¡Que viene la derecha!
Tranquilos: no quisiera para nada interrumpir su orgía de complaciente autofelicitación. Me imagino que debe ser la mar de agradable sentirse miembro de una casta superior, en este caso "la Izquierda", superior no tanto en riquezas (aunque déjales ir) como en virtud moral, en bondad y solidaridad y tierna simpatía hacia el prójimo. Todas aquellas cosas que le faltan a "la Derecha", que como sabemos consiste mayormente en gente egoista, malévola, corrupta y amoral. Esto, sin hablar de la inteligencia, atributo que se encuentra muy extendida entre personas de izquierdas (hasta el punto que son capaces incluso de entender una columna de Orlando Pérez), mientras que el derechista, casi por definición, es un cretino. Repito: no quisiera para nada cuestionar tales verdades evidentes. ¿Quién iba a querer orinar sobre unas papas fritas tan suculentas? Lo mío no es irrumpir en las fiestas, peor aguarlas. No. Lo que yo hago en las fiestas, desde una edad muy temprana, es simplemente evitarlas: y cuando no puedo hacer eso, refugiarme en el vomitorium.
Cuando digo vomitorium, no es en el sentido prístino románico de un lugar que vomita gente; sino en el moderno, es decir, un lugar donde la gente vomita. En la típica fiesta casera, puede ser el cuarto de baño con su gran teléfono blanco dotado de conexión permanente con el bueno de Hughie; en fiestas más grandes, ésas a las que un servidor puede ser invitado por error o inercia de sistema, se trataría más bien de un pasillo estrecho, algo tenebroso, con gran presencia entomológica, alguna telaraña, y una luz tenue que desborda por una ventanita alta, la de la cocina tal vez. Allí hay ronroneo de máquinas de aire acondicionado, o bien (según latitud) simple lluvia; en todo caso, hay algún ruido nocturno propio del lugar que, mezclado con las ráfagas de barullo lejano que provienen del interior del edificio, predispone a la higiene gástrica, o sea al acto emético, llevado a cabo de una manera paciente y reflexiva. Pues bien: mi prioridad inicial al llegar a cualquier fiesta es encontrar ese lugar, el refugio de afuera, adonde uno se dirige cuando quiere fumar, vomitar sobre las flores, respirar aire fresco, o simplemente cuando se ha hartado de tanta gente, de tanto maquillaje y maquillarse.
Es con el tiempo que uno se da cuenta de que, hasta en el vomitorium, uno nunca está completamente a solas.
Ahí está, por ejemplo, en las sombras, J. Alfred Prufrock, aunque nunca me atreví a abordarle: con el tiempo uno aprende a reconocerle por su peinado, y por las bastas de su pantalón. Eliot no lo dice, pero el tipo fuma como chimenea. De hecho, casi todos lo hacemos allá afuera. Y es que eso de tornarse siervo de Philip Morris, eso de irse matando poco a poco, no es muy de izquierdas, por lo menos hoy en día. Allá dentro sería muy mal visto. Lo que sí es es de gente gente. En serio: del edificio en llamas donde no conozco a nadie, yo siempre salvaría al fumador (el que probablemente sin querer originó el incendio) sobre la base de que, estadísticamente, es mucho más alta la probabilidad de que sea buena gente. (Y si le parece irónico eso de salvar al que quiere morir, rumien esto: es casi una certeza que el día que finalmente aíslen y neutralicen el gen de la vejez y creen el primer ser humano inmortal, será el mismo día que el mundo se volverá tan espeluznantemente horrible que nadie en su sano juicio querrá vivir más allá de los cincuenta.) En fin: este artículo es para ellos: para mis compañeros de vomitorio. Para aquéllos que, sin encontrar razones por ser de los malos, ya se hartaron de ser de los buenos. Para los cansados de tanto odio y de tanto maniqueísmo. Para los que descubrieron que hay modo de dejar de ser títere sin desplomarse.
