Vampiros
Los columnistas del Telégrafo son como los Reyes Magos: si bien todos están ahí para postrarse y adorar al Redentor, algunos lo hacen con ogro, otros con incienso, y otritos con algo que, por el olor, parece mirra en estado puro. Bueno. Me había jurado no meterme más con el Padre Pierrot, y con todo ese montón de mirra que habitualmente coloca en sus artículos. Pero no quería dejar pasar la ocasión para, una solita vez, ponerme de acuerdo con él. Y es que si en una cosa sintonizamos completamente, es que la temporada de elecciones hace pensar en los muertos.
Para él, "los muertos" son todos aquéllos que no comulgan con su ideología política: y si a ese requisito se agrega ese terrible extra ecclesiam nulla salus que como sacerdote católico tiene la obligación de sostener como dogma, tenemos a un sujeto que debe de ver muertos por todas partes, como un milagroso superviviente en un relato de holocausto nuclear. Claro: si no te condenas por infiel o por hereje, aún se extenderá sobre ti la sombra de la muerte por ser de derechas, por ser "rico", o bien, si eres pobre, por tener "corazón de rico" (el ojo de Pierrot lo ve todo). Además (y aquí los conocimientos bíblicos de Pierrot sobrepasan largamente los míos), a las prohibiciones tradicionales más conocidas, las de no redondearse la barba, no llevar ropa de dos tejidos diferentes, no ser homosexual, no ofrecer a Dios como sacrificio pollos KFC, no acudir al Templo sin el número correcto de testículos, etcétera, se añade (aunque no cita verso, pero supongo que la saca de Deuteronomio) la de no ver telenovelas, o por lo menos no "consolarse" viéndolas (ojo con esa mano, señora), y más sorprendente aun, no tomar cerveza en las esquinas. Textual: "Mueren los pobres que se consuelan mirando las telenovelas, las chismoserías morbosas o tomando cerveza en las esquinas." ¿En las esquinas? Eso merece un párrafo aparte.
Ustedes no sé. Hay lugares que no (gran parte de Guayaquil, para empezar, supongo que la "regenerada") pero en Durán, por lo menos, es frecuente: andas por la parte céntrica y en algún lado, por ejemplo más o menos frente al Tía o La Dolorosa, ves a algunas personas, hombres raquíticos o mujeres elefantisíacas, tomando cerveza. Más todavía si bajas al Malecón, pasando al lado de Servipagos y las friterías, para doblar la esquina donde el Produbanco y seguir. Bueno. A lo que iba: ustedes no sé, pero cada vez que yo veo a alguien que toma cerveza en la calle, o en alguno de esos "salones", siento como una mezcla de nostalgia, de sana envidia y de honda alegría. ¿Por qué? Porque tomar cerveza es una actividad placentera (eso es científicamente demostrable) y mi propia relación con el placer es una relación dolorosamente pretérita. Es decir: antes, hace muchos años, conocía algunos placeres. Ahora, con esta difícil vida que tengo, ya no. Teniendo familia, la cerveza está entre las muchas cosas que no puedo costearme. Entonces, sólo me queda la opción de gozar de ella vicariamente: de alegrarme de que algunos en este país, no me pregunten cómo, a pesar de lo nublado de reglamentos y Leyes de Comunicación que luce el cielo, todavía se las arreglan para tomar, inocentemente, cerveza. Además, prefiero creer que tienen todo el día para hacerlo. Y que, mientras beben, sostienen conversaciones amenas a la vez que profundas, tal vez sobre el último teorema de Fermat o la conjetura de Goldbach, o sobre el papel que jugó el krausismo en el quehacer literario de Clarín, o sobre las habilidades rítmicas y musicales de las cacatúas, o sobre la evolución estilística de Shostakovitch, o sobre la belleza de los parques austríacos, o sobre los vaivenes del mercado internacional de zinc, o sobre el probable desenlace de la telenovela La Pecaminosita Modosita. En fin, que aparte de disfrutar, también aprenden algo, o (como se suele decir) "se autosuperan" de algún modo, pues me consta que el placer y el aprendizaje no están para nada reñidos entre si.
