Venezuela: you're both right, children!

Cuenta la historia que un monje budista, de ésos que andan descalzos por el mundo diciendo pendejadas, iba por un camino solitario un día, cuando en ésas se le presenta una mujer, que le pregunta muy respetuosa ella: maestro, ¿cómo puedo conseguir la fortaleza espiritual?

El maestro le mira con ojos de gran sabiduría, y responde: ¡ambos tienen razón, niños! Puedes comerlo, ¡y también puedes limpiar el piso con él!

Ahí termina la historia en su versión oficial. Hay una especie de coda o posdata de dudosa procedencia, que alarga así la historia:

Unos dos minutos después, el monje seguía su camino, cuando en ésas se le aparece la misma mujer, que al parecer viene corriendo atrás de la bicicleta del maestro. Cuando consigue atraparlo, la mujer, jadeando y sudando, le dice: maestro, lo siento, no entendí su última respuesta, eso de que puedo limpiar el piso con no sé qué. ¿Puede explicarme lo que significa?

El maestro le mira con ojos de inmensa compasión y ternura, y responde: La coherencia está sobrevalorada.

Bueno.

No sé si entiendo la segunda respuesta del maestro, ni que me vaya a servir para algo. Pero la primera me viene a cuenta siempre que se trata de las protestas en Venezuela. Resumiendo, hay dos versiones, quiero decir, dos maneras autorizadas de procesar lo que sucede ahora en ese país:

1. (Versión Weisbrot/El Telégrafo/Canal Sur, digamos) Desde 1999 hasta el presente se ha reducido significativamente la pobreza y el analfabetismo en Venezuela. Las Misiones han conseguido dar cobertura sanitaria básica a miles de personas que antes no tenían acceso a cuidado sanitario alguno. El índice Gini, esplendoroso. Las protestas involucran mayormente a gente de clase media, media-alta, alta. En los barrios pobres no hay barricadas. La mayoría de venezolanos votaron por Maduro, quieren mantener vivo el legado de Chávez. La oposición, por mucho ruido que hagan, no tienen cómo ganar limpiamente unas elecciones nacionales, y lo saben. Hay algún que otro GNB muerto, al parecer, a manos de "opositores": no toda la violencia viene de las fuerzas del orden. Los opositores quieren derribar un gobierno electo por votación mayoritaria, o sea, "democráticamente". La CIA hace lo que puede para atizar las llamas del descontento.

2. (Versión CIA/medios corrugtos/poderes fícticos/los de siempre) Los indicadores económicos están caídos del escritorio. Inflación rampante. Escasez de alimentos básicos, de jabón, de papel higiénico (¿qué pasó con ese plan de enviar ejemplares sobrantes del Telégrafo a ese maltrecho país?). Récord de homicidios. El presidente, Nicolás Maduro, padece a todas luces una extraña sicosis con preocupantes alucinaciones visuales y auditivas. En Venezuela no hay libertad de prensa, ni libertad de expresión: se encarcela rutinariamente a opositores pacíficos bajo pretextos infantiles, se cierran medios. Se "gobierna" a decretazo limpio, se expropia, se persigue desde la tambaleante institucionalidad oscuras venganzas y vendettas por parte de la nueva élite del país, la llamada boliburguesía. No hay indicio alguno de involucramiento de "extrema derecha" en protestas. Al carecer de Estado de Derecho y libertad de prensa, las elecciones no son libres. Muchas cosas benignas han empezado con griterío callejero y cacerolazos.