Lo que quiero decirles a estos compañeros es muy simple (y además, ya lo saben, así que habrá que meterle palabrería al asunto para que parezca menos obvio y redundante que lo que realmente es). Se puede, sí y sí, o mejor dicho, quizás y sí, ser de centro y sin ideología. ¿Por qué no? Empezando por la ideología: supongo que a estas alturas, cualquier ser humano medianamente culto sabe que la ideología (cualquier ideología) tiene la misma relación con las ideas que la astrología con los astros. Se selecciona unos cuantos (ideas o astros) sin ton ni son, basándose tal vez en un libro, o en la figura de unos peces que uno pretende vislumbrar allá, o en la simple falta de perspectiva: a continuación, se crea un "sistema", la mar de dodecafónico, que se pretende completo (abarca todo el año, todos los nacimientos, todos los seres humanos aunque vivan en un país cuyo capital no conoces), y finalmente, empiezas a ganarte la plata prediciendo el futuro y prejuzgando al prójimo, que siempre será menos que tú porque él sólo entiende la parte que le toca, mientras tú, con tu ideología, lo abarcas todo todito. Y lo último que tiene en común la astrología y la ideología: el cielo se ríe de ti. Tanto, que hay noches que ni levantarías la mirada.
Quiero decir que estrellas e ideas, siempre hay demasiadas como para destilar de ellas cualquier "sistema". Si no lo ves, es posible que sufras de intoxicación por ingesta de plomo. Enciérrate en el baño y revisa tus coliflores.
A veces, como profesor, me enerva y me desespera el tener alumnos que son (pretenden ser) del siglo veintiuno, sin haber pasado por el veinte. En otras partes de este blog dejé constancia de mi desazón ante el hecho palpable de que en este país, aún se puede ser "patriota" sin desentonar, incluso "patriota y de izquierdas", cosa que a mí me suena como "misógino feminista", es decir, que suena a boutade aunque cuando te lo piensas, ya no. Pues bien: al parecer, y siempre según el oráculo de Pérez, que como todo oráculo se expresa con toda la claridad de unas instrucciones para kit de mueblería IKEA traducidas del japonés por un disléxico con Tourette's, en este país también y aun a estas alturas se puede tener una ideología. Mejor aun: se debe. Si no tienes ideología es como si llevaras el cierre bajo, o como si fueras ateo, o cualquier monstruosidad por el estilo.
Es como si no acabáramos de pasar por el siglo veinte, el de los campos de exterminio levantados en altares a la ideología. Es como si aquí, los libros de historia se publicaran en blanco. Es como una pesadilla.
¿No sabrán estos alumnos, no sabrá ese tal Orlando Pérez, que acabamos de sobrevivir, milagrosamente se puede decir, a un siglo que fue el de las ideologías, las cuales entre ellas (socialismo, nacionalsocialismo, nacionalismo a secas, vide patriotismo) se encargaron de exterminar a más seres humanos en apenas 80 años que las religiones judeocristianas habían conseguido hacer en los precedentes 800? Pedirle una ideología a los invitados a tu fiesta es como decirles: trae tu machete. Lo que es yo, prefiero una botella. También puede ser arma, pero sólo para los carentes de imaginación. Tiene más usos.
Insisto: desde el Owenismo o Fourierismo hasta el presente, nunca se les ha demostrado más utilidad a las ideologías que la de crearse enemigos a quienes decapitar, invadir, robar, violar, incinerar. Si has encontrado por algún lugar una ideología que sirva para algo más que eso, cuéntamelo. En serio, me fascinaría saber de ella.
