El por qué de Londres
Me desperté en una preciosa tina de baño victoriana, dentro de una pequeña habitación desordenada y sucia, de paredes húmedas. Una rápida ojeada me confirmó que el baño estaba lleno de ácido sulfúrico, y que mis piernas, brazos, nalgas y gran parte de mi espalda ya prácticamente se habían disuelto. Solamente la barriga, producto de innumerables almuerzos ecuatorianos, aún flotaba, como una isla tropical de ensueño, encima de tanta líquida devastación. A su alrededor. algunos islotes de extremidades diversas, el inminente peligro de inundación. En ese momento, se me antojó interesante y curioso el hecho de que, si coges la piel, la sangre, las vísceras, los huesos de una persona, y los mezclas todos juntos mediante descomposición ácida, el resultado es una especie de lodo de color roble, tonalidad que nada tiene que ver con la de la piel, y eso a pesar de la gran importancia que algunos despistados le conceden a semejantes externalidades físicas. Apercibí detrás de mi cabeza un soplo de aire, como si alguien acabara de abrir una ventana. Se me acercó un hombre de mediana edad y baja estatura, con cabeza pequeña, boca de querubín, cabello de roedor, y aire de pedante contrariado.
- Weo que Ud. ya se dezpertó.
- Efectivamente, - le contesté con algo de dificultad (el ácido ya había destruido gran parte de mis pulmones). - ¿Dónde estoy?
- En Londrez, obwiamente - dijo el querubín con mueca sarcástica. - ¿Dónde más creez que la gente muere lentischmente en bañoz llenoz de ácido zulfúrischen?
- No sé. En México tal vez - le dije, solamente para llevarle la contraria. No sabría decir por qué, pero ese hombre me caía algo antipático.
- México, México, - gruñó el hombre. - Otra dezepzión. - Y se puso a hojear un tomo viejo, encuadernado en cuero agrietado, alguna obra de la autoría de Immanuel Kant. Dos o tres gotas de lluvia cayeron sobre el cristal sucio y empañado. Una ráfaga de viento hizo vibrar el carcomido marco de la ventana.
- Perdón, ¿quién es usted? - le pregunté, en una voz que apenas era más que un penoso susurro.
El hombre alzó la cabeza. - Ich heisse Karl. Soy azezino en serie. ¿Y usted?
- Endivio. Víctima en serie.
- ¿Wíctima en serie? Fortuito entoncez nuestro encuentro. - El hombre se rió: una risa corta, brusca, algo siniestra. - Cuénteme: ¿quién más le ha azezinado?
- No recuerdo, - le contesté algo apenado. - Cuando uno muere, se olvida de muchas cosas. Y he muerto tantas veces que tengo la memoria hecha pedazos. Pero ¿por qué me quiere matar usted?
- Porque el otro día le vi en Tescos con una vunda de... de legumbres leguminozischen. Fue en aquel inztante que empecé a idear la forma de su muerte.
Intenté hacer memoria. - ¿Lentejas? - titubeé.
El hombre se levantó de un salto. Su rostro se había deformado bajo el peso de una furia incontenible. - No wolwerá a pronunziar esa palabra delante de mí! De lo contrario... de lo contrario....
- De lo contrario, usted se encargará de que yo esté fuera de mí, sin dejar de ser yo - le contesté, en tono relajado y apaciguador. - Entiendo. - Estaba ya casi seguro de haber adivinado con quién hablaba.
- Exactamente, - dijo el querubín, algo más tranquilo. Después de un minuto de silencio, y con voz entrecortada, prosiguió, mientras caminaba de un lado a otro de la pequeña habitación. - Si no fuera por esa maldita... lenteja, como usted dize, yo fuera ahora el vilósofo más importante del mundo hispanoparlante, a pesar de mis defizientes conoschimientos del idioma. ¿Cómo pudieron hacerme eso? ¿Cómo?