Bueno. Puestas así las cosas, mi única y dudosa contribución a este debate, si así se puede llamar (en serio: ahora lo in es debatir con los audífonos puestos, escuchando el 1812 Overture o a Deep Purple, sin enterarse de nada de lo que dice el adversario) es la misma del monje ése: puedes comerlo y ¡también limpiar el piso con él! O sea que porque un conjunto de datos te parece persuasivo, no tienes por qué rechazar el otro conjunto, a menos que haya alguna discrepancia entre los dos, cosa que en el citado caso no aplica. Yo no puedo asegurar que todo el contenido de las exposiciones 1 y 2 sea verdad, solamente que se trata de informaciones que gozan de una amplia aceptación periodística y parecen creíbles, y no exhiben discrepancia alguna. Por tanto, yo no tengo mayores dificultades en aceptar que Maduro goza de una lealtad mayoritaria entre la población venezolana, sin que por ello mismo me sienta obligado a rechazar con un ¡vade retro, Satanás! toda información tendiente a insinuar que el señor en cuestión es un patético lacayo del chavismo, de nula solvencia intelectual ni ética, un mirmidón catapultado por caprichos del destino a un inmerecido y peligroso protagonismo. (Tampoco rechazo como chisme insustancial el dato, al parecer certero y contrastado, de que el tipo está como una chota, hasta tal punto que cree que los seres humanos muertos pueden materializarse, con las facultades intelectuales y comunicativas intactas, en forma de pajarracos: cosa que dicha por Bush, le hubiera valido una película entera a Michael Moore.) En cuanto a las elecciones en aquel país, las posibilidades de un fraude son las mismas que para cualquier otro país del subcontinente, me imagino, y ahí me quedo: no me causa ninguna dificultad ni me resulta embarazoso admitir que, con o sin fraude, probablemente una mayoría votó y seguirá votando por el chavismo, sin que por ello me siente obligado a "apoyarle" a esa tendencia por esa razón.

En fin: como decían los periodistas de antaño, los datos son sagrados, las interpretaciones son a tres ó cuatro el centavo.

Y ahí viene mi impaciencia (ver post anterior) con los ideólogos. Con esta palabra me refiero a ese tipo de persona que, cuando escucha que se acaba de defenestrar a un alcalde, y con el pensamiento equivocado de que será alguno de Venezuela, pone el grito en el cielo: ¡si el alcalde ése fue electo democráticamente! ¡Cómo se atreven...! Luego resulta que es uno de Colombia, y ex terrorista por más señas, y de repente todo está bien. (La anécdota está sacada de una de mis clases: evidentemente, funciona igual al revés.) O bien: un hombre que antes de ser presidente, le parece requetebién que se salga a la calle para derrocar un gobierno, pero que ahora, al tener gobierno propio, se le antoja toda protesta callejera obra del diablo (o de la CIA, que es lo mismo); ahora, de repente resulta que desestabilizar gobiernos es pasatiempo de traidores, rufianes, fascistas, y lo peor de lo peor, "gente de fuera". Lo que sucede en estos casos es que, para la persona en cuestión, lo sagrado es la interpretación, la opinión, la ideología; y los datos, bueno, los que no me agradan tienen que ser falsos, inventados, no contrastados, propaganda del enemigo. Que la realidad no venga a estorbar la perfecta simetría de mis opiniones: la coherencia, tampoco. A la información enemiga pongámosle fantasiosos peros: pero ¡la inflación y la escasez es obra de la CIA, de la oligarquía, del capital internacional! Lo que también le sucede, y creo que aquí llegamos a una identificación virológica profunda de las ideologías: esa persona, pobrecillo, cree en las mayorías, cree en "el pueblo", esa problemática entidad cruelmente diseccionada por, entre otros, Margaret Canovan. Inspira compasión el lama sabachthani de ese "sufridor" que contempla, impotente, cómo esa vox populi se obstina en no darle la razón en todo, en birlarle esa victoria aplastante, ese despiadado triunfo sobre los enemigos, con que sueña todas las noches. Según latitud y época, "sufridores" hay de todos los colores: el mito del "pueblo" que "se pronuncia" a través de "las urnas" parece que seduce por igual a ambos lados de la carretera.