Hasta de las religiones se les puede sacar, y perdonar, algún himno medianamente bueno, algún cuadro del viejo Theotokopoulos, alguna misa en si menor de ya sabes quién. De las ideologías no se les conoce otro producto cultural que no sea el manual de odio, ése sí, imprescindible. Y todos esos manuales dicen exactamente lo mismo: la humanidad se divide entre Nosotros y Ellos. Y la humanidad de Ellos es, además, teoría no demostrada. Como hace mucho observó Voltaire: una religión en un país es tiranía, dos es baño de sangre, treinta es paz y armonía social. Las ideologías son inventos del dios muerte para perpetuar el baño de sangre, mediante el viejo recurso maniqueo. ¿A ti te parece que hay diversas clases sociales, otras tantas económicas, gran diversidad de religiones, de etnias, de lenguas, de puntos de vista, de modos de engullir cerveza o de lucir falda? Mentira. Sólo hay dos. Lo que hay es nosotros, versus el resto. Desde que se te ocurre eso, tienes dos opciones: o bien te haces tratar de un buen psicólogo, o bien te resignas a cargar, algunos por el resto de su vida, con una ideología, o sea, con una paranoia clínicamente tratable hecha inquebrantable sistema.
Objetarán: ideología es sólo coherencia. ¿Ensalzas incoherencia y contradicción? No. Ensalzo la madurez, también conocida como duda redentora. Verás: los viejos no servimos para mucho (eso de la "sabiduría" de los ancianos es cuento chino) pero sí, por lo menos, tenemos esto: al llegar a cierta edad, uno se levanta de la cama un día y, golpeándose la frente con la palma de la mano, dice: "¡claro! se puede ser a la vez perfectamente coherente y perfectamente equivocado". Cuando te das cuenta de eso, cambia tu percepción de los seres humanos. Donde antes la incoherencia te irritaba, ahora te inspira ternura o, llanamente, admiración, pues por fin te has dado cuenta de que el que lucha contra su propia coherencia, la que le atraviesa el corazón como estaca, lo hace porque el mismo le está llevando por el camino de la muerte. Hitchens decía que si era fácil que un hombre bueno haga cosas buenas y el malo, malas, para conseguir que un hombre bueno haga cosas malas necesitas algo extra: necesitas religión (otra suerte de coherencia). Religión o ideología, en fin. Cada uno tenemos nuestra coherencia propia, nuestro arreglo de ideas favorecidas que hemos dispuesto en nuestra cabeza como mueblería hogareña, nos acostumbramos a convivir con ellas, nos consuelan. Pero pensar que todo el mundo debe seguir tus propios criterios estéticos, fuera locura. Puedes tener la ideología que quieras, pero ¿imponérmela? ya no. Y el problema de las ideologías es que todas toditas vienen con esa clausula: esta ideología caduca en 15 días a menos que hayas conseguido imponérsela a otro ser humano mediante la persuasión o la fuerza. Las ideologías piden sangre, es su naturaleza. ¿Se puede vivir sin ellas? Afortunadamente, sí.
Te explico cómo. Si eres fumador y algo de decencia tienes, te habrás molestado en hacer la siguiente pesquisa en Google: ¿cuál es la distancia mínima que tienes que guardar para con otras personas en un espacio abierto para que tus partículas de humo se pierdan en la atmósfera circundante antes de llegar a ellas? Y a partir de ahí, guardas esa distancia (8m). Lo mismo aplica. Si te aflige cierta terrible coherencia, el mismo que te pide crear campos de exterminio para aquellas personas que no llevan tu misma camiseta, o por lo menos, levantar alrededor de ellos barreras de reglamentos, de leyes punitivas, de ladrones a sueldo con hombreras numeradas dispuestas a expropiar cuando el payaso de la boina roja te lo dice, simplemente buscas la distancia mínima que debes de guardar para que ese miasma que tú respiras a cada minuto no llegue a la nariz de tus semejantes, y mucho menos, a los estatutos. Guardando las formas, disfrazándote de persona decente, es como si lo fueras. Claro que tiene que haber una cultura que te lo aconseje.
Que haya personas sin decencia, carentes de ese instinto redentor que dice: lo que hay dentro de esa persona es insondable, tanto como lo que hay dentro de mí, no tengo derecho... pues sí, psicópatas. Pero no son tan numerosas. El resto, cuestión de dejarles cumplir ciertos años, los que hagan falta. La longevidad milita a favor de la sociedad.