- Y ¿qué es precisamente lo que le hicieron? - Al decir eso, vi que mis genitales, con un pequeño "glup", acababan de desaparecer para siempre bajo la superficie del ácido. Sentí una leve sensación de desazón.
- Usted lo zabe perfectamente - contestó Karl, acercándose a mis espaldas para agarrarme por la oreja y acercar mi cabeza al burbujeante ácido. - Usted se las da de traductor. ¿Qué significa Die Linse? ¿Eh? ¿Qué significa?
- Pues significa, si me permite, lenteja. O bien, lente.
- "O bien, lente". Ahora llegamoz a alguna parte. - Soltó mi oreja, o lo que quedaba de ella. - Y ahora, dígame usted, ¿qué es más probable, que un filósofo brillante, graduado de la Universidad de Jena y alumno del mismo Hegel, compare el fenómeno de la inmanencia diwina en el hombre y la naturaleza con una lente óptica, capaz de recibir, y de cierto modo contener, la luz proweniente de diferentez objetos, o con una lenteja?
- Más bien lo primero - , le dije, en tono conciliador, sin sentirme demasiado seguro de que ésa era la respuesta correcta.
- Entonces, ¿ahora entiende?
Asentí con la cabeza, o lo que quedaba de ella. Para aplacarle, dije: - Es cierto que los traductores, a veces...
No pude terminar la frase: el ácido ya estaba entrando en mi boca, y sentí disolverse mi lengua, en una especie de perturbación frenética y fruncida.
Sobrevino el silencio... es un decir. La lluvia, que hasta ahora se había expresado con gotas grandes y esporádicas, empezó a golpear la ventana con más insistencia. Los dos nos quedamos escuchando el viento y la lluvia de Londres, ambos presos de una especie de éxtasis místico, que era la lluvia sin dejar de ser otra cosa, una especie de disolución o desolación de las entrañas, un saberse rodeado de árboles grises, de museos victorianos, de tiendas de libros de segunda mano, un sobrevuelo mental por esos distritos postales fugazmente soleados que eran, según Larkin, cuadros de trigo densamente atestados; sobre todo, el saberse rodeado de casas como la que nosotros habitábamos, donde sólo había polvo, viento, historia y rarezas, donde morían las viejas profesoras de ballet al compás de un preludio de Chopin, donde uno podía reinventarse, ser cualquier cosa, hasta asesino en serie si quisiera, pero no por querer serlo sino por haberse olvidado a sí mismo, por haberse disuelto por así decirlo en la inmensidad e intensidad de todo lo que aún rodeaba y merodeaba y quedaba, en largos paseos bajo la lluvia, por olfatear y sentir.
- Weo que Ud. ya se dezpertó.
- Efectivamente, - le contesté con algo de dificultad (el ácido ya había destruido gran parte de mis pulmones). - ¿Dónde estoy?
- En Londrez, obwiamente - dijo el querubín con mueca sarcástica. - ¿Dónde más creez que la gente muere lentischmente en bañoz llenoz de ácido zulfúrischen?
- No sé. En México tal vez - le dije, solamente para llevarle la contraria. No sabría decir por qué, pero ese hombre me caía algo antipático.
- México, México, - gruñó el hombre. - Otra dezepzión. - Y se puso a hojear un tomo viejo, encuadernado en cuero agrietado, alguna obra de la autoría de Immanuel Kant. Dos o tres gotas de lluvia cayeron sobre el cristal sucio y empañado. Una ráfaga de viento hizo vibrar el carcomido marco de la ventana.
- Perdón, ¿quién es usted? - le pregunté, en una voz que apenas era más que un penoso susurro.
El hombre alzó la cabeza. - Ich heisse Karl. Soy azezino en serie. ¿Y usted?
- Endivio. Víctima en serie.
- ¿Wíctima en serie? Fortuito entoncez nuestro encuentro. - El hombre se rió: una risa corta, brusca, algo siniestra. - Cuénteme: ¿quién más le ha azezinado?