Mujer, no conseguirás nunca esa fortaleza espiritual creyendo que la mayoría vale más que tú misma. Y que esa mayoría de mayorías, "el pueblo" es la voz de Dios.  ¿Quieres un poco de realidad? Allá va:

Un colectivo (conjunto de personas) no puede pensar, ni sentir, ni opinar, ni favorecer, ni aborrecer, ni creer, ni "pronunciarse" en ningún sentido. Todos esos actos pertenecen a los individuos, que se suponen seres conscientes, pero cuya conciencia se diluye y de disuelve, al parecer, en contacto con esa misma colectividad, en sus habituales manifestaciones, como gota de sangre en las turbias aguas del diluvio. Esa licencia lingüística que nos permite referirnos a los colectivos como si tuvieran pensamiento propio nace de nuestra propia deformación psíquica congénita, la superstición tribal que en alguna época, selva o estepa remota desarrollamos como fuerza socializadora, la misma que nos hace ver en una cara anciana la "sabiduría" de un "pueblo" y no la demencia senil de un individuo admirable y decentemente sobrellevada; la misma que embebe sus primeras nociones de "la sociedad" a través de los reproches y castigos de mamá. El populismo intenta instrumentalizar al servicio de una casta de exitosos parásitos las culpas atávicas, los miedos, el deseo de "pertenecer" para así redimirnos de la culpa primordial ("egoísmo", v.gr.), mediante sofisticadas estrategias de mercadotecnia, donde poco importa si el Pueblo ideal tenga trenzas rubias, esvásticas, hoz y martillo, media luna o boina roja, con tal de que sea, a diferencia de tú y yo, inocente.

En realidad, para inocentes siempre hacen falta, a fin de cuentas, actores.

Mujer, te ves muy linda, pero para inocente, nunca darás la talla. Ese guión no es para ti.

La inteligencia, para el político, es ese duende en la máquina que lo estropea todo. A cualquier lado del espectro político, el votante ideal se concibe de esta manera:


En serio: puedes leerte las columnas de opinión del Telégrafo durante todo un mes sin encontrar en ellas referencia alguna a una humanidad que en algo sustancial se distingue de una rata: para lo único que sirves es para votar (apoyar la barrita), "disputar el poder" (pelearte con las demás ratas por ese trocito de queso), "depositar tu confianza" (meterte en la trampa), y discriminar a duras penas entre cuento que se come y cuento que ya no. El Buen Vivir se concibe como nirvana de lobotomizados, como pasto donde Schafer können sicher weiden. Todo lo que te distingue como humano, para ellos es problemático: le colocan encima, provisionalmente, la etiqueta de "cultura", le dedican tolerancia y un ministerio (para el político de hoy, todo problema se resuelve con un ministerio) y adoptan el voto piadoso de intentar entender eso de "la cultura" cuando haya tiempo: en todo caso, por si las moscas, mejor que inventemos nuestra propia "cultura", a la que pongámosle nombre, algo así como cultura tributaria, o sea, de esclavitud, y con suerte, con los años llegará a arrasar tanto como Mozart o Justin Bieber.

El miedo ése, tan pintoresco y tan extraño, a la desestabilización, esa paranoia con la que chocó Bonil y tantos otros, viene de un temor atávico y religioso a la multitud desenfrenada, desliderada, esa horda dotada de un inmenso poder destructivo: el demócrata si a algo le tiene miedo es a la demos.

¿Por qué será?

Lo dije aquí hace tiempo, pero para los recién llegados: googleen nomás Milgram Experiment. ¿Ya? Pues ahí lo tienes: las personas son, en su mayoría, decentes: al torturarle a otro ser humano se les sudan las manos, se ríen (no malinterpretes: es la misma risa histérica que en A Hanging, la mismita), tosen, tiemblan, hasta lloran. Lo que no es decente es la reacción química entre ese 65% y la autoridad, quien, lejos de ser "un dictador", es simplemente un tipo con bata blanca, incipiente calvicie, y lentes que se le caen por la punta de la nariz. No, no lleva gafas ni atuendo militar atiborrado de falsas medallas: eso era antes. Hemos evolucionado. Autoridad ahora se llama liderazgo: si se te sale la vena poética, también puedes llamarle dote de mando, visión, pastorazgo de pueblos, carisma, corazón ardiente por La Patria. La cuestión es ésta: ahora sabemos, con una certeza científica, que siempre, en todo lugar y en todo país y en toda comunidad, entre un 61 y un 66% de personas estarían dispuestas a torturarte, enviarte a La Peni o a las cámaras de gas, en fin, lo que diga La Autoridad, que seguramente con esa voz arrulladora que le caracteriza lo justificará diciendo que eres judío, o hereje, o pelucón, o apátrida, o pitiyanqui, pero no importa: la cuestión es que él representa La Sociedad, el Pueblo, esa cosa mística que impide que nos devoremos y nos matemos en los semáforos. ¿Lo quieres más crudo? La mayoría te mataría sin razón alguna, ni buena ni mala, si alguien "respetable", un político pongamos por caso, se lo pidiera y le dedicara, acaso, una cadena del gobierno. Sólo hace falta que diga que es por la Patria, que es para que el experimento se concluya exitosamente, que es para el Bien Común, o que así son las reglas, yo no las inventé, antes era peor. Lo único que el sujeto, tu futuro torturador, necesitaría ver y comprobar, tal vez, es esa mariconada de banda o faja que reza "Mi Poder en la Constitución" (probablemente le bastará con las primeras dos palabras). Eso es todo. I rest my case.