Para psicópatas un botón. Aquí va Hegel (de quien nadie diría que no fue coherente):
Debe entenderse que todo el valor que posee el ser humano - toda realidad espiritual - posee solamente a través del Estado. ... Es su único modo de alcanzar la plena conciencia, su único modo de participar en la moralidad... Lo Universal solamente se encuentra en el Estado, en sus leyes, en sus arreglos universales y racionales. El Estado es la expresión de la Idea Divina en la tierra.
(La Filosofía de la Historia, 1831)
Y acá, un columnista cualquiera de El Telégrafo:
Ahora se tiene el poder del Estado, siendo gobierno, y a merced de las elecciones, pero el poder toma otros modos de ser y estar. No basta tener el poder del Estado sea central o de los territorios con los GAD. Se requiere otros niveles del poder social y comunal para llegar a disputar el poder de las estructuras y del propio sistema. A este nivel se llega con una poderosa organización popular. Así en las elecciones no se juega todo el capital político sino una parte sin llegar a poner en riesgo todo el modelo de una democracia participativa que debe llegar a ser radical. Sin ideología, sin militancia es muy difícil alcanzar un voto ideológico. Lo que se requiere es acelerar el paso hacia el poder popular sin quedar estancados en el poder del Estado.
Me vence el sueño, pero cuento siete "poderes", más una "poderosa": hasta en un escritor mediocre, tamaño basso ostinato garantiza patología galopante, incontrolada. ¿Piensas que lo que anhela este escritor es tener poder sobre, no sé, el tránsito en Quito, los cacas de perros en las urbanizaciones, los deshechos vertidos en el Estero Salado? A mí me parece que no. Esta copiosa y amarillenta baba que le surca el mentón viene inspirada por la idea de tener poder sobre ti. (Sobre mí, no tanto: los viejos moribundos propensos a la tos y a la bursitis no solemos inspirar grandes fantasías sexuales.) Antaño, le hubiera llamado la atención ese poder del Estado que ahora le parece llanamente insuficiente: ya se graduó, se inició, falta droga más fuerte. El problema de una democracia erigida sobre restos y recuerdos de un mítico Estado de Derecho es que a las personas, aun humillándoles, les deja con algo de dignidad residual. El ideólogo quiere verte en el potro, aullando, o en la alcantarilla, sangrando. Supongo que todos ustedes saben lo que significa "organización popular". Hablemos en cristiano: machetes, bates de beisbol, después algún que otro Parabellum, después algunos Kalashnikov. La sonrisa triunfadora del tipo ése, el de la mente preclara, que dirige las patadas desde la puerta. El modelo cubano o norcoreano, vaya. Eso que para nuestro querido Presidente es "otra forma de democracia".
Y como no puede ser menos, como quien enseña orgullosamente la herida supurante que le distingue como individuo: "tengo una ideología". Y como toda ideología, quiere contagiarse. Quiere un "voto ideológico": el mismo que le acaban de birlar en las últimas elecciones, las del tránsito y de la caca de perro.
¿Aprenderemos a tiempo a desconfiar de estas personas, de estos ideólogos?
Tal vez sí, pero no estoy seguro de que lo consigamos diciendo que somos "del centro". El problema es que la misma expresión pertenece a una ideología: la del espectro político, que como todo espectro, se resiste a pasar a mejor vida. Ya sobran las demostraciones de que categorizar a las personas como "de derecha", "de izquierda" fuera esperpento aunque fuéramos chimpancés y no humanos. El problema es que con esto, todavía puedes armar brillantes fiestas. La creme de la creme. El Quito selecto: chusma no, por favor. Otro problema, que yo percaté jugando al rugby en el colegio: si estás en el centro, efectivamente duplicas las posibilidades de que la pelota llegue hacia ti, y con ella, la horda, las patadas, los benditos mamporros. Estar en el centro es como confesarse masoquista. Te van a agredir por las dos bandas. ¿Eso quieres? Yo, personalmente, paso.
