Son otra raza
Al final hay que rendirse ante las evidencias. David Icke tenía razón. Hay seres humanos normales, y hay otros que a pesar de tener apariencia normal (o no tanto), cuando menos te lo piensas les sale una lengua de un metro o más a la caza de una desprevenida mosca, o se cortan rasurándose y les brota sangre verde, o suben atropelladamente un árbol y se ponen a cabecear encima de una rama. Éstos son los peores: si pasas por debajo sin advertir su presencia se te cagan en los hombros de tu camisa, y hasta en tu pelo. Por eso, en la Unidad Educativa Mixta Pequeños Ornitorrincos del Saber, me acuerdo que había quien iba a trabajar con otra camisa de reemplazo.
Dicen que para ser poeta maldito basta con no ducharse durante dos ó tres días (un poemita o dos también ayuda, pero vamos, el mundo puede esperar). Del mismo modo, para ser "un rebelde" basta con invitar a tu próxima parrillada a don Pablo Salgado Jácome. Y esto es así porque el man nada más cruzar el umbral de tu casa, o de tu patio, se pondrá a prohibir cosas. Buenas tardes, señor Salgado. Buenas tardes. Pero ¿qué es que veo ahí? Sí, ¡ahí en el rincón! ¿Unas alas de pollo? Pero ¿no se dan cuenta ustedes de que ese pollo, al dejarlo ahí chamuscando, lo están convirtiendo en un objeto para la satisfacción de tus hambres carnales? ¡Eso debería estar prohibido! Ahora... ¿qué tenemos aquí? Tres mujeres charlando y tomando sendos vasos de Coca-Cola en el otro extremo del patio? ¡Eso también debería estar prohibido! Claro, porque... pues porque llevan escotes y minifaldas y tienen preciosos traseros. Así, ustedes - y ellas también, ahora que lo pienso - están usando a La Mujer como simple objeto para que se produzcan conversaciones amenas en tu patio. Para eso mismo necesitamos una Ley de Parrilladas, para regular y controlar el número de mujeres jóvenes, hermosas (despampanantes) con pantaloncitos cortos y las piernas abiertas en un ángulo mayor que 9,7 grados (déjame medirte, nena), rubias y sexys, con preciosos traseros, escotes pronunciados y bellas piernas, voluptuosas sobre todo, que asistan a cualquier evento organizado al aire libre donde se consuma carne de pollo... o incluso, tal vez, de buey. La Asamblea Nacional sabrá determinar sabiamente de qué carnes debe tratar dicha Ley. La cuestión es que todo esto debe estar prohibido. Y este patio también... y esos arbustos, y esos pájaros, y esos sacacorchos. Prohibido, prohibido, prohibido. Ahora, ¿qué tenemos aquí?...
No he visto la publicidad de la moto china a la que se refiere Salgado en su precioso artículo. Dudo mucho de que la nación china se haya quejado a través de su embajada en Ecuador. Me huele que tienen más sentido de humor, de ironía, y de noblesse oblige, que eso, que ponerse a protestar porque a alguien en alguna república bananera se le haya ocurrido meterse con la calidad de sus motocicletas. Sí, en cambio, vi el otro anuncio, el de los tubos de ¿plástico?, en que un diminuto y sonriente albañil maneja uno de esos tubos en plan harigata, dando lugar a una repentina y absolutamente surreal sonrisa de aprobación por parte de dos caminantes femeninas, a las que el diminuto albañil evidentemente pretende impresionar con el tamaño de su miembro viril vicario, o digamos que sucedáneo. El anuncio en cuestión me parece soberbio, absolutamente encantador, precisamente por eso, por lo surreal de su planteamiento... y el hecho de que los auspiciantes del anuncio probablemente no se dan cuenta del efecto que han conseguido, pues estoy de acuerdo con Salgado en que probablemente, ellos pretenden narrar una historia creíble, y no una cautivadora sátira. Pero vamos: si realmente de eso se trataba, de que el hombre con su tubo de plástico les hubiera resultado simpático, voire, atractivo a las chicas, podrían haber metido ahí algo más de realismo, haciendo que el man mida sus dos metros y luzca algo de sixpack y un peinado a lo Baltasar Garzón, lo que probablemente convertiría el anuncio en aburrido o incluso detestable. Para mí, lo delicioso del anuncio es eso, la absoluta imposibilidad clínica de que el patético especímen subnormal del anuncio haya provocado, no una sonrisa en una chica (¿por qué no?) sino esa sonrisa, en esas chicas. El anuncio, así, luce ese aire de intento fallido, de intención torcida, de tensión entre mensaje implícito y realización explícita, que marca cierto subgénero de arte kitsch, que engloba también a las B-movies de los 50, y a ciertos productos de la escuela simbolista francesa de finales del XIX. Es algo que hace reir, de risa sana y de puro gozo inocente. Pero Salgado Jácome quiere prohibirlo. ¿Por qué?
Pues se me acabó el tiempo, así que les dejo discutiendo sobre la cuestión. Me parece que hay dos opciones posibles: o bien el Sr Salgado Jácome es eso, un reptil disfrazado de humano, que cuando nadie le está viendo caza moscas con la lengua al igual que Bill Clinton; o bien porque el pobre se ha tragado todo el cuento ése de que existe algo llamado La Mujer a la que hay que rendirle pertinente homenaje siempre que se puede, y que al igual que Muhammad (ese otro, no me hagan hablar) se ofende más rápido que un Correa cuando alguien osa cuestionar sus divinos atributos, o sugerir que, por ejemplo, le puede agradar alguna vez alguna grosería. ("Las groserías son cada día más caras", se lamenta la Nancy de Ramón J Sender: ¿qué mujer no se habría quejado alguna vez de lo mismo?) Si es así, pues lo único que se me ocurre decir es: pobrecito. No es tanto lo que él se pierde, sino lo que haría perder a los demás si alguna vez pudiera, si a alguien se le ocurre dejarle un día esa varita mágica. ¡Prohibissimus! Y se nos va el simple objeto a otra fiesta, y el alma al piso. Dios nos libre.
