que dura su viaje a Canadá en avión presidencial. Así que ya saben: a desprenderse se ha dicho (no me dirijo a los techos de las casas en el Estero Salado, por si acaso). Y para colmo: el libro da espacio, como no podía ser menos, a nuestra identidad, una pobre flor marchita hecha de Eugenios Espejos, de Simones Bolivares y de otras proceresas transitadas que no vienen al caso. Bueno, por lo menos son directos. No te molestes en forjarte una identidad, niño: ya te tenemos una preparada. Y si no te gusta, piedra. Es lo que hay. Con lo cual, uno espera mucha rebeldía para este siglo entrante, y pocas luces, o en resumen: secuestros express. Ésta ha sido la Revolución del Secuestro Express. Gracias, libro de olvidadizo título, por darme el nombre. El Telégrafo, varias ediciones.)
Lo que demuestran las Olimpiadas, por si alguien todavía no cacha, es quod erat demostrandum: que el político, y aquí incluyo a todos no por simpleza sino por observación directa, es tan, tan infantil que cree que hay un "orgullo nacional" que vale alimentarse con tantas libras como hospitales no hay en el país, y que tiene (para más inri, y en este caso es mucho inri) algo que ver con las Spice Girls. Es tan simple el político éste de marras, que no se da ni cuenta que las Spice sólo son adoradas en Corea del Sur, que Elton John hace mucho es como el gato de Cheshire, pero en peluca, que Liam Gallagher tiene, demostrablemente, menos talento artístico que Abdalá Bucarám, que Paul McCartloads no ha hecho nada nuevo desde Martha My Dear, y que cualquiera puede ganarse muchas medallas si anteriormente se ha molestado en construir un imperio que incluye a alguna que otra isla caribeña. Y no sólo es que nada de esto tiene mérito alguno, sino que el británico, naturalmente reacio a lirismos patrioteros tipo "Patria, tierra sagrada", cuando se le da la vena es absolutamente insufrible. Felicítense de no haber estado ahí: yo lo hago.
Así que empecemos. En primer lugar, decir que estoy completamente de acuerdo con este artículo donde dice que las Olimpiadas saben a guerra fría. Me complace constatar que no soy sólo yo. Saben a caduco, a rancio, a anacronismo, a nuestras infancias. En esa lejana y dorada época, niños, y no les miento, uno todavía podía hablar de "nuestra" selección, de "nuestros" atletas, uno todavía podía volverse en cinco minutos experto en deportes que antes no sonaban a nada, simplemente para poder estremecerse a conciencia con todos aquellos casi triunfos que tarde o temprano a ti también te iban a costar un ojo de la cara. En la niñez, señores, uno puede ser hasta patriota y sin apestar, o no mucho. Y todavía, todavía, no tengo edad para renunciar a mi antiguo entusiasmo por los Spitfires. La primera película que vi en el cine pudo haber sido esa Battle of Britain, y sigo opinando que los aviones de guerra americanos de esa época eran simplemente funcionales, mientras los británicos siempre fueron bellos. (Y éste, la sicopatología aguda aerodinamizada.) Y vale, el B52, ese cuervo de mal agüero que nació de una pesadilla colectiva posterior, sigue y seguirá un tiempo más sobrevolando el sueño de los políticos sudamericanos. No tienes más que darte una vuelta por el Telégrafo. Pero ese mundo ya no existe. Los aviones sobreviven, por lo menos en las películas hechas en su honor: las lealtades, ya no. Sin pena ni gloria pasaron a mejor vida. En rigor, nunca valieron nada.
(Aunque algunos quisieran. Hoy, por casualidad, en la cocina me pongo a hojear el libro de Sociales de mi hijastra: no doy crédito a la sarta de mentiras, de patrañas y de burda indoctrinación con que la Revolución Ciudadana quiere "formar" a la juventud de este maltrecho país. Allí, me enteré por ejemplo de que Darwin fue "naturista", lo que según el habla popular (y María Moliner, aunque con remilgos) significa que le gustaba pasear por ciertas playas tal como su madre le trajo al mundo; en cambio, el DRAE insiste en que significa que fue partidario de una "doctrina que preconiza el empleo de los agentes naturales para la conservación de la salud y el tratamiento de las enfermedades" (y no da más opciones). ¿En serio, Darwin era del gremio de los babadecaracoleros y los sesodegarcistas? Anda ya. Luego, resulta que hay una serie de pintorescos "valores", entre ellos, uno que se dice "desprendimiento", que son de todos y de obligatoria aceptación, y si no sabes lo que es desprendimiento, resulta que es un concepto heredado del Concilio de Trent, estrujado y triturado en fábrica local, para llegar a significar esa dulce resignación medio beata, medio lorenza, con que uno acepta que el Estado se lleve tus cosas en pro del Bien Común, pues (según la somera explicación que da el libro) uno no debe acumular caramelos mientras hay otros niños que no tienen ni uno, por lo menos en lo que dura su viaje a Canadá en avión presidencial. Así que ya saben: a desprenderse se ha dicho (no me dirijo a los techos de las casas en el Estero Salado, por si acaso). Y para colmo: el libro da espacio, como no podía ser menos, a nuestra identidad, una pobre flor marchita hecha de Eugenios Espejos, de Simones Bolivares y de otras proceresas transitadas que no vienen al caso. Bueno, por lo menos son directos. No te molestes en forjarte una identidad, niño: ya te tenemos una preparada. Y si no te gusta, piedra. Es lo que hay. Con lo cual, uno espera mucha rebeldía para este siglo entrante, y pocas luces, o en resumen: secuestros express. Ésta ha sido la Revolución del Secuestro Express. Gracias, libro de olvidadizo título, por darme el nombre. El Telégrafo, varias ediciones.)
Lo que demuestran las Olimpiadas, por si alguien todavía no cacha, es quod erat demostrandum: que el político, y aquí incluyo a todos no por simpleza sino por observación directa, es tan, tan infantil que cree que hay un "orgullo nacional" que vale alimentarse con tantas libras como hospitales no hay en el país, y que tiene (para más inri, y en este caso es mucho inri) algo que ver con las Spice Girls. Es tan simple el político éste de marras, que no se da ni cuenta que las Spice sólo son adoradas en Corea del Sur, que Elton John hace mucho es como el gato de Cheshire, pero en peluca, que Liam Gallagher tiene, demostrablemente, menos talento artístico que Abdalá Bucarám, que Paul McCartloads no ha hecho nada nuevo desde Martha My Dear, y que cualquiera puede ganarse muchas medallas si anteriormente se ha molestado en construir un imperio que incluye a alguna que otra isla caribeña. Y no sólo es que nada de esto tiene mérito alguno, sino que el británico, naturalmente reacio a lirismos patrioteros tipo "Patria, tierra sagrada", cuando se le da la vena es absolutamente insufrible. Felicítense de no haber estado ahí: yo lo hago.
Comments
Post a Comment