Queda otra opción: la de salir al pasillo y vomitar.
Y lo único que te sorprenderá allá fuera es constatar cuántos somos, y que a diferencia de lo que dicen a nuestras espaldas, ninguno llevamos insignia nazi. El hastío, el asco ante el discurso irresponsable no lleva color, ni logotipo, ni siglas. Tal vez tiene edad. Voto a favor de la vejez. A mí me ha solucionado ya muchos quebraderos de cabeza.
Hagámonos viejos.
Cuando digo vomitorium, no es en el sentido prístino románico de un lugar que vomita gente; sino en el moderno, es decir, un lugar donde la gente vomita. En la típica fiesta casera, puede ser el cuarto de baño con su gran teléfono blanco dotado de conexión permanente con el bueno de Hughie; en fiestas más grandes, ésas a las que un servidor puede ser invitado por error o inercia de sistema, se trataría más bien de un pasillo estrecho, algo tenebroso, con gran presencia entomológica, alguna telaraña, y una luz tenue que desborda por una ventanita alta, la de la cocina tal vez. Allí hay ronroneo de máquinas de aire acondicionado, o bien (según latitud) simple lluvia; en todo caso, hay algún ruido nocturno propio del lugar que, mezclado con las ráfagas de barullo lejano que provienen del interior del edificio, predispone a la higiene gástrica, o sea al acto emético, llevado a cabo de una manera paciente y reflexiva. Pues bien: mi prioridad inicial al llegar a cualquier fiesta es encontrar ese lugar, el refugio de afuera, adonde uno se dirige cuando quiere fumar, vomitar sobre las flores, respirar aire fresco, o simplemente cuando se ha hartado de tanta gente, de tanto maquillaje y maquillarse.
Es con el tiempo que uno se da cuenta de que, hasta en el vomitorium, uno nunca está completamente a solas.
Ahí está, por ejemplo, en las sombras, J. Alfred Prufrock, aunque nunca me atreví a abordarle: con el tiempo uno aprende a reconocerle por su peinado, y por las bastas de su pantalón. Eliot no lo dice, pero el tipo fuma como chimenea. De hecho, casi todos lo hacemos allá afuera. Y es que eso de tornarse siervo de Philip Morris, eso de irse matando poco a poco, no es muy de izquierdas, por lo menos hoy en día. Allá dentro sería muy mal visto. Lo que sí es es de gente gente. En serio: del edificio en llamas donde no conozco a nadie, yo siempre salvaría al fumador (el que probablemente sin querer originó el incendio) sobre la base de que, estadísticamente, es mucho más alta la probabilidad de que sea buena gente. (Y si le parece irónico eso de salvar al que quiere morir, rumien esto: es casi una certeza que el día que finalmente aíslen y neutralicen el gen de la vejez y creen el primer ser humano inmortal, será el mismo día que el mundo se volverá tan espeluznantemente horrible que nadie en su sano juicio querrá vivir más allá de los cincuenta.) En fin: este artículo es para ellos: para mis compañeros de vomitorio. Para aquéllos que, sin encontrar razones por ser de los malos, ya se hartaron de ser de los buenos. Para los cansados de tanto odio y de tanto maniqueísmo. Para los que descubrieron que hay modo de dejar de ser títere sin desplomarse.