Y ¿cuál es mi caso? Pues simplemente, que el día en que yo me despierte y vea que mi punto de vista es mayoritario, y que ahora hay un gobierno, aquí o en Venezuela o en cualquier parte, que me representa, me moriré de la tristeza y de la vergüenza. Significará que, a fin de cuentas, estoy con ese 61-66%, o buena parte de ellos. Y no quiero estar ahí, con los torturadores de manos limpias. No quiero "vencer", ni que venzan "los míos". No quiero estar ahí.

Por eso es porque quiero, no que el pueblo venezolano siga votando por Maduro, sino que siga votando, genéricamente, por imbéciles: de no hacerlo, tendría que repensar más de la mitad de este post, y tal vez incluso cambiar de color de medias y quitarme la mugre de las uñas. No entiendo a los que creen que la política es como un partido de fútbol y que ganar unas elecciones es como que tu equipo vence por goleada. (Correa: "volveremos a ganarles cinco a cero".) Insisto: toda mayoría electoral se compone, por lo menos en parte y esa parte siempre es decisiva (you do the math), de torturadores sumisos en estado larval. Toda. Es más: la pregunta clave de toda elección viene a ser: ¿nos concedes licencia para hacer esas cosas desagradables a las que tú, por tu cuenta, nunca te atreverías? Si eres así de cobarde y de poca cosa, ¡vota por nosotros!

Así que, mujer, por mí puedes decir en voz alta lo que siempre has pensado: el pueblo es un soberano imbécil, y quienes van detrás de él, exigiéndole respuestas y coherencia y entregándole poderes, tres cuartos de lo mismo. Lo que se necesita, acá y en Venezuela y un peu partout, no es oposición política, sino oposición a la política: decencia le decían en mis míticas juventudes, personalidad, individualidad, inteligencia, cultura. Se necesita gente que no quiere formar parte de nada. Quien no quiere formar parte de nada difícilmente decapitaría a un motociclista con un alambre. Tampoco intentaría encarcelar a un sujeto por decir la verdad. Puede que seamos un poco fascistas y que nos caigamos del peso de los fajos de billetes que nos entrega la CIA, pero no llegamos a tanto. Vamos, creo que no.

"Pero alguien tiene que gobernar, y siendo así, es mejor que ese alguien sea...". Falso. Si tuviste una niñez horripilante, una familia disfuncional, una mamá tirana, lo siento por ti. Pero hay otras maneras de relacionarse y de tomar decisiones. Para la mayoría de tus decisiones, y todas las importantes, ni hace falta que nadie más se entere. Y si a estas alturas, todavía, alguien te tiene que gobernar a ti, pues creo que te equivocaste de material de lectura, que esto de acá es para adultos. Te sugiero Mein Kampf: linda cosa, en serio, los gobernantes o con vocación de serlo. Ya lo verás.

(Ah: y el índice Gini no luce en ningún lugar tan redondo y esplendoroso como en el cementerio. Ahí sí, no hay desigualdades que valgan.)

Les dejo con una de esas mujeres que, como la Sara Palin (soy un pervertido, en serio) me hace soñar con que estoy atado a la cama, desnudo, y ella me echa encima, con risas burlonas y vestida con ligueros y sombrero de pirata, el contenido de varias latas de Ambrosia Rice Pudding.

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