- No recuerdo, - le contesté algo apenado. - Cuando uno muere, se olvida de muchas cosas. Y he muerto tantas veces que tengo la memoria hecha pedazos. Pero ¿por qué me quiere matar usted?
- Porque el otro día le vi en Tescos con una vunda de... de legumbres leguminozischen. Fue en aquel inztante que empecé a idear la forma de su muerte.
Intenté hacer memoria. - ¿Lentejas? - titubeé.
El hombre se levantó de un salto. Su rostro se había deformado bajo el peso de una furia incontenible. - No wolwerá a pronunziar esa palabra delante de mí! De lo contrario... de lo contrario....
- De lo contrario, usted se encargará de que yo esté fuera de mí, sin dejar de ser yo - le contesté, en tono relajado y apaciguador. - Entiendo. - Estaba ya casi seguro de haber adivinado con quién hablaba.
- Exactamente, - dijo el querubín, algo más tranquilo. Después de un minuto de silencio, y con voz entrecortada, prosiguió, mientras caminaba de un lado a otro de la pequeña habitación. - Si no fuera por esa maldita... lenteja, como usted dize, yo fuera ahora el vilósofo más importante del mundo hispanoparlante, a pesar de mis defizientes conoschimientos del idioma. ¿Cómo pudieron hacerme eso? ¿Cómo?
- Y ¿qué es precisamente lo que le hicieron? - Al decir eso, vi que mis genitales, con un pequeño "glup", acababan de desaparecer para siempre bajo la superficie del ácido. Sentí una leve sensación de desazón.
- Usted lo zabe perfectamente - contestó Karl, acercándose a mis espaldas para agarrarme por la oreja y acercar mi cabeza al burbujeante ácido. - Usted se las da de traductor. ¿Qué significa Die Linse? ¿Eh? ¿Qué significa?
- Pues significa, si me permite, lenteja. O bien, lente.
- "O bien, lente". Ahora llegamoz a alguna parte. - Soltó mi oreja, o lo que quedaba de ella. - Y ahora, dígame usted, ¿qué es más probable, que un filósofo brillante, graduado de la Universidad de Jena y alumno del mismo Hegel, compare el fenómeno de la inmanencia diwina en el hombre y la naturaleza con una lente óptica, capaz de recibir, y de cierto modo contener, la luz proweniente de diferentez objetos, o con una lenteja?
- Más bien lo primero - , le dije, en tono conciliador, sin sentirme demasiado seguro de que ésa era la respuesta correcta.
- Entonces, ¿ahora entiende?
Asentí con la cabeza, o lo que quedaba de ella. Para aplacarle, dije: - Es cierto que los traductores, a veces...
No pude terminar la frase: el ácido ya estaba entrando en mi boca, y sentí disolverse mi lengua, en una especie de perturbación frenética y fruncida.
Sobrevino el silencio... es un decir. La lluvia, que hasta ahora se había expresado con gotas grandes y esporádicas, empezó a golpear la ventana con más insistencia. Los dos nos quedamos escuchando el viento y la lluvia de Londres, ambos presos de una especie de éxtasis místico, que era la lluvia sin dejar de ser otra cosa, una especie de disolución o desolación de las entrañas, un saberse rodeado de árboles grises, de museos victorianos, de tiendas de libros de segunda mano, un sobrevuelo mental por esos distritos postales fugazmente soleados que eran, según Larkin, cuadros de trigo densamente atestados; sobre todo, el saberse rodeado de casas como la que nosotros habitábamos, donde sólo había polvo, viento, historia y rarezas, donde morían las viejas profesoras de ballet al compás de un preludio de Chopin, donde uno podía reinventarse, ser cualquier cosa, hasta asesino en serie si quisiera, pero no por querer serlo sino por haberse olvidado a sí mismo, por haberse disuelto por así decirlo en la inmensidad e intensidad de todo lo que aún rodeaba y merodeaba y quedaba, en largos paseos bajo la lluvia, por olfatear y sentir.
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