Lo que quiero decirles a estos compañeros es muy simple (y además, ya lo saben, así que habrá que meterle palabrería al asunto para que parezca menos obvio y redundante que lo que realmente es). Se puede, sí y sí, o mejor dicho, quizás y sí, ser de centro y sin ideología. ¿Por qué no? Empezando por la ideología: supongo que a estas alturas, cualquier ser humano medianamente culto sabe que la ideología (cualquier ideología) tiene la misma relación con las ideas que la astrología con los astros. Se selecciona unos cuantos (ideas o astros) sin ton ni son, basándose tal vez en un libro, o en la figura de unos peces que uno pretende vislumbrar allá, o en la simple falta de perspectiva: a continuación, se crea un "sistema", la mar de dodecafónico, que se pretende completo (abarca todo el año, todos los nacimientos, todos los seres humanos aunque vivan en un país cuyo capital no conoces), y finalmente, empiezas a ganarte la plata prediciendo el futuro y prejuzgando al prójimo, que siempre será menos que tú porque él sólo entiende la parte que le toca, mientras tú, con tu ideología, lo abarcas todo todito. Y lo último que tiene en común la astrología y la ideología: el cielo se ríe de ti. Tanto, que hay noches que ni levantarías la mirada.
Quiero decir que estrellas e ideas, siempre hay demasiadas como para destilar de ellas cualquier "sistema". Si no lo ves, es posible que sufras de intoxicación por ingesta de plomo. Enciérrate en el baño y revisa tus coliflores.
A veces, como profesor, me enerva y me desespera el tener alumnos que son (pretenden ser) del siglo veintiuno, sin haber pasado por el veinte. En otras partes de este blog dejé constancia de mi desazón ante el hecho palpable de que en este país, aún se puede ser "patriota" sin desentonar, incluso "patriota y de izquierdas", cosa que a mí me suena como "misógino feminista", es decir, que suena a boutade aunque cuando te lo piensas, ya no. Pues bien: al parecer, y siempre según el oráculo de Pérez, que como todo oráculo se expresa con toda la claridad de unas instrucciones para kit de mueblería IKEA traducidas del japonés por un disléxico con Tourette's, en este país también y aun a estas alturas se puede tener una ideología. Mejor aun: se debe. Si no tienes ideología es como si llevaras el cierre bajo, o como si fueras ateo, o cualquier monstruosidad por el estilo.
Es como si no acabáramos de pasar por el siglo veinte, el de los campos de exterminio levantados en altares a la ideología. Es como si aquí, los libros de historia se publicaran en blanco. Es como una pesadilla.
¿No sabrán estos alumnos, no sabrá ese tal Orlando Pérez, que acabamos de sobrevivir, milagrosamente se puede decir, a un siglo que fue el de las ideologías, las cuales entre ellas (socialismo, nacionalsocialismo, nacionalismo a secas, vide patriotismo) se encargaron de exterminar a más seres humanos en apenas 80 años que las religiones judeocristianas habían conseguido hacer en los precedentes 800? Pedirle una ideología a los invitados a tu fiesta es como decirles: trae tu machete. Lo que es yo, prefiero una botella. También puede ser arma, pero sólo para los carentes de imaginación. Tiene más usos.
Insisto: desde el Owenismo o Fourierismo hasta el presente, nunca se les ha demostrado más utilidad a las ideologías que la de crearse enemigos a quienes decapitar, invadir, robar, violar, incinerar. Si has encontrado por algún lugar una ideología que sirva para algo más que eso, cuéntamelo. En serio, me fascinaría saber de ella.
Hasta de las religiones se les puede sacar, y perdonar, algún himno medianamente bueno, algún cuadro del viejo Theotokopoulos, alguna misa en si menor de ya sabes quién. De las ideologías no se les conoce otro producto cultural que no sea el manual de odio, ése sí, imprescindible. Y todos esos manuales dicen exactamente lo mismo: la humanidad se divide entre Nosotros y Ellos. Y la humanidad de Ellos es, además, teoría no demostrada. Como hace mucho observó Voltaire: una religión en un país es tiranía, dos es baño de sangre, treinta es paz y armonía social. Las ideologías son inventos del dios muerte para perpetuar el baño de sangre, mediante el viejo recurso maniqueo. ¿A ti te parece que hay diversas clases sociales, otras tantas económicas, gran diversidad de religiones, de etnias, de lenguas, de puntos de vista, de modos de engullir cerveza o de lucir falda? Mentira. Sólo hay dos. Lo que hay es nosotros, versus el resto. Desde que se te ocurre eso, tienes dos opciones: o bien te haces tratar de un buen psicólogo, o bien te resignas a cargar, algunos por el resto de su vida, con una ideología, o sea, con una paranoia clínicamente tratable hecha inquebrantable sistema.