Dicen que para ser poeta maldito basta con no ducharse durante dos ó tres días (un poemita o dos también ayuda, pero vamos, el mundo puede esperar). Del mismo modo, para ser "un rebelde" basta con invitar a tu próxima parrillada a don Pablo Salgado Jácome. Y esto es así porque el man nada más cruzar el umbral de tu casa, o de tu patio, se pondrá a prohibir cosas. Buenas tardes, señor Salgado. Buenas tardes. Pero ¿qué es que veo ahí? Sí, ¡ahí en el rincón! ¿Unas alas de pollo? Pero ¿no se dan cuenta ustedes de que ese pollo, al dejarlo ahí chamuscando, lo están convirtiendo en un objeto para la satisfacción de tus hambres carnales? ¡Eso debería estar prohibido! Ahora... ¿qué tenemos aquí? Tres mujeres charlando y tomando sendos vasos de Coca-Cola en el otro extremo del patio? ¡Eso también debería estar prohibido! Claro, porque... pues porque llevan escotes y minifaldas y tienen preciosos traseros. Así, ustedes - y ellas también, ahora que lo pienso - están usando a La Mujer como simple objeto para que se produzcan conversaciones amenas en tu patio. Para eso mismo necesitamos una Ley de Parrilladas, para regular y controlar el número de mujeres jóvenes, hermosas (despampanantes) con pantaloncitos cortos y las piernas abiertas en un ángulo mayor que 9,7 grados (déjame medirte, nena), rubias y sexys, con preciosos traseros, escotes pronunciados y bellas piernas, voluptuosas sobre todo, que asistan a cualquier evento organizado al aire libre donde se consuma carne de pollo... o incluso, tal vez, de buey. La Asamblea Nacional sabrá determinar sabiamente de qué carnes debe tratar dicha Ley. La cuestión es que todo esto debe estar prohibido. Y este patio también... y esos arbustos, y esos pájaros, y esos sacacorchos. Prohibido, prohibido, prohibido. Ahora, ¿qué tenemos aquí?...
No he visto la publicidad de la moto china a la que se refiere Salgado en su precioso artículo. Dudo mucho de que la nación china se haya quejado a través de su embajada en Ecuador. Me huele que tienen más sentido de humor, de ironía, y de noblesse oblige, que eso, que ponerse a protestar porque a alguien en alguna república bananera se le haya ocurrido meterse con la calidad de sus motocicletas. Sí, en cambio, vi el otro anuncio, el de los tubos de ¿plástico?, en que un diminuto y sonriente albañil maneja uno de esos tubos en plan harigata, dando lugar a una repentina y absolutamente surreal sonrisa de aprobación por parte de dos caminantes femeninas, a las que el diminuto albañil evidentemente pretende impresionar con el tamaño de su miembro viril vicario, o digamos que sucedáneo. El anuncio en cuestión me parece soberbio, absolutamente encantador, precisamente por eso, por lo surreal de su planteamiento... y el hecho de que los auspiciantes del anuncio probablemente no se dan cuenta del efecto que han conseguido, pues estoy de acuerdo con Salgado en que probablemente, ellos pretenden narrar una historia creíble, y no una cautivadora sátira. Pero vamos: si realmente de eso se trataba, de que el hombre con su tubo de plástico les hubiera resultado simpático, voire, atractivo a las chicas, podrían haber metido ahí algo más de realismo, haciendo que el man mida sus dos metros y luzca algo de sixpack y un peinado a lo Baltasar Garzón, lo que probablemente convertiría el anuncio en aburrido o incluso detestable. Para mí, lo delicioso del anuncio es eso, la absoluta imposibilidad clínica de que el patético especímen subnormal del anuncio haya provocado, no una sonrisa en una chica (¿por qué no?) sino esa sonrisa, en esas chicas. El anuncio, así, luce ese aire de intento fallido, de intención torcida, de tensión entre mensaje implícito y realización explícita, que marca cierto subgénero de arte kitsch, que engloba también a las B-movies de los 50, y a ciertos productos de la escuela simbolista francesa de finales del XIX. Es algo que hace reir, de risa sana y de puro gozo inocente. Pero Salgado Jácome quiere prohibirlo. ¿Por qué?
Pues se me acabó el tiempo, así que les dejo discutiendo sobre la cuestión. Me parece que hay dos opciones posibles: o bien el Sr Salgado Jácome es eso, un reptil disfrazado de humano, que cuando nadie le está viendo caza moscas con la lengua al igual que Bill Clinton; o bien porque el pobre se ha tragado todo el cuento ése de que existe algo llamado La Mujer a la que hay que rendirle pertinente homenaje siempre que se puede, y que al igual que Muhammad (ese otro, no me hagan hablar) se ofende más rápido que un Correa cuando alguien osa cuestionar sus divinos atributos, o sugerir que, por ejemplo, le puede agradar alguna vez alguna grosería. ("Las groserías son cada día más caras", se lamenta la Nancy de Ramón J Sender: ¿qué mujer no se habría quejado alguna vez de lo mismo?) Si es así, pues lo único que se me ocurre decir es: pobrecito. No es tanto lo que él se pierde, sino lo que haría perder a los demás si alguna vez pudiera, si a alguien se le ocurre dejarle un día esa varita mágica. ¡Prohibissimus! Y se nos va el simple objeto a otra fiesta, y el alma al piso. Dios nos libre.
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