Ahora, no puedo decir que toda la ira y el desprecio y la carga mortífera del anatema de Pierrot recaen sobre todas esas personas: pues me consta también que no todo el que toma cerveza, lo hace en una esquina: y la relación moral entre tomar cerveza en una esquina y hacerlo en otro lugar, aunque sospecho que sería como de pecado mortal a venial, me faltaría para comprobarlo algo que no tengo, que es el manual de Don Heriberto Jone tan frecuentemente citado en la novela de Greene. Pero creo que por lo menos ustedes estarán de acuerdo conmigo en que ese mundo que Pierrot y sólo Pierrot ve, ese mundo habitado por muertos cerveceros, muertos telenoveleros, muertos anticorreístas, etcétera, en fin, muertos por todos lados, es un mundo un tanto... no sé cómo decirlo... muerto. Y ahí está el problema, que creo que detecté hace mucho tiempo, con eso de ir juzgando a la gente - un problema que, en un arranque poco habitual de lucidez, el mismo Jesucristo también supo identificar un tiempito antes que yo - : que cuando vas por el mundo juzgando y condenando a tus semejantes a diestro y siniestro, al final te encontrarás viviendo en un mundo horrible, feo, embadurnado de mirra por doquier. Si para ti el peor defecto imaginable en una persona es no ser exactamente como tú eres, entonces te condenas a ti mismo, de antemano, a no sentir admiración ni amor por nadie, al menos no sin un leve pero insistente apres-gout de matizada decepción.
Y si no quedara la cosa suficientemente claro, he aquí la lista de las y los admiradas y admirados de Pierrot:
Felicitaciones a las y los que se reúnen para entender mejor lo que está pasando. Felicitaciones a las y los que integran organizaciones, movimientos y partidos para conocer y transformar desde dentro la realidad política. Felicitaciones a las y los que no se desaniman de luchar tenazmente día a día para que algunos más despierten, se levanten y caminen a fin de ser los artesanos del país que necesitamos. Felicitaciones a las y los que no se dejan corromper por el poder, la ambición y el dinero. Felicitaciones por las y los que creen que los cambios vienen desde abajo y se solidarizan con las y los que comienzan a vivir un futuro distinto.
Es decir, para que Pierrot te apruebe, tienes que ser algo a la vez mítico, fíctico (vide supra) y hecho de cartón piedra: tienes que ser un actor malo en una cadena de la SECOM. Porque si de esta lista sustraes a todas y todos las y los que alguna vez, secretamente, han sentido una extraña ráfaga de solidaridad y comprensión hacia una solitaria cerveza en una esquina, eso es lo que te queda. "Artesanos del país que necesitamos", y lo dice tan tranquilo y convencido, después de, párrafos atrás, hablar de "ideologías alejadas de la realidad". En fin. Estamos en tiempo de elecciones, y eso es lo que hay: es esa moda que vuelve y vuelve, el patrioterismo de corto alcance, la explosión de "obras" hechas o por hacer, que se vuelven motivo de autofelicitación de parte de quienes nada suyo arriesgaron en "hacerlas"; la pasarela de bellezas mediáticas que de repente han descubierto que "luchan" a diario por alguna cosa que suena bien en un póster o un mitin; en resumen, el eternamente renovado vótame de los parásitos y vampiros de siempre, o los wannabe parásitos del eternamente postergado futuro.
Porque, como ya dije, yo también pienso, estos días, en los muertos. Mejor dicho, en aquéllos que se resisten a ocupar su lugar de muertos: en los zombis, en los vampiros.
Si alguien se te acerca y dice "dame tu sangre, lo necesito (para hacer obras, claro, o para que la Revolución avance)", creo que puedes pensar en un vampiro sin pecar por lo prejuicioso. Es que él mismo te lo está diciendo.
Y me tienta añadir que realmente, esa sangre tuya no hace falta que se la dés, ni a él ni a ninguno de la misma especie... si no fuera porque eso suena terriblemente como apoyo a la agitación social.