Objetarán: ideología es sólo coherencia. ¿Ensalzas incoherencia y contradicción? No. Ensalzo la madurez, también conocida como duda redentora. Verás: los viejos no servimos para mucho (eso de la "sabiduría" de los ancianos es cuento chino) pero sí, por lo menos, tenemos esto: al llegar a cierta edad, uno se levanta de la cama un día y, golpeándose la frente con la palma de la mano, dice: "¡claro! se puede ser a la vez perfectamente coherente y perfectamente equivocado". Cuando te das cuenta de eso, cambia tu percepción de los seres humanos. Donde antes la incoherencia te irritaba, ahora te inspira ternura o, llanamente, admiración, pues por fin te has dado cuenta de que el que lucha contra su propia coherencia, la que le atraviesa el corazón como estaca, lo hace porque el mismo le está llevando por el camino de la muerte. Hitchens decía que si era fácil que un hombre bueno haga cosas buenas y el malo, malas, para conseguir que un hombre bueno haga cosas malas necesitas algo extra: necesitas religión (otra suerte de coherencia). Religión o ideología, en fin. Cada uno tenemos nuestra coherencia propia, nuestro arreglo de ideas favorecidas que hemos dispuesto en nuestra cabeza como mueblería hogareña, nos acostumbramos a convivir con ellas, nos consuelan. Pero pensar que todo el mundo debe seguir tus propios criterios estéticos, fuera locura. Puedes tener la ideología que quieras, pero ¿imponérmela? ya no. Y el problema de las ideologías es que todas toditas vienen con esa clausula: esta ideología caduca en 15 días a menos que hayas conseguido imponérsela a otro ser humano mediante la persuasión o la fuerza. Las ideologías piden sangre, es su naturaleza. ¿Se puede vivir sin ellas? Afortunadamente, sí.
Te explico cómo. Si eres fumador y algo de decencia tienes, te habrás molestado en hacer la siguiente pesquisa en Google: ¿cuál es la distancia mínima que tienes que guardar para con otras personas en un espacio abierto para que tus partículas de humo se pierdan en la atmósfera circundante antes de llegar a ellas? Y a partir de ahí, guardas esa distancia (8m). Lo mismo aplica. Si te aflige cierta terrible coherencia, el mismo que te pide crear campos de exterminio para aquellas personas que no llevan tu misma camiseta, o por lo menos, levantar alrededor de ellos barreras de reglamentos, de leyes punitivas, de ladrones a sueldo con hombreras numeradas dispuestas a expropiar cuando el payaso de la boina roja te lo dice, simplemente buscas la distancia mínima que debes de guardar para que ese miasma que tú respiras a cada minuto no llegue a la nariz de tus semejantes, y mucho menos, a los estatutos. Guardando las formas, disfrazándote de persona decente, es como si lo fueras. Claro que tiene que haber una cultura que te lo aconseje.
Que haya personas sin decencia, carentes de ese instinto redentor que dice: lo que hay dentro de esa persona es insondable, tanto como lo que hay dentro de mí, no tengo derecho... pues sí, psicópatas. Pero no son tan numerosas. El resto, cuestión de dejarles cumplir ciertos años, los que hagan falta. La longevidad milita a favor de la sociedad.
Para psicópatas un botón. Aquí va Hegel (de quien nadie diría que no fue coherente):
Debe entenderse que todo el valor que posee el ser humano - toda realidad espiritual - posee solamente a través del Estado. ... Es su único modo de alcanzar la plena conciencia, su único modo de participar en la moralidad... Lo Universal solamente se encuentra en el Estado, en sus leyes, en sus arreglos universales y racionales. El Estado es la expresión de la Idea Divina en la tierra.
