Por fin llueve (la cita escurridiza)
Tengo cita con la lluvia. De aquí una hora salgo al patio. Espero para entonces no amaine, como tantas lluvias de estas pasadas semanas. Tiene que durar, fortalecerse, tronar, ocupar toda la noche. Quiero volver a descubrir la distancia, la lejanía, lo subjetivamente infinito, esa dimensión que sólo el sonido de la lluvia puede revelarte. Lo necesito tanto.
Mientras, voy a volver sobre algunos pasos anteriores. Voy a repetirme. Lo hago a menudo en este blog; a veces, me acuso de reciclador. No importa. He notado muchas veces a lo largo de los años que todo el que tiene algo que decir, lo dice más de una vez: tanto es así (y sobre todo ahora, en este mundo tan sordo) que quien no recalca como que se pierde en el ruido circundante, y algunos genios a veces se confunden peligrosamente con aquellos locos de una única idée fixe. En el concierto mismo de la lluvia hay muchas repeticiones, así no llegue a basso ostinato.
La cita, entonces, que seguramente habrá salido antes en estas páginas, aunque no recuerdo dónde:
“Il n’y a qu’une chose qui mérite le mépris: c’est le mépris.”
Lo he probado en Google en diferentes versiones (“La seule chose qui mérite…”) y diferentes idiomas. En castellano:
“Lo único que merece desprecio es el desprecio.”
Google no suelta prenda, y yo tengo una pésima memoria. Creo que la cogí de Maeterlinck, pero también sospecho que Maeterlinck a su vez puede haberla prestado de Marco Aurelio. (Resisto aquí el impulso de hablar de esas librerías inglesas de segunda mano – léase décima mano – como el Penn Bookshop, esos antros polvorientos llenos de sabiduría añeja y de potboilers de hace un siglo, de dónde la edición de los Pensamientosde Marco Aurelio, con anotaciones en lápiz, de puño desconocido, todavía visibles, que hace años guardaba: no quiero llenarme de nostalgia y de tristeza. Bueno, sólo un poco, lo preciso.) La cuestión es que lo leí en algún momento durante la infancia, y fue el flechazo: ya tenía mi cita preferida oficial para el resto de la vida. A más de buena, la frase me parecía una obviedad: pero de ésas que hay que recordar de vez en cuando.
Con los años, descubrí que no era así. Existen quienes no están de acuerdo en que lo único que merece desprecio es el desprecio. Sin embargo, no suelen fundamentar su postura. Me dicen cosas como: y los violadores, ¿qué?
Me entristece tener que enterarme, de ese modo, de que hay gente que piensa que la violación no es un acto de desprecio. ¿Qué demonios es violar, robar, matar, entonces, si no es despreciar a otro ser humano?
- Ah - , me contestan, visiblemente aliviados. – Así que no quieres decir que esté mal despreciar a determinadas personas. Mientras lo haces por una buena razón. Mientras ellos se lo merecen.
No, no quiero decir eso. Presten atención. Probemos de otra manera:
No sacas nada bueno, ni demuestras ser buena persona, despreciando a quien sea, por la razón que sea.
Más contundente, quizás:
Cuando desprecias al violador, te colocas en el mismo nivel que ese violador. No digo el mismo nivel moral, pero sí psicológico. Por dentro, y obviando sutilezas – por dentro, digo, en la parte que más importa porque precede a los meros actos morales visibles - eres igual que él.
De donde nace el corolario (y aquí es donde más reciclo): no hay nada malo en ser obstinadamente humano. Puede que a veces humanismo y cojudez se parecen, pero son de distinta familia.
Debo añadir, para quién esté pensando probarlo en casa: es un credo doloroso, que te va a meter en muchos problemas. Mejor lo practiques, como yo, solamente a medias. O, como Gandhi y Mandela, sólo cuando alguien importante está mirando.
¿Doloroso? Tanto, que a veces uno desearía poder consolarse con el pensamiento de que los manifestantes en Venezuela sí son fascistas(es decir, son de lo más despreciable que ser humano puede concebir: fascista quiere decir eso, ¿sabías?), a pesar de las apariencias, y a pesar de que la única evidencia hasta la fecha aducida al respecto es la palabra de un señor muy respetable que conversa con gente difunta en forma de pajarito.
Pensar eso me daría Licencia para Despreciar, lo cual me convierte en un tipo cero-cero, algo especial. (El desprecio nace del complejo de inferioridad, eso es básico.) También me concedería vida social instantánea: ¡ven, únete a la Gran Familia de la gente no fascista!
Pero no puedo.
¿Por qué no?
Valores. Tu cita estrella revela tus valores (aunque de una manera que te sorprendería, quizás). Lo dicho (aquí, passim): el más cortés, en su interior, suele ser el tipo más cruel. Sólo el picor insistente de esa crueldad secreta puede redondear y endurecer esa piedra demasiado exquisita que todo el mundo ve. A mí me enseñaron, porque soy ese tipo de hijueputa que lo necesita: no desprecies, no violes. Tus pretendidas virtudes son sólo cálculos y perezas, la disponibilidad ajena es sólo figura óptica. Desengáñate.
(Ah, y no nos “enseñan” valores. Acaso sólo ese metavalor que se resume en “contradigate”. A partir de ahí, si no nos joden, escogemos cada uno, a cierta edad, los valores que necesitamos: los que contrastan con esa cosa inconfesable que sabemos que somos en el interior. Pienso en mis valores, y me enfrento al reflejo de mi intimidad: quien pretende, entonces, “enseñar valores” a los niños se revela abusador de niños, pues pretende introducir parte de él en lo más recóndito e íntimo que el otro tiene. Es algo asqueroso, pero, como tantas cosas asquerosas, es también consenso y realidad social. Vengan solidaridades, vengan desprendimientos. Me encanta el que el inglés no tiene un verbo solidarizarse, al igual que me perturba que el castellano no tiene nada para smug.)
Contradigate. Un inglés es un volcán. Afortunadamente, la mayoría, en la práctica, somos extintos.
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