Para él, "los muertos" son todos aquéllos que no comulgan con su ideología política: y si a ese requisito se agrega ese terrible extra ecclesiam nulla salus que como sacerdote católico tiene la obligación de sostener como dogma, tenemos a un sujeto que debe de ver muertos por todas partes, como un milagroso superviviente en un relato de holocausto nuclear. Claro: si no te condenas por infiel o por hereje, aún se extenderá sobre ti la sombra de la muerte por ser de derechas, por ser "rico", o bien, si eres pobre, por tener "corazón de rico" (el ojo de Pierrot lo ve todo). Además (y aquí los conocimientos bíblicos de Pierrot sobrepasan largamente los míos), a las prohibiciones tradicionales más conocidas, las de no redondearse la barba, no llevar ropa de dos tejidos diferentes, no ser homosexual, no ofrecer a Dios como sacrificio pollos KFC, no acudir al Templo sin el número correcto de testículos, etcétera, se añade (aunque no cita verso, pero supongo que la saca de Deuteronomio) la de no ver telenovelas, o por lo menos no "consolarse" viéndolas (ojo con esa mano, señora), y más sorprendente aun, no tomar cerveza en las esquinas. Textual: "Mueren los pobres que se consuelan mirando las telenovelas, las chismoserías morbosas o tomando cerveza en las esquinas." ¿En las esquinas? Eso merece un párrafo aparte.
Ustedes no sé. Hay lugares que no (gran parte de Guayaquil, para empezar, supongo que la "regenerada") pero en Durán, por lo menos, es frecuente: andas por la parte céntrica y en algún lado, por ejemplo más o menos frente al Tía o La Dolorosa, ves a algunas personas, hombres raquíticos o mujeres elefantisíacas, tomando cerveza. Más todavía si bajas al Malecón, pasando al lado de Servipagos y las friterías, para doblar la esquina donde el Produbanco y seguir. Bueno. A lo que iba: ustedes no sé, pero cada vez que yo veo a alguien que toma cerveza en la calle, o en alguno de esos "salones", siento como una mezcla de nostalgia, de sana envidia y de honda alegría. ¿Por qué? Porque tomar cerveza es una actividad placentera (eso es científicamente demostrable) y mi propia relación con el placer es una relación dolorosamente pretérita. Es decir: antes, hace muchos años, conocía algunos placeres. Ahora, con esta difícil vida que tengo, ya no. Teniendo familia, la cerveza está entre las muchas cosas que no puedo costearme. Entonces, sólo me queda la opción de gozar de ella vicariamente: de alegrarme de que algunos en este país, no me pregunten cómo, a pesar de lo nublado de reglamentos y Leyes de Comunicación que luce el cielo, todavía se las arreglan para tomar, inocentemente, cerveza. Además, prefiero creer que tienen todo el día para hacerlo. Y que, mientras beben, sostienen conversaciones amenas a la vez que profundas, tal vez sobre el último teorema de Fermat o la conjetura de Goldbach, o sobre el papel que jugó el krausismo en el quehacer literario de Clarín, o sobre las habilidades rítmicas y musicales de las cacatúas, o sobre la evolución estilística de Shostakovitch, o sobre la belleza de los parques austríacos, o sobre los vaivenes del mercado internacional de zinc, o sobre el probable desenlace de la telenovela La Pecaminosita Modosita. En fin, que aparte de disfrutar, también aprenden algo, o (como se suele decir) "se autosuperan" de algún modo, pues me consta que el placer y el aprendizaje no están para nada reñidos entre si.