(La Filosofía de la Historia, 1831)
Y acá, un columnista cualquiera de El Telégrafo:
Ahora se tiene el poder del Estado, siendo gobierno, y a merced de las elecciones, pero el poder toma otros modos de ser y estar. No basta tener el poder del Estado sea central o de los territorios con los GAD. Se requiere otros niveles del poder social y comunal para llegar a disputar el poder de las estructuras y del propio sistema. A este nivel se llega con una poderosa organización popular. Así en las elecciones no se juega todo el capital político sino una parte sin llegar a poner en riesgo todo el modelo de una democracia participativa que debe llegar a ser radical. Sin ideología, sin militancia es muy difícil alcanzar un voto ideológico. Lo que se requiere es acelerar el paso hacia el poder popular sin quedar estancados en el poder del Estado.
Me vence el sueño, pero cuento siete "poderes", más una "poderosa": hasta en un escritor mediocre, tamaño basso ostinato garantiza patología galopante, incontrolada. ¿Piensas que lo que anhela este escritor es tener poder sobre, no sé, el tránsito en Quito, los cacas de perros en las urbanizaciones, los deshechos vertidos en el Estero Salado? A mí me parece que no. Esta copiosa y amarillenta baba que le surca el mentón viene inspirada por la idea de tener poder sobre ti. (Sobre mí, no tanto: los viejos moribundos propensos a la tos y a la bursitis no solemos inspirar grandes fantasías sexuales.) Antaño, le hubiera llamado la atención ese poder del Estado que ahora le parece llanamente insuficiente: ya se graduó, se inició, falta droga más fuerte. El problema de una democracia erigida sobre restos y recuerdos de un mítico Estado de Derecho es que a las personas, aun humillándoles, les deja con algo de dignidad residual. El ideólogo quiere verte en el potro, aullando, o en la alcantarilla, sangrando. Supongo que todos ustedes saben lo que significa "organización popular". Hablemos en cristiano: machetes, bates de beisbol, después algún que otro Parabellum, después algunos Kalashnikov. La sonrisa triunfadora del tipo ése, el de la mente preclara, que dirige las patadas desde la puerta. El modelo cubano o norcoreano, vaya. Eso que para nuestro querido Presidente es "otra forma de democracia".
Y como no puede ser menos, como quien enseña orgullosamente la herida supurante que le distingue como individuo: "tengo una ideología". Y como toda ideología, quiere contagiarse. Quiere un "voto ideológico": el mismo que le acaban de birlar en las últimas elecciones, las del tránsito y de la caca de perro.
¿Aprenderemos a tiempo a desconfiar de estas personas, de estos ideólogos?
Tal vez sí, pero no estoy seguro de que lo consigamos diciendo que somos "del centro". El problema es que la misma expresión pertenece a una ideología: la del espectro político, que como todo espectro, se resiste a pasar a mejor vida. Ya sobran las demostraciones de que categorizar a las personas como "de derecha", "de izquierda" fuera esperpento aunque fuéramos chimpancés y no humanos. El problema es que con esto, todavía puedes armar brillantes fiestas. La creme de la creme. El Quito selecto: chusma no, por favor. Otro problema, que yo percaté jugando al rugby en el colegio: si estás en el centro, efectivamente duplicas las posibilidades de que la pelota llegue hacia ti, y con ella, la horda, las patadas, los benditos mamporros. Estar en el centro es como confesarse masoquista. Te van a agredir por las dos bandas. ¿Eso quieres? Yo, personalmente, paso.
Queda otra opción: la de salir al pasillo y vomitar.
Y lo único que te sorprenderá allá fuera es constatar cuántos somos, y que a diferencia de lo que dicen a nuestras espaldas, ninguno llevamos insignia nazi. El hastío, el asco ante el discurso irresponsable no lleva color, ni logotipo, ni siglas. Tal vez tiene edad. Voto a favor de la vejez. A mí me ha solucionado ya muchos quebraderos de cabeza.
Hagámonos viejos.
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