Ahora, no puedo decir que toda la ira y el desprecio y la carga mortífera del anatema de Pierrot recaen sobre todas esas personas: pues me consta también que no todo el que toma cerveza, lo hace en una esquina: y la relación moral entre tomar cerveza en una esquina y hacerlo en otro lugar, aunque sospecho que sería como de pecado mortal a venial, me faltaría para comprobarlo algo que no tengo, que es el manual de Don Heriberto Jone tan frecuentemente citado en la novela de Greene. Pero creo que por lo menos ustedes estarán de acuerdo conmigo en que ese mundo que Pierrot y sólo Pierrot ve, ese mundo habitado por muertos cerveceros, muertos telenoveleros, muertos anticorreístas, etcétera, en fin, muertos por todos lados, es un mundo un tanto... no sé cómo decirlo... muerto. Y ahí está el problema, que creo que detecté hace mucho tiempo, con eso de ir juzgando a la gente - un problema que, en un arranque poco habitual de lucidez, el mismo Jesucristo también supo identificar un tiempito antes que yo - : que cuando vas por el mundo juzgando y condenando a tus semejantes a diestro y siniestro, al final te encontrarás viviendo en un mundo horrible, feo, embadurnado de mirra por doquier. Si para ti el peor defecto imaginable en una persona es no ser exactamente como tú eres, entonces te condenas a ti mismo, de antemano, a no sentir admiración ni amor por nadie, al menos no sin un leve pero insistente apres-gout de matizada decepción.
Y si no quedara la cosa suficientemente claro, he aquí la lista de las y los admiradas y admirados de Pierrot:
Felicitaciones a las y los que se reúnen para entender mejor lo que está pasando. Felicitaciones a las y los que integran organizaciones, movimientos y partidos para conocer y transformar desde dentro la realidad política. Felicitaciones a las y los que no se desaniman de luchar tenazmente día a día para que algunos más despierten, se levanten y caminen a fin de ser los artesanos del país que necesitamos. Felicitaciones a las y los que no se dejan corromper por el poder, la ambición y el dinero. Felicitaciones por las y los que creen que los cambios vienen desde abajo y se solidarizan con las y los que comienzan a vivir un futuro distinto.
Es decir, para que Pierrot te apruebe, tienes que ser algo a la vez mítico, fíctico (vide supra) y hecho de cartón piedra: tienes que ser un actor malo en una cadena de la SECOM. Porque si de esta lista sustraes a todas y todos las y los que alguna vez, secretamente, han sentido una extraña ráfaga de solidaridad y comprensión hacia una solitaria cerveza en una esquina, eso es lo que te queda. "Artesanos del país que necesitamos", y lo dice tan tranquilo y convencido, después de, párrafos atrás, hablar de "ideologías alejadas de la realidad". En fin. Estamos en tiempo de elecciones, y eso es lo que hay: es esa moda que vuelve y vuelve, el patrioterismo de corto alcance, la explosión de "obras" hechas o por hacer, que se vuelven motivo de autofelicitación de parte de quienes nada suyo arriesgaron en "hacerlas"; la pasarela de bellezas mediáticas que de repente han descubierto que "luchan" a diario por alguna cosa que suena bien en un póster o un mitin; en resumen, el eternamente renovado vótame de los parásitos y vampiros de siempre, o los wannabe parásitos del eternamente postergado futuro.
Porque, como ya dije, yo también pienso, estos días, en los muertos. Mejor dicho, en aquéllos que se resisten a ocupar su lugar de muertos: en los zombis, en los vampiros.
Si alguien se te acerca y dice "dame tu sangre, lo necesito (para hacer obras, claro, o para que la Revolución avance)", creo que puedes pensar en un vampiro sin pecar por lo prejuicioso. Es que él mismo te lo está diciendo.
Y me tienta añadir que realmente, esa sangre tuya no hace falta que se la dés, ni a él ni a ninguno de la misma especie... si no fuera porque eso suena terriblemente como apoyo a la agitación social.
Delicioso artículo como siempre. Mi profunda admiración a esa soltura del lenguaje y sobre todo a ese profundo y sensato pensamiento con la más exquisita sátira.
ReplyDeleteGracias. Te devuelvo algo de profunda admiración (me quedo una parte también, por si las moscas) por motivo de ese espíritu emprendedor que demuestras al dejar un comentario donde hace siglos que nadie más se atreve. Créelo o no, estas cosas me motivan.
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